Mejor no llevarle la contraria a una mujer
Mi suegra gruñó por teléfono:
Si no sabes controlar a tu marido, lo mejor es que te divorcies.
Por fin, pensé, mi sueño hecho realidad. Me libraré de ti de una vez
Casi se me escapan las lágrimas:
Rosario Jiménez, ¿pero cómo puede usted decirme eso?
Se está desmoronando mi familia, estoy intentando sacar a tu hijo de este agujero
Y tú, en vez de ayudarme como madre, ¿me animas a divorciarme?
Llevaba siete años sin hablar con Rosario, y la verdad, ni lo echaba de menos: la vida sin la madre de mi marido era mucho más sencilla.
Pero Rosario Jiménez no lo veía igual.
Seguía, incansable y metódica, martilleándome con llamadas y mensajes.
Como hoy, que ya era la cuarta vez que llamaba en menos de una hora.
Por supuesto, Fernando, mi marido, se dio cuenta enseguida.
Será por lo de la finca musitó, inexpresivo. Que empieza la temporada.
Otra vez esas dos hectáreas Seguro que necesita ayuda.
Son tus dos hectáreas, Fernando. O suyas, pero desde luego no mías.
Así que no veo por qué tengo que ir a ayudar. ¿Ha quedado claro?
Fernando no contestó.
Por un lado, podía entender que fuese justo. Pero por otro
Rosario era una mujer enérgica, ruidosa, y se adueñaba de la finca como si fuera una señora feudal.
Y la gobernaba igual: con mano de hierro.
No conocía la palabra favor, sólo órdenes: tráeme, llévame, cava, recolecta.
Nada de por favor ni si te viene bien.
Para ella, hijos y nietos solo eran mano de obra gratuita.
Todavía recuerdo el día que fue punto de no retorno.
Hace unos siete años, en otoño: Fernando y yo, entonces inocentes y obedientes, nos dejamos la espalda cargando, literalmente, toneladas de patatas.
No podía enderezarme de dolor; sentía que la columna se me había ido a las botas de agua, que me estaban grandísimas.
Al terminar, Fernando se asomó al sótano de su madre:
Mamá, nos vamos ya. ¿Nos puedes preparar un saco de patatas?
El invierno es largo, así ahorraríamos algo, aunque sea poco.
Rosario entornó los ojos. Toda la vida vendiendo sus verduras en el mercado, para ella cada tomate era un euro ganado.
Ay, hijo dijo, extendiendo los brazos. Esas ya están vendidas. Antes del verano ya acordé todo con una frutera del mercado.
¿Te quedas sin ninguna para nosotros? Pero si tú misma nos pediste que las plantáramos y recogimos todo solos.
Te ofrecí una malla hace tres años y la rechazasteis me cortó rápido. Así que no la necesitabais.
Mi pensión es poca, tú lo sabes. Cada euro cuenta.
¿Quieres patatas? Cómpramelas.
Te las dejo bien de precio, pero gratis no.
Fernando no respondió, solo asintió, me tomó de la mano y nos fuimos al coche.
En el trayecto de vuelta, sentenció:
Nunca más le aceptamos nada. Ni volvemos a plantar para ella.
Las dos hectáreas quedaron en un par de hileras por afición.
Mi suegra perdió su mano de obra gratuita.
Y las patatas ahora las comprábamos en el súper. Por principio, para no pedir lo que ya era nuestro por derecho.
Pero si lo de la huerta quedó solucionado, el carácter podrido de Rosario era otro cantar.
El que yo la ignorara no le cabía en la cabeza, no lo aceptaba.
Volvió a sonar el móvil. Dejé el cuchillo y miré a Fernando.
¿Vas a ir?
Haría falta. El vallado está torcido.
A los niños no los llevo sentencié.
Ni falta que hace, ellos no quieren ir.
Mis hijos le tenían miedo a su abuela. No era esa ancianita de cuentos con galletas, sino una mujer agria, siempre gritando, capaz de soltarle una colleja a cualquiera porque sí.
Y encima, no paraba de despotricar contra mí delante de ellos.
Vuestra madre no me respeta, os vuelve en mi contra vociferaba la abuela cariñosa. ¡Ah, la reina de la casa! No quiere trabajar en la finca.
Decidle a vuestra madre que es una desagradecida.
Volvían nerviosos, ariscos; así que corté el contacto.
Vale dijo Fernando, golpeando suavemente la mesa. No tardo. Voy y vuelvo pronto.
Salió, y yo, al acabar el almuerzo, me senté a descansar.
Y como suele ocurrir, la memoria me trajo otro episodio. El momento en que dejé de creer que Rosario era difícil y comprendí que para ella yo era una enemiga.
***
Hace tres años, Fernando empezó a derrapar. Todo empezó inocente; un par de horas en el ordenador después del trabajo, para relajarse.
Juegos de tanques, estrategias, y cosas así.
No le di importancia: mira, así desconecta.
Pero al poco, ese par de horas se estiraba hasta la madrugada.
Cenaba deprisa y saltaba al sillón.
Ojos perdidos, contestando mal, sin ver ni a los niños ni a mí.
Los fines de semana, ni salía: 40 horas delante del ordenador.
Estaba desesperada.
¿Qué hago? ¿Cómo lo saco de ahí? Hablaba con él, pero no servía de nada.
Fernando, tenemos que hablar le insistía. ¡Mírame!
Déjame, estoy en una misión. Un combate del grupo.
¡Estás perdiendo la familia, qué combate ni qué demonios!
Como los intentos de diálogo no funcionaron, pasé a la acción: escondía el cargador, llevé el portátil a casa de mis padres, vendí el fijo al primero que pasó.
Pero nada: me gritó, y ese mismo día se compró otro por Wallapop.
Era adicción, pura y dura.
Empezaba a peligrar hasta su empleo.
En mi desesperación, recurrí a Rosario.
Pensé: es su madre, algo sentirá por su hijo.
Quizás le haga entrar en razón
Marqué su número entre sollozos.
Rosario, está mal la cosa. Fernando se ha perdido en ese mundo. Los juegos
No nos ve. Por favor, háblale como madre, ponle las cosas claras.
No me hace caso y se nos va la familia.
Al otro lado, silencio. Esperaba que me apoyara, que viniera rápido o al menos lo intentara.
Pero su voz sonó tranquila, casi triunfante:
Si no puedes vivir así, divórciate.
¿Cómo dice?
Lo que has oído. No martirices a mi hijo. Que recoja sus cosas y se venga conmigo.
A mí aquí me hace falta: la finca, la terraza con goteras
Aquí está mejor que contigo. Y así descansa de tus histerias.
Me quedé helada con el teléfono en la mano. Ese veneno, ese deseo de recuperar su posesión se hizo evidente.
Me vino a la mente su cumpleaños unos años antes.
La mesa llena, invitados, hasta mis padres.
Rosario, colorada ya tras la sidra casera, de repente se arrancó:
Yo sigo esperando a que él vuelva. Esta casa es grande, aquí siempre tendrá su sitio.
Las mujeres van y vienen, madre solo hay una.
Ya verán: volverá arrastrándose.
Mis padres se quedaron patidifusos.
Y yo pensé: lo que el borracho suelta, el sobrio lo piensa.
***
Pero la ayuda llegó de donde menos lo esperaba.
El exmarido de mi hermana, Javier, también cayó, pero en el alcohol. Perdió trabajo, piso, y lo peor: la familia.
Mi hermana, con los niños, se fue. No volvió nunca.
Ese fue su fondo, desde el que pudo resurgir.
Salió adelante, cambió: serio, poco hablador, pero correcto.
Intentó recuperar a mi hermana, pero ella no le perdonó.
El jarrón que se rompe ya no se arregla le dijo ella.
Javier vivía con culpa, pero nunca más bebió.
Busqué su número y le llamé.
Javier, soy Elena. Necesito tu ayuda.
Vino en menos de una hora. Entró en la cocina, donde Fernando, cabizbajo, devoraba un bocadillo mirando el móvil.
Hola, viciado soltó Javier, sentándose enfrente.
Fernando levantó la vista, sorprendido.
¿Tú qué haces aquí?
A ver cómo se las apaña uno que está tirando su vida por el retrete.
Yo me ahogué en la botella, tú te pierdes en las batallas virtuales.
Total, no es tan diferente.
El diálogo fue largo.
Yo me quedé en la sala, escuchando a escondidas.
Al principio Fernando gruñía, defendía su derecho a desconectar.
Pero Javier nunca levantó la voz. Habló tranquilo.
¿De verdad crees que controlas la situación? Así pensaba yo.
Por relajarme, una copa al día, luego desperté en un piso vacío.
Sin cuna, con un silencio ensordecedor.
Y por más que hagas ruído, no llenas ese vacío.
Elena se irá, Fernando. Es paciente, pero tampoco es de hierro.
Se llevará a los niños y te quedarás tú solo allí, metido con tu portátil en la finca de tu madre.
¿Eso quieres?
Fernando murmuró algo, dubitativo.
Yo lo daría todo por volver al día que mi mujer hizo las maletas siguió Javier. Para detenerla, pedirle perdón de rodillas.
Pero llegué tarde. Tú todavía tienes margen
Tras marcharse, Fernando se quedó mucho rato sentado a oscuras en la cocina.
Entró en la habitación; yo fingía dormir mirando la pared.
Se metió en la cama y me abrazó por la espalda.
Perdóname susurró. Borro todo. Lo he entendido. Tú y los niños sois lo único de verdad en mi vida.
Lo cumplió: el portátil solo lo usó para trabajar.
Las primeras semanas estuvo fatal, de mal humor, callejeando por casa, pero yo estaba allí, ocupándole con tareas, paseos, y simplemente hablando.
Salimos adelante juntos.
***
Fernando volvió ya al atardecer.
¿Qué tal? pregunté, preparando la mesa. ¿Qué hizo falta?
Enderecé la valla y arreglé el porche. El cobertizo estaba torcido, también lo arreglé.
¿Y tu madre?
Lo de siempre. Preguntando por qué no llevé a los niños.
¿Y qué le respondiste?
Que tenían actividades extraescolares. No quise decirle la verdad.
Pues deberías.
Elena, es una mujer mayor y enferma me interrumpió él.
No, Fernando, es mala persona, no vieja le corté. Sabes lo que les dice de mí y de nosotros.
Que no soy buena madre, que no os quiero, que no respeto a su hijo, tu padre.
¿Para qué van a oír esas porquerías?
Bueno, es su abuela saltó entonces, irritado. Tiene derecho a ver a sus nietos.
Le he dicho que el finde que viene los llevo.
A los niños no los pienso mandar contesté tranquila. Si quieres, vete tú. Pero ellos no. No me pongas condiciones.
Fernando calló al instante, conocía bien mi carácter.
Nunca amenazo en falso; si digo divorcio, es divorcio.
Eso lo sabe, al final se le pasará. Mejor no llevarle la contraria a su mujer.







