No me dejan ver a mi nieta recién nacida. Ni en la salida del hospital, ni en la tradicional visita de presentación. Al final fui yo sola, sin invitación, a conocerla

A Carmen Antúnez no la invitaron a la salida del hospital cuando fue el día de recibir a su nieta recién nacida. Y eso que era la abuela legítima. Se lo dijeron así, sin rodeos:
Que estamos en pleno enero, Carmen, y las calles llenas de frío y suciedad, no vaya a ser que nuestra Jimena coja algún bicho o microrganismo contigo entrando y saliendo. Y esa criatura alejada de extraños, que se nos asusta. Quédese en casa, Carmen Antúnez, ya nos las arreglamos solos en la salida.

A Carmen, esto le dolió hasta las lágrimas. Tenía una ilusión inmensa por ver a su única nieta. Era un momento grande. Luego la chiquilla crecería, miraría las fotos y en ninguna saldría su abuela Carmen. Seguro que llegaría a lamentarlo también.

Su hijo Daniel intentó tranquilizarla, que no lo tomara a mal, que entendiera la situación. Que su mujer, la joven madre, estaba desbordada por el primer embarazo. Que lo único que quería Lucía era darse una ducha en su casa y descansar. Y que ya más adelante fuera Carmen a conocer a Jimena, que nadie se lo prohibía.

Carmen tragó saliva, aceptando lo que le decían. Pero la herida quedó. Y encima, qué vergüenza delante de las amigas, todas preguntando ¿A quién se parece tu nieta? Seguro que se te parece a ti, Carmen. Y ella, sin una foto, sin nada; ni eso le mandaba Lucía.
No tengo intención decía Lucía, férrea de andar mostrando a la recién nacida a todo el mundo. Vete tú a saber, que hay mucha gente que echa mal de ojo.

Y dos meses llevaba ya la pequeña Jimena en casa, y a Carmen nadie la llamaba. Solo promesas y largas.

En cuanto Jimena esté más fuerte susurraba Daniel cada vez que llamaba Carmen, te dejamos pasar para que la veas. Todavía es pronto.

Ya cuando eche a andar la niña gritaba Lucía de fondo, que venga tu señora madre, pero hasta entonces, nada de visitas. Hala, cúrate la curiosidad con los informativos, que bastantes preocupaciones tenemos aquí. Y tráeme los pañales, Daniel, que no tengo tiempo para charlas.

Dice Lucía decía Daniel bajito que ahora hay una gripe horrible por aquí, mamá, mejor esperar. Lucía está preocupadísima con el contagio. No queremos riesgos con la peque.

¡Pero es que al final dejaré pasar toda la infancia de la cría! sollazaba Carmen. Seguro que ya gatea y arma torres de madera. Mira que si hace falta os llevo los análisis en la mano. Daniel, déjame ver a la sucesora, aunque sea un minuto en los brazos. Por favor

No, no, resolvía Daniel, están los bichos más malos que nunca. Y la niña aún no se acostumbra a extraños, y le dan gases. Más adelante, mamá, un poco de paciencia. No es culpa de nadie, es lo que toca. Lucía no cede.

Pasó la primavera, y llegó el calor. Y Carmen seguía sin haberla visto, mientras las vecinas preguntaban:
¿Y tu nieta, Carmen? Seguro que os tiene locos. Y tú, ¿ya te llama abuela? Qué gracia dan los bebés…

Carmen ponía media sonrisa y decía que sí, que Jimena estaba estupenda, hacía caras graciosas, la llamaba abuela, que era para partirse de risa. Que cuando la veía, pataleaba de alegría. Pero todo fingido.

Hasta que llegó el día en que Carmen explotó por dentro.
¿Pero qué soy yo, una abuela o un florero? Es la sangre de mi hijo, mi familia. Si no me llaman, voy sin avisar. Escojo un día soleado, cojo regalos para la pequeña y para la madre, respiro hondo y me planto allí. Tengo derecho, que lo dice hasta el Código Civil, ¡si somos familia de primer grado!

Así que Carmen se fue directa a casa de Daniel. Y tocó la puerta con decisión.

¡Abrid! dijo al ojo de la puerta. ¡Que viene la abuela Carmen! Si no me invitáis, vengo yo misma. ¿Hasta cuándo queréis que espere? Ya habrá superado Jimena el trauma de nacer, ¿no? ¡Dejadme conocerla! ¡Por faaaavor!

Escuchó el trajín y los susurros al otro lado. Lucía cuchicheaba, negando con rabia:
Daniel decía Lucía, no lo permito. No van a abordar nuestra casa tus parientes. ¡Que se cuelan sin invitación! ¡Y venga a tocar y a gritar! Que la niña no está para escenas familiares. Y mil virus sueltos en la calle que se acoplan a la ropa.

Media hora discutieron dentro. Pero al final abrieron. Todos con los nervios a flor de piel. Lucía, enfadada, sostenía a Jimena, que agitaba su sonajero.

Ay, mi chiquitina, murmuró Carmen desde el umbral, emocionada. ¿Quién es esta preciosidad? ¿Y a quién se parece tanto esa carita? Jimenita mía…

Alto ordenó Lucía, vienes de la calle. Pasa primero al baño, lávate bien las manos y ponte la mascarilla médica. No vas a acercarte a una niña indefensa sin protección. Díselo tú, Daniel.

Carmen obedeció. Se lavó cuidadosamente, se puso la mascarilla y corrió de vuelta, ilusionada, a mirar a Jimena.

No te la doy en brazos advirtió Lucía, mostrándola a distancia. Ando celosa como una gata, no dejo que nadie se me arrime. Está la niña poco acostumbrada a extraños, luego se asusta y me da la noche. Mira de lejos, por favor.

Carmen se sentó, habló con Lucía de la salud y las tomas, y observó a su nieta. Recordó a su propio Daniel de bebé. Entregó sus regalos. Le sirvieron un vaso de té.

Bueno bostezó Lucía desde el sillón, aquí tenemos un horario estricto. La niña tiene que estar ya durmiendo en la cuna hace rato. Jimenita, vamos a lavarte con agua bendita y a dormir. Carmen Antúnez, nos vemos cuando la chiquilla ande, entonces la puedes pasear y abrazar, ¿vale? Di adiós, Jimena, dile a la abuela adiós moviendo la manita.

Y así fue como Carmen conoció a su nieta por fin.

Pero no por ello la herida se curó.
¿Y esto qué es lo que pasa ahora en las familias? se preguntó Carmen, volviendo a casa. No parece que yo sea abuela, ni tampoco que importe mucho. Ni me han dejado cogerla, como si fuera una extraña o trajese la peste. Qué injusto, cómo duelePero esa noche, mientras acariciaba la bolsita de los chupetes que no pudo entregar, Carmen comprendió algo. Recordó a su madre, y a la suya antes; cómo las familias eran un lazo que cambiaba con el tiempo, apretando o soltando según el miedo y el amor.
Encendió la lámpara de la mesilla y miró las fotos en blanco y negro, los rostros de abuelas que, como ella, se vieron alejadas por el bien del bebé, y a pesar de todo, nunca dejaron de querer.

Suspiró hondo. Al día siguiente, temprano, escribió una carta:
Querida Jimena. Soy tu abuela Carmen. Te he esperado mucho y te seguiré esperando. Cuando eches a andar, aquí estaré; cuando digas tu primer abu, mi corazón reirá. No importa la puerta cerrada de hoy, las abuelas siempre encontramos un huequito. Porque el amor, niña mía, es paciente y se cuela por debajo de las puertas, por las grietas más pequeñas, hasta llegar a ti.

La guardó en la caja de madera junto a los chupetes.
Quizá Jimena, algún día, abriría aquel cofre curioso y leería la carta. Quizá, entonces, sabría que su abuela la quiso desde siempre. Y esa certeza, pensó Carmen, sería su abrazo mejor: uno que ninguna pandemia, ningún miedo, ni ninguna puerta cerrada podría impedir jamás.

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No me dejan ver a mi nieta recién nacida. Ni en la salida del hospital, ni en la tradicional visita de presentación. Al final fui yo sola, sin invitación, a conocerla
Simona