¿Cómo has acabado en semejante lío, niña tonta? ¿Quién te querrá ahora con un bebé en camino? ¿Y cómo piensas criarlo? No cuentes conmigo para nada. Te crié a ti y ahora a tu hijo también No te necesito aquí. Empaca tus cosas y lárgate de mi casa.
Anna permaneció en silencio, con la cabeza gacha. La última esperanza de que la tía Helen le permitiera quedarse, aunque fuera solo hasta encontrar empleo, se desvaneció en un instante.
«Si tan solo mi madre estuviera viva»
Anna nunca conoció a su padre; su madre falleció hacía quince años, atropellada por un conductor ebrio en un cruce. Los servicios sociales estaban a punto de enviarla a un orfanato cuando, inesperadamente, apareció un pariente lejano, primo de su madre, y la acogió. Su empleo estable y su propia vivienda facilitaron la tutela.
La tía Helen vivía en las afueras de un pueblo fronterizo del sur, verde y bochornoso en verano, lluvioso en invierno. Anna siempre había comido bien, vestido adecuadamente y acostumbrado al trabajo duro. Con casa, patio y pequeños animales de granja, siempre había mucho por hacer. Tal vez le faltaba el calor y la ternura materna, pero ¿a quién le importaba?
Anna destacó en la escuela y, tras graduarse, ingresó a una escuela de magisterio. Los años de estudiante pasaron rápido; ya habían concluido los exámenes finales y ella regresaba al pueblo que había pasado a ser su hogar. Sin embargo, aquel regreso no traía alegría.
Después de su arrebato, la tía Helen recobró la calma.
Basta, lárgate de mi vista. No quiero verte aquí.
Por favor, tía Helen, solo
No, ya dije todo lo que quería decir.
Anna tomó su maleta en silencio y salió a la calle. ¿Se imaginó volver así? Humillada, rechazada y embarazada aunque aún en etapas tempranas decidió confesar su condición. No quería ni podía ocultarla más.
Necesitaba un techo. Caminó sin rumbo, inmersa en sus pensamientos, ajena a lo que la rodeaba.
Era pleno verano en el sur. Manzanas y peras maduraban en los huertos, albaricoques brillaban dorados. Uvas colgaban en pesadas tramas sobre pérgolas, y ciruelas púrpuras se ocultaban bajo hojas oscuras. El aire olía a mermelada, carne asada y pan recién horneado. El calor agobiaba y Anna sentía sed. Al acercarse a una verja, llamó a una mujer que estaba junto a una cocina de verano.
Señora, ¿me puede dar agua?
Pauline, una robusta mujer de cincuenta años, giró hacia la voz.
Entra, si vienes con buenas intenciones.
Sumergió una taza en un balde y se la entregó. Anna, cansada, se sentó en el banco y bebió con avidez.
¿Puedo quedarme aquí un rato? Hace mucho calor.
Claro, niña. ¿De dónde vienes? Veo que llevas una maleta.
Acabo de terminar la carrera, busco trabajo como maestra, pero no tengo dónde alojarme. ¿Conoces a alguien que alquile una habitación?
Pauline la observó detenidamente: vestida con orden pero con el semblante cansado, como si una pesada carga la agobiara.
Podrías quedarte conmigo. Haría la casa más animada. No cobraré mucho, pero deberás pagar puntual. Si aceptas, te mostraré el cuarto.
Acoger a una inquilina le parecía a Pauline una ventaja; cualquier ingreso extra era útil en su pequeño pueblo, lejos de cualquier gran ciudad. Su hijo vivía lejos y rara vez la visitaba, así que le haría compañía en los largos inviernos.
Anna, incrédula ante su repentina suerte, siguió a su anfitriona. El cuarto era pequeño pero acogedor, con ventana al jardín, una mesa, dos sillas, una cama y un armario viejo. Era justo lo necesario. Acordaron el alquiler, Anna se cambió de ropa y se dirigió al departamento de educación.
Así pasaron los días: trabajo, casa, trabajo. El calendario se le deslizaba entre los dedos.
Con el tiempo, Anna y Pauline se hicieron amigas; Pauline resultó ser una mujer bondadosa y cariñosa, y la joven empezó a ayudar en la casa. Muchas tardes se sentaban a charlar bajo el cenador del jardín, ya que en el sur el otoño frío no llega con rapidez.
El embarazo avanzaba sin contratiempos. Anna no sentía náuseas, su rostro se mantenía sereno, aunque era evidente el aumento de peso. Confidó a Pauline su historia sencilla, una historia demasiado común.
En el segundo año de estudios, Anna se enamoró de James, hijo de una familia acomodada y profesores universitarios. Su futuro estaba trazado: estudios, posgrado y una carrera en la docencia o la investigación, todo cerca de sus padres. Apuesto, educado y sociable, era el alma de cualquier reunión y era admirado por muchas chicas. Sin embargo, eligió a la humilde Anna. Tal vez fue su tímida sonrisa, sus ojos marrones, su figura delicada, o quizás percibió en ella un espíritu afín, esa resiliencia que surge tras la adversidad. Lo cierto es que sus últimos años de universidad los pasaron casi inseparables, y Anna se imaginaba un futuro junto a él.
Una mañana, Anna se dio cuenta de que no podía comer, que ciertos olores le provocaban rechazo y que llevaba varios días con náuseas. Lo esencial: estaba retrasada. No podía ignorarlo. Compró una prueba de embarazo, volvió al dormitorio, tomó un vaso de agua y esperó. Dos líneas. Las miró sin creerlo: dos líneas. Los exámenes se acercaban y ahora esto. ¿Qué diría James? Los niños aún no estaban en sus planes.
De pronto, una ola de cariño hacia la pequeña vida que llevaba dentro la invadió.
Pequeñín susurró, acariciando su vientre.
Al enterarse, James decidió esa misma noche presentar a Anna a sus padres. Al recordar aquel encuentro, Anna no pudo contener las lágrimas. Los padres de James le sugirieron abortar y marcharse del pueblo después de graduarse, porque él necesitaba centrarse en su carrera y ella no era la pareja adecuada.
¿Qué conversación sostuvo con su hijo? Anna solo podía imaginarlo. Al día siguiente, James entró en silencio a su habitación, dejó un sobre con dinero sobre la mesa y se marchó sin decir palabra.
Anna nunca consideró el aborto. Ya había empezado a amar al ser que crecía dentro de ella. Era su bebé, solo suyo. Sin embargo, tras una breve reflexión, aceptó el dinero que James había dejado, consciente de lo necesario que era para ambas.
Al escuchar la historia, Pauline la consoló con ternura.
Estas cosas pasan. No es lo peor que puede ocurrir. Eres valiente por no abortar; cada niño es una bendición. Quizá todo se resuelva de la mejor manera.
Anna, sin embargo, no podía contemplar reconciliarse con James. Sentía una profunda repulsión. No perdonaba la humillación; el recuerdo de su simple rechazo la perseguía.
El tiempo siguió. Anna dejó de trabajar, caminaba como un pato mientras esperaba la llegada de su bebé. Ansiaba saber si sería niño o niña, pero las ecografías no podían determinarlo. No importaba, mientras el bebé estuviera sano.
A finales de febrero, un sábado, comenzó el parto y Pauline la llevó al hospital. El nacimiento transcurrió sin problemas y Anna dio a luz a un niño sano.
Juanito murmuró, acariciando su mejilla redonda.
En la sala de maternidad, Anna hizo amistad con otras mujeres, quienes le contaron que dos días antes la esposa del oficial de la frontera había dado a luz a una niña allí. Resultó que la pareja no estaba legalmente casada, aunque convivían.
No lo vas a creer relató una de ellas. Él le regaló flores, chocolates y coñac a las enfermeras, la visitaba todos los días en su jeep. Pero la relación estaba rota. Ella decía que no quería hijos, dejó una nota y abandonó al bebé, alegando que no estaba preparada.
¿Y el bebé? preguntó la enfermera.
Lo alimentan con biberón, pero la enfermera dice que sería mejor si alguien lo amamantara. Cada quien tiene su propio hijo que alimentar.
Cuando llegó la hora de la alimentación, llevaron a la niña.
¿Alguien puede darle de mamar? Está muy frágil preguntó la enfermera, mirando a las madres jóvenes.
Yo lo haré, pobrecita respondió Anna, colocando a su hijo dormido en la cama y tomando a la niña en brazos.
¡Qué pequeña y delicada! La llamaré María.
Comparada con su robusto Juan, la niña era diminuta. Anna le dio el pecho; la bebé succionó con avidez y, minutos después, se quedó dormida.
Te dije que era frágil comentó la enfermera.
Así, Anna empezó a amamantar a ambos niños.
Dos días después, la enfermera entró en la habitación y le informó que el padre de la niña había llegado y deseaba conocer a la joven que la estaba alimentando. Fue entonces cuando Anna conoció al oficial de la frontera, el capitán James Hathaway, un hombre de estatura media, ojos azules resueltos y mirada firme.
Los sucesos posteriores se contaron una y otra vez por el personal de la maternidad y, más tarde, por todo el pueblo, porque la historia culminó de una forma memorable.
Al día de su alta, todosdoctores, enfermeras y auxiliaresse congregaron en la entrada, donde los esperaba un jeep decorado con globos azules y rosados. Un joven oficial, con la insignia de capitán, ayudó a Anna a subir al vehículo; Pauline ya estaba sentada y le entregó un paquete azul y otro rosa.
Con un toque de bocina, el jeep se alejó y pronto desapareció tras la curva.
Así es la vida: nunca se sabe qué consecuencias traerán nuestras acciones, porque a veces el destino nos sorprende con cosas que jamás hubiéramos imaginado.






