– Carmen, ¿por qué te veo tan decaída últimamente? – me preguntó la vecina, asomada por la verja. – Te noto apática, como si anduvieras pachucha.
– No te falta razón, Pilar -respondí yo, Carmen Jiménez, con mis cuarenta y siete años a cuestas-. No tengo energías ni para fregar los platos, fíjate, hasta me da vergüenza mirar a mi marido a la cara.
– Te veo rara, pero eres la misma de siempre. Oye, ¿y si te han hecho mal de ojo? A mí me paso una vez, y la abuela Rosario me lo curó echándome cera caliente.
– ¿De verdad te funcionó?
– Hombre, claro. ¿No te acuerdas que hasta llevamos a tus niñas a la casa de Rosario para que las curara del empacho?
– Pero, ¿cómo me van a haber dado mal de ojo a mí? -me extrañé.
– ¡Pues anda que no pasa gente por el pueblo de fuera! ¿Te acuerdas de aquellas que iban de casa en casa vendiendo colchas de colores? Tenían una mirada oscura, envidiosa, a saber si no les dio por echarte algo malo.
– Si ni siquiera cruzaron el umbral de mi puerta.
– Pues entonces piensa, ¿con quién habrás discutido últimamente? Que a lo mejor algún familiar de tu Paco te tiene envidia.
– Ay, anda ya, que yo con la familia de Paco me llevo de maravilla. Vivimos en paz, de verdad te lo digo.
– Pues no sé, tú verás, hija, porque tiene toda la pinta de mal de ojo.
Solté un suspiro y me fui directa a casa de Doña Rosario, la curandera, para que me quitara el supuesto mal.
Rosario, nada más verme, me aseguró que tenía encima un mal de ojo de los gordos, y se puso a prepararme sus rituales con cera y rezos.
– Tienes que venir varias veces, Carmen -me indicó.
Pero nada, por mucho que me echara cera y agua bendita, yo seguía igual de mal.
***
– Carmen, te veo rellenita -me dijo la doctora María Fernández la primera vez que me miró detenidamente-. Enséñame la barriga, anda. ¿Mal de ojo dices? Mujer, que eres una persona sensata Eso que tienes no es cosa de curanderas: es un mioma. Tienes que ir al centro de salud de la capital, que te vean.
– Lo que me faltaba -me quejé- justo ahora que tengo a mi nieto en casa, y yo con estas cosas.
A la mañana siguiente, a primera hora, cogí el autobús hacia la ciudad. Ni mal de ojo, ni mioma, ¿qué será esto?, iba pensando.
La doctora Laura Morales me recibió y escuchó mi relato: que no me encontraba bien, que no entendía lo que me pasaba.
– Hasta he llegado a pensar que me habían echado un mal de ojo
– ¿Mal de ojo, dices? -me miró la doctora, esbozando una sonrisa-. El único embrujo que tienes es el de tu marido, Carmen.
Empezó a sonreír tanto, que yo me quedé atónita.
– Lo tuyo, Carmen, no es más que un embarazo, ni mal de ojo ni mioma ni nada extraño. ¿Cómo no has venido antes? En lugar de médicos, has ido a pedir diagnósticos a medio pueblo.
Me quedé muda, como si me tragara el suelo.
– ¿Eso es posible, doctora? ¿Seguro que no se equivoca?
– Vamos, mujer, ahora se lo cuentas a tu Paco: a ver qué opina. Ahora mismo tienes todas las papeletas de traer un bebé sano al mundo. ¿O es que no quieres?
– Sí, sí Claro que quiero, es mi hijo -balbuceé, descolocada-. Lo que no sé es cómo lo voy a contar en casa, con los mayores ya criados y un nieto correteando.
– Eso ya lo tendrás que decidir tú, Carmen. Mi obligación es mandarte las pruebas. Y mucho ojo, nada de cargar pesos en casa.
Al volver, seguía sin creérmelo: ¡ser madre por tercera vez! Llamé a Paco, que andaba trasteando en el garaje:
– Paco, tenemos que hablar. Estoy embarazada.
– ¿Pero cómo que embarazada? ¿Y el supuesto mioma? ¿Y todo lo del mal de ojo?
– Pues toma, ni lo uno ni lo otro. Un niño.
– Virgen del Carmen -se sentó en el escalón del porche-. ¿Y ahora qué hacemos?
– Pues no sé
– Ea, donde caben dos, caben tres. Lo que haga falta. Y a los hijos, ya les contaremos: les viene un hermano o hermana.
***
En la oficina yo siempre destacaba por ser una mujer simpática y elegante; era de las que caían bien a todo el mundo.
– Sí, así fue -contó mi hija Lucía Paco al recordar la historia-. Todos pensaban que era un mal de ojo, luego mioma, y al final aparecí yo. ¡Gracias, mamá!
Qué curioso verla ahora tan bonita y alegre, y pensar que un día fue tan inesperada como querida y celebrada por sus padres.
En esta experiencia aprendí que muchas veces las supersticiones y los cotilleos de pueblo solo sirven para liarnos más la cabeza. A veces la vida nos regala sorpresas cuando menos lo esperamos. Y, ante todo, hay que escuchar a los médicos y no dejarse llevar por habladurías.







