Mi nuera se enfadó cuando le dije que en nuestra familia es costumbre nombrar a los niños con el nombre del abuelo.
Llevo una buena relación con ella. Vivimos sin discusiones ni ofensas. A veces surgían roces, pero siempre encontrábamos rápidamente una solución y no guardábamos rencor.
Cuando me enteré de que estaba embarazada, me alegré mucho. No tardaría en aparecer un nieto en la casa.
El hecho de que fuera un varón llenó de felicidad a mi hijo Antonio; había soñado con tener un hijo y, al saber el sexo del futuro bebé, dijo enseguida que lo llamaría Miguel, como su padre. En nuestra familia es tradición nombrar a los niños por sus abuelos. Cuando mi nuera, Enriqueta, supo que el nombre ya estaba decidido, plantó una bronca y aseguró que ella elegiría el nombre del bebé sin tener en cuenta nuestra opinión.
Quise tratar el asunto con calma y conversar con Enriqueta, pero ella afirmó categóricamente que la decisión ya estaba tomada. Antonio trató de respaldarme, pero su mujer no quiso escuchar y aseveró que sus padres la sacarían del quirófano y que ella viviría con el bebé en su casa.
Antonio trata bien a su mujer y hace todo lo posible por demostrarle su amor y cuidado, pero Enriqueta no lo aprecia. Es una mujer bastante egoísta, que ni por su propio marido sabe callarse. Intenté explicarle las tradiciones de nuestra familia, pero ella me interrumpió de inmediato.
Para mi sorpresa descubrí que Enriqueta y Antonio ya habían pensado en un nombre para el bebé y me dijeron que decidirían todas las cuestiones familiares por su cuenta, sin que nuestra opinión les importara en lo más mínimo. Yo lo veo de otra manera, pues ese niño será mi nieto y continuará la línea de nuestra familia.
Cuando volvió a surgir el tema del nombre, Enriqueta me respondió de forma grosera que no era asunto mío. Me quedé estupefacto. Había puesto todo mi corazón y mi energía en Antonio, y ahora me sentía prescindible en su vida. No lo entiendo. ¿Cómo seguir adelante, cómo relacionarme con mi nuera y con mi propio hijo?







