**El Viudo**
Toda la aldea acompañó a Prohor en el entierro de su esposa. Vera se fue demasiado pronto, después de una larga enfermedad. A los cuarenta años, Prohor se quedó viudo, con dos hijos: el mayor, Andrés, ya un hombre, y el pequeño, Federico, de apenas trece años. De repente, se vio solo, en la flor de la vida, cargando con todo el peso de la casa. Al principio, parecía soportable, aunque el dolor era profundo: habían vivido bien juntos, sin peleas, ella era una mujer hacendosa y cariñosa.
Prohor siempre ayudaba a su esposa, no bebía como otros hombres del pueblo, y menos ahora. Todo dependía de él. Andrés, el mayor, había planeado alistarse en el ejército, pero en la revisión médica le detectaron algo, pies planos, y lo rechazaron. Se sintió decepcionado, pero pronto recapacitó:
—Quizá sea lo mejor. Así Irene no tendrá que esperarme, sufrir ni echarme de menos. Y yo tampoco. Dentro de poco nos casaremos.
Andrés estudió para ser electricista y ya estaba a punto de pedirle matrimonio a Irene, una chica vivaracha y guapa. Pero la desgracia llegó. Un día, mientras Prohor y Andrés arreglaban el tejado de la casa, empezó a llover. Andrés resbaló y cayó de espaldas al suelo. No pudo levantarse.
Prohor llamó a una ambulancia y lo llevaron al hospital.
—¿Qué será ahora de él? —pensaba el padre—. Ojalá no sea grave. Un hombre joven, a punto de casarse con Irene…
Pasó el tiempo. A Andrés lo dieron de alta, pero seguía en casa, moviéndose con muletas. Esperaba que Irene viniera a verlo, pero ella nunca aparecía. Hasta que llegó Constantino, su amigo, y le contó que la madre de Irene andaba diciendo por todo el pueblo que no habría boda entre su hija y Andrés.
—Andrés se ha quedado lisiado. No dejaré que Irene se case con él. No quiero que pase su vida cuidando de un inválido —decía la madre. Algunos la criticaban, pero ella no cedía.
—Mamá, quizá se recupere —intentaba convencerla Irene.
—No lo hará. Si fuera así, ya estaría de pie —sentenció su madre—. Y no vuelvas por ahí. Tú eres una chica guapa, habrá otros…
Andrés se sintió humillado al oír que lo llamaban inválido, y le guardó rencor a Irene.
—Dile que no quiero verla. Si tan fácilmente se rinde, no la necesito —le dijo a Constantino. Ella, orgullosa, también se ofendió.
Con el tiempo, Andrés dejó las muletas, pero su alma se llenó de amargura. Ya nada le alegraba la vida. Prohor tampoco era el mismo: le dolía ver a su hijo así, y además tenía que cuidar del pequeño Federico. La casa, los animales, todo dependía de él.
No muy lejos vivía Lucía con sus padres. Pero hacía dos años que estos habían fallecido en un accidente: volvían del pueblo en moto bajo una tormenta, la lluvia era tan fuerte que no veían nada. Debieron parar, pero el destino quiso que chocaran contra un camión. Ahora Lucía vivía sola. Aunque delgada y menuda, ya rondaba los treinta. Trabajaba como dependienta en una tienda.
Su vecina, Bárbara, una mujer mayor que había sido amiga de su madre, la tomó bajo su protección. Le daba consejos y no la dejaba desamparada.
—Lucía, deberías irte a la ciudad. Allí podrías casarte, eres una chica guapa, nadie diría que tienes casi treinta. Aquí en el pueblo los chicos jóvenes escasean, todos se van —le decía Bárbara.
—No, tía Bárbara, no quiero ir a la ciudad. Soy de pueblo. Allí es todo ruido y prisas, no me gusta.
—Pero deberías casarte. Ya vas para los treinta, hay que tener hijos a tiempo.
—¿Con quién? No me gusta nadie. Quizá aparezca alguien —reía Lucía—, algún forastero…
Pero Bárbara ya tenía un plan. Y no tardó en ponerlo en marcha.
—Prohor no me es ajeno. Fui amiga de su madre, Ana, Dios la tenga en su gloria. Era una buena mujer, y Prohor le salió igual. Andrés, su hijo, también es trabajador, aunque cojea desde el accidente —pensaba—. ¿Y si junto a Lucía con Andrés? Se casarán, se querrán. Con Irene no funcionó. Será mejor para todos.
Un día, Bárbara fue decidida a hablar con Lucía. Poco después, salió satisfecha y se dirigió a casa de Prohor.
—Hola, Prohor, no me esperabas, pero vengo por un asunto importante, con Andrés —saludó alegre.
—Hola, tía Bárbara, pasa. Qué sorpresa —respondió él.
—Escucha, Prohor. Andrés es un buen muchacho, bien parecido, como todos los de tu familia. Pero me duele verlo así, cargando con tanto dolor. Quizá sea hora de cambiar su vida. Mi vecina Lucía es una chica estupenda, hacendosa. Es mayor que Andrés, pero parece una niña, es hermosa y dulce. Vive sola, es modesta y recatada. ¿No sería una buena esposa para Andrés? ¿Dónde está él?
Prohor llamó a la ventana. Pronto apareció Andrés, alto y fuerte, cojeando levemente.
—Andrés, escucha lo que nos propone la tía Bárbara.
La visita se prolongó. Cuando Bárbara salió, se frotaba las manos, sonriendo. Su plan había funcionado.
Poco después, Lucía se mudó a casa de Prohor y se casó con Andrés. Se adaptó rápido a su nueva vida, sintiendo que por fin tenía una familia. Federico, el hermano pequeño, se encariñó especialmente con ella, quizá por añorar el cariño de una madre. Lucía le ayudaba con los deberes, incluso escribían redacciones juntos, y siempre le traía dulces de la tienda. Sus comidas eran deliciosas, y todos en casa lo apreciaban.
—Lucía —le decía Federico—, ¿me haces tortitas con nata?
—Ya pareces una tortita tú mismo —bromeaba Prohor—, con esas mejillas. Nos has engordado a todos, Lucía.
—Es vuestra complexión. Sois hombres fuertes, altos. Hay que alimentarse bien —respondía ella.
Pero a Prohor le costaba aceptar que lo llamara “suegro”. Empezó a tener pensamientos que ocultaba, temiendo que alguien los notara. Ansiaba oír la voz de Lucía, hablar más con ella, ver su sonrisa radiante. Pero no: era la esposa de su hijo, y debía alejar esas ideas.
**A veces se va por las noches**
Andrés y Lucía llevaban una vida tranquila, sin grandes muestras de amor. Se cuidaban, conscientes de que su matrimonio no había sido por amor. Pero esperaban que, con el tiempo, surgiera el cariño. Hasta la tía Bárbara lo decía. Prohor veía que su hijo había recuperado la sonrisa, parecía más animado. En sus ratos libres, arreglaba la casa: el cercado, el cobertizo…
Pero Prohor notaba algo raro: algunas noches, Andrés salía sin explicación.
—Tiene una mujer en casa, ¿adónde irá? —pensaba.
Lucía, por las tardes, se volvía callada y se encerraba en su habitación. Una noche, Prohor la detuvo.
—Lucía, ¿qué pasa? Andrés y tú actuáis como extraños.
—No, nada —respondió ella, evasiva—, te lo imaginas.
Pero Prohor quiso saber la verdad. Al día siguiente, habló con su hijo. Andrés no se anduvo con rodeos.
—Padre, no te preocup






