El marido aleja a los amigos, ahora le toca a la esposa

El marido ahuyenta a los amigos, la mujer en la fila

¡Por culpa tuya y mía me pierdo el cumpleaños! ¡Yo quería ir! exclamó Almudena.

¿Y cuál es el problema? preguntó Víctor. Lidia y Gregorio son nuestros amigos comunes, amigos de familia. Es decir, tus amigos al igual que los míos.

¡Claro! se encendió Almudena. ¿Cómo se supone que me verá la gente? Nos invitaron a los dos y solo llego yo. ¿Qué les digo?

Puedes decir la verdad: que no tienes ganas. No de ir a su casa, sino de salir en general.

O puedes inventarte que te has resfriado la espalda y estás arrastrándote por la casa como una serpiente. Es medio cierto, me duele la espalda, así que sirve de excusa al 100%.

Almudena lo miró fijamente, intentando descifrar en su mirada algún indicio de que estaba bromeando.

Pero Víctor se mantenía tan serio, incluso un poquito más triste de lo habitual.

Víctor, ¿te ha pasado algo? preguntó Almudena.

No, respondió al instante. ¿De dónde sale eso?

Pues siempre hemos ido con Gregorio y Lidia. Hoy es el cumpleaños de Gregorio y tú no quieres ir. ¡Va a ser divertido!

Almudena, si te apetece, ve tú. Miente lo que se te ocurra. Solo hazlo para que yo siga vivo.

Y luego me dices que lo confirmo, Víctor la miró de reojo. En serio, no quiero ir. Mejor me quedo en casa

Entonces tampoco fuiste al cumpleaños de Lidia reflexionó Almudena. ¿Y a la fiesta de Catalina con Antonio? ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos en familia? ¿Dos años? ¡No, tres!

Lo repito, Víctor ladeó la cabeza, no te impedí nada. Podrías haber ido de picnic, a la casa de campo de Antonio, o a cualquier parte. Tú misma no fuiste.

¡Porque ir sola es una falta de educación! exclamó Almudena. ¿Qué dirán de nosotros como familia? Si llego sola, ¡significa que estamos enfadados!

Yo quería divertirme. ¿Eso ya no cuenta como enfado, sino como una ruptura inminente? ¿O te vale si se rumorea eso sobre nosotros?

No lo creo, sonrió Víctor, me da lo mismo lo que la gente piense de mí o de nosotros.

Almudena se quedó pensando en esas palabras. En principio tenía razón, ¿qué importa la opinión ajena? Pero el problema, que sí existía, era mucho más profundo que una simple visita.

Víctor, no voy a discutir, pero ¿puedes decirme qué te pasa?

Has cambiado tanto últimamente que ya ni yo, tu propia esposa, te reconozco intentó mantener la calma Almudena. Y eso me preocupa.

¿En qué me he convertido que te preocupe? preguntó Víctor.

En tu comportamiento contestó Almudena. Evitas a la gente y tú mismo dices que prefieres estar solo y en silencio.

¡Eso no es normal! ¿Estás enfermo?

¿O tal vez te has curado? replicó Víctor.

***

Almudena siempre creyó que su matrimonio con Víctor era una familia feliz. ¿No es eso la felicidad, que los problemas de la vida se resuelvan fácil porque están juntos? Además, sin esa mentalidad de consumo donde cada uno reparte presupuestos, tareas y círculos sociales, la vida sería más ligera.

Hay familia, incluso con mayúscula: ¡Familia! Y esa familia, como un organismo único, vive la vida. Nada podía empañar la relación.

Con la suegra de Almudena tenían una relación excelente, y el suegro era un hombre muy amable. Los padres de Víctor siempre estaban dispuestos a ayudar, incluso ofreciendo su ayuda sin que se les pidiera. Lo mismo ocurría con los padres de Almudena: la madre de Almudena empezó a llamar a Víctor hijo desde el primer día.

El tema de la vivienda no les dio problemas. Dos familias se pusieron de acuerdo, movieron muebles aquí y allá y, al final, la joven pareja consiguió un buen piso en el centro de Madrid.

El coche tampoco fue un dilema. Cuando nació el nieto, la familia se puso las botas y le regaló un coche 4×4 nuevo, recién salido del concesionario, no una chatarra que haya pasado por campos de hormigón y charcos.

Los familiares y los amigos abundaban. Con tanto buen rollo, ¿por qué no haberles dado la bienvenida? La gente quería compartir alegrías y tristezas, y, si surgían problemas, afrontarlos juntos.

Ni una sola vez Víctor o Almudena tuvieron que llamar a un fontanero, electricista o albañil. Amigos, en toda la extensión de la palabra.

Como dice la canción vieja: «Si me enfermo, no iré al médico, juntaré a los amigos» Entre los amigos había todo tipo de profesionales.

Almudena y Víctor, dentro de sus profesiones, ayudaban y aconsejaban sin pensar en te doy y me devuelves, sino siguiendo el dicho: «Mano que ayuda, mano que recibe».

Sus familias vivían como una comunidad alegre, no gigantesca, pero sí muy cercana.

Todos los eventoscumpleaños, fiestas, actividades culturales o simplemente una tarde de tapaseran colectivos, a veces en círculo íntimo, a veces en reuniones más amplias, pero nunca en solitario.

Cuando la vida parece feliz, los años vuelan sin que te des cuenta. Las fechas se vuelven más importantes, algunos se quejan y otros se jactan de la primera cana. No solo se habla de diversión, también de temas más serios: dolores, cómo combatirlos, etc.

El alma puede mantenerse joven, pero el cuerpo, lamentablemente, no siempre lo sigue.

Cada vez más los planes se hacen en casa, en sanatorios o en complejos rurales; el confort se vuelve esencial.

Y con confort, la diversión sigue. No es una campanilla, sino el susurro del viento que agita la rutina.

Almudena, si quieres, vete dijo Víctor. Yo prefiero quedarme en casa. En el curro me han liado y solo quiero silencio. Aprovecharé para repasar matemáticas con el pequeño Kike.

¿En serio? se sorprendió Almudena. ¡Va a ser divertido! Con los amigos y todo.

Almudena, tú te vas a divertir, y yo con la cara de piedra Víctor forzó una sonrisa torcida. ¿Qué me van a preguntar? ¿Qué le dije al jefe? ¿Qué historia del coche que se quedó tirado en la carretera?

¿No te molestará si me voy? preguntó Almudena.

No, por supuesto la sonrisa se volvió amable. Yo paso el rato con Kike, veo una película y respiro. Tú diviértete.

Después Víctor siempre se preguntaba ¿para qué? cada vez que le llamaban a otro evento.

Iría en taxi, porque al final me empujarían a tomar una caña. Luego escucharía chismes, no tendría nada que contar, y volvería cansado a casa.

En casa ya hay mil cosas que hacer. Me levanto con dolor de cabeza, tomo una pastilla ¿para qué? Mejor miento algo creíble y me quedo en casa.

Almudena pasó tiempo yendo sola a celebraciones, y después le empezó a incomodar. Todo el mundo con su pareja, y ella como si no fuera esposa.

No se podía decir que Víctor había roto con alguien. Cuando lo llamaban, hablaba sin problemas. Cuando necesitaban su ayuda con la electricidad o la fontanería, él estaba dispuesto, y lo mismo para Almudena.

Ni siquiera surgían preguntas cuando Víctor no asistía al cumpleaños del hijo de un amigo y al día siguiente su padre cambiaba el grifo en su piso.

Los amigos parecían ya no ser tan amigos.

Almudena no entendía qué le pasaba a su marido, así que recurrió a su madre, Inés, autoridad indiscutible.

Habla con tu marido, no conmigo dijo Inés. Pero que se aísle de todos es señal de alarma.

¿Qué quieres decir? preguntó Almudena.

Que pronto dejarás de ser necesaria para él. ¡Será un peso! replicó Inés. Necesitas hablar con él para averiguar la causa.

Los hombres solo se aventuran a este tipo de conductas cuando todo está peor. ¿Tal vez tiene una enfermedad y la oculta? Se aleja de los amigos, se enfría contigo, olvida a los demás y, al final, se divorcia. Tal vez se marche a otro sitio para no cruzarse contigo.

Él parece estar bien balbuceó Almudena.

O quizá ya tiene otros intereses indicó Inés con un gesto ambiguo. Deja a los viejos amigos y a la familia porque lo nuevo le llama.

Había que encontrar el momento adecuado para hablar, pero Víctor había rechazado ir al cumpleaños de Gregorio. Palabra por palabra

***

Almudena miró sorprendentemente a su marido.

No me tomes por raro, dijo Víctor, pero me he puesto a pensar en qué es lo esencial de la vida. Y la respuesta es el tiempo. Ese recurso limitado, sin el cual nada vale.

¿No es temprano para filosofar sobre el tiempo? preguntó Almudena.

Tú dices que es temprano y yo digo que es tarde contestó Víctor. Hace dos años enterramos a mi padre.

Ya no está. Pensé que, en vez de ir a esa fiesta, podría haber pasado ese día con él, hablando o simplemente callados, juntos. Pero esa oportunidad se fue.

¡Pues claro! se rió Almudena. La vida tiene sus ciclos. Nadie vive para siempre, y el tiempo que nos queda es un misterio.

Vale, asintió Víctor. Nuestros padres no son eternos, y nosotros tampoco. Nuestro hijo, Kike, crecerá, formará su propia familia y ya no tendrá tiempo para nosotros.

Preferiría haber jugado al fútbol con Kike en el patio en vez de estar allí peleando por un aumento de dos sueldos con Antonio. Eso, como sea, es más importante.

Pues sí murmuró Almudena.

Lo que intento decir es que gastamos tiempo en cosas sin importancia, mientras dejamos de lado lo realmente valioso: la familia, los padres, los hijos.

En lugar de tantas reuniones, fiestas y escapadas con desconocidos, deberíamos pasar ese tiempo con los nuestros.

Almudena guardó silencio.

En vez de ir al cumpleaños de Gregorio, habría preferido ver una película contigo, preparar la cena, charlar de cosas buenas. Pasar tiempo juntos, como familia, e incluso jugar al loto con Kike.

Almudena no fue al cumpleaños de Gregorio. Igual que Víctor, le mandó un mensaje de felicitación y esa noche la pasó con su marido. Al día siguiente fueron primero a casa de la madre de Víctor y después a la de Almudena.

Eso valió más que cualquier reunión con amigos o conocidos.

Qué lástima perder el tiempo en tonterías cuando lo importante escasea. concluyó Víctor.

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El marido aleja a los amigos, ahora le toca a la esposa
Ese incómodo regusto —¡Se acabó, no habrá boda! —exclamó Marina. —¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —se desconcertó Ilya—. ¡Si todo iba bien! —¿Bien? —sonrió Marina con ironía—. Sí, claro… bien. Es solo que… —Calló unos segundos, buscando las palabras—. La verdad es que ¡tus calcetines huelen fatal! No pienso respirar eso toda la vida. —¿De verdad le dijiste eso? —se escandalizó la madre de Marina cuando su hija comunicó que retiraba el expediente de matrimonio—. ¡Increíble! —¿Por qué te sorprendes? —respondió la exnovia—. Es la pura verdad. No me digas que tú no lo habías notado. —Hombre, sí que me di cuenta —titubeó su madre—, pero… es humillante. Pensé que le querías. No es mal chico, y eso de los calcetines… tiene remedio. —¿Cómo? ¿Vas a enseñarle a lavarse los pies? ¿A cambiar los calcetines? ¿A usar desodorante? ¡Madre! ¿Te escuchas? Yo quería casarme para compartir la vida con un hombre, no para adoptar a un niño grande. —¿Y entonces por qué llegaste tan lejos? ¿Por qué presentasteos los papeles? —¡Por tu culpa, mamá! “Ilyushka es bueno, es muy amable. Me cae genial”, ¿son tuyas esas palabras? Y también, “Tienes ya veintisiete, ya toca casarse y darme nietos”. ¿Te suena, o no? —Pero, Marinita, creí que lo tenías claro… Parecía muy serio entre vosotros —argumentó su madre—. Y, ¿sabes?, me alegro de no haberme equivocado contigo: lo has pensado bien y has tomado una decisión. Pero eso de “los calcetines huelen”, hija, me parece excesivo. No es propio de ti. —Lo hice a propósito, mamá. Para que lo entendiera. Que no hubiera vuelta atrás… *** Al principio, Ilya le pareció a Marina simpático y algo torpe. Siempre vestía vaqueros y la misma camiseta. No presumía de saber de Picasso, pero podía pasarse horas hablando de películas antiguas. Entonces sus ojos brillaban. Con él todo era sencillo y tranquilo. Eso fue lo que atrajo a Marina, harta de romances dramáticos y de buscar “al adecuado”. Tras dos meses de cine y cafeterías, Ilya, algo nervioso, le propuso: —¿Nos vamos a mi casa? Te hago unos pelmeni caseros, ¡los he hecho yo! La invitación sonó tan cálida y hogareña que a Marina le dio un vuelco el corazón. Y eso de “los he hecho yo” le conmovió. Así que aceptó… *** El piso de Ilya no le gustó a Marina. No era sucio, pero sí caótico, sin gusto alguno y parecía descuidado. Paredes grises y desnudas, un sofá viejo y solo un almohadón en vez de cojines. El suelo lleno de montones: cajas, libros, revistas antiguas; zapatillas tiradas por el centro. El aire estaba cargado de polvo y humedad. Más que un hogar, la habitación parecía un sitio de paso del que nadie acaba de irse. —¿Qué te parece mi fortaleza? —dijo Ilya, abriendo los brazos y sonriendo con orgullo. Ni rastro de vergüenza. Se sentía en casa y no veía nada raro. Marina forzó la sonrisa: le gustaba el chico y no quería discutir. Fueron a la cocina. Allí, la cosa no mejoró: la mesa cubierta de polvo, el fregadero repleto de platos sucios, tazas con restos negros. La cazuela, para jubilar. Marina se fijó en la tetera. “¿De qué color sería originalmente?”, pensó. Y el ánimo se le fue por los suelos. Escuchaba a Ilya distraída, mientras él le contaba algo con entusiasmo, intentando hacerla reír. Pero cuando le acercó el plato de pelmeni, Marina se negó a comer, alegando que estaba a dieta. Lo de probar comida hecha en esa cocina, ni pensarlo. Ya en casa, Marina se puso a analizar la visita. A primera vista, lo que había visto en el piso de Ilya eran detalles menores, sin importancia. Vive solo, no lleva bien el hogar. ¿Y qué? Pero tras ese desorden, Marina vio algo más grande y preocupante: ¿Cómo se puede vivir así? Y no por pereza de lavar un plato. Sino porque… para él, eso era normal. Un incómodo regusto quedó… *** Luego Ilya fue a casa de Marina. Le pidió matrimonio de forma oficial y le dio un anillo. Presentaron la solicitud. Los padres empezaron a organizar la boda. Ser novia era bonito. Pero, cuando Marina se quedaba sola y pensaba en Ilya, que se esmeraba en agradarla, cocinaba sus pelmeni y contaba chistes, se le aparecía… ¡la tetera de color indefinido! Y comprendía que no era sólo la tetera. Era una señal. Algo sobre la forma de vivir de Ilya. Sobre el cuidado del hogar. Sobre cómo se cuidaba él… y probablemente, sobre cómo la cuidaría a ella. Una mañana, imaginó su futuro juntos y se horrorizó. Ella se levantará, irá a la cocina y verá té frío y migas de pan en la mesa. Y al decirle “Cariño, ¿puedes limpiar esto?”, él la mirará igual que miró su piso, sin entender. No le discutirá, no gritará; simplemente… no lo comprenderá. Y cada día deberá explicarlo, limpiar, recordarlo. Y su amor irá marchitándose por mil pequeñas punzadas invisibles para él. Y su madre, feliz porque se casa. *** Casarse… Toda la paz y calidez que Marina sentía con Ilya se fue, reemplazada por una inquietud densa y pesada. —Ilyita, —le preguntaba Ilya cada día, buscando sus ojos preocupado—, ¿estamos bien, verdad? ¿Nos queremos? —Claro —respondía Marina, notando que algo se rompía por dentro. Por fin, Marina se desahogó con una amiga y le confesó sus miedos. —¿Y qué? —se sorprendió Caty—. Polvo, la tetera… Mi marido sería capaz de dejar un tanque en la cocina sin darse cuenta. ¡Los hombres no ven esas cosas! —¡Ahí está el problema! —susurró Marina—. Ellos no ven. Y él nunca lo verá. Y yo sí. Toda la vida. Y eso me mataría lentamente. *** No le culpaba. Él no la engañó. Era sincero. Simplemente vivía en otro mundo. Un mundo donde el plato sucio en el fregadero estaba bien. Para ella, eso era señal de incomprensión y de indiferencia. Y entendía que no era cuestión de limpieza. Era que miraban el mundo de formas incompatibles. Y la grieta que se había abierto en su cabeza pronto se convertiría en un abismo entre ellos. Así que mejor terminar todo ya, antes de acabar en el fondo de ese abismo cuando ya sea demasiado tarde. Solo faltaba el momento… *** Invitaron a Marina e Ilya a una fiesta. Llegaron, se quitaron los zapatos en el recibidor… Entraron en la sala… Un horrible olor les iba siguiendo. Marina tardó en descubrir de dónde venía. Y cuando lo supo, y vio que todos los presentes lo habían notado también, le dio tanta vergüenza que quiso desaparecer. Sin decir palabra, salió corriendo al recibidor, se calzó y se marchó. Ilya fue tras ella. La alcanzó, la tomó del brazo y ella se volvió, le soltó a la cara, con casi odio: —¡Se acabó! ¡No va a haber boda! *** Y boda, efectivamente, no hubo. Marina piensa que hizo lo correcto y no se arrepiente. Y Ilya… aún no entiende cuál era el problema. “Por unos calcetines malolientes… ¡si podía quitármelos!”