¿TÚ ERES MI FELICIDAD? La verdad, nunca pensé en casarme. Si no fuera por el empeño de mi futuro esposo, seguiría siendo como un pájaro libre. Artem, como una polilla loca, revoloteaba a mi alrededor, no me perdía de vista y buscaba complacerme en todo, cuidando cada detalle… Al final, me rendí. Nos casamos. Artem rápidamente se volvió alguien casero, cercano y familiar. Todo era fácil y cómodo con él, como estar en zapatillas de andar por casa. Al año nació nuestro hijo, Sviatoslav. Mi marido trabajaba en otra ciudad y solo venía a casa una vez a la semana, siempre trayendo dulces para Sviatik y para mí. Durante una de sus visitas, al revisar sus bolsillos antes de hacer la colada (ya era costumbre, después de dejar secar sus carnés de conducir una vez), encontré un papel doblado en cuatro. Lo desdoblé y leí una larga lista de material escolar (era agosto). Al final, con letra infantil, ponía: “Papá, ven rápido.” ¡Vaya manera de entretenerse la de mi marido! ¡Polígamo! No monté una escena; cogí el bolso, a mi hijo (Sviatik apenas tenía tres años) de la mano y nos fuimos a casa de mi madre. Por un tiempo largo. Mi madre nos dio una habitación: -Vivid aquí hasta que os reconciliéis. Me empezó a rondar la idea de vengarme de mi desagradecido marido. Me acordé de mi antiguo compañero de clase, Román. Con él sí que iba a montar “una aventura”. Siempre había estado detrás de mí desde el colegio. Le llamé. -¡Hola, Román! ¿Aún no te has casado? – empecé con sutileza. -¡Nadia! ¡Hola! Eso da igual, casado-divorciado… ¿Nos vemos? – se animó Román. Mi aventura no planeada duró medio año. Artem cada mes daba la pensión a nuestro hijo. Se la entregaba en mano a mi madre y se marchaba en silencio. Sabía que mi marido vivía con Katia Evseeva. Ella tenía una hija de un primer matrimonio y le obligó a la niña a llamar a Artem “papá”. Todos vivían en el piso de Artem. Cuando Katia se enteró de que me había ido, se mudó enseguida con la niña desde otra ciudad. Katia adoraba a Artem: le tejía calcetines y jerséis, cocinaba rico y abundante. Todo esto lo supe después. Toda la vida reprocharé a mi marido lo de Katia Evseeva. Pero en aquel entonces pensaba que nuestro matrimonio ya estaba terminado, que había fracasado. …Sin embargo, al quedar para un café (a punto de firmar el divorcio), a mí y a Artem nos invadieron los recuerdos hermosos. Artem me confesó su amor eterno y pidió perdón. Decía no saber cómo librarse de la insistente Katia. Me dio pena. Nos reconciliamos. Por cierto, mi marido nunca supo lo de Román. Katia, con su hija, se fue para siempre de nuestra ciudad. …Pasaron siete años de feliz vida familiar. Entonces Artem tuvo un accidente de tráfico; varias operaciones, rehabilitación, caminar con bastón. La recuperación llevó dos años. Todo eso le dejó agotado y empezó a beber en exceso. Se volvió otra persona, y nos hacía sufrir mucho a mí y a nuestro hijo. No aceptaba ayuda de nadie. En mi trabajo apareció un “paño de lágrimas”, Pablo. Me escuchaba en la sala de descanso, paseaba conmigo después del trabajo, me consolaba y animaba. Pablo era casado y su esposa esperaba su segundo hijo. Ni yo misma entiendo cómo acabamos en la cama. Absurdo. Era una cabeza más bajo que yo, menudo, y para nada mi tipo. ¡Y así empezó! Pablo me llevaba a exposiciones, conciertos, ballets… Cuando nació su hija, puso freno a las salidas. Se marchó de la empresa y encontró otro trabajo. Quizás pensó: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. No reclamé nada y le dejé volver a su familia con facilidad. Sólo me ayudó a superar mi dolor. No iba a entrometerme en el amor de otros. Mi marido seguía perdido por el alcohol. …Pasados cinco años, Pablo y yo nos encontramos y me propuso matrimonio en serio. Me dio la risa. Artem logró recomponerse brevemente y se fue a trabajar a la República Checa. Yo, mientras tanto, fui una esposa ejemplar y madre atenta, dedicada por completo a mi familia. Artem regresó al medio año. Reformamos el piso, compramos electrodomésticos. Por fin arregló su coche. Todo era para disfrutar y ser felices. ¡Pero no! Mi marido recayó y volvió a beber. Fueron años de auténtico infierno. Los amigos lo llevaban a casa, incapaz de andar solo. Muchas veces yo recorría el barrio buscándolo, lo encontraba tirado en algún banco, con los bolsillos vacíos, y lo arrastraba a casa. Me las vi de todos los colores. …Y así, una primavera, estaba yo melancólica en la parada de autobús. Las aves cantaban, el sol brillaba y yo no podía alegrarme de esa fiesta de abril. De pronto, alguien me susurra al oído: -A lo mejor puedo ayudarle con su tristeza. Me giré. ¡Madre mía! ¡Qué atractivo y perfumado! Y yo, ya con 45… ¿Seré una “fruta madura” otra vez? Me puse tímida como una jovencita. Por suerte, llegó el autobús y subí deprisa. Mejor, lejos de la tentación. El hombre me saludó con la mano y esa jornada sólo podía pensar en él. Me hice la dura un par de semanas… Pero Egor (así se llamaba) era implacable, como un tanque, derrumbando mi resistencia. Me esperaba todas las mañanas en la parada. Iba mirando de lejos si mi “galán” estaba. Al verme, me lanzaba besos con una sonrisa. Un día trajo un ramo de tulipanes rojos. -¿Y qué hago yo con flores a primera hora en la oficina? Las chicas me delatan enseguida, seré culpable sin motivo. Egor sonrió: -Uy, no pensé en esos “terribles” efectos. Regaló el ramo a una abuela que lo miraba todo con atención. ¡La señora rejuveneció! “Gracias, hijo, te deseo una amante apasionada!” Me puse colorada por sus palabras. Menos mal que no me deseó una amante jovencita, ¡me habría hundido! Egor continuó, mirándome: -¿Y si nos dejamos llevar, Nadia? No te arrepentirás. La propuesta era tentadora y oportuna. De mi marido, en ese periodo, ni hablar; yacía como un tronco inerte en la cama, atrapado por la bebida. Egor era no fumador, abstemio, ex deportista (57 años), y gran conversador. Divorciado. Tenía un magnetismo especial. Me lancé de cabeza a esa aventura pasional, que fue un remolino de deseo. Tres años viviendo a salto entre mi casa y Egor. Mi alma se extravió. No tenía fuerzas ni deseos de parar. Cuando por fin quise terminar, no pude. Como dice el refrán: “La muchacha echa al mozo, pero el mozo no se va.” Egor ganó mi cuerpo y mi alma. Es bien sabido, “el producto se ama, la razón se marcha.” Cuando Egor estaba cerca, me faltaba la respiración. Me olvidaba de todo. Pero sabía que esa pasión no me traería nada bueno. No era amor lo que sentía por Egor. Llegaba agotada a casa (tras el amante fogoso) y solo quería abrazar fuerte a mi marido. Aunque estuviera borracho perdido, oliera mal, pero era tan mío, tan puro… ¡Mi trozo de pan me sacia más que los pasteles ajenos! Sentía que esa era la verdad de la vida. Y que “pasión” viene de “sufrir”. Ya sólo quería terminar de sufrir por Egor y volver a mi familia en paz, no seguir distraída en placeres. Pensaba así mi mente, pero mi cuerpo quería el abismo dulce. Aún estaba atrapada en esa llama que todo lo consumía. No conseguí controlarme. Mi hijo sabía como era todo lo de Egor. Nos vio juntos en un restaurante, cuando fue con su novia. Tuve que presentarles. Se dieron la mano, y ya está. Por la noche, Sviatoslav me miró y esperó una explicación. Yo me hice la graciosa: que era un colega que me invitó a hablar de un nuevo proyecto. “Sí, claro… en un restaurante,” – asintió el hijo. No me juzgó. Solo pedía que no me divorciara de papá. Aunque todo apuntaba a que sí. Tal vez, pensaba, papá recupere la razón. Me sentía una oveja perdida, desorientada. Mi amiga, divorciada y experimentada, me decía: “¡Manda al diablo a esos amantes y tranquilízate!” Le escuché. Ella ya estaba con su tercer marido. Pero fue sólo con la lógica; paré realmente cuando Egor intentó levantarme la mano. Ahí estaba el límite. No en vano mi amiga avisó: -“El mar está tranquilo mientras pisas la orilla…” Se me cayeron las vendas de los ojos, ¡por fin veía color! Tres años de tormento. ¡Uf! ¡Libre! Llegó por fin la ansiada paz. Egor aún me perseguiría un tiempo, aguardando en todos lados, pidiéndome perdón de rodillas… Yo me mantuve firme. Mi amiga me abrazó y me dio una taza que ponía: “¡Eres una mujer sensata!” En cuanto a Artem, él sabía todo sobre mis aventuras. Egor le llamaba y le contaba. Mi amante estaba convencido de que yo me iría de casa. Artem me confesó: -Cuando escuchaba los cuentos de tu galán, quería morirme en silencio. Al fin y al cabo, todo es culpa mía. ¡Yo perdí a mi mujer! Elegí el vino antes que a ti. Idiota. ¿Qué podría decirte? …Desde entonces, han pasado diez años. Artem y yo tenemos dos nietas. Un día estamos juntos tomando café. Miro por la ventana. Artem me toma suavemente la mano y dice: -Nadia, no mires a otro lado. Yo soy tu felicidad, ¿lo sabes? -Claro que lo sé, mi único…

¿ERES MI FELICIDAD?

La verdad, nunca pensé en casarme. Y si no fuera por el empeño incansable de mi futuro marido, habría seguido viviendo como un pájaro libre, sin compromiso alguno. Daniel, mi esposo, se comportaba como una mariposa loca revoloteando a mi alrededor, siempre atento, complaciente en todo, hasta el polvo me quitaba. Así, es cierto, acabé rindiéndome. Y nos casamos.

Daniel enseguida se volvió hogareño, tan cercano, tan mío, como esos cómodos zapatillas que uno calza cada tarde al llegar a casa. La vida a su lado era simple y agradable.

Al año nació nuestro hijo Rodrigo. Daniel trabajaba en otra ciudad, así que volvía al hogar una vez por semana. Siempre nos traía a Rodrigo y a mí algún dulce o delicadeza de Salamanca o Valladolid. Recuerdo que, como siempre, preparaba su ropa para lavar. Era costumbre revisar sus bolsillos: más de una vez lavé su carné de conducir en la lavadora. Desde entonces, antes de meter nada en la lavadora, tocaba y revisaba cada bolsillo a conciencia.

Un día, de entre los pantalones, cayó un papel doblado varias veces. Lo abrí y leí: una larga lista de materiales escolares era agosto y al final, con una letra temblorosa de niño, se leía: Papá, vuelve pronto.

Ahí me asaltó un pensamiento: ¿así se entretiene mi marido fuera de casa? ¡Un bígamo! No monté una escandalera, sólo recogí el bolso, llevé a Rodrigo, de apenas tres años, cogido de la mano y nos fuimos a casa de mi madre. Para largo. Mamá nos cedió una habitación: Vivid aquí, hasta que arregléis las cosas.

Entonces pasó por mi mente la idea de vengarme del ingrato marido. Pensé en mi antiguo compañero de clase, Román, aquel que me perseguía en el colegio y después también. Lo llamé.

Hola Román. ¿Todavía no te has casado? empecé con cierta distancia.
¡Lucía! me reconoció al instante. ¿Qué importa si casado o divorciado? ¿Nos vemos?

El romance con Román duró seis meses. Daniel traía cada mes la pensión alimenticia para nuestro hijo, se la entregaba a mi madre y se marchaba en silencio.

Sabía que vivía con Catalina, la hija de los Eusebio. Ella tenía una niña de un matrimonio anterior, y obligó a que la pequeña llamara papá a Daniel. Vivían en el piso de Daniel. Catalina, nada más enterarse de mi marcha, se mudó de Segovia con su hija a la ciudad de Daniel. Catalina lo adoraba. Le tejía calcetines, suéteres, cocinaba como los ángeles… Me enteré más tarde de todo eso. He de confesar, toda la vida le eché en cara a Daniel a Catalina. En aquel momento creí que nuestro matrimonio estaba herido de muerte.

…Sin embargo, al encontrarnos para hablar del divorcio en una cafetería, una ola de recuerdos dulces nos sorprendió a ambos. Daniel, arrepentido, me confesó su amor eterno y no sabía cómo deshacerse de la insistente Catalina.

Sentí una profunda lástima por él. Volvimos a unirnos. A decir verdad, jamás supo nada sobre Román. Catalina se fue con su hija y nunca más volvió.

Pasaron siete años de felicidad tranquila. Luego, Daniel sufrió un accidente de tráfico. Operaciones en la pierna, rehabilitación, caminaba con bastón. Dos años de recuperación agotadores. Todo aquello le hundió. Daniel empezó a beber fuerte, perdido en sí mismo. Fue duro presenciar esa transformación. Los ruegos no ayudaban, nos desgastaba a Rodrigo y a mí. Rechazaba toda ayuda.

En ese tiempo, en mi trabajo, apareció Pablo, mi consuelo. Escuchaba mis lamentos en la sala de café, paseaba conmigo, me animaba. Pablo, casado, esperaba con su mujer su segundo hijo. Hasta hoy no entiendo cómo acabamos juntos en la cama. ¡Absurdo! Ni siquiera era mi tipo, más bajo que yo, menudo…

Y así fue: Pablo me llevó a exposiciones, conciertos, ballets. Cuando nació su hija, Pablo se retiró de muchos eventos, dejó la empresa y se encontró otro trabajo. Tal vez pensó en ojos que no ven, corazón que no siente. No le reclamé nada, lo dejé ir, no tenía intención de competir con su familia. Solo fue un consuelo fugaz al dolor que sentía. No quise interferir en otro amor.

Daniel seguía en las sombras de la bebida.

…Cinco años más tarde, volvimos a cruzarnos con Pablo casualmente, y me propuso en serio casarme con él. Me hizo gracia.

Daniel, por un breve tiempo, se repuso. Se marchó a trabajar a la República Checa. Yo, mientras, ejercía de esposa ejemplar y madre atenta. Toda mi vida era mi familia.

Daniel regresó medio año después. Reformamos el piso, compramos electrodomésticos, por fin arregló su coche extranjero. Parecía que la felicidad iba a instalarse. Pero no. Mi marido recayó y volvió a la bebida. De nuevo los infiernos. Los amigos le traían a casa; ni caminar podía, a veces llegaba arrastrándose. Yo recorría el barrio buscando a Daniel a menudo lo encontraba dormido sobre algún banco, con los bolsillos vacíos; lo llevaba de vuelta a casa tirando de él. Sucedió de todo.

Y una primavera, lo recuerdo bien, estaba mustia en una parada de autobús. Los pájaros trinaban, el sol doraba todo con sus rayos, pero yo sin ánimo para nada. De pronto, sentí un susurro en mi oído:

¿Tal vez podría ayudarle con su pesar?

Me giro. ¡Dios mío! ¡Qué hombre más atractivo! Yo entonces ya tenía 45 años, ¿será que me convertiría de nuevo en fruta madura? Me sentí como una muchacha tímida. Por suerte, llegó el autobús y me fui deprisa. El hombre me saludó con la mano. Todo el día en el trabajo pensé en él. Un par de semanas me hice la difícil, por costumbre…

Pero Egor, que así se llamaba aquel desconocido, insistía como un tanque, cada mañana aguardándome en la misma parada. Procuraba no llegar tarde, y lo divisaba de lejos. Egor me enviaba besos sonrientes con la mano.

Un día llegó con un ramo de tulipanes rojos. Le dije: ¿Y dónde voy yo con flores por la mañana al trabajo? Me van a descubrir enseguida las compañeras, y sin motivo.

Egor se rió: No pensé en semejantes catástrofes.

En ese momento, entregó el ramo a una anciana que nos observaba con atención. La abuela rejuveneció: ¡Gracias, hijo! Que encuentres una novia apasionada!. Yo me sonrojé. Menos mal que no añadió joven; me habría tragado la tierra.

Egor, dirigiéndose a mí, dijo: Lucía, ¿y si nos culpamos juntos? No se arrepentirá.

He de decir que su propuesta llegó en un momento muy oportuno. Con Daniel, las relaciones ya no existían: mi marido yacía como un tronco sobre la cama, ausente por el alcohol.

Egor era abstemio, antiguo deportista (57 años), buen conversador. Divorciado. Tenía algo mágico.

Me lancé de lleno a esa aventura de pasión. Fueron tres años corriendo entre mi casa y Egor, mi alma confundida.

No tenía fuerzas ni deseos de parar. Sin embargo, cuando quise terminar, no logré decidirme. Como dice el refrán, cuando el mozo gusta, la razón se pierde. Egor lo ocupó todo en mí. Cuando estaba cerca, me faltaba el aliento. Me enloquecía. Pero en el fondo sentía que esa pasión no podía traer bien. No era amor lo que sentía por Egor.

De regreso a casa, exhausta tras sus abrazos ardientes, solo quería acurrucarme junto al marido. Aunque borracho y maloliente, era mi hogar; mejor pan seco que pasteles ajenos. Esa era la verdad de la vida. La pasión, de padecer. Ya quería sufrir por Egor, acabar ese dolor y volverme a mi familia, lejos de juegos inciertos. Así pensaba mi cabeza, pero el cuerpo seguía lanzado. Aún estaba atrapada en esa vorágine.

Mi hijo Rodrigo sabía de Egor. Un día nos vio en un restaurante con su novia. Tuve que presentarle a Egor. Se saludaron educadamente. Por la noche, Rodrigo me miraba esperando explicaciones. Me escabullí: Un colega, charlando de proyectos. Sí, sí… en un restaurante, dijo Rodrigo con tacto. No me juzgó. Solo me pidió no divorciarme de papá, igual aún se recuperaba.

Me sentía una oveja que había perdido su senda. Mi amiga de toda la vida, ya divorciada y con experiencia de tres maridos, me recomendaba con énfasis dejar a esos amantejos. Le hice caso.

Pero solo conseguí parar cuando Egor, en uno de sus arrebatos, intentó levantarme la mano.

Ese fue el fin. Como dice el refrán: Mar tranquilo mientras no salgas a alta mar. Se me cayó la venda de los ojos. El mundo se iluminó. ¡Tres años de tormento! ¡Al fin libre! Llegó la paz que tanto ansiaba.

Egor siguió buscando reconciliarse, pidiéndome perdón públicamente Yo me mantuve firme. Mi amiga, la consejera, me abrazó y me regaló una taza con el mensaje: ¡Eres sensata!.

En cuanto a Daniel, sabía todo de mis líos con Egor, pues Egor le llamaba y se lo contaba. Pensaba que me iría de la familia, pero Daniel me confesó una tarde:

Mientras escuchaba las historias de ese hombre, quería morirme en silencio. Yo soy el responsable, yo sólo. Perdí a mi esposa por culpa del vino. ¡Qué tonto fui! ¿Qué podía decirte?

Ya han pasado diez años. Ahora tenemos dos nietas. Daniel y yo, sentados una tarde ante el café, miro por la ventana. Él me toma la mano, cariñoso:

Lucía, no busques fuera. Yo soy tu felicidad, ¿lo crees?

Por supuesto que lo creo, mi únicoLo miré largamente, buscando en sus ojos alguna señal distinta, alguna chispa que me confirmara sus palabras. Pero allí estaba todo: los años compartidos, las lágrimas y los silencios, las mañanas difíciles y las tardes de risas por nada. Le apreté la mano fuerte, con más ternura de la que jamás sentí por Egor o Pablo, porque esa ternura era justamente nuestra, tejida a base de caídas y reconciliaciones.

Creo que sí, Daniel susurré, sin soltarlo. La felicidad no es un lugar al que se llega. Es todo lo que hemos transitado juntos.

Él sonrió, ya sin rastros de aquel dolor antiguo. Por la ventana, las nietas jugaban en el jardín, el sol ponía reflejos dorados en su pelo alborotado. En ese instante, sentí que la vida, con todas sus vueltas inesperadas, había vuelto a brillar justo donde siempre estuvo, en mi propia casa, en la mano que aún me sostiene.

Dimos un sorbo a nuestro café, y por primera vez en mucho tiempo, me permití creer que sí: la felicidad, sin buscarla más lejos, había decidido quedarse.

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¿TÚ ERES MI FELICIDAD? La verdad, nunca pensé en casarme. Si no fuera por el empeño de mi futuro esposo, seguiría siendo como un pájaro libre. Artem, como una polilla loca, revoloteaba a mi alrededor, no me perdía de vista y buscaba complacerme en todo, cuidando cada detalle… Al final, me rendí. Nos casamos. Artem rápidamente se volvió alguien casero, cercano y familiar. Todo era fácil y cómodo con él, como estar en zapatillas de andar por casa. Al año nació nuestro hijo, Sviatoslav. Mi marido trabajaba en otra ciudad y solo venía a casa una vez a la semana, siempre trayendo dulces para Sviatik y para mí. Durante una de sus visitas, al revisar sus bolsillos antes de hacer la colada (ya era costumbre, después de dejar secar sus carnés de conducir una vez), encontré un papel doblado en cuatro. Lo desdoblé y leí una larga lista de material escolar (era agosto). Al final, con letra infantil, ponía: “Papá, ven rápido.” ¡Vaya manera de entretenerse la de mi marido! ¡Polígamo! No monté una escena; cogí el bolso, a mi hijo (Sviatik apenas tenía tres años) de la mano y nos fuimos a casa de mi madre. Por un tiempo largo. Mi madre nos dio una habitación: -Vivid aquí hasta que os reconciliéis. Me empezó a rondar la idea de vengarme de mi desagradecido marido. Me acordé de mi antiguo compañero de clase, Román. Con él sí que iba a montar “una aventura”. Siempre había estado detrás de mí desde el colegio. Le llamé. -¡Hola, Román! ¿Aún no te has casado? – empecé con sutileza. -¡Nadia! ¡Hola! Eso da igual, casado-divorciado… ¿Nos vemos? – se animó Román. Mi aventura no planeada duró medio año. Artem cada mes daba la pensión a nuestro hijo. Se la entregaba en mano a mi madre y se marchaba en silencio. Sabía que mi marido vivía con Katia Evseeva. Ella tenía una hija de un primer matrimonio y le obligó a la niña a llamar a Artem “papá”. Todos vivían en el piso de Artem. Cuando Katia se enteró de que me había ido, se mudó enseguida con la niña desde otra ciudad. Katia adoraba a Artem: le tejía calcetines y jerséis, cocinaba rico y abundante. Todo esto lo supe después. Toda la vida reprocharé a mi marido lo de Katia Evseeva. Pero en aquel entonces pensaba que nuestro matrimonio ya estaba terminado, que había fracasado. …Sin embargo, al quedar para un café (a punto de firmar el divorcio), a mí y a Artem nos invadieron los recuerdos hermosos. Artem me confesó su amor eterno y pidió perdón. Decía no saber cómo librarse de la insistente Katia. Me dio pena. Nos reconciliamos. Por cierto, mi marido nunca supo lo de Román. Katia, con su hija, se fue para siempre de nuestra ciudad. …Pasaron siete años de feliz vida familiar. Entonces Artem tuvo un accidente de tráfico; varias operaciones, rehabilitación, caminar con bastón. La recuperación llevó dos años. Todo eso le dejó agotado y empezó a beber en exceso. Se volvió otra persona, y nos hacía sufrir mucho a mí y a nuestro hijo. No aceptaba ayuda de nadie. En mi trabajo apareció un “paño de lágrimas”, Pablo. Me escuchaba en la sala de descanso, paseaba conmigo después del trabajo, me consolaba y animaba. Pablo era casado y su esposa esperaba su segundo hijo. Ni yo misma entiendo cómo acabamos en la cama. Absurdo. Era una cabeza más bajo que yo, menudo, y para nada mi tipo. ¡Y así empezó! Pablo me llevaba a exposiciones, conciertos, ballets… Cuando nació su hija, puso freno a las salidas. Se marchó de la empresa y encontró otro trabajo. Quizás pensó: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. No reclamé nada y le dejé volver a su familia con facilidad. Sólo me ayudó a superar mi dolor. No iba a entrometerme en el amor de otros. Mi marido seguía perdido por el alcohol. …Pasados cinco años, Pablo y yo nos encontramos y me propuso matrimonio en serio. Me dio la risa. Artem logró recomponerse brevemente y se fue a trabajar a la República Checa. Yo, mientras tanto, fui una esposa ejemplar y madre atenta, dedicada por completo a mi familia. Artem regresó al medio año. Reformamos el piso, compramos electrodomésticos. Por fin arregló su coche. Todo era para disfrutar y ser felices. ¡Pero no! Mi marido recayó y volvió a beber. Fueron años de auténtico infierno. Los amigos lo llevaban a casa, incapaz de andar solo. Muchas veces yo recorría el barrio buscándolo, lo encontraba tirado en algún banco, con los bolsillos vacíos, y lo arrastraba a casa. Me las vi de todos los colores. …Y así, una primavera, estaba yo melancólica en la parada de autobús. Las aves cantaban, el sol brillaba y yo no podía alegrarme de esa fiesta de abril. De pronto, alguien me susurra al oído: -A lo mejor puedo ayudarle con su tristeza. Me giré. ¡Madre mía! ¡Qué atractivo y perfumado! Y yo, ya con 45… ¿Seré una “fruta madura” otra vez? Me puse tímida como una jovencita. Por suerte, llegó el autobús y subí deprisa. Mejor, lejos de la tentación. El hombre me saludó con la mano y esa jornada sólo podía pensar en él. Me hice la dura un par de semanas… Pero Egor (así se llamaba) era implacable, como un tanque, derrumbando mi resistencia. Me esperaba todas las mañanas en la parada. Iba mirando de lejos si mi “galán” estaba. Al verme, me lanzaba besos con una sonrisa. Un día trajo un ramo de tulipanes rojos. -¿Y qué hago yo con flores a primera hora en la oficina? Las chicas me delatan enseguida, seré culpable sin motivo. Egor sonrió: -Uy, no pensé en esos “terribles” efectos. Regaló el ramo a una abuela que lo miraba todo con atención. ¡La señora rejuveneció! “Gracias, hijo, te deseo una amante apasionada!” Me puse colorada por sus palabras. Menos mal que no me deseó una amante jovencita, ¡me habría hundido! Egor continuó, mirándome: -¿Y si nos dejamos llevar, Nadia? No te arrepentirás. La propuesta era tentadora y oportuna. De mi marido, en ese periodo, ni hablar; yacía como un tronco inerte en la cama, atrapado por la bebida. Egor era no fumador, abstemio, ex deportista (57 años), y gran conversador. Divorciado. Tenía un magnetismo especial. Me lancé de cabeza a esa aventura pasional, que fue un remolino de deseo. Tres años viviendo a salto entre mi casa y Egor. Mi alma se extravió. No tenía fuerzas ni deseos de parar. Cuando por fin quise terminar, no pude. Como dice el refrán: “La muchacha echa al mozo, pero el mozo no se va.” Egor ganó mi cuerpo y mi alma. Es bien sabido, “el producto se ama, la razón se marcha.” Cuando Egor estaba cerca, me faltaba la respiración. Me olvidaba de todo. Pero sabía que esa pasión no me traería nada bueno. No era amor lo que sentía por Egor. Llegaba agotada a casa (tras el amante fogoso) y solo quería abrazar fuerte a mi marido. Aunque estuviera borracho perdido, oliera mal, pero era tan mío, tan puro… ¡Mi trozo de pan me sacia más que los pasteles ajenos! Sentía que esa era la verdad de la vida. Y que “pasión” viene de “sufrir”. Ya sólo quería terminar de sufrir por Egor y volver a mi familia en paz, no seguir distraída en placeres. Pensaba así mi mente, pero mi cuerpo quería el abismo dulce. Aún estaba atrapada en esa llama que todo lo consumía. No conseguí controlarme. Mi hijo sabía como era todo lo de Egor. Nos vio juntos en un restaurante, cuando fue con su novia. Tuve que presentarles. Se dieron la mano, y ya está. Por la noche, Sviatoslav me miró y esperó una explicación. Yo me hice la graciosa: que era un colega que me invitó a hablar de un nuevo proyecto. “Sí, claro… en un restaurante,” – asintió el hijo. No me juzgó. Solo pedía que no me divorciara de papá. Aunque todo apuntaba a que sí. Tal vez, pensaba, papá recupere la razón. Me sentía una oveja perdida, desorientada. Mi amiga, divorciada y experimentada, me decía: “¡Manda al diablo a esos amantes y tranquilízate!” Le escuché. Ella ya estaba con su tercer marido. Pero fue sólo con la lógica; paré realmente cuando Egor intentó levantarme la mano. Ahí estaba el límite. No en vano mi amiga avisó: -“El mar está tranquilo mientras pisas la orilla…” Se me cayeron las vendas de los ojos, ¡por fin veía color! Tres años de tormento. ¡Uf! ¡Libre! Llegó por fin la ansiada paz. Egor aún me perseguiría un tiempo, aguardando en todos lados, pidiéndome perdón de rodillas… Yo me mantuve firme. Mi amiga me abrazó y me dio una taza que ponía: “¡Eres una mujer sensata!” En cuanto a Artem, él sabía todo sobre mis aventuras. Egor le llamaba y le contaba. Mi amante estaba convencido de que yo me iría de casa. Artem me confesó: -Cuando escuchaba los cuentos de tu galán, quería morirme en silencio. Al fin y al cabo, todo es culpa mía. ¡Yo perdí a mi mujer! Elegí el vino antes que a ti. Idiota. ¿Qué podría decirte? …Desde entonces, han pasado diez años. Artem y yo tenemos dos nietas. Un día estamos juntos tomando café. Miro por la ventana. Artem me toma suavemente la mano y dice: -Nadia, no mires a otro lado. Yo soy tu felicidad, ¿lo sabes? -Claro que lo sé, mi único…
Mi hermano y su esposa viajaban por la autopista cuando una mujer misteriosa casi se lanzó delante de su coche y no pidió ayuda. Aquel día cambió sus vidas para siempre.