El amor no es para presumir
Hace ya muchos años, Leandra salió de la casa con un cubo lleno de pienso para los cerdos y cruzó el patio con el ceño fruncido, pasando de largo junto a su marido, Tomás, que llevaba tres días trasteando con el pozo. Se le había antojado tallar adornos en la cubierta para que quedara bonito, como si no hubiese tareas más urgentes. Mientras la mujer se afanaba en la faena doméstica, alimentando los animales, Tomás se quedaba allí con el formón en la mano, cubierto de serrín, mirándola y sonriendo. Qué marido le habría deparado el destino, pensaba a veces. Él no decía nunca una palabra cariñosa, ni era de esos hombres que se hacen notar, simplemente trabajaba en silencio, de vez en cuando se acercaba, la miraba a los ojos y le pasaba la mano por su trenza espesa y castaña. Y ésa era toda la ternura que recibía. Pero ¡cómo deseaba que alguna vez le dijera un clara de luna, un paloma mía…!
Sumida en estos pensamientos sobre su suerte de esposa, estuvo a punto de tropezar con Mambo, el perro viejo, y caerse de bruces. Al instante, Tomás dejó la herramienta y acudió a sujetarla, mirando severamente al animal:
¿Pero qué haces metiéndote entre los pies de la dueña? ¿Quieres hacerle daño?
Mambo bajó los ojos con aire triste y se fue despacio a su caseta. Leandra, una vez más, quedó asombrada de cómo su marido conseguía hacerse entender con los animales. Una vez le preguntó por ello y Tomás sencillamente respondió:
Es que los quiero, y los animales devuelven lo que reciben.
Leandra también fantaseaba con el amor; que la llevasen en volandas, que le susurrasen palabras ardientes, que cada mañana despertara con una flor sobre la almohada… Pero Tomás era parco en gestos y en palabras, y ella empezaba a dudar si su marido la quería siquiera un poco.
Dios os ayude, vecinas asomó Francisco por encima de la tapia. Tomás, ¿sigues con tus tonterías? ¿Para quién son esos adornos?
Quiero que mis hijos crezcan buenos, rodeados de belleza contestó Tomás.
Pues primero tendrás que tener hijos rió el vecino, guiñándole el ojo a Leandra.
Tomás miró con tristeza a su esposa; Leandra, avergonzada, entró deprisa en la casa. No tenía prisa en empezar una familia; joven y bien parecida, sentía que aún deseaba vivir un poco para sí misma, especialmente porque su Tomás ni era fogoso ni apasionado. Y, si a comparar vamos, Francisco era bien apuesto: alto, de hombros anchos, y siempre tenía un piropo que decir cuando se cruzaban en el corral, alguna frase dulce como Lucerillo, sol que amaneces. El corazón de Leandra latía con fuerza ante esas palabras, pero ella esquivaba sus invitaciones, recordando que cuando se casó prometió ser esposa fiel y que sus padres siempre vivieron en armonía, enseñándole a cuidar el hogar.
Pero, aún así, ¿por qué sentía ganas de asomarse a la ventana, esperando ver pasar al vecino?
Al amanecer siguiente, mientras conducía la vaca al prado, se topó con Francisco a la puerta.
Leandriña, paloma mía, ¿por qué me huyes? No puedo dejar de mirarte, me haces girar la cabeza cada vez que te veo.
Ven a verme a la alba. Cuando tu Tomás se vaya de pesca, acércate a mi casa. Yo sí te colmaré de ternura y serás la mujer más feliz.
Leandra se sonrojó hasta la raíz, le quemaban las mejillas y el corazón se le agitó, pero no contestó nada y pasó rápido de largo.
Te esperaré dijo Francisco tras ella.
Todo el día estuvo Leandra dándole vueltas al asunto. Anhelaba amor y caricias, y Francisco tenía una mirada que la hacía temblar, pero no se atrevía a romper sus principios. Aun así, hasta la próxima aurora quedaba tiempo, tal vez
Esa noche, Tomás encendió la lumbre de la sauna y llamó al vecino a sudar juntos. Este aceptó encantado, no debía gastar leña en la suya. Allí, entre vapores y ramas de abedul, se dieron unas cuantas tundas de buena gana. Luego, salieron al antecámara a descansar. Leandra les había dejado una jarra de orujo y unos entremeses, pero recordó que aún tenía pepinillos en el sótano, y bajó a buscarlos. Cuando regresó y se acercaba a la puerta, escuchó las voces y se detuvo, contenida por la curiosidad.
Eres muy soso, Tomás le decía Francisco en voz baja. Ven, que hay algunas viudas en el pueblo que te agasajarían como nadie. Bellezas de verdad; no como tu Leandra, que es poca cosa.
No, amigo escuchó Leandra la voz suave pero firme de Tomás. No quiero otros cariños, ni se me pasa por la cabeza. Mi esposa no es poca cosa, es la mujer más hermosa que pisan esta tierra. No hay flor ni fresa, por linda que sea, que se le pueda comparar. Cuando la miro, no hay sol que valga; sólo veo sus ojos, sólo contemplo su figura. El amor me desborda como río en primavera, pero me falta el arte de decirlo, no sé mostrarle cuánto la amo. Ella me lo reprocha, lo noto, y temo perderla porque sin ella no sabría vivir ni un día, ni respirar un soplo de aire lejos de ella.
Leandra escuchaba paralizada; el corazón le retumbaba y se le escapó una lágrima por la mejilla. Luego, erguida, entró al antecámara con paso decidido y declaró:
Anda, vecino vete pues a alegrar a tus viudas, que aquí mi marido y yo tenemos asuntos más importantes. Todavía nos falta a quién enseñar la belleza que Tomás esculpe. Perdóname, amado mío, por mis pensamientos tontos y mi ceguera; tenía la dicha en las manos y no supe verla. Vamos, que ya hemos perdido suficiente tiempo
Y aquella mañana, al clarear el día, Tomás no salió a pescar.







