El capricho del destino de nacer
Natividad estaba absolutamente furiosa. No recordaba haberse enfadado tanto en los últimos tiempos. Todo estaba más que claro: estaba embarazada. Pero, claro, la desgracia era que el embarazo había venido en el peor momento posible. Corría el año 1993, esos años de transición caótica en España, donde encontrar un empleo era casi como ganar dos veces la lotería de Navidad. La vida de Natividad acababa de coger ritmo: por fin había conseguido un contrato fijo en la oficina de correos del pueblo, y encima, para la época, ¡le pagaban bastante bien en pesetas!
Justo cuando parecía que los astros, por fin, habían dejado de bailar flamenco en sentido contrario, ¡zasca! Otro susto. ¿Quién me va a querer en el trabajo después de una baja maternal?, pensaba. Con un hijo, Sergio, de siete años, recién estrenado en primero de primaria, ya tenía el cupo cubierto con su marido, Nicolás. Y eso que en los ochenta, cuando había un poco más de estabilidad y hasta ilusión, quisieron ampliar la familia. Pero entonces no hubo suerte y ahora, a estas alturas, ¿para qué?
La charla durante la cena fue larga y pesada como un cocido madrileño en pleno agosto. Al final, Natividad y Nicolás tomaron una decisión conjunta: abortar.
Vivían en un pueblo grande de la provincia de Salamanca, el ambulatorio estaba a un paseo corto de casa, nada que ver con lo que hay ahora, que si “días de reflexión”, que si te convencen para que lo pienses doscientas veces… Por entonces, era cuestión de pedir cita y ya. En la consulta, lo único que te preguntaba la doctora era si estabas segura de tu decisión.
La intervención en cuestión la iba a realizar la única ginecóloga del pueblo, una mujer de reputación notable (y nervios de acero). Aquella mañana de principios de verano, Natividad salió de casa temprano hacia el hospital, que quedaba un poco más allá del ambulatorio, bajo un sol que pegaba con ganas y termómetros sudando más de treinta grados. Acostumbrada a andar, veinte minutos no eran problema hasta ese día. De pronto, las piernas se le convirtieron en dos sacos de cemento armado y la cabeza le daba vueltas como una peonza. Ni locos llegaba al hospital, así que dio media vuelta y volvió a casa, por suerte, a tiempo de desmayarse en plan heroína trágica en el sofá. Durmió casi hasta la noche, como si hubiera estado de botellón con los universitarios de Salamanca.
Al día siguiente, finalmente llegó al hospital solo para enterarse de que la ginecóloga había caído enferma y no volvería en, al menos, dos semanas.
¡Dos semanas, mamá, ¿te das cuenta?! Natividad gritaba por el teléfono a su madre, ya a punto de hiperventilar. ¡Para mí eso es la ruina total! ¡Que el niño va a empezar a moverse ya mismo!
La suegra escuchaba pacientemente al otro lado, resignada a los quejidos de la nuera.
Hija, ¿y si es que no tiene que ser? suspiró la señora, que era devota y de las que encienden velas a la Virgen del Carmen por todo.
¿Cómo que no tiene que ser, mamá? ¡Dime tú de qué vamos a vivir con dos niños, cómo saco yo el trabajo adelante y qué va a ser de Sergio! ¿A qué jefe le caigo bien después de otra baja, eh?
Nati, que tu padre y yo ayudaremos, mujer. Cuidaremos del crío…
¡Que no, mamá! zanjó Natividad, tajante.
Su suegra suspiró de nuevo. A ella la idea de abortar ni le gustaba ni le dejaba dormir tranquila, pero tampoco quería discutir. Bastante culebrón tenían en casa.
Natividad buscó otras salidas; en el hospital provincial la lista de espera era interminable, y encima, al no ser caso urgente, le daban cita para dentro de tres semanas.
Pero ahí estaba Olga, su amiga de toda la vida, saliendo al rescate por teléfono:
Nati, conozco una doctora en Ciudad Rodrigo. ¡Ya he hablado con ella y te atiende mañana por la mañana temprano, antes de las diez! Se llama Leonor Valdivieso, acuérdate.
¿Y cuánto? Natividad iba directa al grano.
No mucho, lo tengo arreglado, pero tienes que venir puntual insistió Olga.
A la mañana siguiente, allí iba Natividad en el autocar, con pinta de haber dormido mejor que nunca. Los síntomas del embarazo le molestaban a rabiar y la idea de quitárselos encima empezó a volverse casi obsesiva. Al llegar, la ciudad estaba envuelta en verde y bastante silenciosa; una lluvia de esas finas y persistentes de Castilla había estropeado el calor veraniego. Natividad se envolvió mejor en su chaqueta y, trotando casi, llegó a la entrada del hospital, porque no quería perder esa cita por nada del mundo.
Dentro, la ambientación era digna de película de serie B: recepción vacía, paredes desconchadas, abrigo de pintura que parecía la piel de una lagartija mal estirada y sólo el viento colándose por las ventanas del guardarropa. Todo en un silencio que ni en Semana Santa.
Buscando ayuda, Natividad se asomó a la primera consulta abierta.
Admisión, dedujo. Detrás del mostrador, en lugar de una amable enfermera, encontró a una señora mayor, despeinada y con ojeras, sentada delante de un papel en blanco.
Disculpe, ¿dónde puedo encontrar a la doctora Leonor Valdivieso? preguntó, esperando amabilidad.
¡Aquí no hay ninguna! gruñó la señora con una voz igual de chirriante que la puerta principal. Ni siquiera levantó la vista.
¿Cómo que no? ¿Hoy no está o nunca la ha habido? insistió Natividad, boquiabierta.
¡Que no! ¿No lo entiendes?!
Cuando por fin la señora levantó la cabeza, Natividad disimuló el grito como pudo. Aquella mirada, turbia, casi de muñeca rota, y una sonrisa mostrando unos dientes negros y afilados como puñales hicieron que diera media vuelta y saliera pitando, olvidándose por completo del motivo de su visita.
Solo cuando llegó al autobús, entre gente normal y corriente, empezó a respirar otra vez con normalidad.
¿Pero qué te ha pasado? protestaba Olga por teléfono. ¡La doctora Valdivieso te estuvo esperando toda la mañana!
No sé Mejor espero a nuestra Ana Poveda, de aquí del pueblo masculló Natividad antes de colgar.
A esas alturas, llovía con fuerza y Natividad se asomó a la ventana. El patio estaba desierto, hasta que vio a una mujer joven y un niño de siete u ocho años empujando un carrito donde iba una niña rubia y risueña, atrapando gotas de lluvia con las manos y riéndose a carcajadas. El hermano, contagiado, se partía el pecho de risa también. De repente, el corazón de Natividad dio un vuelco. Tal vez, en un par de años, podría ser ella bajo la lluvia, empujando el carrito de su segunda criatura…
Unos días después, cuando Natividad fue al ambulatorio, Ana Poveda, con sus enormes ojos marrones de cervatilla, le sonrió:
Ya es tarde, bonita, el plazo se ha pasado.
¿Y eso te parece gracioso, Ana? refunfuñó Natividad, aunque por dentro sentía un alivio difícil de explicar.
No sé, pero seguro que no es para andarse tirando de los pelos le respondió Ana con un encogimiento de hombros.
Más tranquila, Natividad volvió a casa y de camino anunció a Nicolás que iban a tener otro hijo.
Aquella noche, Natividad tuvo un sueño de esos que parecen anuncios de colonia: paseaba por un parque lleno de flores y verde, desbordado de luz. Y de pronto, una chica de unos quince años, alta, rubia y de ojos verdes almendrados como los de Nicolás, con un vestido corto de flores y mejillas salpicadas de pecas y hoyuelos, le sonreía y agitaba la mano.
¡Llámame Lidia! gritó la chica, y salió corriendo por el sendero tras enviarle un beso volador.
***
Pasaron dieciséis años. Natividad, viendo a su hija Lidia, alta, rubísima, con sus hoyuelos y la nariz llena de pecas, pensaba a menudo que alguien o algo no le dejó renunciar a aquel embarazo. Incluso se lo contó a Lidia, esperando que se ofendiese, pero la chica solo la abrazó y sonrió. Desde entonces, Natividad creía firmemente que la frase los hijos no eligen a sus padres era una mentira más: claro que eligen Y a veces, incluso, avisan con un sueño mucho antes de nacer.







