UN ERROR FELIZ…
Crecí en una familia incompleta sin padre. Mi madre y mi abuela fueron quienes me criaron.
La ausencia de mi padre la empecé a notar ya desde mi época en el parvulario.
Y en la escuela primaria…
Sentía una envidia profunda por aquellos compañeros que caminaban orgullosos cogidos de la mano de sus padres altos y varoniles, jugaban, montaban en bicicleta, viajaban en coche con ellos.
Me dolía especialmente cuando veía a algún padre besar a su hija o hijo, levantarle en brazos, y reírse juntos, riéndose sin parar…
Dios mío, viendo todo aquello de lejos, pensaba: «¡Qué felicidad debe ser eso!…»
A mi propio padre también le había visto…
Pero sólo en una única fotografía, donde él, como los demás padres, sonreía…
Pero no a mí…
Mi madre decía que él era marino, que vivía en un lugar lejano, muy al norte, tan lejano que no podía venir. Se marchó a trabajar y, aunque jamás venía, solía enviarme regalos en mis cumpleaños.
Fue en tercero de primaria cuando, para mi amarga desilusión, descubrí que aquel padre marino nunca existió
¡Jamás lo hubo!
Escuché por casualidad a mi madre decirle a mi abuela que ya no tenía fuerzas para seguir engañando al niño, ni para regalarle cosas en nombre de aquel padre que, en realidad, nos había dado de lado. Aunque vivía bien y con dinero, nunca llamó a su hijo, ni le felicitó por su cumpleaños ni por Navidad.
«¡Álvaro disfruta tanto de esas fiestas!… Son los únicos días en que siente algo de apoyo, aunque sea de alguien lejano y misterioso, pero al menos familiar».
Así que, antes de mi siguiente cumpleaños, le avisé a mi madre y a mi abuela de que no quería más regalos en mi día favorito de parte de un padre que no existía.
«Sólo hornead mi tarta favorita, la de Leche de pájaro, y nada más».
Vivíamos muy humildemente, con los sueldos modestos de mi madre y mi abuela.
Así que, cuando fui universitario, empecé a trabajar como mozo de carga en la estación y en tiendas.
Un día, el vecino Paco me propuso trabajar en su lugar como Papá Noel en los días previos a Nochevieja, visitando guarderías y hogares por encargo.
Rechacé de inmediato los trabajos en guarderías. Me parecían complicados; allí era necesario montar pequeñas obras de teatro y trabajar en pareja con la Hada de la Navidad.
Pero sí acepté ir solo a las casas en Nochevieja haciendo de Papá Noel.
Paco me dejó su cuaderno con poesías y adivinanzas, y la lista de direcciones.
El repertorio era sencillo, nada difícil de memorizar eso no era como aprobar Mecánica Racional. Aunque el miedo a cometer algún error me frenaba bastante.
Sin embargo, el primer intento fue sorprendentemente un éxito.
Cuando, tras visitar a todos los niños, volví a casa exhausto pero contento por no haber hecho el ridículo, y conté lo que había ganado, casi me puse a bailar de la emoción.
Jamás había ganado tal cantidad en medio año moviendo cajas y sacos sólo los fines de semana.
Después de aquello, cada invierno interpretaba a Papá Noel, y en verano intentaba ganar algo en los equipos universitarios de construcción.
Durante mis estudios, mi vida amorosa no florecía demasiado no tenía tiempo para ello. Ya sabéis: estudios, trabajos temporales por necesidad.
Salía con chicas de vez en cuando, pero nunca llegué a casarme.
«Cuando acabe la carrera, encuentre un buen trabajo, un salario decente, organice mi vida… Entonces sí podré pensar en formar una familia», soñaba.
Y tras terminar la carrera, ya trabajando como ingeniero aunque en un puesto modesto aún decidí comprarme un coche de segunda mano.
En casa ya teníamos una economía aceptable, pero aun así no alcanzaba para el coche, y yo deseaba mucho tener mi propio medio de transporte.
Así que decidí volver a hacer de Papá Noel.
Mi madre sacó del armario el traje de Navidad, le quitó el protector de plástico y empezó a renovarlo. Añadió muchas lentejuelas, y el traje resplandecía. También me gustó la barba blanca y esponjosa, bien peinada, que me ocultaba el rostro.
Me pegué unas cejas pobladas y, tras mirar mi disfraz en el espejo, quedé satisfecho.
Entonces mi madre suspiró y me dijo en voz baja:
Álvaro, ya va siendo hora de que tengas tus propios hijos, y tú sigues divirtiendo a los ajenos.
Todo llega respondí quitándole importancia. En fin, mamá, deséame suerte, ¡y hasta luego! le di un beso en la mejilla y marché a ganarme el jornal.
Una semana antes de Nochevieja puse un anuncio en el periódico local y recibí quince encargos.
Cumplí seis visitas y taché las direcciones del listado. Leí la siguiente: Calle Jardín, 6, piso 3ºB.
Bajé del autobús y me dirigí a la casa.
La Calle Jardín es casi la periferia de la ciudad, y estaba mal iluminada.
No tardé en localizar el número 6. Subí al segundo piso y llamé.
Me abrió la puerta un niño de unos cinco o seis años.
En la pradera junto al bosque vivo en mi casita encantada… empecé con la frase que tenía preparada.
Pero el niño me interrumpió:
¡Nosotros no hemos invitado a Papá Noel!
No hace falta que me inviten, yo vengo por sorpresa a los niños buenos contesté rápido, aunque estaba algo desconcertado. ¿Mamá o papá están en casa?
No. Mi madre ha ido al edificio de al lado a ponerle una inyección a la abuela Toña. Pronto volverá.
¿Y tú cómo te llamas?
Álvaro.
«Vaya, igual que yo», pensé sorprendido.
Pero reaccioné a tiempo. No iba a decirle mi nombre, ¡yo era Papá Noel!
Álvaro, ¿dónde tenéis el árbol de Navidad?
En mi habitación.
Me tomó de la mano y me llevó a su cuarto, que, al igual que el resto del pequeño piso, tenía una decoración muy sencilla.
Sobre la mesita cerca de la cama, en lugar de un árbol, había una ramita de pino en un tarro de cristal decorada con pequeños juguetes y una guirnalda de luces de colores.
Junto a ella había dos fotografías en marcos idénticos de un hombre y una mujer.
Me fijé mejor y…
Me quedé de piedra ¡La foto era la mía!
«Esto no puede ser posible…»
Observé con atención. Era verdad En el marco de la izquierda, mi foto de estudiante, con cazadora.
En la derecha, la de una chica Sofía Roldán.
La conocí un verano en las brigadas universitarias de construcción.
Sólo que la foto no era ya de estudiante. Me miraba una mujer guapa, de ojos dulces y tristes, muy parecida a aquella joven alegre Sofía.
¿Quién es? pregunté, sintiendo que mi voz apenas me salía.
Es mi madre.
¿Tu madre?
Sí.
¿Se llama… Sofía? se me escapó.
¡Vaya! ¡Ha adivinado! ¿Es usted de verdad Papá Noel? Yo ya creía que no existían.
¿Y este quién es? pregunté señalando mi propia cara, intuyendo ya que, Álvaro, aquel niño, era mi hijo.
Es mi papá. Es auténtico marinero. Imagínese, vive y trabaja en el mar, sobre una enorme plataforma. Mi madre dice que se marchó hace mucho tiempo, cuando yo era muy pequeño. Por eso nunca lo he visto ni lo recuerdo. Pero siempre me envía regalos por mi cumpleaños y por Navidad. Este año también, seguro que encuentro su regalo bajo la almohada. A Papá Noel le gusta esconderlos ahí.
Me quedé paralizado, recordando mi infancia y mi propio padre marino.
¿Así es como todas las madres envían a sus padres egoístas a tierras lejanas?
Y yo era uno de esos padres.
Sentí punzadas hondas, como si el destino me atravesara el corazón.
Recordé el breve pero intenso romance con Sofía
Al despedirnos, por supuesto, intercambiamos teléfonos. Pero nada más regresar no la llamé, luego me robaron el móvil.
La recordé muchas veces, pero los estudios, las amistades y los nuevos romances acabaron por dejarla en el olvido.
Resulta que ella vivía en la misma ciudad, sin olvidarme, criando sola a nuestro hijo y manteniendo mi foto junto a la suya.
Estaba a punto de decirle a Álvaro que yo era su padre, cuando la puerta se abrió y entró Sofía:
Hijo, perdona la tardanza. A la abuela Toña tuve que llamar ambulancia y llevarla al hospital.
Al verme exclamó asombrada:
¡Pero si no habíamos llamado a Papá Noel!
Con lágrimas de alegría y emoción me quité el gorro y la barba, me arranqué las cejas postizas…
¡Álvaro! gritó sorprendida Sofía.
Y se dejó caer sobre el banco del recibidor y sollozó tan fuerte, que el pequeño Álvaro se asustó un poco.
Pero Sofía, al ver al niño, se recompuso enseguida.
Yo le conté que venía del mar convertido en Papá Noel para darle una sorpresa a él y a su madre.
La alegría de Álvaro no tenía límite. Reía, cantaba, nos recitó poesías una y otra vez, nos cogía la mano como temiendo que me fuera lejos de nuevo.
Del regalo ni se acordó. Sabía que Papá Noel pondría el regalo de papá bajo su almohada.
Álvaro se quedó dormido, y entre Sofía y yo conversamos hasta el amanecer, como si nunca hubiese habido aquellos años de distancia entre nosotros.
Por la mañana fui a comprar otro regalo y sólo entonces descubrí que me había confundido entré al edificio número 6B, y era el número 6 donde me esperaban. Por la noche no vi la B y fui a otro portal.
Pero en realidad, ¡había llegado al lugar correcto! ¡Al único necesario para mí!
«¡Qué error más feliz y lleno de destino!», pensé, sonriendo.
Ahora estamos juntos los tres. ¡Somos inmensamente felices!
Y mi madre y mi abuela no paran de alegrarse de tener nieto y bisnieto ¡Álvaro Álvarovich!







