Ponte la bufanda, en la calle hace menos diez. Te vas a resfriar.
Catalina extendió la bufanda de lana, la azul con borla, esa misma que Lucía eligió en la tienda hacía un mes.
¡Tú no eres mi madre! ¿Lo entiendes?
El grito atravesó el silencio del recibidor. Lucía lanzó la bufanda al suelo con una furia tan absurda, como si ardiese.
Lucía, yo solo
¡Y nunca lo serás! ¿Me oyes? ¡Jamás!
La puerta de entrada retumbó. Los cristales vibraron con un gemido sordo y una ráfaga helada del portal barrió todo el piso.
Catalina se quedó clavada en mitad del pasillo. La bufanda reposaba a sus pies, arrugada, absurda, inútil. Las lágrimas le abrasaron la garganta, gruesas y rebeldes. Se mordió el labio, fijó la vista en el techo. No llorar. No ahora…
Seis meses antes imaginaba una vida distinta. Cenas de domingo con risas. Conversaciones a media luz. Excursiones al campo entre cigarras y jaras. Mateo hablaba tan bonito de su hija, una chica lista, sensible, algo cerrada desde que murió su madre. Dale tiempo, decía. Entrará en calor.
Pasaba el tiempo. Lucía nunca entraba en calor.
Desde el primer día que Catalina cruzó el umbral como esposa y no como invitada, la niña levantó un muro de granito. Cualquier acercamiento chocaba contra un hielo impenetrable. Puedo sola si era para ayudar con los deberes. No tengo tiempo ante una invitación. Un halago a su peinado recibía solo una mirada larga, desdeñosa.
Yo ya tengo madre sentenció Lucía el segundo día. Estaban desayunando en la cocina, Mateo apuraba su café con ansiedad.
La tuve y la tendré. Este piso no es tuyo.
Mateo se atragantó. Murmuró alguna fórmula conciliadora. Catalina sonrió, aunque a la boca se le tensó tanto que dolía, y calló.
Desde entonces, todo fue a peor.
Lucía no gritaba si estaba su padre. Atacaba con astucia. Pasaba a su lado invisible, contestando apenas, abandonando el salón nada más Catalina entraba.
Papá antes era distinto musitó Lucía una noche en la cena. Antes hablábamos. Ahora
No terminó. Miró su plato fijamente. Mateo palideció y Catalina dejó el tenedor, como si fuera plomo.
Mateo se debatía entre ambas, como un ciervo acorralado. Por las noches se refugiaba en la habitación su dormitorio, aunque Catalina nunca pudo sentirlo suyo y le pedía paciencia.
Es una cría. Sufre mucho. Solo espera
Luego iba a ver a Lucía y la suplicaba dulzura.
Catalina es buena. Se esfuerza. Prueba a aceptarla.
Catalina escuchaba esas conversaciones a través de la pared. Voz fatigada, rota, de Mateo. Respuestas de Lucía: breves, afiladas, crueles.
La tensión se expandía. La arruga entre las cejas de Mateo se hondaba día tras día. Cada vez que madre e hija coincidían, los hombros de él temblaban. Bajo los ojos, la sombra del insomnio.
Pero él no escogía. O no quería.
Catalina recogió la bufanda del suelo. La sacudió sin pensar, la colgó. Avanzó al salón y se detuvo en el umbral, igual que siempre
Fotos. Decenas por las baldas, la pared, el alfeizar. Una mujer de cabello dorado y sonrisa blanda. Esa misma mujer con una Lucía diminuta entre los brazos. Mateo y ellajóvenes, radiantes, irreconocibles. Retratos de boda, veranos en la Costa Brava, cumpleaños con tarta de Santiago.
Clara. La primera esposa. La muerta.
Sus cosas seguían ordenadas en los armarios. Vestidos, jerséis, pañuelos, fragantes a lavanda contra polillas. Su barra de labios aún en el espejo del baño, sus zapatillas rosas y peludas junto a la puerta. Como si Clara hubiera ido a por pan y pudiera volver en cualquier instante.
Mamá cocinaba esto mejor soltaba Lucía a la hora de comer.
Mamá jamás hacía eso.
A mamá no le habría gustado.
Cada comparación, un gancho bajo las costillas. Catalina asentía, tragando la amargura entre cucharadas. Y de noche, despierta en la oscuridad, se preguntaba: ¿cómo vencer a un fantasma? ¿Cómo ocupar el hueco de quien la memoria convierte en santa?
Mateo seguía amando a Clara. Catalina lo aceptó, mucho antes de decirlo en voz alta. Al mirar los retratos, el anhelo se le colaba por los ojos. Las historias de Lucía sobre su madre volvían su rostro opaco, hermético.
¿Para qué era Catalina? ¿Esfuerzo de seguir adelante? ¿Medicamento contra el vacío? ¿O solo la mujer que llegó a tiempo?
Por las noches, Catalina desmontaba el techo a base de miradas. Techo de piso ajeno, donde nunca tuvo espacio. Entendía con la crepitante claridad del insomnio que este matrimonio era un espejismo, que Mateo la eligió sin enterrar su pasado y que Lucía nunca la vería con otros ojos.
Entendía, también, que estaba cometiendo el mayor error de su vida.
Ese pensamiento cristalizaba entre las tres y las cuatro de la mañana, cuando sólo se escuchaba la respiración acompasada de Mateo. Él dormía enseguida, se volvía hacia la pared y desaparecía. Catalina quedaba con el techo, las sombras que dibujaban las farolas de la calle y una foto de Clara en la cómoda que Mateo jamás retiró.
Ya basta.
La decisión llegó, helada y tranquila. Una certeza inapelable: aquella batalla no tenía vencedor. No puedes vencer a la memoria. No puedes ocupar el altar de quien para esa familia será siempre sagrada.
Catalina se irguió en la cama. Mateo no se movió.
Tres días después firmó la demanda. Sola, sin abogado, sin aviso previo. Acudió al registro civil, mostró su DNI y el libro de familia, rellenó el formulario con letra pulcra y firmó. La funcionaria, profesional, dedicó un vistazo de lástima de quien ve esos casos cada mediodía.
Cata…
Mateo halló los papeles esa noche. Quedó paralizado en la cocina, sujetando la hoja, pálido, extraviado.
¿Qué significa esto?
Está claro. Catalina siguió fregando una taza. He pedido el divorcio.
¿Cómo? ¿Por qué? Ni siquiera hemos hablado
¿Qué hay que hablar, Mateo?
Cesó el agua. Se secó las manos. Se giró hacia él.
Estoy harta de vivir en un mausoleo. Cansada de ser la segunda. De verte mirar sus fotos. Y de que tu hija me diga que no soy nadie.
Lucía es una niña, no
Lucía lo entiende mejor que tú. Tú tampoco quieres verlo.
Mateo dio un paso, le tomó los hombros con cuidado, casi con miedo.
Cata, hablemos. Yo lo arreglo. Hablo con Lucía, guardo las fotos, empezamos de cero
La sigues amando.
No era una pregunta. Catalina lo miró, y el sí estaba en sus ojos antes que en sus labios.
Mateo soltó sus brazos. Retrocedió. De repente, los años le pesaban.
Catalina asintió. Ya lo sabía.
Lucía se encerró en su habitación. Puerta entreabierta quizá a propósito. Cuando Catalina pasó, la niña alzó la mirada del móvil y sonrió de lado, satisfecha, triunfante.
Había ganado.
Las siguientes horas fueron puro ritual: armario, perchas, maleta. El vestido que Mateo regaló para su aniversario hace tres meses, que suenan a un siglo. El perfume que escogió con esmero entre mostradores y estuches de El Corte Inglés. El libro iniciado juntos y nunca terminado.
Catalina dobló las cosas con precisión, evitando pensar. No recordaba. Sólo embalaba.
La tarde se dilató hasta lo irreal. Catalina se sentó junto a las dos maletas todo su proyecto familiar, ahora reducido a dos bultos.
Se fue a las ocho.
Pidió un taxi con antelación. Bajó sus maletas ella sola el ascensor se deslizó en silencio, ninguna puerta chirrió desde ningún portal. Dejó las llaves sobre la consola del recibidor.
El taxista ayudó con el equipaje y arrancó. Catalina no miró atrás.
Madrid era otra ciudad, desconocida, vacía, en la penumbra. Los faroles lanzaban charcos de luz. Apenas gente apresurada hacia el metro. Detrás, aquel piso repleto de fotografías y espectros. Mateo seguía con su amor intacto; Lucía, inamovible junto a su madre.
Catalina miró por la ventana y respiró. Por primera vez en medio año, respiró libre.
Daba miedo la soledad. Pero más miedo le daba seguir en la sombra de la santidad ajena.
Ahora empezaba de cero. Sin marido, sin familia, sin ilusiones vanas.
Pero, sobre todo, sin la condena de luchar con un fantasma imposible.







