Hombre para una hora.
El padre de Jimena falleció de forma repentina, sin que nadie lo esperase. En apenas tres meses, fue consumido por aquella maldita enfermedad, aunque luchó hasta su último aliento. Tenía un sueño: ver a su única hija casada y feliz.
Pero no pudo ser. El padre de Jimena se marchó durante el invierno, justo después de la Navidad.
Al menos no le estropeó a la niña las fiestas para siempre, murmuraban las vecinas, moviendo la cabeza con compasión.
Ese sueño nunca llegó a cumplirse. Jimena ni pareja tenía. Bueno, salvo aquel pretendiente de internet con quien llevaba años intercambiando mensajes, y con quien, como mucho, se veía un par de veces al mes. Su padre sabía que la dejaba sola en el mundo.
La madre de Jimena los había dejado cuando aún era una niña, marchándose a buscar trabajo a Italia. Al principio enviaba dinero, juguetes y dulces desde la soleada Florencia. Pero con el tiempo los envíos y las cartas escasearon cada vez más. La última vez que su madre se puso en contacto fue con una carta de despedida cuando Jimena tenía diez años. En ella le confesaba que había encontrado el amor y se había casado con un italiano llamado Lorenzo. Vivían juntos en su villa a las afueras y pedía, tanto al padre como a la niña, que no intentasen contactar más: su marido era muy celoso y ella no podía volver a mandarles regalos ni cartas.
Aunque, al fin y al cabo, la niña no se queda sola, sino con su padre, que tiene la obligación de darle todo lo necesario para vivir, no de depender de una mujer decía la carta.
Sin embargo, el padre de Jimena jamás pidió nada a su exmujer. Se las apañaba como podía trabajando de electricista, fontanero, albañil, a pesar de tener estudios universitarios. A Jimena no le faltó lo esencial. Nunca tuvo lujos, pero no podía quejarse. A veces su padre se privaba de cosas tan simples como unos zapatos nuevos o una camisa. Además, ¿para qué quería ir elegante con esos trabajos?
Los fontaneros no van en traje al trabajo decía siempre, rechazando los regalos de Jimena cuando ella le compraba un jersey nuevo o una cartera de cuero.
Guárdalos para tu marido. Ya verás cómo le gustan. Yo para bregar entre tuberías, con la ropa de siempre me basta.
Jimena ni recordaba cómo habían pasado los cuarenta días desde la muerte de su padre. Todos los días parecían iguales. Encargó una misa en la Iglesia y luego decidió volver a casa caminando.
Le faltaban las conversaciones con su padre, los dibujos animados que veían juntos aunque ya no eran niños, la protección y el cariño. Como cuando él, después de su turno, bajo la lluvia, la esperaba en su viejo SEAT destartalado frente a la oficina para que no se mojara los pies.
Fuera anochecía; caía una lluvia fina y fría, y bajo los pies se derretía un lodazal de nieve sucia. Casi llegando a casa, Jimena vio en la penumbra de los últimos días de invierno una pequeña luz anaranjada. Se acercó y, bajo la luz parpadeante de una farola, divisó un diminuto gatito pelirrojo. Tiritaba de frío y maullaba con tristeza junto a la puerta del bloque donde vivía la joven.
Otra vez alguien lo ha abandonado pensó Jimena con pena.
Se miraron mutuamente y supo que, si no lo recogía, el animal no sobreviviría. Ella no quería soportar otra muerte. Extendió la mano y metió el minúsculo y empapado ovillo de pelo bajo su abrigo. El felino empezó a ronronear y a restregarse con dulzura en su mano.
¿Tienes hambre? le preguntó Jimena.
El gato la miró con una inteligencia tal que a la joven se le erizó la piel. Pero enseguida se tranquilizó.
Es el hambre pensó, cuando hay ganas de vivir, uno es capaz de cualquier cosa.
La compañía del gato mitigó la soledad del vacío piso.
Mejor que estar sola, decidió Jimena, sirviendo la comida al felino mientras ponía sus dibujos animados favoritos, esos que veía con su padre una y otra vez.
Para su sorpresa, el gatito, hambriento como estaba, no se lanzó de inmediato a la comida. Miró embelesado la pantalla, siguiendo las peripecias del protagonista. Jimena le acercó el cuenco para que pudiese comer sin apartar la vista y el animal se abalanzó entonces sobre la comida con entusiasmo.
Casi como papá se le pasó por la cabeza, incluso se parece
Mirando con detenimiento al animal, Jimena observó que las manchas anaranjadas en las mejillas parecían pecas, iguales que las de su padre. Sobre la oreja, una gran mancha a modo de lunar como la de él. Y los ojos, grandes y grises, idénticos a los de su padre. Le dio un vuelco el corazón, pero como mujer práctica y poco supersticiosa, apartó esos pensamientos. Cansada, se durmió profundamente con el minúsculo gato hecho una bola junto a ella.
***
Morir no resultó tan aterrador. Lo peor era dejar asuntos pendientes. Y él tenía muchos, sobre todo su hija. ¿Cómo podía marcharse tranquilo sabiendo que ella quedaba sola? Aunque de cara a los demás Jimena parecía fuerte, él la conocía y sabía cuánto necesitaba apoyo, un hombro amigo, más aún ahora.
¿Y los nietos? Ese era su gran sueño: jugar con los pequeños traviesos, contarles cuentos, enseñarles a hacer cosas con las manos. Pero no pudo ser
Expiró su último aliento y sintió un gran alivio de la enfermedad. De pronto, se sintió ligero, flotando como el aire. Detrás de él apareció un remolino luminoso, cálido, que le arrastró con suavidad. Era una espiral de amor y luz, como una sonrisa divina que le acogía. Todo estaba lleno de aceptación y compasión universales. Las piedras, los árboles, el aire, el cielo, todos los planetas y estrellas, la materia y la antimateria, todo era vida y todo formaba parte de Dios, y él, una pequeña célula de ese infinito amor.
Lo sabía sin saber cómo. Nunca había sentido tanta paz ni seguridad. Pero entonces recordó a Jimena. Su rostro iluminó su memoria. No podía irse sin más. No le abandonó cuando era niña y ahora tampoco debía dejarla.
Como sea, tengo que volver decidió.
La luz se apagó tan brusca como se había encendido y apareció de repente en un huerto, como el de su infancia. Pero no era del todo igual.
Miró a su alrededor: la casa de su abuela, el huerto, los manzanos en flor, los rayos dorados del sol al atardecer. Allí estaban sus difuntos padres y algunos familiares que hacía años que no veía. Y, curiosamente, un pozo antiguo y un estanque, que no recordaba. Junto al estanque, una fila de personas esperaba su turno.
Esto sí que es nuevo pensó. ¿Qué buscarán ahí?
Saludó a sus padres con una alegría inmensa. Su abuelo se veía tan joven como en su niñez y la abuela ya tenía la mesa puesta con viandas para celebrar la llegada.
¡Cuánto me alegra veros! ¿Todo bien aquí?
No nos va mal, hijo respondió la abuela secándose la frente con el pañuelo, aunque no sudaba.
¿Y por qué no me avisasteis que estabais bien?
El abuelo esbozó una sonrisa.
No podemos, hijo. Aquí la comunicación es difícil. Las líneas que pusieron hace años no sirven para mucho. Apenas en fiestas logramos comunicarnos. Pero no importa, estamos bien.
¿Vivís todos juntos?
No, hombre. Cada uno tiene su terreno. Solo nos juntamos cuando llega alguien nuevo. Aquél espera a su esposa, otro se ha casado otra vez Las cosas cambian aquí.
¿Y el estanque? Antes no estaba, ¿verdad?
Cierto, de niño no existía. Ven, te lo enseño.
Cruzó con su abuelo el huerto hasta el estanque. El agua era negra, profunda e infinita, gélida al tacto pero atrayente. Una fila de personas entraba y se sumergía sin volver a salir. A nadie parecía preocuparle.
Abuelo, ¿por qué? ¿Por qué se zambullen y no regresan?
El hombre guardó silencio, reflexivo.
Son las puertas, hijo. Quién quiere regresar cruza por ahí.
¿Y así de fácil? ¿Se puede volver, así sin más?
No a la vida antigua. Pero volver, sí. Cada uno tiene su momento. Oye, sé que quieres volver con Jimena.
El recién llegado se sonrojó.
¿Si salto, volveré?
Sí, pero tendrás que cambiar de apariencia, hijo. Nadie cruza dos veces con el mismo traje. Tendrás que cambiarlo.
¿Y dónde consigo ropa?
Tranquilo, allí lo tienen todo preparado.
¿Abuelo, te enfadarás si me pongo en la cola?
Haz lo que debas. La abuela se quejará porque no has cenado, pero como quieras.
¿Y tú, cuándo te tocará?
Quién sabe, hijo.
Le bendijo con la señal de la cruz.
Anda, ve, antes de que la abuela monte un escándalo.
Y sin más, el abuelo lo empujó al agua negra, que lo engulló en su profundidad. La silueta del abuelo quedó al sol de un atardecer eterno.
***
El teléfono despertó a Jimena. Dormía tan profundamente con Chispa (así llamó al gato) que solo contestó tras el tercer timbrazo.
Una voz masculina, amable.
Hola, ¿te he despertado? Venga, levántate, que te vas a pasar la vida durmiendo. ¿No te apetece venir a visitarme? Te echo de menos.
Jimena no tenía ganas de moverse ni para una cita. Menos aún después de un día así. Además, ¿qué hacía con el gatito, que no cejaba de mirarla ni de escuchar la conversación?
Venga, guapina, deja la tristeza. Así es la vida y hay que seguir adelante. Todos perdemos a nuestros padres. Yo tengo tu vino favorito, ¿vienes?
La insistencia dulce se le hacía casi insoportable, justo cuando su herida estaba todavía reciente.
Chispa se frotó contra su mano. Jimena suspiró al teléfono:
Hoy no. He encontrado un gato y necesita cuidados. Otro día.
Pues si quieres sufrir, hazlo sola cortó la voz.
Solo quedó el sonido de las señales de ocupado.
Se tragó el nudo en la garganta mientras miraba a su nuevo amigo.
¿Crees que me quedaré sola para siempre? Ahora ya te tengo a ti le espetó al gato, como si pudiera contestarle.
Chispa solo ronroneaba con los ojos entornados, aprobando silenciosamente.
Pues eso. Estaremos juntos. Y luego adoptaré a diez gatos más y me moriré sola, bromeó Jimena.
Con tanto lío se olvidó de los informes que debía haber mandado al jefe hacía dos días. El trabajo se le acumulaba.
Voy a prepararme un té. Tú pórtate bien, ¿eh? le dijo, saliendo de la habitación.
El gato, lejos de escuchar, jugaba con su cola. De pronto, los destellos de la pantalla azul le llamaron la atención y en un descuido, saltó al teclado y mordió el cable del portátil de Jimena.
¡Maldita sea! soltó Jimena al ver el destrozo.¡Inútil! ¡Pudiste electrocutarte! Vaya manera de acabar el informe
Se hundió en el suelo, vencida por la fatiga, la rabia, la impotencia. Las lágrimas comenzaron a llenar sus mejillas, imparables.
¿Cuándo acabará esta mala racha? La muerte de papá, ese chico que ni me quiere, ahora el ordenador roto y sin dinero para arreglarlo. Encima me van a echar si no envío los informes a tiempo le confiaba al gato, que parecía entenderla.
Las lágrimas la aliviaban y el gato se le subió a los brazos, lamiéndole las mejillas, haciéndola sonreír entre la congoja.
¿Y qué hago contigo? Si no tengo bastantes penas, tú me echas una mano
Le dejó un beso en el hocico y el animal comenzó a asearse con ahínco.
Ya amanece dijo sin dirigirse a nadie, mientras servía el desayuno al gato.
Ahora llevo el portátil a arreglar y tú te quedas aquí portándote bien, ¿me entiendes?
Chispa respondió con un ronroneo, devorando la comida.
Sin perder tiempo, Jimena se puso abrigo de cuadros sobre el pijama de pingüinos y salió. Apenas abrió la puerta y Chispa le adelantó, escapando hacia la calle.
¡Chispa, quieto! ¡Mal bicho! ¿Pero qué vas a hacer?
El gato entró corriendo al sótano del edificio, por una puerta que alguien dejó abierta y Jimena fue tras él.
¡Ven aquí, maldito gato! ¡Solo me das problemas! gritó, al borde del ataque de nervios.
En el sótano, en vez de encontrar a su gato, vio a un chico que terminaba una reparación.
Perdona. ¿No habrás visto un gatito pequeño y pelirrojo? Ha pasado por aquí preguntó, jadeando.
¿Ha escapado?
A pesar del mono manchado, el joven estaba bastante aseado y llevaba el cinturón cargado de herramientas, igual que su padre.
Qué familiar pensó Jimena, aunque calló.
Enseguida termino y te ayudo le sonrió.
Apretó unas tuercas, se limpió las manos y encendió una linterna, iluminando el rincón tras las tuberías.
¡Ahí está! ¡Rápido, sujétalo! ¡Es escurridizo!
El joven atrapó al gato y lo alzó.
¿Es tuyo?
¡Sí! dijo Jimena, abrazando a Chispa.
¡Muchísimas gracias!
Ella sonreía aliviada, pero de pronto el gesto se le ensombreció.
¿Te pasa algo? preguntó él.
No puedo volver a mi casa. Salí corriendo tras el gato y dejé las llaves dentro.
¡No te preocupes! dijo él.Vamos a ver qué se puede hacer.
¿De verdad?
Por supuesto. Enséñame la puerta.
En media hora desmontó la cerradura, la ajustó y la dejó como nueva.
Ya puedes volver a casa. Y ojo, no dejes escapar a ese travieso.
No sé cómo agradecerte. Hoy me has salvado dos veces.
Para mí es un placer sacar de apuros a chicas guapas bromeó él.
Jimena se sonrojó.
Ahora mismo estoy fatal de dinero, ni siquiera puedo pagarte. Además, tengo herramientas de mi padre; a mí no me sirven. ¿Te interesan?
Invitó al joven a pasar; él esperó en la entrada sin avanzar más.
Chispa vigilaba atento al recién llegado. El chico era esbelto, de hombros anchos, ojos color cielo y cabello castaño. A pesar del trabajo, iba siempre arreglado. La chaqueta y los vaqueros combinados con herramientas colgando del cinturón.
Mientras esperaba, acarició al gato que le respondió con un ronroneo feliz.
Aquí tienes le dijo Jimena, entregando el maletín de su padre.
¡Vaya! Tu padre debía ser un manitas.
También era fontanero, igual que tú.
En realidad, soy hombre para una hora sonrió él.
¿Hombre para una hora? ¿Eso qué es?
Trabajo por encargo: arreglo cualquier chapuza, llevo cosas a arreglar si yo no puedo, hago de marido suplente.
Hace dos años vine de un pueblo, buscaba trabajo de profesor, pero enseguida vi que era mejor trabajar por mi cuenta. Sé usar las manos; nunca me falta faena y está bien pagado contó.
Todo resultaba tan familiar a Jimena, que por un momento se sintió como en su infancia.
Esa destornillador de tu padre ni yo lo tengo.
Le entregó una tarjeta de visita.
Por si necesitas algo.
Jimena la guardó en el bolsillo.
Gracias. Ahora tengo que llevar el portátil a reparar.
¿Quieres que te acerque? Conozco un sitio barato y rápido. Ya que me pagarías así, tendré que trabajarte una semana entera. bromeó, guiñando un ojo.
Dame un minuto, que sigo en pijama rió ella, ruborizada.
Por la tarde, el portátil estaba reparado y Jimena volvió a casa.
Chispa la esperaba, llevándole en la boca un objeto oscuro.
¡Madre mía! ¡Es la cartera del chico! Debió perderla esta mañana aquí.
Rescató la cartera dañada por dentro casi intacta, pero por fuera hecha trizas y el gato la miró con cara de no entender el enfado.
Entonces recordó la tarjeta. Sacó el móvil y llamó al número.
¿Diga? Soy Antón.
Buenas tardes, Antón. Soy la chica del gato. Te dejaste la cartera aquí.
El tono de él se tornó alegre al instante.
La ando buscando todo el día. Voy enseguida, ¿te viene bien?
Jimena dudó.
¿Pasa algo? Si prefieres, voy otro día
No, es que el gato ha destrozado la cartera.
Bueno, no pasa nada. Voy ahora.
Jimena, entonces, reparó en el regalo que había comprado para su padre tiempo atrás: una cartera de piel marrón, intacta.
¿Qué te parece, papá? le preguntó al gato.
Chispa ronroneó y saltó a la mesa, tirando una taza.
¿Le pongo un té al invitado?
Chispa entrecerró los ojos, aprobando.
Sonó el timbre antes de lo esperado.
En la puerta estaba Antón, con una bolsita de juguetes para gatos y golosinas para Jimena.
Esto, para que tu bribón no destruya nada más. Y abajo hay dulces para ti.
Jimena le dio la cartera nueva y la vieja.
¿Tú siempre tienes lo que necesito? se sorprendió él.
Jimena sonrió.
Gracias a él dijo, señalando al gato.Oye, tengo un grifo que gotea en la cocina, ¿puedes verlo?
Ahora mismo. Hoy tengo tiempo.
Enseguida sale el té. ¿Prefieres verde con miel?
Perfecto respondió él, sonriendo.
Y de pronto el piso se llenó de calidez, como si siempre hubiera sido así. Solo Chispa, con los ojos entrecerrados y una expresión satisfecha, parecía conocer el secreto de la felicidad. Y, por un instante, Jimena sintió que así debía de sonreír Dios.






