Ninguna de las abuelas puede recoger a Luis del cole. Tengo que pagar cifras astronómicas por la guardería.
Estoy que arde la sangre. Hoy he vuelto a discutir con mi madre y ni hablar de llamar a la madre de mi marido.
Por suerte, al menos contamos con dos abuelas: la de mi familia y la de la de mi marido
Pero suerte es demasiado generoso. No son abuelas, son vecinas que viven a ciento cincuenta metros del cole de nuestro hijo y se niegan rotundamente a llevarlo a casa. Yo podría hacerlo, pero mi jornada acaba a las 18:00 y no llego a tiempo. Carlos, mi marido, tampoco siempre puede; trabaja en la fábrica del polígono de San Sebastián de los Reyes con turnos rotativos. Por eso nos vemos obligados a contratar a una niñera, un gasto que ahoga nuestro presupuesto familiar, aunque tengamos abuelas.
Mi madre, Doña Pilar, termina de trabajar a las 16:00 y, al volver a casa, pasa justo por la guardería. Actualmente su vida privada es lo más importante: se ha divorciado del padrastro y quiere vivir para ella sola, así que dice que necesita relajarse después del trabajo y ponerse mascarillas para sentirse más joven. Cada fin de semana tiene planes, va al cine, visita exposiciones, se reúne con amigas.
Sólo lleva a su hijo, mi hermano, en contadas ocasiones y sólo los fines de semana. Alega que su nieto altera su rutina porque corre por el piso y la interrumpe en la meditación. Mi madre adora darme consejos de educación, pero se niega categóricamente a involucrarse.
La madre de Carlos, Doña Dolores, es otra historia. Nunca ha trabajado fuera, siempre ha sido ama de casa. Tiene cuatro hijos, con una diferencia de edad inferior a tres años; Carlos es el mayor. Parece la persona ideal para ayudar, pero ella responde que ya tiene a sus propios hijos bajo su cargo, que la casa le exige cocinar, limpiar, lavar, alimentar a la familia y luego ordenar todo de nuevo. Aun con sus dos hijos menores, un joven de dieciocho y otro de veintiuno años, que ya son independientes, dice que no tiene tiempo ni ganas para cuidar a un nieto.
Una vez, Doña Dolores se llevó a Luis sin avisar y, cuando lo devolvió, estaba furiosa. Alegó que no tenía tiempo para nada mientras recogía a su nieto, que sus hijos llegaban cansados y hambrientos del trabajo. Luego me dijo que había actuado por mi cuenta, que debía encargarme yo misma del bebé y que no podíamos contar más con su ayuda.
Los costes de la guardería consumen gran parte del presupuesto familiar. Me indigna la hipocresía de esas abuelas que cada Navidad se reúnen con su nieto, repiten cuánto lo adoran y compiten por quién le ha comprado el mejor regalo, mientras su ayuda real es nula.
Hoy he tenido que suplicar a Doña Pilar por teléfono que recoja a Luis del cole, porque no disponemos de dinero para pagar a la niñera.
No podemos esperar nada de nuestros padres, ni ayuda económica ni asistencia concreta. La madre de Carlos tampoco quiere aportar dinero; asegura que los hombres de la familia comen fuera y el gasto de la comida se los lleva todo.
No sé cómo saldremos de esta situación. Todo lo que ganamos se va en comida, ropa y menaje, y aun así debemos pagar a la niñera. ¿Cómo podemos convencer a nuestras abuelas para que, de verdad, nos echen una mano?







