¿Y las servilletas? ¿Dónde las has puesto? Te dije que sacaras las de dibujo plateado, que hacen mejor juego con el mantel repetía Marina González, sin girarse, mientras cortaba el limón en rodajas tan finas que podían aspirar a ser traslúcidas.
Su marido, Víctor, ya estaría normalmente apalancado en el sofá viendo el especial de Nochevieja esperando las campanadas, pero hoy aún no había llegado. Marina hablaba sola, resoplando a la vieja usanza en la tranquila cocina. Solo quedaban tres horas para que dieran las doce. El horno dejaba cocerse el pato con manzanas reineta su plato estrella heredado de madre y abuela, tradición indiscutible. Todo el piso relucía como los chorros del oro, el árbol lanzaba luces multicolor a diestro y siniestro, y ella sentía en los huesos ese regusto de magia inminente que, aunque tengas cincuenta, no caduca jamás.
Se secó las manos y miró el reloj. Víctor tardaba. Dijo que pasaba por la oficina a recoger un regalo olvidado para ella y… más se perdió en la guerra. Marina sonrió para sí. Seguro que era algo especial. Este año celebraban sus bodas de plata: veinticinco años juntísimos, y decidieron pasar la Nochevieja románticamente, solos, sin ese barullo de familia que ya estaba desperdigada por medio país.
De pronto, la cerradura de la entrada sonó. Marina se retocó el pelo, se quitó el delantal y dejó al aire su vestido de terciopelo, apresurada por recibir a su esposo.
¡Viti, que la cena se pasa! ¡El pato ya está…! Las palabras casi se le atragantaron.
Víctor no venía solo. A su lado, sacudiendo el granate de la nieve de una chaqueta de visón de lo más llamativa, daba saltitos Carmen Almansa, joven, de pelo pelirrojo y labios intensamente pintados. En la mano llevaba una bolsa de mandarinas; Víctor apretaba una botella de cava cual flotador de náufrago, intentando sonreír con un aire de “yo no he sido”.
¡Marina! ¡Mira quién viene a cenar! anunció Víctor en voz alta, tan alta que los vecinos de arriba debieron escuchar. Te presento a Carmen. Carmen Almansa, nuestra nueva jefa de contabilidad.
Marina se quedó de piedra, sintiendo cómo se le congelaba la sangre. Miró a Víctor, a la invitada, y de nuevo a Víctor.
Buenas noches… musitó. ¿Esperábamos a alguien?
Carmen, sin la menor pizca de vergüenza, le tendió la mano enfundada en un guante de piel.
Marina, encantada. ¡Menuda historia! Es que ni Almodóvar. Víctor me ha salvado. De verdad, no sé cómo agradecérselo.
Víctor, a toda velocidad, se descalzaba como quien quita pruebas del crimen.
Mari, entiéndelo. La cuestión es… Fui a la oficina, y ahí estaba Carmen, llorando. Pero llorar de verdad, ¿eh? Que se le iba la vida. Que si una fuga en casa, agua por todas partes, sin luz, más frío que en Burgos en enero. No tiene más familia aquí, ni amigos, sola en Nochevieja… ¿No la iba a dejar en la estación? Así que la he traído: “Ven, que Marina monta la mesa que ni Chicote y es más apañá que las pesetas. No te dejará tirada”.
Marina escuchaba el discurso atropellado sintiéndose como si le desmontaran los atardeceres bonitos de veinticinco años. La velada romántica, las velas, el patito, y este “fenómeno” de pelirroja de portada de revista en la puerta.
Pasad dijo por fin, tan seca que podía quemar. Su voz ni la reconocía.
Carmen entró flotando, dejando a su estela un perfume dulzón que engulló de golpe todo aroma navideño y de pato al horno.
¡Qué salón más cuco! gorgojeó, escaneando el piso sin permiso. Un decorado súper vintage. Así igual tenía mi abuela la vajilla. Me siento en un museo del hogar español.
A Marina se le crispó la mandíbula. El mueble-bar era italiano, de roble macizo, sacado de una tienda fina hace apenas cinco años, pero explicárselo a una jovenzuela como Carmen era perder el tiempo.
Víctor, ayuda a tu amiga a quitarse el abrigo espetó, y escapó a la cocina. Le temblaban las manos.
Un minuto después, allí estaba Víctor, con aire de cordero degollado pero plantando cara:
Marina, por favor. No empieces, ¿sí? La pobre no tenía sitio donde ir. Estamos en Nochevieja, hay que ser solidarios. Le servimos cena, la recogemos y después, taxi a un hotel. O, si hace falta, el sofá…
¿El sofá? Marina giró con el cucharón en la mano como quien lleva el cetro de Castilla. Íbamos a estar solos. Has traído a una desconocida que encima se mete con mi casa. ¿Esto es el museo de los horrores o qué?
No lo hace a mala idea, es que es joven, espontánea mendigaba Víctor. Marina, porfa, no me dejes mal. Luego va y se lo cuenta a todo el despacho, que si la echamos. Que tengo que trabajar con ella.
Marina miraba a su marido y no lo reconocía. El de los gestos tiernos se había transmutado en un galán trasnochado intentando deslumbrar a una becaria a costa de su propia esposa.
Vale cedió ella finalmente. Que se quede. Pero, como vuelva a hacer un comentario sobre mi casa…
¡No, no! Te lo prometo. Controlaré Víctor intentó besarla, pero ella se apartó.
Ve con tu espontaneidad mejor. Yo a lo mío. Tengo que poner un cubierto más.
La cena empezó con la tensión de una ópera dramática. Marina colocaba platos en silencio. Carmen, ya sin abrigo, lucía un vestido apretado y escotado que no podía contrastar más con la decoración. Se sentaba cruzando las piernas y jugueteando con una copa.
Viti, ¿abres el cava, porfa? Para despedir el año como Dios manda. Es que estoy seca le soltó con voz de culebrina.
Marina casi deja caer la fuente de ensaladilla.
Aquí el cava se abre con las campanadas zanjó. Ahora podéis tomar mosto. De arándanos, casero.
Carmen frunció los labios.
¿Mosto? Qué monada… pero yo azucarados no bebo, que hay que cuidar la figura. ¿Tienes brut? El semiseco es para los de paladar fácil…
Víctor se apresuró.
Pues ahora traigo el brandy bueno. ¿Te apetece, Carmen?
Venga, un chorrito. Para entrar en calor. Porque aquí hace fresquito, ¿eh? ¿Será que enciendes poco la calefacción?
Marina se sentó. Su propia casa se le venía grande y ajena. Víctor pavoneándose, echando el brandy a la invitada, chistes viejos y Carmen descojonándose sin disimulo.
Y tú, Marina, ¿no trabajas? saltó la pelirroja de pronto.
Trabajo, sí. Soy jefa de producción en una fábrica de dulces.
¿Ah, sí? ¡Quién lo diría! Tienes ese aire… tan hogareña, ya sabes, de las que hacen cocidos mientras esperan al marido. Víctor decía que tienes buenas manos. Aunque que a veces las conversaciones flojean, que la rutina y tal… pero los postres, de cine.
Aquello cayó como una pedrada. Solo se oía el reloj y el televisor desganado.
Yo eso no lo dije nunca gruñó Víctor, tosiendo en rojo bata de brandy.
Marina dejó el tenedor. Se partió el hilo. “Nada de qué hablar”… “la rutina”…
Sigue, Carmen sonrió Marina, sin rastro de calor humano. ¿Qué más cuenta Víctor de mí?
La joven se dio cuenta de que metía la pata, pero intentó recular y solo escarbó el hoyo.
Nada, mujer, que los hombres… que necesitan emoción. Víctor bailó el otro día en la cena de empresa que se salió. Hicimos una lambada, el departamento aplaudía. Dice que en casa imposible, que tú siempre cansada y que te duelen los pies…
Marina miró sus pies. Los únicos días que le dolían eran después de tres tardes trajinando para ese condenado banquete.
Víctor encogido pensaba que la tierra le tragara.
¡Un brindis! saltó en falso Víctor. ¡Por la paz mundial!
Un momento Marina fija la vista en Carmen. ¿Y lo de las tuberías, Carmen? ¿Eso cómo ha sido?
¿Las tuberías? Se le cruzaron los cables: Ah, sí, claro. Que se me inundó la casa, un géiser. Horror. Llamo a Víctor, él al rescate. Como tiene madera de hombre hecho y derecho, no como mi ex…
Curioso… Marina, pensativa. Están a menos cinco ahí fuera. Si hubiera habido tal escape y sin luz, estarías aquí oliendo a humedad y a fontanero. Pero hueles solo a laca y a alijo de maridos.
Carmen se puso roja.
¡Pero bueno, qué falta de respeto! Víctor, ¿vas a dejar que me tire así?
Víctor se encogió.
Marina, por favor… igual se cambió de ropa antes…
Cállate ya, Víctor le detuvo Marina, gélida. Llevo veinticinco años mirando para otro lado con tus guiños, tus “retrasos”. Creí que valorabas la familia. Pero veo que aquí la cocinillas soy yo y de charla mejor ni hablamos.
Fue hasta la ventana, descorrió la cortina y se giró.
Así que esto se acabó. Carmen, coge tus mandarinas y date el piro.
Carmen iba a protestar, pero viendo la fijeza en los ojos de Marina, agachó las orejas.
¡Víctor! ¿Vas a permitir que me eche a la calle esta mujer?
Víctor, sacando valoro lo que le quedaba de brandy, pegó su manotazo:
¡Se acabó el numerito, Marina! ¡Este es también mi piso! ¡Carmen se queda y celebramos Nochevieja como personas, no como…!
¿Como qué? ostensó Marina.
¡Como brujas! soltó él.
Marina asintió. Cogió un gran bolso de viaje del armario, lo volcó para sacar los regalos que llevaría a los nietos.
¿Tu piso? Estupendo. Pues me voy yo. Pero que sepas, Víctor, que este piso era de mis padres. Aquí estás de invitado, y el primer día laborable pido el divorcio y tu “expulsión”. Y ahora, los dos, fuera.
¿¡Cómo!? ¿Dónde vamos?
Al sitio de la emoción… A casa de Carmen. Que hay agua y lío, que te lucirás. Aquí a rutina, que es un museo.
¡Marina, espera! ¡Perdóname, soy idiota! ¡Carmen se va, nos quedamos tú y yo!
Marina lo vio tan desnudo de dignidad que casi le dio lástima, pero no. Aún hace diez minutos daba la cara por la “compañera”. Ahora, con las cosas feas, la suelta.
No, Víctor. El “Olivier” se ha agriado. Igualito que lo nuestro. Venga, fuera. Tienes cinco minutos.
Carmen, al captar el desastre monumental y la que se avecinaba, se fue a la puerta.
Estáis todos locos masculló, ya en el abrigo. Víctor, yo me pido el taxi. No quiero problemas vintage.
Portazo, aroma empalagoso, y aire cargado de drama.
Víctor quedó en mitad del salón, con la maleta vacía.
Marina… lloriqueó. Ya está, Carmen se ha ido. Olvida el tema, que la cena se enfría.
Marina sacó el pato humeante. Pero el olor, que siempre adoró, ahora le revolvía el estómago.
¿Olvidar? Has traído a tu ligue la noche de nuestro aniversario de plata. Has hablado mal de mí. Le has dejado humillarme en mi casa.
Cogió el plato con el pato, cerámico y pesado.
Lárgate ya, Víctor, no estoy de broma. Si no sales, llamo a la Policía; basta que diga que amenazas y, créeme, me creen antes a mí.
Víctor vio algo inédito en ella. La Marina de casa era ahora un vendaval. No dudó; empezó a hacer la maleta a la carrera: ruidos de armario, lo que entra cabe y lo que no, afuera. Chaquetón mal puesto, camisa colgando.
¡Te arrepentirás, Marina! ¡Te vas a quedar sola! ¿Quién te aguanta a tus años?
Yo. Zanjó ella, y le cerró la puerta. Vuelta de llave doble.
Silencio. Paz. Marina se dejó caer junto a la puerta. Pensó que lloraría, pero no. Sintió un vacío raro, como cuando quitan de la casa un trasto enorme: de repente queda mucho más espacio para respirar.
Se levantó, fue a la cocina. La mesa puesta para tres: ensaladas, caviar, pato… todo un decorado de obra cancelada.
Cogió el plato de Carmen migas con carmín chillón y lo mandó al cubo. Crash. Música celestial.
Y el de Víctor, igual. Crash.
Dejó solo su plato favorito de filo dorado. Se sirvió una copa de cava hasta arriba.
El presidente aparecía ya en la tele; las campanadas estaban al caer. El año se había llevado ilusiones, pero le traía otra vez respeto por sí misma.
Feliz año nuevo, Marina le dijo a su reflejo en la ventana, que devolvía una sonrisa torcida.
Se puso la zanca mejor del pato; una cucharada de ensaladilla rusa, perfectamente reposada.
El móvil pitó: mensaje de su hija Claudia: “¡Feliz año, mami! ¡Os queremos! ¡En una semana nos plantamos con los niños!”
Marina sonrió. Lo de verdad seguía ahí: hijos, nietos, su casa y su trabajo. Todo lo demás… pues, que estaba de más.
Bebió un trago de cava; las burbujas le hicieron cosquillas en la nariz. Por primera vez en años, no estaba pendiente de servir a nadie, solo saboreaba el momento.
Los vecinos gritaban ¡Feliz año! y tiraban petardos. El mundo celebraba, y ella con él: su libertad.
Luego, envasó la comida sobrante. Mañana la daría a la portera, Pilar, y al barrendero Manolo. Buena gente.
El pato, eso sí, se lo guardaba para ella: bien se lo merecía.
Antes de acostarse, se desmaquilló delante del espejo. Se miró con otros ojos: una mujer guapa, entera, algo melancólica pero muy viva. Nada de mujer de rulos.
¿Qué quería? ¿Emoción? Pues toma, Víctor, emociones por un tubo. Ahora a buscar piso y dar explicaciones.
Se tumbó en la cama de matrimonio, suya al fin y entera para ella. Las sábanas olían a limpio, a lavanda.
El sol de la mañana la despertó. La primera idea: no voy a preparar el café a Víctor, sino me bajo a tomar chocolate con churros a la cafetería nueva. Qué placer.
No sabía lo que vendría después: divorcio, líos y papeleos. Pero ya vería. Ahora tenía un día entero de paz y sofá, con la barriga llena y la cabeza en calma. Nadie más llamaría a su casa museo ni a su vida aburrida.
Y por fin, Marina sonrió, de verdad.






