Un motivo para proponer matrimonio. Un sueño de cuento
Gracias por el cariño, los abrazos de palabras, las palmas sonoras y el eco de vuestras risas sobre mis relatos, por seguirme y, sobre todo, gracias inmensas por los eurillos que me habéis enviado para mí y mis cinco mininos. Si algún relato os deja buen sabor, compartidlo con los amigos, que es alegría para este soñador.
¿Tu hija quería un perro de raza? le soltó una tarde un vecino a una mujer del barrio.
Quería, claro, pero el dinero no sobra, ya sabes, vivimos las dos solas respondió la mujer. Pero el vecino, sonriendo ancho como una luna, insistió:
Te doy uno, sin gastar un céntimo, venga, ven conmigo.
Polina, la hija, ya había regresado del colegio y, al oír aquello, se enganchó a la conversación como si llevara flotadores en los brazos.
¡Mamá, vamos, si es gratis! ¡Mamá, te prometo que lo sacaré siempre y sacaré solo sobresalientes, mamá, anda!
¡Ay, Pablo, menudo eres! Liando a la niña y luego que me apañe yo se quejó Marina Fernández.
Marina, primero mírame bien antes de enfadarte mucho. Soy buen tipo, mañoso, trabajador. Solo me falla una cosa: la soledad.
Anda ya, Pablo, ¿qué tengo que mirarte? ¿Te conozco poco acaso? Si te saco siete años, chaval, que yo ya salía del instituto cuando tú apenas sabías atarte los cordones zanjó Marina, cada vez más crispada.
Pero ahora, míranos: ya te alcanzo al hombro; hasta diría que soy más fuerte que tú dijo Pablo acercándose y abrazando a Marina.
Mira, Polina, ¿a que soy más alto y forzudo que tu madre?
Pero con la cabeza vas más escaso, que mira que sobar así delante de la niña Marina logró zafarse.
Eso digo yo: me faltas tú, con tu cabecita bien amueblada, por eso me muero de ganas, Marina sonrió Pablo con tristeza.
Basta ya, ¿vamos por el perro o no? Polina suplicó medio llorando.
¡Eso, eso! ¿Dónde vas a encontrar uno así, y gratis, con manchas y guapo? Y espera que te cuente lo que ha vivido Venid que lo veáis Pablo bajó la voz y Polina, nerviosa, se colgó del brazo de su madre.
Mami, lo prometisteeeees…
Pablo leyó el lío en los ojos de Marina y se apresuró:
¿Preparo el coche? ¡No está lejos, no os vais a arrepentir!
Marina suspiró mirando de lado al vecino y le dijo a su hija:
Bueno, hablan de perro pequeño, pero cuida que como me traigas suspensos…
En el coche, Polina preguntó y preguntó:
¿Es alegre? ¿Cómo se llama? Tío Pablo, ¿falta mucho?
Por fin, llegaron a un edificio antiguo.
Esto era de mi madre, la descanse en paz. Alquilé el piso, pero salió rana la cosa. Perdonad el desastre, que ayer lo vi todo de repente al pasar por el alquiler a buscar la renta…
La casa era un caos de bolsas con arroz esparcido, cajas vacías de galletas y latas de conserva abolladas apestando la estancia. Y justo en el centro, pegados espalda con lomo, una gata gris de ojos dorados y un perro despeinado.
Sufrían ambos de mugre y pelos enmarañados, pero al mirarlos de cerca se entendía, resistían, no se dejaron vencer por el destino torcido que les lanzaron sus anteriores dueñas.
Fijaos Pablo relataba entre el nervio y la carcajada. Más de un mes sin pasar a verlas, vengo a por la renta y me encuentro esto…
Los vecinos cotillas contaron: las dos chicas que alquilaban, se largaron hace dos semanas sin avisar ni pagar.
La gata y el perro se quedaron atrás, olvidados sin clemencia.
Así aguantaron, presos en cuatro paredes, ignorando si llegaría su libertad.
Sin comida, sin agua, solos.
¿Cómo sobrevivieron? jadeó Polina.
Por toda la casa se veían pruebas de su lucha. Galletas y caramelos se esfumaron los primeros días, luego mordisqueaban macarrones, incluso comieron copos de avena. Por milagro lograron abrir unas latas de fabada y leche condensada con lengüeta que hubo entre los restos. Todo lo comestible fue devorado.
¡Y qué manera de zampar!
Pero lo esencial: el agua.
La gata, lista, logró abrir el grifo del baño o se abrió solo con un golpe de suerte. Por dicha no brotó el agua a tope, que si no, inundan a los vecinos de arriba a abajo. Aunque hubiese sido su salvación más rápida, quién sabe…
Pablo había pensado en todo. Polina corrió a mimar y alimentar al perro y a la gata con el pienso que el hombre trajo.
Incluso a Marina se le humedecieron los ojos de compasión.
Sabía yo que no me fallabas, Marina. Eres un alma buena le susurró Pablo mientras Polina acariciaba feliz a los dos animales de barriga llena. ¿Qué decís, los adoptamos a los dos? Y si me dices que sí al corazón, ¿te casas conmigo? Solo me faltabas tú. Mira que tengo coche y dos pisos: uno para Polina cuando crezca, otro para alquilar pero, eso sí, a gente honrada, no como estas inconscientes. ¿Qué me dices? Nos saldrá todo bien, igual hasta ampliamos familia. El perro, la gata, tú, yo ¡Qué casa más decente la nuestra, Marina!
¡Di que sí mamá! gritó Polina, sin comprender de todo pero saltando de alegría.
Pablo soltó una carcajada.
Aquí todo el mundo lo tiene claro, ¡tú decides, Marina!
Anda, Pablo, ¿estás en serio? Marina se sonrojó, sorprendida.
Vaya que sí era simpático el vecino, y tan bueno, cuidando de los animales desamparados…
Marina nunca pensó que alguien la pediría en matrimonio, en serio. Solo de imaginarse la escena, Pablo la abrazaba de nuevo y a ella le latía el pecho tan rápido
Déjame pensarlo… si de verdad hablas en serio, ¡pícaro! Marina se ruborizó hasta las orejas.
Pues piensa, que yo de momento me quedo con la gata y a vosotras os dejo el perro, como queríais. Mañana vengo a por respuesta, pasearemos a Misi y tú a Rufián. ¡Así me ayudas a ordenar este caos! Pablo trató al perro como si le entendiera, y este ladró como si sí.
Convenció Pablo a Marina, y la hizo su mujer.
Un mes después, medio vecindario celebraba la boda con fiesta. Se cocinó en casa de Marina, aunque se puso la mesa larga en la de Pablo, que tenía más salón.
Misi y Rufián ya no se separaban de sus nuevos dueños ni un segundo. Los animales siempre eligen a los de buen corazón.
Un año más tarde, nacieron los mellizos: Sonsoles y Leandro.
Misi y Rufián, vigilantes y cariñosos, cuidaban a los bebés como parte de la familia.
Y como en los sueños de las buenas siestas, en familia numerosa, la felicidad revienta los costados.
Infancia alegre, gatos y perros felices.
Especialmente si hay rabo y bigotes en casa.







