La Sabia Esposa

Nicolás intentó no pensar en lo ocurrido, y su mujer, Lola, tampoco dijo nada: Sabes que yo sé lo que tú sabes.
Al ver a su marido desconcertado, Lola se quedó más que satisfecha; a un hombre con culpa siempre se le puede meter la mano con facilidad.

Lola era una mujer muy lista, de esos ojos verdes que parecen pozos sin fondo: nadie había visto algo semejante antes ni después. Con una mirada te sumergías y desaparecías, como si cayeras al abismo.

Nicolás se enamoró de Crispina a primera vista; fue definitivo y sin vuelta atrás. La chica llegó tarde a la clase, entró cuando el profesor ya había empezado y, para colmo, resultó que estaban en la misma sección.

Nunca antes había sentido algo así: el mundo pareció desvanecerse y quedar todo en un segundo plano. Pero Crispina no le prestó ni una morsilla de atención. Ni siquiera un vistazo curioso, ni una broma inocente, ni nada. Simplemente a Nicolás le resultaba invisible.

A pesar de cumplir con los estándares de atractivo masculino de hoy, la indiferencia de Crispina fue la primera gran desilusión de Nicolás. En el instituto había sido el chico número uno del pueblo, y nunca le había faltado ninguna chica. Todo eso le sonaba a juego de niños.

El sentimiento que le invadió, sin embargo, era nuevo y poderoso: quizá eso era el verdadero amor. Un pequeño consuelo era que la muchacha no mostraba interés por ningún chico del grupo.

Si esto pasa, pensaba Nicolás a menudo, ¡no sé qué haré con él!.

Crispina se acercó al tercer curso sin que nada cambiase en los sentimientos de Nicolás; él seguía amándola como siempre. Entonces, como si la primavera derritiera el hielo, la chica empezó a reaccionar a las bromas de los compañeros y el galán volvió a brillar.

Cuando fueron juntos a casa en el metro de Madrid, por supuesto Nicolás se imaginó una escena de vida feliz, con final de cuento. Un día le pidió a Crispina que salieran, y ella aceptó inesperadamente. Crispina descubrió que también empezaba a gustarle el simpático Nicolás, con su corte de pelo que recordaba a un personaje de dibujos animados.

Él la invitó a tomarse un café con leche (la canción del momento sonaba en cada cafetería). Pasaron un buen rato y, al final, se besaron: su sueño empezaba a hacerse realidad.

Al acabar el tercer curso ya se les veía como pareja. Al comienzo del nuevo curso, Crispina estaba embarazada. Sí, así ocurre a veces. El bebé llegó el mismo día que ella cumplía años: el 9 de junio, cuando sus padres estaban de vacaciones en la sierra. En el calor del momento no usaron métodos anticonceptivos, pensando que pasaría todo tranquilo.

Al final, la sorpresa fue mayor: había recibido un regalo digno de realeza. Pasaron las vacaciones con los padres, cada uno por su lado. Los móviles todavía no eran omnipresentes, así que el joven padre recibió la noticia solo al volver del sur, a finales de agosto.

Crispina estaba angustiada; llevaba ya dos meses y medio, casi tres, de embarazo y había que decidir. Nicolás también estaba confundido, sin saber muy bien qué hacer. Cuando estaban en la cama, todo parecía romance, pero la cruda realidad salió a la luz: los ojos verdes de la boda.

Casarse parecía prematuro; aún era un chavalo y sus padres no lo aprobarían. ¿Abortar? Crispina no se casaría sin marido, y a él también le parecía demasiado pronto. Además, necesitaban dinero para el aborto y, por supuesto, el consentimiento de la chica.

Como una sombra arrastrada por el viento, Crispina aceptó cualquier opción. ¡Haz algo, Nicolás! le rogó. Él prometió actuar y, efectivamente, lo hizo. Lo que dejó a todos boquiabiertos (incluyéndolo a él) fue que no se presentó a clase el primer día de septiembre.

¿Y cómo? Simplemente se echó atrás. Si alguien le hubiera dicho que eso podía pasarle, el chico no lo habría creído. Resultó que había tomado los documentos y los había llevado a otra universidad, a alguna sede de la Comunidad de Madrid. Crispina quedó sola con su problema.

Los compañeros también estaban perplejos; Nicolás había desaparecido, no llamaba a nadie y sus padres aseguraban que se había mudado a un piso alquilado sin teléfono. En resumidas cuentas, Crispina quedó tachada del todo: la libertad le resultó más atractiva que el amor puro y sincero.

Pasaron los años. Nicolás Timoteo ya estaba felizmente casado, con un hijo de veintidós años llamado Luis. No le interesaba en absoluto su antiguo amor; la había perdido, y nunca supo qué fue de ella. Con el tiempo, la culpa empezó a carcomerle la conciencia: quizá no debió ser tan drástico. Después de todo, amó a Crispina y al niño que llevaba en su vientre.

Su esposa también lo amaba, aunque de una forma distinta: con más fuego y saltos de nieve que con serenidad. Se casaron un año después de la ruptura con Crispina. Lola, su mujer, había estudiado en la misma clase que él, pero en la otra universidad a la que él se había trasladado.

Nicolás nunca le contó a su esposa aquel vergonzoso episodio; ¿qué hombre admitiría que huyó del campo de batalla? Sin embargo, Lola ya lo sabía: amigos en común habían destapado la verdad. Siempre hay gente buena que saca a la luz los secretos.

Lola, sabia como siempre, no le dijo a Nicolás: ¡Lo sé todo, patán!. Entendió que cada uno tiene sus sombras, sobre todo si están vinculadas a algo que no se quiere recordar. Un guiño suyo bastaba para que él no se sintiera expuesto; revelar todo habría destrozado la imagen del marido ejemplar y del hombre de familia que él proyectaba.

El sábado, Sergio anunció que presentaría a su novia: ¡Nos vamos a casar, Lola!. Aunque aún era temprano para casarse, los padres no se opusieron: Sergio ya vivía solo en un piso de una sola habitación, un regalo de la abuela, y no dependía de ellos económicamente.

Cuando Nicolás abrió la puerta a su hijo y a su novia ese sábado, se quedó boquiabierto: ¡allí estaba Crispina! No era la Crispina de los años veinte, sino una copia idéntica, como un clon de esos que aparecen en las series de ciencia ficción.

Era ella, la misma niña de agosto, que había regresado para recordarle que el boomerang siempre vuelve. Nicolás, que no era tonto, comprendió que no era su antigua amor, sino su hija. Al juntar los puntos, se dio cuenta de que quizá era también la hermana de Sergio por parte de padre. ¿Se puede casarse con una hermana? La idea le dio una vuelta de tuerca más grande que el embarazo inesperado.

El corazón le latía más de ciento por minuto, la garganta se le secó y el sudor frío le bajó por la espalda: la justicia divina había hecho su trabajo. Lo correcto habría sido sonreír y seguir la conversación con normalidad.

Nicolás trató de no mirar a la joven, temiendo leer en sus ojos el reproche silencioso de una hija que quizá había venido a sembrar discordia en la familia. Claro, había oído la historia de la madre abandonada y pensó que tal vez venía a vengarse.

¿Te sienta mal la presión? le preguntó Lola, intentando que él se relajara. Él aceptó, usando la excusa de medir la presión arterial para salir de la mesa.

¿Qué pasa, papá? ¿No te gustó Luz? preguntó el hijo, recién llegado de despedir a la novia. ¿Será por la presión?
La presión había subido tanto que tuvo que tomarse una pastilla.

¡No te casarás con ella! gritó el padre de improviso.
¿Por qué? replicó Sergio, desconcertado. ¡Explícame!

¿Esta chica es tu hermana? ¿Yo dejé a su madre embarazada hace veinte años?

Confesar eso era demasiado para Nicolás. No le venía nada a la cabeza salvo ¡Sí, me caso con ella!.

Al final, el día de la boda, Sergio, irritado, salió y dejó el asunto abierto. Lola, con su típica ironía, comentó: ¿Qué te ha picado, hombre? Esa chica parece buena, parece que le gusta Sergio, ¿qué te pasa, papá?

Nadie te va a salvar ahora, Nicolás, pensó él, ¿Qué hago?.

Dos días de tormento pasaron; incluso en el trabajo tuvo que decir que estaba enfermo y pedir baja por una crisis hipertensiva.

Tranquilo, no es ella, le dijo Lola a la hora de la cena.
¿No es ella? replicó él, confuso. ¿Quieres decir que no es la hija de Crispina?

Lola sonrió sabiendo que los buenos amigos habían divulgado una foto del doble, tomada en el apogeo del romance con Crispina.

¿Puede pasar, verdad? dijo ella, ¡Los concursos de doppelgängers existen!.

¿Y su madre se llama también Lola? Exacto, el sábado vamos a casa de los suyos. ¿Ahora sí permites que el hijo se case?

Nicolás exhaló aliviado: ahora sí le daría el visto bueno. Pero, ¿cómo descubrió Lola todo? ¿Era una coincidencia?

Al final, al observar mejor, se dio cuenta de que no era la misma cara: el pelo era de otro color, los ojos diferentes. ¡Qué cosas pasan! pensó, ¿Será la conciencia despertando de nuevo?

Nicolás trató de no recordar lo sucedido. Lola tampoco se mojó: Sabes que yo sé lo que tú sabes.

Vio a su marido desconcertado y eso le bastó; a un hombre con culpa se le manipula con más facilidad. Lola, muy sabia, era su esposa.

Nicolás cambió: perdió un poco de su arrogancia y ostentación. Resultó que nunca fue marido de verdad, sino lo que sea. Pero a su esposa nunca le contó nada, y todo seguía bien.

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