Mal sabor de boca
¡Todo ha terminado, no habrá ninguna boda! exclamó Lucía.
Pero espera, ¿qué ha pasado? se desconcertó Juan, ¡si todo iba bien!
¿Bien? se burló Lucía. Bueno sí bien. Aunque calló unos instantes, buscando las palabras para explicárselo. Al final se lo soltó sin rodeos: ¡Te huelen los calcetines! No quiero respirar ese olor toda mi vida.
¿Así se lo has dicho? se escandalizó la madre de Lucía cuando ésta anunció que pensaba retirar la solicitud de boda. ¡Es increíble!
¿Por qué? encogió los hombros la casi-novia. Si es la pura verdad. No irás a decirme que tú nunca lo has notado.
Claro que sí admitió la madre, avergonzada pero es tan humillante. Pensé que de verdad le querías. El muchacho no está mal. Lo de los calcetines mujer, tiene solución.
¿Y cómo? ¿Enseñarle a lavarse los pies? ¿A cambiarse de calcetines? ¿A usar un desodorante? ¡Mamá! ¿Te das cuenta de lo que dices? Yo quería casarme para esconderme tras un hombre, no adoptar a un niño demasiado crecido.
¿Y para qué llegaste tan lejos con él? ¿Para qué presentar la solicitud?
Por ti, mamá. Juanito es bueno, es un chico dulce. A mí me gusta mucho, ¿no son tus palabras? Y esas otras: Ya tienes veintisiete, ¿no crees que deberías casarte y darme nietos?. ¿Por qué te quedas callada? ¿No es así?
Pero Lucía Yo creía que ya lo tenías claro. Pensaba que lo vuestro iba en serio se defendió su madre. Y, mira, me alegro de no haberme equivocado contigo: has reflexionado y has decidido. Pero, hija, eso de te huelen los calcetines… te has pasado. No te reconozco.
Es apropósito, mamá. Para que lo entienda. Para no dejar dudas. Para que no se pueda volver atrás…
***
Al inicio, Juan le pareció a Lucía divertido y un poco torpe. Siempre iba en vaqueros y con la misma camiseta. No se las daba de intelectual ni conocía a Dalí, pero podía pasar horas hablando de películas antiguas, y entonces sus ojos brillaban.
Con él todo resultaba fácil y tranquilo.
Justo esa paz fue lo que atrapó a Lucía, agotada de relaciones dramáticas y de buscar al indicado.
Tras dos meses de cines y terrazas, Juan le sugirió, un poco avergonzado:
¿Te apetece venir a mi casa? Puedo hacerte unas croquetas. ¡Las preparo yo mismo!
La invitación sonó tan cálida y casera que a Lucía le latió el corazón. Y lo de Las preparo yo mismo terminó de convencerla.
Así que aceptó
***
A Lucía no le gustó el piso de Juan.
No estaba sucio, pero sí desordenado, anodino y dejado. Paredes grises sin cuadros, un sofá viejo y pelado con un solo cojín. Por el suelo montones de cosas apiladas: cajas, libros, revistas antiguas. Unas zapatillas en medio. Y además, el ambiente encerrado, olor a polvo y humedad.
La estancia parecía más una estación de paso, como si todo estuviera siempre listo para marcharse, pero nadie lo hacía.
¿Qué te parece mi refugio? Juan abrió los brazos con una sonrisa orgullosa y sincera, sin rastro de vergüenza. De verdad no veía nada raro a su alrededor.
Lucía se obligó a sonreír. Juan le caía bien y no estaba dispuesta a discutir.
Fueron a la cocina. Allí el panorama no era mejor: la mesa cubierta de polvo, fregadero con platos y tazas con posos secos del café. Una cazuela vieja en la vitro. La vista de Lucía se detuvo en la tetera.
¿De qué color sería?, pensó Lucía.
Se le fue el buen humor.
Escuchaba a Juan distraída, él seguía contando historias para hacerle reír. Pero cuando le ofreció el plato de croquetas, Lucía se negó a probarlas, fingiendo que estaba a dieta.
Meterse algo cocinado allí ni se contemplaba.
Ya en casa, repasó interiormente la visita.
A primera vista, todo aquello era cosa menor: Juan vivía solo y no manejaba bien la rutina. ¿Y qué?
Sin embargo, Lucía vio algo más grande y difícil de entender: ¿cómo vivir así? No era cuestión de pereza para fregar un plato sino que para él, era normal.
Y ese mal sabor de boca se quedó.
***
Luego Juan fue a casa de Lucía. Le pidió oficialmente matrimonio. Hasta le regaló un anillo. Presentaron la solicitud en el ayuntamiento y los padres comenzaron a preparar la boda.
Ser la novia le hacía ilusión, claro. Pero cuando estaba sola y pensaba en Juan, que siempre intentaba hacerle algún detalle, cocinando sus croquetas y contando chistes, a Lucía le venía a la cabeza aquella tetera de color indefinible.
Y entendía que lo importante no era la tetera. Era una señal. Del modo de Juan de vivir. De su manera de cuidar la casa, y de cuidarse. Y probablemente de cómo la cuidaría a ella.
Lucía se imaginó su futuro juntos: una mañana cualquiera, ella entra en la cocina y encuentra el té a medio tomar y migas de pan sobre la mesa. Cuando dijera: Cariño, ¿lo puedes recoger?, él la miraría asombrado, igual que cuando observó su piso, sin comprender el problema. No discutiría ni gritaría: simplemente no entendería. Y ella tendría que repetir, limpiar y recordar cada día. Y su amor se iría apagando, pinchado por esas mil pequeñas cosas que a él le pasarían inadvertidas.
Mientras tanto, su madre, feliz, soñando con la boda.
***
La boda
Toda la tranquilidad y el cariño que Lucía sentía cerca de Juan se disipó poco a poco, dejando solo un peso extraño y pegajoso.
Lucía le preguntaba Juan casi a diario, mirándola preocupado, ¿todo va bien entre nosotros? ¿No es cierto que nos queremos?
Por supuesto respondía ella, sintiendo algo romperse por dentro.
Al final, Lucía no pudo más y decidió contárselo todo a Carmen, su amiga de siempre.
¿Y qué pasa? la interrumpió sorprendida Carmen. Polvo, una tetera rara Mi marido deja la cocina como después de una batalla y ni se entera. Los hombres no ven esas nimiedades.
¡Exacto! No lo ven susurró Lucía. Y él nunca lo verá. Pero yo sí. Toda mi vida. Y eso me mataría, poco a poco.
***
No le echaba la culpa a Juan. No la engañó. Él era completamente sincero. Solo que vivía en otro universo, en el que el plato sucio era lo normal. Para ella eso significaba incomprensión absoluta.
El tema no era la limpieza. Visto bien, era que veían la vida desde mundos opuestos. Aquella grieta en la cabeza de Lucía crecería hasta hacerse un abismo.
Así que mejor frenarlo ahora, antes de acabar al fondo del abismo, cuando ya no quedara escape.
Esperó el momento idóneo…
***
Invitaron a Lucía y Juan a una fiesta en casa de Marcos.
Llegaron, se descalzaron al entrar como es costumbre, dejaron los zapatos en el recibidor
Pasaron al salón.
El hedor repugnante les siguió.
Lucía tardó en identificar el origen del olor. Al final lo entendió; los demás también lo notaron, y el bochorno fue tal que ella solo quería desaparecer. Sin decir palabra, se marchó a la entrada, se puso los zapatos y salió de la casa.
Juan corrió tras ella, la alcanzó y le tomó del brazo. Lucía se volvió, y casi con rabia le soltó:
¡Se acabó! ¡No habrá boda!
***
La boda nunca se celebró.
Lucía está convencida de que hizo bien y nunca se arrepiente.
Juan aún no entiende qué pasó en realidad. ¿Por unos calcetines? Si era por eso hasta se los habría quitado.







