Hace unos días, mi hijo trajo a casa a su novia. La miré bien: es apenas unos años menor que yo, quizá cuatro o cinco. Mi hijo se había enamorado de una mujer de mi edad y quería casarse con ella. Además, me sorprendió aún más descubrir que ella tiene una niña pequeña.
Las recibí con cordialidad. Lo fundamental para mí es la felicidad de mi hijo, y si él es feliz, yo también lo soy. Pero necesitaba hablarlo con alguien; en cuanto salieron de casa, llamé a mi mejor amiga, a quien apodo mi valium, porque siempre está a mi lado, me aconseja con cabeza fría y sus palabras suelen ser la solución a mis problemas. Le conté toda la historia y le pedí que me ayudara a decidir cómo actuar.
Nuestra charla se alargó más de lo esperado, y quizá hubiera seguido así si mi hijo no hubiera regresado inesperadamente. Quería hablar conmigo. Temía escuchar algo que volviera a descolocarme. Mamá, quiero que ella y su hija vengan a vivir con nosotros, me dijo.
Me quedé bloqueada un momento y, sin pensarlo demasiado, respondí: sí, que se muden. Él se alegró y salió corriendo a darles la noticia.
Sin embargo, no podía quitarme de la cabeza este pensamiento: ¿Esa mujer puede amar verdaderamente a mi hijo? Quizá sabe que tenemos una buena casa cerca de la Gran Vía, que somos una familia acomodada y por eso no lo deja escapar.
Con esa preocupación me fui a dormir. Soñé con mi difunto marido, que me decía con voz serena: Está bien. Y al despertar, supe de pronto que mi hijo no es ingenuo; entiende bien la vida y, aunque se equivoque, siempre podrá rectificar.







