¿ERES MI FELICIDAD?
La verdad, nunca pensé en casarme. Y si no fuera por el empeño incansable de mi futuro marido, habría seguido viviendo como un pájaro libre, sin compromiso alguno. Daniel, mi esposo, se comportaba como una mariposa loca revoloteando a mi alrededor, siempre atento, complaciente en todo, hasta el polvo me quitaba. Así, es cierto, acabé rindiéndome. Y nos casamos.
Daniel enseguida se volvió hogareño, tan cercano, tan mío, como esos cómodos zapatillas que uno calza cada tarde al llegar a casa. La vida a su lado era simple y agradable.
Al año nació nuestro hijo Rodrigo. Daniel trabajaba en otra ciudad, así que volvía al hogar una vez por semana. Siempre nos traía a Rodrigo y a mí algún dulce o delicadeza de Salamanca o Valladolid. Recuerdo que, como siempre, preparaba su ropa para lavar. Era costumbre revisar sus bolsillos: más de una vez lavé su carné de conducir en la lavadora. Desde entonces, antes de meter nada en la lavadora, tocaba y revisaba cada bolsillo a conciencia.
Un día, de entre los pantalones, cayó un papel doblado varias veces. Lo abrí y leí: una larga lista de materiales escolares era agosto y al final, con una letra temblorosa de niño, se leía: Papá, vuelve pronto.
Ahí me asaltó un pensamiento: ¿así se entretiene mi marido fuera de casa? ¡Un bígamo! No monté una escandalera, sólo recogí el bolso, llevé a Rodrigo, de apenas tres años, cogido de la mano y nos fuimos a casa de mi madre. Para largo. Mamá nos cedió una habitación: Vivid aquí, hasta que arregléis las cosas.
Entonces pasó por mi mente la idea de vengarme del ingrato marido. Pensé en mi antiguo compañero de clase, Román, aquel que me perseguía en el colegio y después también. Lo llamé.
Hola Román. ¿Todavía no te has casado? empecé con cierta distancia.
¡Lucía! me reconoció al instante. ¿Qué importa si casado o divorciado? ¿Nos vemos?
El romance con Román duró seis meses. Daniel traía cada mes la pensión alimenticia para nuestro hijo, se la entregaba a mi madre y se marchaba en silencio.
Sabía que vivía con Catalina, la hija de los Eusebio. Ella tenía una niña de un matrimonio anterior, y obligó a que la pequeña llamara papá a Daniel. Vivían en el piso de Daniel. Catalina, nada más enterarse de mi marcha, se mudó de Segovia con su hija a la ciudad de Daniel. Catalina lo adoraba. Le tejía calcetines, suéteres, cocinaba como los ángeles… Me enteré más tarde de todo eso. He de confesar, toda la vida le eché en cara a Daniel a Catalina. En aquel momento creí que nuestro matrimonio estaba herido de muerte.
…Sin embargo, al encontrarnos para hablar del divorcio en una cafetería, una ola de recuerdos dulces nos sorprendió a ambos. Daniel, arrepentido, me confesó su amor eterno y no sabía cómo deshacerse de la insistente Catalina.
Sentí una profunda lástima por él. Volvimos a unirnos. A decir verdad, jamás supo nada sobre Román. Catalina se fue con su hija y nunca más volvió.
Pasaron siete años de felicidad tranquila. Luego, Daniel sufrió un accidente de tráfico. Operaciones en la pierna, rehabilitación, caminaba con bastón. Dos años de recuperación agotadores. Todo aquello le hundió. Daniel empezó a beber fuerte, perdido en sí mismo. Fue duro presenciar esa transformación. Los ruegos no ayudaban, nos desgastaba a Rodrigo y a mí. Rechazaba toda ayuda.
En ese tiempo, en mi trabajo, apareció Pablo, mi consuelo. Escuchaba mis lamentos en la sala de café, paseaba conmigo, me animaba. Pablo, casado, esperaba con su mujer su segundo hijo. Hasta hoy no entiendo cómo acabamos juntos en la cama. ¡Absurdo! Ni siquiera era mi tipo, más bajo que yo, menudo…
Y así fue: Pablo me llevó a exposiciones, conciertos, ballets. Cuando nació su hija, Pablo se retiró de muchos eventos, dejó la empresa y se encontró otro trabajo. Tal vez pensó en ojos que no ven, corazón que no siente. No le reclamé nada, lo dejé ir, no tenía intención de competir con su familia. Solo fue un consuelo fugaz al dolor que sentía. No quise interferir en otro amor.
Daniel seguía en las sombras de la bebida.
…Cinco años más tarde, volvimos a cruzarnos con Pablo casualmente, y me propuso en serio casarme con él. Me hizo gracia.
Daniel, por un breve tiempo, se repuso. Se marchó a trabajar a la República Checa. Yo, mientras, ejercía de esposa ejemplar y madre atenta. Toda mi vida era mi familia.
Daniel regresó medio año después. Reformamos el piso, compramos electrodomésticos, por fin arregló su coche extranjero. Parecía que la felicidad iba a instalarse. Pero no. Mi marido recayó y volvió a la bebida. De nuevo los infiernos. Los amigos le traían a casa; ni caminar podía, a veces llegaba arrastrándose. Yo recorría el barrio buscando a Daniel a menudo lo encontraba dormido sobre algún banco, con los bolsillos vacíos; lo llevaba de vuelta a casa tirando de él. Sucedió de todo.
Y una primavera, lo recuerdo bien, estaba mustia en una parada de autobús. Los pájaros trinaban, el sol doraba todo con sus rayos, pero yo sin ánimo para nada. De pronto, sentí un susurro en mi oído:
¿Tal vez podría ayudarle con su pesar?
Me giro. ¡Dios mío! ¡Qué hombre más atractivo! Yo entonces ya tenía 45 años, ¿será que me convertiría de nuevo en fruta madura? Me sentí como una muchacha tímida. Por suerte, llegó el autobús y me fui deprisa. El hombre me saludó con la mano. Todo el día en el trabajo pensé en él. Un par de semanas me hice la difícil, por costumbre…
Pero Egor, que así se llamaba aquel desconocido, insistía como un tanque, cada mañana aguardándome en la misma parada. Procuraba no llegar tarde, y lo divisaba de lejos. Egor me enviaba besos sonrientes con la mano.
Un día llegó con un ramo de tulipanes rojos. Le dije: ¿Y dónde voy yo con flores por la mañana al trabajo? Me van a descubrir enseguida las compañeras, y sin motivo.
Egor se rió: No pensé en semejantes catástrofes.
En ese momento, entregó el ramo a una anciana que nos observaba con atención. La abuela rejuveneció: ¡Gracias, hijo! Que encuentres una novia apasionada!. Yo me sonrojé. Menos mal que no añadió joven; me habría tragado la tierra.
Egor, dirigiéndose a mí, dijo: Lucía, ¿y si nos culpamos juntos? No se arrepentirá.
He de decir que su propuesta llegó en un momento muy oportuno. Con Daniel, las relaciones ya no existían: mi marido yacía como un tronco sobre la cama, ausente por el alcohol.
Egor era abstemio, antiguo deportista (57 años), buen conversador. Divorciado. Tenía algo mágico.
Me lancé de lleno a esa aventura de pasión. Fueron tres años corriendo entre mi casa y Egor, mi alma confundida.
No tenía fuerzas ni deseos de parar. Sin embargo, cuando quise terminar, no logré decidirme. Como dice el refrán, cuando el mozo gusta, la razón se pierde. Egor lo ocupó todo en mí. Cuando estaba cerca, me faltaba el aliento. Me enloquecía. Pero en el fondo sentía que esa pasión no podía traer bien. No era amor lo que sentía por Egor.
De regreso a casa, exhausta tras sus abrazos ardientes, solo quería acurrucarme junto al marido. Aunque borracho y maloliente, era mi hogar; mejor pan seco que pasteles ajenos. Esa era la verdad de la vida. La pasión, de padecer. Ya quería sufrir por Egor, acabar ese dolor y volverme a mi familia, lejos de juegos inciertos. Así pensaba mi cabeza, pero el cuerpo seguía lanzado. Aún estaba atrapada en esa vorágine.
Mi hijo Rodrigo sabía de Egor. Un día nos vio en un restaurante con su novia. Tuve que presentarle a Egor. Se saludaron educadamente. Por la noche, Rodrigo me miraba esperando explicaciones. Me escabullí: Un colega, charlando de proyectos. Sí, sí… en un restaurante, dijo Rodrigo con tacto. No me juzgó. Solo me pidió no divorciarme de papá, igual aún se recuperaba.
Me sentía una oveja que había perdido su senda. Mi amiga de toda la vida, ya divorciada y con experiencia de tres maridos, me recomendaba con énfasis dejar a esos amantejos. Le hice caso.
Pero solo conseguí parar cuando Egor, en uno de sus arrebatos, intentó levantarme la mano.
Ese fue el fin. Como dice el refrán: Mar tranquilo mientras no salgas a alta mar. Se me cayó la venda de los ojos. El mundo se iluminó. ¡Tres años de tormento! ¡Al fin libre! Llegó la paz que tanto ansiaba.
Egor siguió buscando reconciliarse, pidiéndome perdón públicamente Yo me mantuve firme. Mi amiga, la consejera, me abrazó y me regaló una taza con el mensaje: ¡Eres sensata!.
En cuanto a Daniel, sabía todo de mis líos con Egor, pues Egor le llamaba y se lo contaba. Pensaba que me iría de la familia, pero Daniel me confesó una tarde:
Mientras escuchaba las historias de ese hombre, quería morirme en silencio. Yo soy el responsable, yo sólo. Perdí a mi esposa por culpa del vino. ¡Qué tonto fui! ¿Qué podía decirte?
Ya han pasado diez años. Ahora tenemos dos nietas. Daniel y yo, sentados una tarde ante el café, miro por la ventana. Él me toma la mano, cariñoso:
Lucía, no busques fuera. Yo soy tu felicidad, ¿lo crees?
Por supuesto que lo creo, mi únicoLo miré largamente, buscando en sus ojos alguna señal distinta, alguna chispa que me confirmara sus palabras. Pero allí estaba todo: los años compartidos, las lágrimas y los silencios, las mañanas difíciles y las tardes de risas por nada. Le apreté la mano fuerte, con más ternura de la que jamás sentí por Egor o Pablo, porque esa ternura era justamente nuestra, tejida a base de caídas y reconciliaciones.
Creo que sí, Daniel susurré, sin soltarlo. La felicidad no es un lugar al que se llega. Es todo lo que hemos transitado juntos.
Él sonrió, ya sin rastros de aquel dolor antiguo. Por la ventana, las nietas jugaban en el jardín, el sol ponía reflejos dorados en su pelo alborotado. En ese instante, sentí que la vida, con todas sus vueltas inesperadas, había vuelto a brillar justo donde siempre estuvo, en mi propia casa, en la mano que aún me sostiene.
Dimos un sorbo a nuestro café, y por primera vez en mucho tiempo, me permití creer que sí: la felicidad, sin buscarla más lejos, había decidido quedarse.







