¡Te cuento lo que me pasó el otro día, para que veas el panorama! Resulta que el pasado fin de semana fuimos mi mujer y yo a casa de sus padres, cerca de Valladolid, para comer con toda la familia. Todo empezó bastante normal, charlando de la vida, el fútbol, la economía Lo típico de siempre. Pero, como era de esperar, mi mujer sacó el tema de que igual debería cambiar de trabajo.
La verdad, no le faltaban motivos para pensarlo. Hace unas semanas estuvimos considerando si sería posible construir una piscina junto a la casa de mis padres, en Segovia. Era un plan del que llevábamos tiempo hablando, y este año a mi mujer le entró el pronto de que ya estaba bien de esperar y que había que hacerlo sí o sí.
Encima, tenemos pendiente arreglar el coche antes de que llegue el invierno una avería en el embrague, ya sabes cómo va. Y seguimos con la ilusión de hacer un viaje a la playa este verano, porque llevamos tres años sin ver el mar. Pero claro, en nuestra familia yo soy el único que trabaja ahora mismo.
Sinceramente, estoy a gusto con mi curro (trabajo en una empresa de logística en Salamanca, y no me quejo). Pero últimamente la cosa ha ido regular: han echado a varias personas y a los que quedamos nos han rebajado la nómina sin decir hasta cuándo. Así que los ahorros, aunque tenemos, dan justo para unas vacaciones modestas en Benidorm y, si no sube todo aún más, para el coche más apañado que encontremos en Wallapop.
El caso es que a mi mujer le pareció más importante invertir en la piscina de sus padres que en nuestros planes. Machacó con eso hasta que la conversación acabó fatal. Me soltó que soy un vago, que no quiero buscarme otro trabajo y que, por mi culpa, nunca vamos a poder tener de todo como las demás familias.
Eso me sentó como un tiro mira, que nunca llegamos a un acuerdo con esto, y al final explota por cualquier lado.
Total, que mientras estábamos en la mesa volvió el tema. Ya no me aguanté y solté, quizá demasiado borde, que sus padres cada mes reciben ayuda económica nuestra, bastante mayor de lo que creen. Y que, vamos, casi todo lo que había en la mesa ese día lo había pagado yo. Menuda la que se lió. No debería haberlo dicho así, pero claro, el daño ya estaba hecho, y rectificar en caliente es complicado.
Encima, tenía delante un plato de sopa fría madre mía, ni ganas de comer, y mi mujer empezó su discurso emocional. Me soltó un sermón de todo lo que, según ella, hago mal. Y, te prometo, ni media palabra me apetecía escuchar. Me levanté sin decir nada, recogí mis cosas y volví a casa andando.
Cuando llegué, cogí todas sus cosas y se las llevé al piso de sus padres. Mira, no voy a aguantar que me monten esos numeritos me niego. Ahora mismo estoy aquí, en casa, bastante rallado y sin saber muy bien qué hacer. Así van las cosas, tío, un caos.







