Esta mañana, mi hijo recién cumplidos sus treinta y un años bajo el cielo de Madrid me soltó, sin rodeos, que los inquilinos del piso de su padre deben hacer las maletas, porque él y su esposa desean mudarse allí cuanto antes.
Siempre he creído que el destino no reparte suerte como si fuera una rifa; cada uno se busca sus propias lentejas y se guisa su propio cocido. Las decisiones de ayer se sirven en la mesa de hoy. Yo, por ejemplo, metí la pata hasta el fondo al enredarme con un hombre que tenía menos sentido del deber que un gato en una lonja. Me enamoré de Pablo, confié en él, aunque todo el barrio sabía que era más mujeriego que el chotis de San Isidro. Me monté la película de que cambiaría por mí, pero la realidad es que la gente no se transforma ni aunque le toque el Gordo de Navidad; ni el nacimiento de nuestro hijo logró que Pablo dejara sus escapadas nocturnas.
Hace tiempo que los rumores sobre las nuevas andanzas de mi marido llegaban a mis oídos. Me lo contaban amigos, vecinos y hasta la tía Carmen. Sentía una mezcla de vergüenza y tristeza, sin saber cuál pesaba más en mi pecho. Así pasé cinco años. Por suerte, Pablo terminó cediendo su piso a nuestro hijo para no soltar ni un euro de pensión alimenticia. Yo alquilé el piso a mi ex y me mudé allí con mi hijo y mi madre, que necesitaba más cuidados que una maceta en invierno.
Siempre procuré que mi hijo tuviera lo mejor. Todo lo que sacaba del alquiler lo invertía en su educación, ropa y caprichos. Quería que viviera una infancia digna de anuncio de turrón. También usaba ese dinero para pagar facturas, llenar la despensa y comprar medicinas para mi madre. Confiaba en que, al crecer, sabría valorar mis desvelos. Pero ahora, con mis cincuenta y siete años, lucho contra la diabetes. Para sobrevivir al día, tengo que vigilar el azúcar y pincharme insulina como quien se toma un café en la Plaza Mayor.
Por desgracia, mi salud me impide trabajar, y nadie en su sano juicio contrata a una mujer de mi edad con diabetes. Mi único ingreso es el alquiler del piso. Mi hijo, tras soplar las velas de los treinta y uno, me ha dicho que los inquilinos tienen que irse porque él quiere instalarse allí con su esposa. Cuando le expliqué que me quedaba en la calle, me soltó que ese no era su problema.
No comprendo cómo, después de tantos años de esfuerzo, no he conseguido ahorrar ni para un bocadillo de jamón en la jubilación. No sé qué hacer ahora Necesito comprar medicinas, comida y pagar los recibos de la luz. ¿Cómo ha podido mi propio hijo dejarme tirada? ¿Quién se cree, el rey de España?
Hoy, al cerrar este diario, me doy cuenta de que la vida no siempre recompensa el sacrificio, pero yo no pienso rendirme ni aunque me lo pida el cuerpo.







