Pérdida. Román y Lilia se conocieron por primera vez en los últimos cursos del instituto. El chico notó a la joven en el pasillo durante el recreo. Lilia escondía tímidamente bajo unas pestañas aterciopeladas unos ojos de un color extraordinario, mientras el resto de las chicas reían a carcajadas, bromeaban y se quitaban cigarrillos entre ellas. —Clase, os presento a la nueva —Lilia Avchinskaia—, anunció la tutora ante la clase de bachillerato. Por un instante, Lilia cruzó la mirada con Román, y el muchacho supo en ese segundo que había quedado totalmente prendado. Tuvo que luchar por el corazón de la joven, pero finalmente la fortaleza cayó, y al baile de graduación fueron de la mano. Desde entonces, ya nunca se separaron. Siempre que se perdía en los inmensos lagos azul celeste de los ojos de su amada, Román sentía que, sin ellos, sería como un pez varado en la orilla. Pasaron los años, Román y Lilia terminaron la universidad, encontraron trabajo y se casaron. Comenzaron a planear tener un hijo. Sin embargo, tras muchos intentos, Lilia no lograba quedarse embarazada. Tras años de fracasos, decidieron probar fecundación in vitro. Esta vez funcionó. Nueve meses después, la pareja celebró el nacimiento de una niña a la que llamaron Aurora. Pero pronto la alegría de la maternidad se enturbió: a Lilia le diagnosticaron cáncer. Como si el destino se burlase de ellos, mientras Aurora crecía y florecía cada día más parecida a su madre, Lilia se marchitaba y se convertía en la sombra de quien fue… Cuando la niña cumplió cinco años, su madre murió. La muerte de su esposa dejó a Román roto. Fuera de sí por el dolor, empezó a beber. Vaso tras vaso, el viudo buscaba ahogar la pena, la rabia y la vergüenza de culpar, en el fondo, a su propia hija por la pronta muerte de su mujer, pues el proceso de fecundación fue el detonante del cáncer. —¿Por qué se fue mamá? —se preguntaba Aurora—. ¿Sería por portarme mal? ¿Y papá? Ya ni parece que me quiera… —reflexionaba ante el espejo mientras miraba su rostro pálido—. Papá ha cambiado mucho, ahora es tan duro conmigo… La voz áspera de Román y el tintineo de la vajilla llegaban de la cocina. Un fuerte olor a alcohol inundaba la casa. —Va a volver a gritarme… —pensó la niña, y, tras ponerse una chaquetilla, salió como un ratoncillo por la puerta entreabierta que daba al exterior—. Mejor no molestar más a papá… El principio del otoño cubría la ciudad con un cielo de plomo; el día menguaba deprisa, huyendo del crepúsculo. El viento frío golpeó la cara de Aurora. Los pocos peatones apuraban el paso bajo la llovizna, sin ver a la niña encogida por el peso del dolor, que caminaba sin rumbo. Aurora andaba por los senderos serpenteantes, ignorando el rugido de su estómago. A unos metros, un hombre de rostro oculto tras el cuello alzado del abrigo apareció. Al girar la niña hacia el parque, el desconocido la siguió. —¿Por qué me miras así otra vez? —balbuceó Román mirando un portarretratos con los ojos celestes de su mujer—. Me dejaste solo… —El hombre se aferró la cabeza y empezó a arrancarse los pelos sucios. Entonces, una brisa fresca recorrió la sala. Román levantó la cabeza y se humedeció los labios secos. Frente a él, estaba su difunta esposa. *** El parque estaba casi desierto. Aurora se dirigió, encogida, a un banco bajo la luz mortecina de una farola. Estaba cansada y no sabía qué hacer. De repente, de entre las sombras surgió un hombre alto y la niña gritó asustada. —No temas, no voy a hacerte daño —dijo él con voz suave—. ¿Estás sola aquí? —El tono, lejos de ser paternal, era envolvente, casi tranquilizador. —Sí —respondió la niña, mordiéndose los labios para ahogar el temblor. El desconocido la estudió de arriba a abajo, le sonrió y le tendió la mano: —Pedro Vázquez… Todo sucedía como en un sueño difuso; Román no podía creer lo que veía. —Lilia… —se abalanzó para abrazar a su amada, pero atravesó su cuerpo y se golpeó la ceja contra una esquina. —Román —sonrió tristemente el espectro—, no te he abandonado, nunca quise dejaros, simplemente sucedió. Nadie tiene la culpa, y menos aún nuestra hija. Frotándose la herida, el hombre quedó petrificado ante el fantasma. —Nuestra hija es prolongación de nuestro amor —continuó Lilia—. A mí ya no puedes ayudarme, pero Aurora te necesita. Ha perdido a su madre, no permitas que pierda también a su padre… No la pierdas a ella. Mientras la oía, Román sintió que, como si fuera un forúnculo reventando, su dolor al fin salía. Los ojos se le inundaron de lágrimas y rompió a llorar. —Siempre estaré con vosotros y os amaré. Pero date prisa, siento que Aurora está en peligro. Román corrió hacia la puerta y se calzó a toda prisa. —Nuestro parque… —susurró la difunta; al mirar atrás, ya no había nadie más en casa. El sudor cubría la frente de Román. Su corazón latía con fuerza mientras corría como nunca en meses. En el parque, un hombre alto conversaba animadamente con una niña pequeña. Nada llamativo para los pocos paseantes; parecía un padre con su hija… Cuando Aurora, ya tranquila, se relajó, su nuevo amigo le ofreció una chuche. La niña la tomó y se la metió rápidamente en la boca. —Tiritas, déjame invitarte a un chocolate caliente con dulces —Pedro Vázquez le tomó de la mano. Aurora ya no recordaba la última vez que su padre la tomó de la mano. —No creo que quiera hacerme daño… —pensó mirando una vez más al hombre sonriente. Dudó un segundo y asintió. El suelo pareció moverse y las piernas ya no le respondían. Casi se cae, pero Pedro Vázquez, como previendo el desenlace, la sujetó. Del bolsillo de la niña cayó inadvertidamente un llavero con un unicornio rosa. Román recorrió medio parque sin encontrar a su hija. El sudor se llevaba el alcohol y, con él, la conciencia de sus errores y el daño a su niña. Un toque de alerta golpeaba su cabeza. Otra banca vacía bajo una farola tuerta… pero algo le detuvo en seco: en el suelo mojado, una manchita rosa, el llavero de unicornio de Aurora… A lo lejos, un perro ladró y el corazón de Román se detuvo. Salió corriendo hacia el estruendo. —¡Quite ese perro! —gritó encolerizado el hombre alto tirando de una niña colgada al hombro. Una joven intentaba apartar a un rotweiler enorme. El animal tiraba con fuerza, espuma en la boca y ladridos rompían la quietud. —Perdón, no sé qué le pasa, nunca actúa así. ¡Archi! —La dueña tironeaba la correa, desesperada. —¡Eh, tú, suelta a mi hija, cabrón! —apareció Román bramando de rabia, lanzándose sobre Pedro Vázquez. El hombre solo tuvo tiempo de sorprenderse. En ese instante, Archi se liberó. *** Aurora despertó en el hospital tras suero y análisis. El caramelo tenía un relleno peligroso. Pedro Vázquez, mordido por el perro y golpeado por Román, también fue llevado al hospital, pero bajo custodia policial. El hombre tenía antecedentes por abusos y pornografía infantil. Da miedo pensar adónde llevaba a Aurora… pero afortunadamente, ella nunca lo sabrá. La joven dueña del rotweiler fue más tarde con Román al hospital para ver a la niña. Contó que, paseando a Archi por el parque, una chica desconocida —que le impactó por sus brillantes ojos azules— le acarició el perro y le susurró algo; en ese momento, Archi salió disparado hacia el lugar donde encontraron al criminal. Aurora no tardó en recibir el alta. Román dejó la bebida para siempre y se convirtió en el padre amoroso y cuidadoso que la niña necesitaba. Elena, la dueña del perro, fue un apoyo constante y muy pronto visita habitual en su hogar. Reconoció en la foto de Lilia a la misteriosa joven del parque, aunque nunca lo confesó. —Princesa, sal, que tenemos visita —globos de colores flotaban por el techo mientras Román abría la puerta de entrada y Elena aparecía en el pasillo. Ese día Aurora cumplía seis años. Fue su mejor cumpleaños. La niña, con un vestido rosa de varias capas, salió como una mariposa. Al verla, Elena ocultó algo tras la espalda. —¡Feliz cumpleaños, cielo! Tengo una sorpresa —dijo sonriendo con misterio. Aurora palmeó emocionada y saltó de alegría, justo cuando la sorpresa de Elena ladró. —Te presento a Bruce… —En brazos de Elena, un regordete cachorro de rotweiler meneó la cola. Por fin Lilia podía descansar en paz, segura de que sus seres queridos estarían bien. Una suave brisa acarició los rostros de quienes estaban en casa. La madre de Aurora emprendió por fin su camino luminoso hacia el cielo.

Pérdida.

Román y Celia se cruzaron por primera vez en el instituto, allá por primero de Bachillerato. Él la vio una mañana cualquiera en uno de esos pasillos donde el eco de los gritos adolescentes rebota mejor que las pelotas en el patio. Celia, discreta y con los ojos escondidos bajo un bosque de pestañas imposibles, intentaba escabullirse mientras el resto de las chicas reían a mandíbula batiente y se intercambiaban cigarrillos como si fueran cromos.

A ver, chicos, tenemos compañera nueva: Celia Herrero anunció la tutora, interrumpiendo el alboroto de la clase de letras.

Celia por un segundo cruzó la mirada con Román. Desde ese instante, él supo que ahí caía un mito: había sido derrotado. Ganarse el corazón de esa muchacha no fue tarea sencilla, pero finalmente la muralla cayó, y en la graduación ya iban del brazo como novios de película de sobremesa. Desde entonces no se separaron.

Cada vez que Román se perdía en los lagos azul-claros de los ojos de Celia, sentía que sin ellos no podría vivir, como un boquerón fuera del mar.

Los años volaron más rápido que el AVE Madrid-Sevilla. Se licenciarion, encontraron trabajo y se casaron. Pensaron, como quien planea una escapada a la playa, en tener un hijo. Sin embargo, tras mil intentos y algún que otro disgusto en la consulta, Celia no conseguía quedarse embarazada. Tras varios rodeos, decidieron lanzarse al lío de la fecundación in vitro.

Y por fin, funcionó. Nueve meses después, la felicidad familiar cogió forma de bebé. La niña, a la que llamaron Alba, era un sol. Pero su alegría pronto encontró nubarrones: a Celia le diagnosticaron cáncer.

El destino, que parecía tener un sentido del humor muy torcido, quiso que mientras Alba crecía y se transformaba en el reflejo de su madre, Celia se apagaba como una vela al final de la noche.

Al cumplir Alba cinco años, su madre se fue de este mundo.

Con la muerte de Celia, algo dentro de Román se rompió. Hundido en su pena, agarró la copa como si fuese un salvavidas. Intentaba ahogar la tristeza, la rabia, y la culpa imposible de callar por pensar, muy en su fuero interno, que la niña tenía algo que ver con la enfermedad de Celia. Al fin y al cabo, el tratamiento de fertilidad había destapado el mal.

¿Por qué se fue mamá? se preguntaba Alba una y otra vez. ¿Habrá sido porque he sido mala? Y papá… ya ni me mira, creo que ha dejado de quererme murmuraba situada frente al espejo, donde se encontraba una versión desteñida de sí misma; papá está cambiado, siempre está enfadado…

Desde la cocina llegaban voces enfurruñadas y el estrépito de vasos estrellándose contra la encimera. El olor a orujo ya impregnaba cada rincón de la casa.

Otra vez va a gritarme… pensó Alba aterrorizada. Rápidamente se puso una chaquetilla fina, como quien se escapa a hurtadillas por la ventana, y salió de casa, procurando no hacer ruido al cruzar la puerta. Mejor desaparezco, no molesto más a papá…

Un otoño temprano apisonaba Madrid bajo una cúpula de plomo; la tarde se encogía deprisa, calada de lluvia y viento desapacible. Alba, con la cara azotada por el aire, caminaba entre desconocidos que sólo pensaban en guarecerse. Nadie reparaba en la niña, encogida y sola, paseando sin rumbo.

Sus tripas rugían pero ella intentaba pensar en cualquier cosa menos el hambre. A pocos metros, un hombre alto oculto tras el cuello subido de su abrigo la observó. Cuando la niña giró hacia el Retiro, el tipo la siguió discretamente.

Pero, ¿y tú qué miras? musitó Román dirigiéndose a la foto de Celia, que le devolvía desde la estantería la mirada de siempre. Me has dejado solo… gritó, mientras se arrancaba cabellos sucios y enredados.

De pronto, una ráfaga de aire fresco barrió el salón. Román levantó la cabeza y se pasó la lengua por los labios secos. Frente a él estaba Celia.

***

En el parque, poca gente. Alba, temblando, se sentó en un banco bajo la luz asfixiada de una farola. Cansada, con más dudas que certezas. De la penumbra emergió el hombre alto, sobresaltándola.

No temas, no te haré nada dijo él con voz suave, nada que ver con la de su padre, más bien melodiosa, como nanas antiguas.

Sí… respondió Alba, mordiéndose el labio para aguantar el temblor.

El desconocido la miró de arriba abajo y, sonriendo, le tendió la mano:

Pedro Villalta.

Mientras tanto, Román, perdido, no podía creer sus ojos. Trató de abrazar a Celia, pero atravesó su espectro y se dio un buen golpe contra la mesita.

Romi, sonrió Celia con tristeza, ni te dejé ni quería marcharme, la vida tuvo otros planes. Nadie es culpable de esto, y menos aún nuestra hija.

Román, frotándose la ceja, se quedó quieto frente al espectro.

Nuestra hija es lo único que queda de nosotros. Yo ya no puedo volver, pero ella te necesita. No la pierdas como me perdiste a mí…

Mientras escuchaba a Celia, Román sintió aflojarse ese nudo asqueroso en el pecho. Se echó a llorar, al fin.

Siempre estaré cerca; ahora, date prisa, Alba está en peligro apremió la voz de Celia, antes de desvanecerse como humo.

Román salió disparado hacia la puerta.

El Retiro… susurró Celia, y cuando Román miró atrás ya no quedaba ni rastro.

Con el corazón aporreando el pecho, se lanzó a correr, notando que el cuerpo poco entrenado y muy castigado le recordaba cada mala decisión de los últimos meses.

En el parque, mientras tanto, Pedro Villalta conversaba con Alba en un ambiente tan normal que nadie habría sospechado. Parecían un padre y una hija cualquiera. Cuando la niña se relajó, Pedro le ofreció un caramelo, que ella, confiando, se comió sin pensar.

Tienes frío. Ven, vamos a tomar un té calentito con pastas Pedro le ofreció la mano.

El último recuerdo que Alba tenía de su padre cogiéndole la mano era ya de otro tiempo.

No parece malo… pensó Alba, echando un último vistazo al hombre sonriente. Dudó unos instantes, pero aceptó. De repente, el suelo empezó a dar vueltas y las piernas le fallaron. Pedro, como si estuviera esperando, la atrapó. Un pequeño llavero con un unicornio rosa cayó desapercibido de su bolsillo.

Román, mientras tanto, había recorrido la mitad del Retiro sin rastro de la pequeña. Sudando a mares y con el cerebro en caos, empezaba a entender el daño causado. Suena una alarma en su cabeza.

Una farola, un banco vacío… Pero se detuvo en seco. En el asfalto mojado relucía el llamativo llavero de Alba.

A lo lejos, el ladrido de un perro le erizó la piel. Corrió tras el sonido.

¡Aparta a este demonio! gritaba Pedro Villalta, con Alba inerte sobre el hombro, mientras trataba de esquivar la embestida de un enorme rottweiler.

Una joven, bajita y decidida, forcejeaba con el animal, que no pensaba soltar el rastro.

Perdón, no sé qué le pasa, nunca se había puesto así… ¡Archie! tiraba ella de la correa desesperada, pero el perro ni caso.

¡Detente, desgraciado! una voz estalló entre los arbustos. Román apareció fuera de sí. ¡Devuélveme a mi hija, cabrón!

En ese instante, Archie se zafó.

***

Alba despertó en el hospital tras varias lavativas y goteros milagrosos. El caramelo llevaba regalo sorpresa. Herido por Archie y apaleado por Román, Pedro Villalta también acabó en Urgencias, pero escoltado por la Policía Nacional. Resultó ser un viejo conocido por delitos contra menores. Mejor ni pensar a dónde llevaba a Alba… aunque, por suerte, nunca lo sabrá.

La joven del perro, Elena, no tardó en visitar a la niña acompañada de Román. Más tarde contaría que en el Retiro, justo antes de todo, una mujer de ojos azules acarició al perro y le susurró algo; tras eso, Archie salió disparado y la condujo directa hasta Alba.

Alba se recuperó rápido, y tras unas cuantas pruebas médicas fue dada de alta. Román jamás volvió a probar una copa y se esforzó en ser un padre ejemplar y cariñoso. Elena se volvió asidua en casa. Nunca confesó que la mujer misteriosa del parque era la Celia de la foto que presidía el salón.

Princesa, sal que tenemos visita gritó Román mientras globos de colores flotaban por el techo. Elena apareció en el umbral.

Hoy Alba cumplía seis años y, créanme, era el mejor cumpleaños de su vida. Correteaba en un vestido rosa con mil capas como una mariposa coqueta. Elena escondía algo tras la espalda.

Felicidades, sol. Tengo una sorpresa para ti dijo con una sonrisa traviesa.

Alba aplaudió, brincando de emoción. De repente, la sorpresa de Elena ladró.

Te presento a Bruce en sus brazos tenía un cachorro regordete de rottweiler.

Ahora sí, Celia podía descansar tranquila; sus amores estarían bien. Un soplo de aire delicado acarició las caras felices de salón. La mamá de Alba se alejaba rumbo al cielo, bajo un Madrid luminoso.

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Pérdida. Román y Lilia se conocieron por primera vez en los últimos cursos del instituto. El chico notó a la joven en el pasillo durante el recreo. Lilia escondía tímidamente bajo unas pestañas aterciopeladas unos ojos de un color extraordinario, mientras el resto de las chicas reían a carcajadas, bromeaban y se quitaban cigarrillos entre ellas. —Clase, os presento a la nueva —Lilia Avchinskaia—, anunció la tutora ante la clase de bachillerato. Por un instante, Lilia cruzó la mirada con Román, y el muchacho supo en ese segundo que había quedado totalmente prendado. Tuvo que luchar por el corazón de la joven, pero finalmente la fortaleza cayó, y al baile de graduación fueron de la mano. Desde entonces, ya nunca se separaron. Siempre que se perdía en los inmensos lagos azul celeste de los ojos de su amada, Román sentía que, sin ellos, sería como un pez varado en la orilla. Pasaron los años, Román y Lilia terminaron la universidad, encontraron trabajo y se casaron. Comenzaron a planear tener un hijo. Sin embargo, tras muchos intentos, Lilia no lograba quedarse embarazada. Tras años de fracasos, decidieron probar fecundación in vitro. Esta vez funcionó. Nueve meses después, la pareja celebró el nacimiento de una niña a la que llamaron Aurora. Pero pronto la alegría de la maternidad se enturbió: a Lilia le diagnosticaron cáncer. Como si el destino se burlase de ellos, mientras Aurora crecía y florecía cada día más parecida a su madre, Lilia se marchitaba y se convertía en la sombra de quien fue… Cuando la niña cumplió cinco años, su madre murió. La muerte de su esposa dejó a Román roto. Fuera de sí por el dolor, empezó a beber. Vaso tras vaso, el viudo buscaba ahogar la pena, la rabia y la vergüenza de culpar, en el fondo, a su propia hija por la pronta muerte de su mujer, pues el proceso de fecundación fue el detonante del cáncer. —¿Por qué se fue mamá? —se preguntaba Aurora—. ¿Sería por portarme mal? ¿Y papá? Ya ni parece que me quiera… —reflexionaba ante el espejo mientras miraba su rostro pálido—. Papá ha cambiado mucho, ahora es tan duro conmigo… La voz áspera de Román y el tintineo de la vajilla llegaban de la cocina. Un fuerte olor a alcohol inundaba la casa. —Va a volver a gritarme… —pensó la niña, y, tras ponerse una chaquetilla, salió como un ratoncillo por la puerta entreabierta que daba al exterior—. Mejor no molestar más a papá… El principio del otoño cubría la ciudad con un cielo de plomo; el día menguaba deprisa, huyendo del crepúsculo. El viento frío golpeó la cara de Aurora. Los pocos peatones apuraban el paso bajo la llovizna, sin ver a la niña encogida por el peso del dolor, que caminaba sin rumbo. Aurora andaba por los senderos serpenteantes, ignorando el rugido de su estómago. A unos metros, un hombre de rostro oculto tras el cuello alzado del abrigo apareció. Al girar la niña hacia el parque, el desconocido la siguió. —¿Por qué me miras así otra vez? —balbuceó Román mirando un portarretratos con los ojos celestes de su mujer—. Me dejaste solo… —El hombre se aferró la cabeza y empezó a arrancarse los pelos sucios. Entonces, una brisa fresca recorrió la sala. Román levantó la cabeza y se humedeció los labios secos. Frente a él, estaba su difunta esposa. *** El parque estaba casi desierto. Aurora se dirigió, encogida, a un banco bajo la luz mortecina de una farola. Estaba cansada y no sabía qué hacer. De repente, de entre las sombras surgió un hombre alto y la niña gritó asustada. —No temas, no voy a hacerte daño —dijo él con voz suave—. ¿Estás sola aquí? —El tono, lejos de ser paternal, era envolvente, casi tranquilizador. —Sí —respondió la niña, mordiéndose los labios para ahogar el temblor. El desconocido la estudió de arriba a abajo, le sonrió y le tendió la mano: —Pedro Vázquez… Todo sucedía como en un sueño difuso; Román no podía creer lo que veía. —Lilia… —se abalanzó para abrazar a su amada, pero atravesó su cuerpo y se golpeó la ceja contra una esquina. —Román —sonrió tristemente el espectro—, no te he abandonado, nunca quise dejaros, simplemente sucedió. Nadie tiene la culpa, y menos aún nuestra hija. Frotándose la herida, el hombre quedó petrificado ante el fantasma. —Nuestra hija es prolongación de nuestro amor —continuó Lilia—. A mí ya no puedes ayudarme, pero Aurora te necesita. Ha perdido a su madre, no permitas que pierda también a su padre… No la pierdas a ella. Mientras la oía, Román sintió que, como si fuera un forúnculo reventando, su dolor al fin salía. Los ojos se le inundaron de lágrimas y rompió a llorar. —Siempre estaré con vosotros y os amaré. Pero date prisa, siento que Aurora está en peligro. Román corrió hacia la puerta y se calzó a toda prisa. —Nuestro parque… —susurró la difunta; al mirar atrás, ya no había nadie más en casa. El sudor cubría la frente de Román. Su corazón latía con fuerza mientras corría como nunca en meses. En el parque, un hombre alto conversaba animadamente con una niña pequeña. Nada llamativo para los pocos paseantes; parecía un padre con su hija… Cuando Aurora, ya tranquila, se relajó, su nuevo amigo le ofreció una chuche. La niña la tomó y se la metió rápidamente en la boca. —Tiritas, déjame invitarte a un chocolate caliente con dulces —Pedro Vázquez le tomó de la mano. Aurora ya no recordaba la última vez que su padre la tomó de la mano. —No creo que quiera hacerme daño… —pensó mirando una vez más al hombre sonriente. Dudó un segundo y asintió. El suelo pareció moverse y las piernas ya no le respondían. Casi se cae, pero Pedro Vázquez, como previendo el desenlace, la sujetó. Del bolsillo de la niña cayó inadvertidamente un llavero con un unicornio rosa. Román recorrió medio parque sin encontrar a su hija. El sudor se llevaba el alcohol y, con él, la conciencia de sus errores y el daño a su niña. Un toque de alerta golpeaba su cabeza. Otra banca vacía bajo una farola tuerta… pero algo le detuvo en seco: en el suelo mojado, una manchita rosa, el llavero de unicornio de Aurora… A lo lejos, un perro ladró y el corazón de Román se detuvo. Salió corriendo hacia el estruendo. —¡Quite ese perro! —gritó encolerizado el hombre alto tirando de una niña colgada al hombro. Una joven intentaba apartar a un rotweiler enorme. El animal tiraba con fuerza, espuma en la boca y ladridos rompían la quietud. —Perdón, no sé qué le pasa, nunca actúa así. ¡Archi! —La dueña tironeaba la correa, desesperada. —¡Eh, tú, suelta a mi hija, cabrón! —apareció Román bramando de rabia, lanzándose sobre Pedro Vázquez. El hombre solo tuvo tiempo de sorprenderse. En ese instante, Archi se liberó. *** Aurora despertó en el hospital tras suero y análisis. El caramelo tenía un relleno peligroso. Pedro Vázquez, mordido por el perro y golpeado por Román, también fue llevado al hospital, pero bajo custodia policial. El hombre tenía antecedentes por abusos y pornografía infantil. Da miedo pensar adónde llevaba a Aurora… pero afortunadamente, ella nunca lo sabrá. La joven dueña del rotweiler fue más tarde con Román al hospital para ver a la niña. Contó que, paseando a Archi por el parque, una chica desconocida —que le impactó por sus brillantes ojos azules— le acarició el perro y le susurró algo; en ese momento, Archi salió disparado hacia el lugar donde encontraron al criminal. Aurora no tardó en recibir el alta. Román dejó la bebida para siempre y se convirtió en el padre amoroso y cuidadoso que la niña necesitaba. Elena, la dueña del perro, fue un apoyo constante y muy pronto visita habitual en su hogar. Reconoció en la foto de Lilia a la misteriosa joven del parque, aunque nunca lo confesó. —Princesa, sal, que tenemos visita —globos de colores flotaban por el techo mientras Román abría la puerta de entrada y Elena aparecía en el pasillo. Ese día Aurora cumplía seis años. Fue su mejor cumpleaños. La niña, con un vestido rosa de varias capas, salió como una mariposa. Al verla, Elena ocultó algo tras la espalda. —¡Feliz cumpleaños, cielo! Tengo una sorpresa —dijo sonriendo con misterio. Aurora palmeó emocionada y saltó de alegría, justo cuando la sorpresa de Elena ladró. —Te presento a Bruce… —En brazos de Elena, un regordete cachorro de rotweiler meneó la cola. Por fin Lilia podía descansar en paz, segura de que sus seres queridos estarían bien. Una suave brisa acarició los rostros de quienes estaban en casa. La madre de Aurora emprendió por fin su camino luminoso hacia el cielo.
Madre deseaba lo mejor