Carmen estaba tumbada, inmóvil, escuchando el tic-tac del reloj en la mesilla de su compañera de habitación.
Tic-tac.
Tic-tac.
Cada sonido le recordaba, lento y constante, que el final se acercaba.
Fuera, septiembre vestía el cielo de gris, igual que la fachada del edificio de enfrente. Todo parecía teñido de un solo color: el de la desesperanza.
***
Nunca fue una mala persona. Simplemente, siempre había algo en su vida que parecía más urgente que sus hijos.
Ese algo le gritaba siempre: ¡Ahora!, ¡Corre!, ¡No llegas!
Y Carmen se dejaba la piel. Día tras día. Por ellos.
Todavía recordaba el olor del mercado: humedad, el aroma fuerte de la col y las verduras pasadas.
A primera hora, mientras se enfundaba unos guantes llenos de agujeros para combatir el frío en su puesto, su hijo y su hija dormían plácidamente en casa.
Ella pagaba ese confort con cada euro ganado a pulso. El sueño tranquilo de sus hijos era su deber sagrado, su meta y su premio.
***
Las charlas con las otras vendedoras siempre giraban en torno a lo mismo:
Los niños otra vez con fiebre se quejaba la robusta Ana, que vendía en el puesto de al lado. No he pegado ojo, bajando la temperatura. Un horror. Así no se puede trabajar
Carmen asentía en silencio, contando las monedas.
No entendía a Ana.
De verdad, ¿qué era más importante? ¿Una nariz mocosa o el dinero para comprar medicinas y zapatos nuevos?
Para ella, la respuesta era obvia.***
Un día, cuando Marcos tenía unos diez años y Lucía siete, aparecieron por el mercado. Era sábado. Carmen, agotada pero satisfecha con la recaudación, les dio a cada uno una empanadilla de espinacas y un vaso de té caliente del termo. Se sentaron en una caja detrás del puesto, pequeñitos, felices, mirándola con devoción.
Mamá, ¿te ayudamos? preguntó Marcos, con toda la ilusión del mundo.
¿Ayudarme? rió Carmen. Venga, a ver, ¿cuánto tengo que dar de cambio aquí?
Le puso en la mano un fajo de billetes arrugados.
El niño frunció el ceño, concentrado, contando despacio. Lucía lo miraba con orgullo, como si resolviera un misterio importantísimo.
En ese instante, Carmen sintió una ternura rara, pero enseguida se contuvo: así debía ser. No solo les daba de comer, les enseñaba a espabilar, a enfrentarse a la vida real.
Y vaya si aprenderían. Ella se encargaría de eso
***
Luego vino el dibujo. Lucía, aún pequeña, entró corriendo en la cocina y le tendió un folio. Había una figura torpe, con un sol por cabeza y dos palitos por brazos.
¡Mamá, mira! ¡Somos tú y yo! ¡Nos damos la mano! la voz de la niña sonaba limpia, llena de alegría.
Carmen estaba removiendo un potaje espeso, cansada tras diez horas de pie. Solo pensaba: Mañana, antes de que cierren, tengo que comprarle vaqueros a Marcos, que los otros están rotos.
Echó un vistazo rápido al dibujo.
Muy bien, cariño. Anda, vete a jugar y no molestes, que se me pega el guiso.
Vio cómo la luz en los ojos de Lucía se apagaba de golpe. Los hombros se le hundieron. Pero, ¿qué podía hacer? El guiso no se hacía solo. Los vaqueros tampoco se compraban solos.
Pegó el dibujo en la nevera con celo. Duró ahí unos días, hasta que lo tapó la lista de la compra semanal.
***
Una tarde, ya de adolescente, Marcos, rojo como un tomate, intentó hablarle de una chica de clase.
Mamá, que Marta, la de tercero B me ha escrito se retorcía el cuello de la camiseta vieja.
Carmen, sentada en el sillón, cerrando los ojos tras una jornada agotadora, lo cortó en seco.
Eso ahora no te toca. Cuando termines la carrera, ya habrá tiempo para novias. Ahora estudia, que no quiero verte de peón toda la vida.
Estaba convencida de que era el consejo correcto. Había que ser fuerte, no distraerse con tonterías.
Y él lo aprendió.
Tanto Marcos como Lucía sacaron matrícula en todas sus lecciones.
***
Ambos formaron familias sólidas, donde no cabía la ñoñería. Llamaban a su madre en fechas señaladas: el Día de la Madre, Nochevieja. Conversaciones cortas, educadas.
Hola, mamá. ¿Qué tal?
Bien. ¿Y vosotros?
Todo bien. Bueno, te dejamos.
Se ocupaban de ella a distancia. Le hacían transferencias pequeñas a la cuenta. Era cómodo. Era práctico. Era el método que ella misma les había enseñado, y ahora le volvía como un eco.
***
Y entonces llegó el ictus.
Despertó en el hospital. Sola. Los primeros días fueron una niebla de batas blancas y olor a desinfectante, pero en cuanto se despejó, Carmen pidió el móvil.
Con esfuerzo, marcó el número de Lucía.
Lucía, hija, hola la voz le salía ronca y débil. Estoy en el hospital he tenido un ictus.
Al otro lado, silencio. Luego, un suspiro largo, cansado.
Ay, mamá, ¿pero cómo me haces esto ahora? Tengo los informes, el cierre de trimestre, los niños malos Iré cuando pueda, ¿vale? Llamo al médico y veo qué necesitas. ¿Te ingreso algo?
Dinero. Otra vez el dinero
No hace falta, Lucía susurró Carmen. Ven tú, mejor.
Mamá, que no puedo, de verdad. ¿No lo entiendes? Te llamo mañana.
Carmen llamó a Marcos. La mano le temblaba.
Hijo, estoy en el hospital de la ciudad
Ya lo sé, mamá. Lucía me ha avisado. Pero justo ahora tengo la obra, no puedo dejarlo. Te hago una transferencia, compra lo que necesites. Y da algo a los médicos, para que te cuiden bien.
Siempre tan práctico. Como ella le enseñó.
***
Los días se hacían eternos. Por la mañana, pinchazos; después, un desayuno que no podía tragar. Luego, horas de espera.
En la cama de al lado, una anciana con la pierna rota recibía cada día la visita de su hija. Le traía comida casera, zumos, le leía en voz alta. Se reían, recordaban cosas.
Cada vez que oía sus risas, Carmen se tapaba la cabeza con la almohada. Dolía más que cualquier herida.
Al mes, cuando ya estaba claro que Carmen no mejoraría, el médico, un chico joven de ojos cansados pero amables, se sentó a su lado.
Doña Carmen le dijo con voz suave, hemos hecho todo lo posible. Su estado es estable, pero necesita cuidados constantes que aquí no podemos darle. Queremos trasladarla a un centro de cuidados paliativos.
Paliativos
La palabra sonó a sentencia. Como si le pusieran un sello: nadie la espera.
¿Y mis hijos? preguntó bajito. Que decidan ellos.
Ya hemos hablado con ellos respondió el médico, incómodo. Están de acuerdo. Creen que allí estará mejor. Hay atención las veinticuatro horas.
***
En el centro, todo era silencio. Olía a medicinas, a limpieza, a resignación.
Las compañeras de habitación esperaban llamadas de sus familias. Una no paraba de hablar de su hijo, que pronto vendría de otra ciudad.
Carmen no esperaba a nadie. Ya lo había entendido todo.
Había construido un mundo donde los hijos eran una responsabilidad, no una alegría. Donde sentir era debilidad.
Había criado a dos personas fuertes y resolutivas, que solo hacían lo que ella les enseñó. No se metían en la vida de los demás. No cargaban con problemas ajenos.
***
Se fue apagando despacio. Los últimos días apenas hablaba.
No pensaba en los billetes ni en los puestos del mercado
Solo le venía a la cabeza aquel dibujo torpe con un sol por cabeza, el que pegó en la nevera y olvidó; y la cara avergonzada de su hijo, que quiso contarle algo importante y ella lo despachó mandándolo a estudiar
Y una frase suya, que retumbaba sin parar: Eso no sirve para nada.
¡Cuánto se equivocó!
Sí que servía. Muchísimo.
Solo que no lo supo ver. Cambió momentos por minutos, y la vida por la supervivencia.
***
Murió de madrugada. La enfermera que fue a ponerle la inyección solo pudo certificarlo. El cuerpo ya estaba frío.
***
Llamaron a los hijos.
Primero a Lucía.
¿Sí? contestó, medio dormida.
¿Lucía García? Llamamos del centro. Su madre, Carmen Rodríguez, ha fallecido esta noche.
Silencio. Luego, un sollozo histérico, pero casi forzado.
¡Ay, mamá! ¡Dios mío! ¿Y ahora qué hago? Si tengo la boda de mi primo en tres días los billetes, el vestido ¿Y ahora qué? ¿El entierro?
Después llamaron a Marcos.
Dígame.
¿Marcos García? Llamamos del centro. Su madre ha fallecido.
Entiendo respondió, sin inmutarse. ¿No pueden encargarse ustedes? Yo pago lo que haga falta. Es que tengo mucho lío en el trabajo. Pásenme el número de cuenta y hago la transferencia
***
La enterró el ayuntamiento. En una fosa común, en la esquina del cementerio donde van los que nadie reclama.
Una cruz de madera sencilla. Una placa.
Alguien escribió su nombre y fechas de cualquier manera
Nadie lloró por ella. Nadie echó un puñado de tierra.
Vivió para que sus hijos sobrevivieran, y al final se fue como si nunca hubiera existido.
Porque para quienes les dio la vida, acabó siendo solo una función más, algo que no merecía la pena cuidar.







