¿ACASO TIENE LA ORQUÍDEA LA CULPA?
Pilar, llévate esta orquídea, si no la tiro dijo Catalina, tomando con desdén la maceta de plástico transparente del alféizar y poniéndomela en las manos.
¡Ay, gracias, amiga! Pero, ¿qué te ha hecho esta pobre orquídea? pregunté, perpleja. En el ventanal aún lucían tres orquídeas espléndidas y cuidadas.
Este flor la regalaron a mi hijo en su boda. Ya sabes cómo terminó todo… suspiró pesado Catalina.
Sí, sé que tu Diego se divorció antes siquiera de cumplir un año casado. No pregunto el motivo, imagino que fue de peso. Si Diego adoraba a Clara… no quise hurgar en la herida aún fresca de mi amiga.
Algún día te contaré, Pili, el porqué de aquel divorcio. Ahora, todavía me pesa recordarlo Catalina se quedó callada y se le escapó una lágrima furtiva.
Me llevé a casa la orquídea relegada y rechazada. Mi marido miró con lastima la planta mustia:
¿Para qué quieres ese despojo? Hasta yo veo que esa orquídea está muerta. No pierdas tu tiempo con ella.
Quiero intentar resucitarla. Le daré cariño y cuidados, verás como acaba por renacer. Seguro que te terminarás enamorando de ella tú también me sentí decidida a insuflarle vida a aquella flor moribunda.
Mi marido sonrió travieso y me guiñó un ojo:
¿Quién puede rechazar el amor?
A la semana llamó Catalina:
Pilar, ¿puedo ir a tu casa? No aguanto más este peso dentro de mí. Necesito contarte todo sobre el fiasco de la boda de Diego.
Caty, vente cuando quieras. Aquí te espero no podía negárselo. Catalina me había arropado en mis momentos de naufragio: cuando acabé mal con mi primer marido, cuando tampoco funcionó con el segundo… Nuestra amistad venía de lejos.
Catalina llegó como un torbellino en menos de una hora.
Se acomodó en la cocina. Ante una copa de vino manzanilla, café recién hecho y onzas de chocolate negro, se desgajó una larga confesión.
Jamás imaginé que mi exnuera fuera capaz de algo así. Diego y Clara convivieron siete años. Mi hijo observaba con lupa cada gesto de esa chica. Por ella dejó a Almudena. ¡Y a mí Almudena me caía tan bien! Tan hogareña, tan dulce… Yo la llamaba mi hija. Pero de repente llegó la bellísima Clara. Diego se volvió loco, no hacía más que girar a su alrededor. Se convirtió en abejorro alrededor de una flor de néctar. Su amor por Clara le abrasaba. A Almudena la relegó enseguida.
Reconozco que Clara parecía una modelo. A Diego le gustaba hacerse ver con ella; sus amigos babeaban al mirarla y los transeúntes se giraban. Me sorprendió que, tras siete años juntos, no tuvieran hijos. Pensé, mi hijo quiere hacer las cosas legales: primero boda, después los niños. Diego nunca fue de abrir su corazón. Y nosotros, ni su padre ni yo, nunca nos metimos mucho en su vida personal.
De pronto un día, Diego nos suelta:
Papá, mamá, me caso con Clarita. Ya hemos ido al registro. Quiero una boda a lo grande, sin reparar en euros.
Nos alegramos. Por fin mi hijo tendría una familia formal. ¡Si ya tenía treinta!
Imagínate, Pili, tuvieron que posponer la boda dos veces: que si Diego enfermo, que si yo de viaje de trabajo… Ahí pensé: esto no pinta bien, algo falla aquí. No le dije nada a Diego: le veía flotar de ilusión, ¿para qué empañar su alegría? Incluso quiso casarse por la iglesia. Pero tampoco cuajó. El padre Eustaquio se había ido al pueblo por meses, y mi hijo sólo quería casarse con él. Todo eran señales… todo marchaba raro, raro.
Al final, montamos una boda a lo grande. Mira las fotos: aquí la orquídea recién regalada, en flor esplendorosa, las hojas firmes como soldados. Ahora, en cambio… hojas de trapo.
Bueno… Diego y Clara se iban de luna de miel a París, pero no la dejaron salir del país. Le salió de repente una multa inmensa que no había pagado. Los pararon en el aeropuerto. Diego ni caso a las desgracias, seguía en una nube, soñando con una familia feliz.
Pero de pronto Diego cayó muy enfermo. Ingreso en el hospital. Su estado era grave y los médicos se lavaban las manos.
Clara lo visitó apenas una semana y luego fue a verle:
Lo siento, pero no quiero a un marido inválido, he pedido el divorcio.
¿Te imaginas, Pili, lo que sintió Diego, envuelto de tubos en aquella cama, inmóvil? Pero le respondió tranquilo:
Te entiendo, Clara. No te frenaré.
Y así fue. Se divorciaron.
Pero mi hijo mejoró. Encontramos un médico, don Pedro Sanjurjo, que le cogió cariño y le curó en seis meses. Dijo que el cuerpo, siendo joven, resistiría. Nos hicimos amigos de la familia de don Pedro. Él tiene una hija de veinte, Maruja, muy dulce. Al principio Diego torció el gesto:
Es bajita y ni siquiera es guapa.
Hijo, dale una oportunidad. A la cara no se le bebe el agua. Ya tuviste una esposa modelo, y mira… Mejor beber agua alegre que miel con amargura.
A Diego le dolía Clara, su traición clavada dentro. Pero Maruja se enamoró sin reservas, lo llamaba a diario, le sonreía como un cachorrillo.
Decidimos acercarlos. Salida al campo en grupo. Diego, ausente, arrastraba los pies, nada le divertía: ni el crepitar de la leña, ni el aroma de chorizo a la brasa, ni la algarabía de todos. Maruja buscaba su mirada; él, ni caso.
Le dije a mi marido:
Error de intento. Diego sólo piensa en Clara. Es una espina en su corazón.
Pasaron tres, cuatro meses. Llaman al timbre. Es Diego, con la dichosa orquídea en las manos:
Toma, mamá, te traigo los restos de la vieja felicidad. Haz lo que quieras con ella. Yo ya no la quiero.
La cogí de mala gana; como si la planta fuera culpable de todas sus desgracias. La escondí y la ignoré. Ni agua le eché.
Hace poco, me crucé con una vecina:
Cata, he visto a tu Diego con una muchacha menudita. Nada que ver con su ex, que era alta y guapa…
No me lo creía… ¿Diego con Maruja?
Presentación oficial. Maruja y yo ya estamos casados Diego cogía la mano de su joven esposa con un gesto tierno.
Mi marido y yo nos miramos: ¿Y la boda? ¿Y los invitados?
Nada de alharaca. Eso ya lo vivimos. Nos casamos discretamente en el registro, y el padre Eustaquio nos bendijo. Estamos juntos para siempre.
Le aparté:
Diego, ¿la quieres de verdad? ¿No harás daño a Maruja? ¿No será esto por despecho?
No, madre. Ya sané de aquel amor. Ya no llamaba a Clara por su nombre. Y a Maruja… hay afinidad, su mundo es igual al mío.
Así, Pili, sucedió.
Catalina se vació el alma.
Después de esa charla, no volvimos a vernos en dos años. Las rutinas y el vaivén nos separaron.
La orquídea revivió, floreció como nunca, agradecida por los cuidados. Volví a ver a Catalina en el hospital de maternidad:
Hola, amiga. ¿Tú aquí?
Maruja ha tenido gemelos. Le dan el alta hoy sonrió Catalina.
Allí estaban Diego y su padre, esperando con un ramo de rosas rojas.
En la puerta asomó Maruja, exhausta y radiante. Detrás, una enfermera traía dos paquetitos dormidos y vivos.
Poco después, mi hija apareció también con mi nieta en brazos.
Hoy en día, Clara suplica a Diego que la perdone y vuelva a empezar. Pide recomponer la copa rota.
…Pero incluso pegada, de esa copa no vale beber el vino.







