¡Mamá, tu hijo ya es un hombre!
Eso fue lo que le solté, con la voz temblorosa de rabia, a mi suegra Concepción. Otra vez le preguntaba a su hijo, Javier, qué tipo de calzoncillos llevaba puestos. Y estamos hablando de un hombre que cumplió treinta años la semana pasada en Madrid. Ella controla cada paso que da, como si fuera un niño, y a mí me trata como si fuera invisible.
Nunca deja de sorprenderme cómo Concepción puede estar en cada detalle de la vida de su hijo, pero lo cierto es que ya no lo soporto más. Se ha llegado a tales extremos que Javier sería capaz de dejar su trabajo en el banco solo porque a su madre no le gusta la empresa en la que está. Si él busca empleo, hay sobre la mesa un sobre con euros que ella le da sin que le tiemble el pulso. Siempre ha sido una mujer con posibles, pero yo no quiero vivir a costa de nadie, mucho menos teniendo a mi lado a un hombre sano y fuerte.
Una tarde, mientras nos preparábamos para ir a una boda en Segovia, Javier se compró un traje nuevo a un precio razonable. Cuando Concepción lo vio, se enfadó tanto porque no era de una firma prestigiosa, que sacó la cartera, le puso un fajo de billetes en la mano y lo mandó otra vez de compras.
Hace poco, nos regaló un piso en Chamberí o eso pensé yo. Resultó que el piso está a su nombre. A mí poco me importa, pero ha decidido hasta el más mínimo detalle de la decoración. ¿Cómo voy a sentirme en mi propia casa, si ni siquiera me deja elegir la tapa del váter?
Por un lado deberíamos estar agradecidos, lo sé. Pero por otro, es como si necesitase exhibir ante nosotros su superioridad. Todo lo hace para su hijo, y él, la verdad, no protesta nunca, parece estar conforme.
Hace unas semanas, mi madre, Felisa, vino del pueblo a visitarnos. Iba a quedarse unos días conmigo en el piso. Cuando Javier la vio llegar, me soltó:
Le ponemos una taza de té a tu madre y la acercamos en taxi a casa de la tía, ¿te parece?
Descubrí que Concepción le había dicho que alejara a mi madre de mí, porque sospechaba que podía “influirme negativamente”. Mi madre tiene familia en Madrid, pero venía a estar conmigo; era nuestra casa donde tenía que quedarse.
¿Sabéis lo que hice? Hice las maletas y me fui con mi madre. Me marché sin mirar atrás. No me arrepiento de nada, porque, por fin, dejé de doblegarme ante alguien.
Nunca os enredéis con un hijo de mamá. No conduce a ninguna parte.






