Diario de Almudena, Madrid
Almudena, ¿te has quedado muda? Que ya hemos comprado los billetes, hija, que llegamos a Atocha a las seis de la mañana el sábado. Que no se te peguen las sábanas, ven a recogernos, que venimos con maletas y con Aitana y los niños, que el taxi está por las nubes, y tu coche es grande, cabemos todos el tono de la tía Puri retumbaba al otro lado del teléfono, más fuerte que el chorro de agua que había puesto yo para llenar la bañera.
Me quedé tiesa, sujetando el móvil entre el hombro y la cara. Seguía en la entrada de mi piso nuevo, ese que aún olía a pintura y muebles recién estrenados. Las llaves me las dieron hace apenas un mes. Veinte años de hipoteca, tres años de rascar hasta el último céntimo, diciéndome no a otro café, no a un vestido, seis meses de obras en los que aprendí a enyesar paredes y elegir tarima como si fuera jefa de obra. Este era mi refugio. Mi pequeño paraíso blanco, ordenado, donde quería pasar por fin un fin de semana silencioso conmigo misma y las vistas desde mi ventana.
Espera, tía Puri encontré finalmente la voz y apagué el grifo, yendo a la cocina donde me esperaba la taza de infusión a medio beber. ¿Qué billetes? ¿Qué tren? Si yo no he invitado a nadie.
Al otro lado hubo ese silencio espeso que parece que puedes masticar. Luego la tía Puri cogió aire y yo escuché ese resoplido suyo antes del huracán.
¿Cómo que no has invitado? ¿Te has vuelto loca? ¡Que es el setenta cumpleaños del tío Paco! Vive justo en tu ciudad, ¿ya no te acuerdas? Viene toda la familia. ¿Para qué gastar en hotel si tú tienes un pisazo? Tu madre dijo que habías comprado un piso bonito y hecho reformas. Así que vamos: yo, el tío Luis, Aitana con su marido y los gemelos. En total, seis. No pedimos mucho, unos colchones en el suelo y punto. No necesitamos más. Ya llevamos nuestras mantas.
Me senté en el taburete alto, notando cómo me latía la sien. Seis personas. La tía Puri, que ronca como un león y manda en la cocina ajena. El tío Luis, que siempre acaba fumando y bebiendo en el balcón (y el mío es abierto y tengo la butaca buena ahí). Aitana, la prima, convencida de que sus gemelillostorbellino pueden pintar paredes y saltar en el sofá sin problema. Su marido, Ignacio, siempre de mala leche, que se zampa todo lo que pilla.
Tía Puri le dije clavando mis ojos en la limpieza inmaculada de la cocina. No puedo recibiros. Aún no he puesto ni todos los muebles. No tengo sitio donde dormir y trabajo el fin de semana, tengo que terminar un informe.
¡Ay, por Dios, Almudena! resopla ella. ¿Pero qué informe? Sábado y domingo son festivos. ¿Que no tienes muebles? Dormimos en el suelo, mujer, no somos tiquismiquis. ¿Vas a dejar a tu tía en la puerta? ¡Si te regalé tu primera muñeca cuando tenías cinco años!
La dichosa muñeca me la restregaba por la cara cada vez que le daba la gana. Encima era de saldo, le faltaba una pierna, pero en la memoria familiar es una joya.
Tía, lo siento, de verdad. Pero no contesté. Mi piso es nuevo, no estoy preparada para tanto follón. Y el tío Paco vive en la otra punta de la ciudad, os sale mejor buscaros algo cerca, yo os ayudo a encontrar un apartamento, os mando enlaces.
¡Será posible! gritó la tía casi chillando. ¡¿Ahora eres de las que mandan enlaces? ¡La señorita de ciudad! ¿¡Te crees mejor que nosotros porque tienes piso!?
Tía Puri… interrumpí, notando la frialdad instalada ya en mi cuerpo. No me creo nada. Solo que no os puedo alojar. No os hagáis ilusiones. No pienso abrir.
Colgué antes de volver a oírla. Tenía las manos temblando. Sabía que esto era solo el pistoletazo de salida. Pronto llegaría la artillería pesada.
A los diez minutos me llamó mi madre.
Almudena, que tu tía Puri está con la pastilla de tranqui, que dice que los has mandado a freír churros. ¿Se puede saber qué te ha pasado en la cabeza?
Mamá, solo he dicho que no puedo tener aquí un campamento de seis. Que mi piso es nuevo, tengo paredes blancas, parqué caro. ¿Te acuerdas de los niños de Aitana? ¿De la última vez, que pintaron el gato de verde y tumbaron la tele de abuela? Aitana solo decía: Ay, exploran el mundo. Pues que no lo exploren aquí.
Pero es la familia insistió mi madre con ese tono que se usa para los niños. Dos días los aguantas, sacas los jarrones, pones hule… A Puri le va a dar un yuyu, va a hablar mal de ti, ¡qué vergüenza!
¿Vergüenza? La vergüenza sería tener que limpiar mi casa tras el paso de esa familia extensa solo porque la tía quiere ahorrarse 500 euros de hotel, cuando se gastan el dinero en regalos y billetes. Que se busquen alojamiento.
Eres una egoísta suspiró ella. Igual que tu padre, que sólo pensaba en estar tranquilo. Así te verás sola, Almudena.
Mamá, mejor sola y en paz que después recogiendo los desastres de la familia. resoplé y colgué.
Viví esa semana en tensión. Ni un mensaje más, ni de Puri, ni de Aitana. Empecé a pensar que entrarían en razón, alquilarían algo, o ni vendrían. No es no, me repetía.
El sábado amaneció perfecto. Dormí de un tirón, me preparé un café, me puse el batín de seda y salí al salón. Sol, calma, paz. Iba a leer y pedir comida japonesa. Quizá darme un baño largo por la noche.
A las nueve de la mañana, sonó el portero. Repentino, exigente.
Di un salto, a punto de derramar el café en la alfombra. Ya sabía quién sería. En la pantalla del videoportero: manada con bolsas enormes, la cara roja de la tía Puri, el tío Luis con la boina en la coronilla, los niños pulsando todos los botones posibles.
¡Almudena, abre, sorpresa! gritó la tía Puri a la cámara. Venimos del tren, deja que entremos a beber agua, ¡hombre!
Me apoyé de espaldas en la pared. Habían venido. Ignoraron lo que dije, esperando que la presión cara a cara funcionara.
Respiré hondo, conté hasta cinco y di al botón.
Ya os lo dije. Que no vinieseis, que no os pienso dejar pasar.
¡Hija, déjate de tonterías! dijo mi tía dándole a lo suyo. Que somos de casa. Abre, que los niños se hacen pis.
En el bar que hay al lado hay baño gratis contesté, intentando sonar serena. Yo aquí, no. Lo siento.
¿Vas en serio? ¡Que estamos con las maletas! Tu madre lo sabe. ¡Abre, o armo un escándalo!
Hace una semana os pasé por WhatsApp direcciones de hoteles. Si necesitáis ayuda, os la doy. Yo aquí no.
Colgué y silencié el portero automático.
Alguien debió abrirles la puerta del portal. Pronto los tenía dando golpes a mi puerta, pulsando el timbre sin parar.
¡Almudena! ¿Pero qué haces? ¡No tienes vergüenza! gritó Aitana. Los niños están agotados…
¡Abre, desagradecida! rugió el tío Luis. Te hemos traído chorizo y queso de la abuela.
Me abracé el cuerpo mientras miraba mis suelos claros. Me entró un sudor frío por el escándalo y la vergüenza. ¿Qué pensarán los vecinos? Pasé de esa vocecita. Pensé en la suciedad de seis personas, las paredes arañadas por bolsas, el olor a colonia barata mezclado con vino. Todo violando mi espacio, ese que tanto había costado construir.
No.
Fui a la puerta y dije bien alto:
Llamaré a la policía si no os vais ahora mismo. Denunciaré por escándalo y allanamiento.
Un silencio tenso. Después:
¡Vas a acabar con tu madre en un disgusto! aulló la tía. ¡¿Llamar a la policía a tu familia?! ¡Que se te seque la lengua!
Cuento hasta tres avisé. Una…
Está ida, vamos, mamá escuché a Aitana, con miedo en la voz. Que lo dice en serio.
Dos…
¡Que te den! rugió el tío Luis, y pateó solo la puerta. ¡A ver si te atragantas con tu pisito!
Tres.
Ruidos, maletas, algún llanto de crío, bronca. Por fin oí las voces bajándose las escaleras.
Me derrumbé en el suelo de la entrada y me tapé la cara con las manos. Las lágrimas me corrían por la cara, de puro nervio, no por pena. Pero lo había conseguido. Defendí mi espacio.
El móvil vibraba en el salón. Vi una docena de llamadas perdidas de mi madre, de la tía Puri, de números desconocidos. Apagué el teléfono.
Fui a la cocina y me serví un vaso de agua. Miré por la ventana: allí abajo, montando todo un numerito, hablando a gritos, señalando mi piso.
Me vino a la mente un recuerdo desagradable: hace cinco años, yo era estudiante en Salamanca, recién llegada para una beca. No me dieron plaza de residencia; no tenía dinero para alquilar ni para hostal. Llamé a la tía Puri, le pedí cobijo. Ay, Almudenita, tenemos la casa en obras, polvo por todas partes y Aitana está con un chico, van a estar incómodos, me dijo. Dormí tres noches en la estación agarrada a mi mochila, hasta que una anciana me alquiló una habitación a cambio de hacerle la compra.
Entonces, la sangre familiar no la alteró. Pero ahora que yo tengo pisazo, sí.
No, pues no dije en voz alta. No, en esta vida.
Puse música suave, preparé otro café y me senté en mi butaca. El día estaba arruinado, pero mi piso seguía perfecto.
Por la noche encendí el teléfono. Decenas de mensajes.
¡Ya no eres hija ni sobrina mía! escribía la tía Puri.
¿Cómo has podido hacerle esto a mamá? ¡Que le va a dar algo! me soltaba Aitana.
Avergonzada de que seas mi hija, ponía mi madre. Eso sí que dolió.
Me quedé mirando la pantalla, tentada de justificarme, recordar la historia de Salamanca y la muñeca, de defender mi derecho a decidir sobre mi espacio. Pero me di cuenta de que era inútil. Para ellos era solo el billete a una comodidad gratuita.
Solo le escribí a mi madre: Te quiero. Pero soy adulta y aquí mando yo. Si vienes sola, avisando antes, estaré encantada. Pero no me chantajees con la familia. Hace cinco años Puri me dejó tirada en Salamanca. Simplemente igualo la jugada.
No contestó.
Pasó una semana. Empecé a respirar de nuevo. Algún vecino al cruzarse me miraba con curiosidad, pero nadie dijo nada. Una vecina joven, paseando a su perro, hasta me sonrió: ¡Bienvenida! Vaya puertas tienes, reina.
Al mes llamó mi madre. Voz seca, pero tranquila. Preguntó por el trabajo, si pago bien la hipoteca. No mencionó a Puri. Yo tampoco.
La familia se esfumó. Ni celebraciones ni mensajes de grupo. Descubrí que vivía más tranquila. Sin preguntas incómodas, sin regalos por compromiso a los hijos de mis primos. Más ligera.
Pasaron los meses. Llamaron al timbre antes de Nochevieja. Era Aitana, sola, llorosa.
Abrí.
¿Puedo entrar? susurró, temblando.
Pasa, déjate los zapatos en la puerta.
Fue derecha a la cocina, se sentó de puntillas en la silla.
He dejado a Ignacio escupió entre lágrimas. Sabe Dios que lo he intentado, pero empezó a beber y a pegar. Mis hijos los dejé con mi madre, pero yo ya no puedo más. Mamá me echa la culpa; la tía dice que aguante por los niños. Pero yo no aguanto más.
Le temblaban los ojos de cansancio.
Almudena, ¿puedo quedarme? Solo hasta buscar habitación, lo prometo. Yo no molesto, duermo en el suelo.
La vi, tan distinta a la Aitana furiosa frente al portero hace meses. Ya no exigía, suplicaba ayuda.
En el suelo no. El sofá se abre dije, y le puse un té caliente. Pero con condiciones. Ni niños aquí, el piso no está preparado. Máximo una semana. Te ayudo con los anuncios de alquiler. Y ni una palabra de mí a la tía Puri. Si me entero, fuera en el acto.
Gracias, Almudena. Gracias de corazón. Éramos unas idiotas. Te envidiábamos, lo digo ahora. Porque tú sí supiste salir y tener tu lugar en el mundo y nosotros tragando.
La envidia es venenosa le respondí. Vamos, ve a descansar, ya te he puesto sábanas.
Estuvo cinco días. No se le oía. Lavaba los platos, mantenía todo impoluto. Cuando encontró una habitación, se fue.
A partir de ahí, su vida cambió poco a poco. Se divorció, volvió a trabajar, limitó el contacto con Puri y su madre. A veces quedábamos para ir al cine o tomar café.
La tía Puri nunca me perdonó. Pero me daba igual. Por las noches, sentada en mi sofá favorito con un libro y una copa de vino, contemplando el perfil de Madrid, comprendía que mi casa es mi castillo no es un simple refrán. Es la manera de sobrevivir. Y que, para sentirse seguro y en paz, a veces, hay que dejar el puente levantado. Aunque al otro lado espere gente que lleva tu apellido.







