El destino de nacer Natalia estaba furiosa. Hacía mucho que no sentía tal enfado. Todo era ya evidente: estaba embarazada. El problema era que había llegado en el peor momento posible. Corría el año 1993, una época confusa y difícil en la que encontrar trabajo era casi un milagro. Por fin, Natalia había conseguido un empleo fijo con un salario más que digno para la época. Justo cuando la vida empezaba a estabilizarse, la situación se torcía. ¿Quién la iba a querer al regresar de una baja por maternidad? Ya tenían un hijo, Vlad, que ese año empezaba primero de primaria. Durante los años ochenta, cuando el país aún gozaba de cierta estabilidad, tanto ella como su marido Nicolás soñaban con ampliar la familia, pero nunca sucedió. Y ahora, pensaba Natalia, ya no tiene sentido. La conversación durante la cena fue larga y dura. Finalmente, Natalia y Nicolás decidieron juntos que debían abortar. Vivían en una localidad grande, con la clínica a sólo unos minutos andando de casa. No existían entonces ni “días de reflexión” ni recomendaciones a las mujeres para que lo pensaran mejor. Natalia pudo pedir cita sin dificultad. En la consulta simplemente le preguntaron si pensaba seguir con el embarazo o no. La “ejecución” la realizaría la única ginecóloga del pueblo, considerada toda una experta. Aquel caluroso amanecer veraniego, Natalia salió de casa en dirección al hospital, situado un poco más allá de la clínica. El sol ya apretaba y el aire rondaba los treinta grados. Caminaba unos veinte minutos, un trayecto habitual para ella, pero ese día se le hizo cuesta arriba. Cada paso era una agonía, como si sus piernas llevasen pesas. Mareada y somnolienta, entendió que no lograría llegar y regresó a casa antes de haber avanzado mucho. Durmió todo el día, como si llevase dos noches en vela. A la mañana siguiente consiguió llegar al hospital, solo para descubrir que la doctora que debía atenderla estaba enferma y no volvería en al menos dos semanas. —¡¿Dos semanas, mamá, te das cuenta?! —le gritaba Natalia por teléfono— ¡Para mí esas dos semanas son un desastre! ¡Se me va notar hasta el movimiento del bebé! Su suegra escuchó resignada y suspiró: —Hija, quizás es que no está destinado… —¿Cómo no va a serlo, mamá? Dime, ¿cómo vamos a salir adelante con Nicolás?, ¿cómo vamos a criar a Vlad y educarlo?, ¿quién me va a contratar después de otro permiso de maternidad? —Tranquila, Natalia, tu suegro y yo os ayudamos, cuidamos al niño… —¡No, mamá! —cortó tajante Natalia. Su suegra suspiró de nuevo. Era una mujer de fe y nada le gustaba aquella situación, pero no pensaba discutirlo. Al fin y al cabo, no era su vida ni su familia. Natalia buscó todas las alternativas posibles. En el hospital provincial las listas de espera eran interminables, y la hospitalización no era urgente, por lo que la próxima cita era en tres semanas. —Natalia, conozco a una doctora en el centro de la comarca. ¡He hablado con ella y está dispuesta a ayudarte! —le aseguraba Olga, su mejor amiga, por teléfono. —¿Cuánto pide? —preguntó Natalia, sin rodeos. —Muy poco, ya lo tengo hablado. Pero tienes que ir mañana antes de las diez de la mañana. Se llama Elena Valentina Grishina, ¡acuérdate del nombre! A la mañana siguiente Natalia tomó el autobús. Se durmió camino al centro comarcal y, al despertar, se sentía algo mejor. Los síntomas del embarazo la mortificaban y eso agudizaba aún más su deseo de acabar con aquel “problema”. Al bajarse, el pueblo estaba envuelto en un mar de verde y, sin embargo, casi desierto. Había llovido y el tiempo, antes insoportablemente caluroso, se había vuelto gris y ventoso. Natalia se tapó bien con el chubasquero y apresuró el paso hacia el hospital, inquieta por el reloj. Tuvo que ir casi corriendo. Al entrar agotada, solo un vestíbulo vacío la recibió. La puerta se cerró chirriando y el entorno parecía sacado de una película de terror: paredes desconchadas, perchas vacías… reinaba un silencio sepulcral. Más allá, en la primera puerta abierta, Natalia encontró lo que dedujo era “Admisiones”, aunque la placa no estaba. Una anciana desgreñada miraba fijamente un papel en blanco, sin hacer nada. —Buenos días, ¿cómo podría ver a Elena Valentina Grishina? —preguntó Natalia con cortesía. —¡Aquí no hay ninguna! —graznó la enfermera, tan chirriante como la puerta al cerrar. Ni levantó la cabeza, y sus manos colgaban inertes a los lados. —¿Cómo que no? ¿Hoy no está o no ha estado nunca? —insistió Natalia, anonadada. —¡Aquí no hay ninguna, ¿es que no lo entiendes?! —la mujer levantó la vista y a Natalia casi se le escapó un grito. Mirarla a los ojos, opacos como el cristal, resultaba sobrecogedor. Cuando sonrió, mostrando unos dientes absolutamente negros y afilados, Natalia salió corriendo, olvidando el motivo por el que había llegado. No se detuvo hasta la parada del bus, y solo se tranquilizó al rodearse de gente normal. —¿Pero qué ha pasado? —protestó Olga al teléfono— Yo he dejado la cara por ti y tú no apareces. ¡Elena Valentina te esperó hasta el mediodía! —No sé, Olga… voy a esperar a nuestra doctora Ana Alonso —murmuró Natalia antes de colgar. La lluvia, que antes sólo chisporroteaba, ahora golpeaba con rabia los cristales. Natalia reflexionó. Había luchado por su objetivo, pero una mano invisible la apartaba una y otra vez de ese camino. Miró por la ventana. El patio estaba vacío, menos por una joven y un niño de unos siete años que arrastraba un carrito con una niña dentro. Corrían hacia casa mientras caía el aguacero; la madre intentaba cubrirlos con el paraguas, pero la niña, traviesa, sacaba la cabeza y reía mientras extendía las manos al agua. El niño también se reía, mirando a su hermana. El corazón de Natalia se encogió. Quizás, dentro de unos años, ellos también pasearían así bajo la lluvia… —Ya es tarde, cariño, se han pasado los plazos —le sonrió la doctora Ana Alonso, con sus enormes ojos castaños. Natalia la llamaba “Bambi”. —¿Y eso te parece motivo de alegría? —rió Natalia. En el fondo, aquella noticia le aliviaba. —No sé… Pero seguro que no es motivo para sufrir —replicó Ana Alonso. Natalia regresó a casa más serena y contó a Nicolás, de forma decidida, que el niño nacería. Aquella noche soñó algo maravilloso: paseaba por un parque repleto de flores, relucientes al sol. De pronto, vio a una chica de unos quince años, rubia, alta, con piernas largas y un vestidito de flores. Sonreía, con hoyuelos en las mejillas y unas pecas sobre la nariz. Los ojos, grandes y almendrados, verde esmeralda, como los de Nicolás. Natalia quiso abrazarla, pero la chica le sonrió, le lanzó un beso y gritó: —¡Llámame Lidia! Y echó a correr por el sendero. Dieciséis años después, Natalia, contemplando a su hija Lidia, alta, rubia, con hoyuelos y pecas en la nariz, recordaba cómo, de algún modo, alguien había impedido que ella se deshiciese de su embarazo. Incluso se lo contó a su hija, temiendo que se molestase. Pero Lidia solo sonrió y abrazó a su madre. Desde entonces, Natalia estuvo convencida de que la frase “los niños no eligen a sus padres” no era cierta. Ellos sí eligen a sus padres. Incluso a veces les envían señales mucho antes de nacer.

El capricho del destino de nacer

Natividad estaba absolutamente furiosa. No recordaba haberse enfadado tanto en los últimos tiempos. Todo estaba más que claro: estaba embarazada. Pero, claro, la desgracia era que el embarazo había venido en el peor momento posible. Corría el año 1993, esos años de transición caótica en España, donde encontrar un empleo era casi como ganar dos veces la lotería de Navidad. La vida de Natividad acababa de coger ritmo: por fin había conseguido un contrato fijo en la oficina de correos del pueblo, y encima, para la época, ¡le pagaban bastante bien en pesetas!

Justo cuando parecía que los astros, por fin, habían dejado de bailar flamenco en sentido contrario, ¡zasca! Otro susto. ¿Quién me va a querer en el trabajo después de una baja maternal?, pensaba. Con un hijo, Sergio, de siete años, recién estrenado en primero de primaria, ya tenía el cupo cubierto con su marido, Nicolás. Y eso que en los ochenta, cuando había un poco más de estabilidad y hasta ilusión, quisieron ampliar la familia. Pero entonces no hubo suerte y ahora, a estas alturas, ¿para qué?

La charla durante la cena fue larga y pesada como un cocido madrileño en pleno agosto. Al final, Natividad y Nicolás tomaron una decisión conjunta: abortar.

Vivían en un pueblo grande de la provincia de Salamanca, el ambulatorio estaba a un paseo corto de casa, nada que ver con lo que hay ahora, que si “días de reflexión”, que si te convencen para que lo pienses doscientas veces… Por entonces, era cuestión de pedir cita y ya. En la consulta, lo único que te preguntaba la doctora era si estabas segura de tu decisión.

La intervención en cuestión la iba a realizar la única ginecóloga del pueblo, una mujer de reputación notable (y nervios de acero). Aquella mañana de principios de verano, Natividad salió de casa temprano hacia el hospital, que quedaba un poco más allá del ambulatorio, bajo un sol que pegaba con ganas y termómetros sudando más de treinta grados. Acostumbrada a andar, veinte minutos no eran problema hasta ese día. De pronto, las piernas se le convirtieron en dos sacos de cemento armado y la cabeza le daba vueltas como una peonza. Ni locos llegaba al hospital, así que dio media vuelta y volvió a casa, por suerte, a tiempo de desmayarse en plan heroína trágica en el sofá. Durmió casi hasta la noche, como si hubiera estado de botellón con los universitarios de Salamanca.

Al día siguiente, finalmente llegó al hospital solo para enterarse de que la ginecóloga había caído enferma y no volvería en, al menos, dos semanas.

¡Dos semanas, mamá, ¿te das cuenta?! Natividad gritaba por el teléfono a su madre, ya a punto de hiperventilar. ¡Para mí eso es la ruina total! ¡Que el niño va a empezar a moverse ya mismo!

La suegra escuchaba pacientemente al otro lado, resignada a los quejidos de la nuera.

Hija, ¿y si es que no tiene que ser? suspiró la señora, que era devota y de las que encienden velas a la Virgen del Carmen por todo.

¿Cómo que no tiene que ser, mamá? ¡Dime tú de qué vamos a vivir con dos niños, cómo saco yo el trabajo adelante y qué va a ser de Sergio! ¿A qué jefe le caigo bien después de otra baja, eh?

Nati, que tu padre y yo ayudaremos, mujer. Cuidaremos del crío…

¡Que no, mamá! zanjó Natividad, tajante.

Su suegra suspiró de nuevo. A ella la idea de abortar ni le gustaba ni le dejaba dormir tranquila, pero tampoco quería discutir. Bastante culebrón tenían en casa.

Natividad buscó otras salidas; en el hospital provincial la lista de espera era interminable, y encima, al no ser caso urgente, le daban cita para dentro de tres semanas.

Pero ahí estaba Olga, su amiga de toda la vida, saliendo al rescate por teléfono:

Nati, conozco una doctora en Ciudad Rodrigo. ¡Ya he hablado con ella y te atiende mañana por la mañana temprano, antes de las diez! Se llama Leonor Valdivieso, acuérdate.

¿Y cuánto? Natividad iba directa al grano.

No mucho, lo tengo arreglado, pero tienes que venir puntual insistió Olga.

A la mañana siguiente, allí iba Natividad en el autocar, con pinta de haber dormido mejor que nunca. Los síntomas del embarazo le molestaban a rabiar y la idea de quitárselos encima empezó a volverse casi obsesiva. Al llegar, la ciudad estaba envuelta en verde y bastante silenciosa; una lluvia de esas finas y persistentes de Castilla había estropeado el calor veraniego. Natividad se envolvió mejor en su chaqueta y, trotando casi, llegó a la entrada del hospital, porque no quería perder esa cita por nada del mundo.

Dentro, la ambientación era digna de película de serie B: recepción vacía, paredes desconchadas, abrigo de pintura que parecía la piel de una lagartija mal estirada y sólo el viento colándose por las ventanas del guardarropa. Todo en un silencio que ni en Semana Santa.

Buscando ayuda, Natividad se asomó a la primera consulta abierta.

Admisión, dedujo. Detrás del mostrador, en lugar de una amable enfermera, encontró a una señora mayor, despeinada y con ojeras, sentada delante de un papel en blanco.

Disculpe, ¿dónde puedo encontrar a la doctora Leonor Valdivieso? preguntó, esperando amabilidad.

¡Aquí no hay ninguna! gruñó la señora con una voz igual de chirriante que la puerta principal. Ni siquiera levantó la vista.

¿Cómo que no? ¿Hoy no está o nunca la ha habido? insistió Natividad, boquiabierta.

¡Que no! ¿No lo entiendes?!

Cuando por fin la señora levantó la cabeza, Natividad disimuló el grito como pudo. Aquella mirada, turbia, casi de muñeca rota, y una sonrisa mostrando unos dientes negros y afilados como puñales hicieron que diera media vuelta y saliera pitando, olvidándose por completo del motivo de su visita.

Solo cuando llegó al autobús, entre gente normal y corriente, empezó a respirar otra vez con normalidad.

¿Pero qué te ha pasado? protestaba Olga por teléfono. ¡La doctora Valdivieso te estuvo esperando toda la mañana!

No sé Mejor espero a nuestra Ana Poveda, de aquí del pueblo masculló Natividad antes de colgar.

A esas alturas, llovía con fuerza y Natividad se asomó a la ventana. El patio estaba desierto, hasta que vio a una mujer joven y un niño de siete u ocho años empujando un carrito donde iba una niña rubia y risueña, atrapando gotas de lluvia con las manos y riéndose a carcajadas. El hermano, contagiado, se partía el pecho de risa también. De repente, el corazón de Natividad dio un vuelco. Tal vez, en un par de años, podría ser ella bajo la lluvia, empujando el carrito de su segunda criatura…

Unos días después, cuando Natividad fue al ambulatorio, Ana Poveda, con sus enormes ojos marrones de cervatilla, le sonrió:

Ya es tarde, bonita, el plazo se ha pasado.

¿Y eso te parece gracioso, Ana? refunfuñó Natividad, aunque por dentro sentía un alivio difícil de explicar.

No sé, pero seguro que no es para andarse tirando de los pelos le respondió Ana con un encogimiento de hombros.

Más tranquila, Natividad volvió a casa y de camino anunció a Nicolás que iban a tener otro hijo.

Aquella noche, Natividad tuvo un sueño de esos que parecen anuncios de colonia: paseaba por un parque lleno de flores y verde, desbordado de luz. Y de pronto, una chica de unos quince años, alta, rubia y de ojos verdes almendrados como los de Nicolás, con un vestido corto de flores y mejillas salpicadas de pecas y hoyuelos, le sonreía y agitaba la mano.

¡Llámame Lidia! gritó la chica, y salió corriendo por el sendero tras enviarle un beso volador.

***

Pasaron dieciséis años. Natividad, viendo a su hija Lidia, alta, rubísima, con sus hoyuelos y la nariz llena de pecas, pensaba a menudo que alguien o algo no le dejó renunciar a aquel embarazo. Incluso se lo contó a Lidia, esperando que se ofendiese, pero la chica solo la abrazó y sonrió. Desde entonces, Natividad creía firmemente que la frase los hijos no eligen a sus padres era una mentira más: claro que eligen Y a veces, incluso, avisan con un sueño mucho antes de nacer.

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El destino de nacer Natalia estaba furiosa. Hacía mucho que no sentía tal enfado. Todo era ya evidente: estaba embarazada. El problema era que había llegado en el peor momento posible. Corría el año 1993, una época confusa y difícil en la que encontrar trabajo era casi un milagro. Por fin, Natalia había conseguido un empleo fijo con un salario más que digno para la época. Justo cuando la vida empezaba a estabilizarse, la situación se torcía. ¿Quién la iba a querer al regresar de una baja por maternidad? Ya tenían un hijo, Vlad, que ese año empezaba primero de primaria. Durante los años ochenta, cuando el país aún gozaba de cierta estabilidad, tanto ella como su marido Nicolás soñaban con ampliar la familia, pero nunca sucedió. Y ahora, pensaba Natalia, ya no tiene sentido. La conversación durante la cena fue larga y dura. Finalmente, Natalia y Nicolás decidieron juntos que debían abortar. Vivían en una localidad grande, con la clínica a sólo unos minutos andando de casa. No existían entonces ni “días de reflexión” ni recomendaciones a las mujeres para que lo pensaran mejor. Natalia pudo pedir cita sin dificultad. En la consulta simplemente le preguntaron si pensaba seguir con el embarazo o no. La “ejecución” la realizaría la única ginecóloga del pueblo, considerada toda una experta. Aquel caluroso amanecer veraniego, Natalia salió de casa en dirección al hospital, situado un poco más allá de la clínica. El sol ya apretaba y el aire rondaba los treinta grados. Caminaba unos veinte minutos, un trayecto habitual para ella, pero ese día se le hizo cuesta arriba. Cada paso era una agonía, como si sus piernas llevasen pesas. Mareada y somnolienta, entendió que no lograría llegar y regresó a casa antes de haber avanzado mucho. Durmió todo el día, como si llevase dos noches en vela. A la mañana siguiente consiguió llegar al hospital, solo para descubrir que la doctora que debía atenderla estaba enferma y no volvería en al menos dos semanas. —¡¿Dos semanas, mamá, te das cuenta?! —le gritaba Natalia por teléfono— ¡Para mí esas dos semanas son un desastre! ¡Se me va notar hasta el movimiento del bebé! Su suegra escuchó resignada y suspiró: —Hija, quizás es que no está destinado… —¿Cómo no va a serlo, mamá? Dime, ¿cómo vamos a salir adelante con Nicolás?, ¿cómo vamos a criar a Vlad y educarlo?, ¿quién me va a contratar después de otro permiso de maternidad? —Tranquila, Natalia, tu suegro y yo os ayudamos, cuidamos al niño… —¡No, mamá! —cortó tajante Natalia. Su suegra suspiró de nuevo. Era una mujer de fe y nada le gustaba aquella situación, pero no pensaba discutirlo. Al fin y al cabo, no era su vida ni su familia. Natalia buscó todas las alternativas posibles. En el hospital provincial las listas de espera eran interminables, y la hospitalización no era urgente, por lo que la próxima cita era en tres semanas. —Natalia, conozco a una doctora en el centro de la comarca. ¡He hablado con ella y está dispuesta a ayudarte! —le aseguraba Olga, su mejor amiga, por teléfono. —¿Cuánto pide? —preguntó Natalia, sin rodeos. —Muy poco, ya lo tengo hablado. Pero tienes que ir mañana antes de las diez de la mañana. Se llama Elena Valentina Grishina, ¡acuérdate del nombre! A la mañana siguiente Natalia tomó el autobús. Se durmió camino al centro comarcal y, al despertar, se sentía algo mejor. Los síntomas del embarazo la mortificaban y eso agudizaba aún más su deseo de acabar con aquel “problema”. Al bajarse, el pueblo estaba envuelto en un mar de verde y, sin embargo, casi desierto. Había llovido y el tiempo, antes insoportablemente caluroso, se había vuelto gris y ventoso. Natalia se tapó bien con el chubasquero y apresuró el paso hacia el hospital, inquieta por el reloj. Tuvo que ir casi corriendo. Al entrar agotada, solo un vestíbulo vacío la recibió. La puerta se cerró chirriando y el entorno parecía sacado de una película de terror: paredes desconchadas, perchas vacías… reinaba un silencio sepulcral. Más allá, en la primera puerta abierta, Natalia encontró lo que dedujo era “Admisiones”, aunque la placa no estaba. Una anciana desgreñada miraba fijamente un papel en blanco, sin hacer nada. —Buenos días, ¿cómo podría ver a Elena Valentina Grishina? —preguntó Natalia con cortesía. —¡Aquí no hay ninguna! —graznó la enfermera, tan chirriante como la puerta al cerrar. Ni levantó la cabeza, y sus manos colgaban inertes a los lados. —¿Cómo que no? ¿Hoy no está o no ha estado nunca? —insistió Natalia, anonadada. —¡Aquí no hay ninguna, ¿es que no lo entiendes?! —la mujer levantó la vista y a Natalia casi se le escapó un grito. Mirarla a los ojos, opacos como el cristal, resultaba sobrecogedor. Cuando sonrió, mostrando unos dientes absolutamente negros y afilados, Natalia salió corriendo, olvidando el motivo por el que había llegado. No se detuvo hasta la parada del bus, y solo se tranquilizó al rodearse de gente normal. —¿Pero qué ha pasado? —protestó Olga al teléfono— Yo he dejado la cara por ti y tú no apareces. ¡Elena Valentina te esperó hasta el mediodía! —No sé, Olga… voy a esperar a nuestra doctora Ana Alonso —murmuró Natalia antes de colgar. La lluvia, que antes sólo chisporroteaba, ahora golpeaba con rabia los cristales. Natalia reflexionó. Había luchado por su objetivo, pero una mano invisible la apartaba una y otra vez de ese camino. Miró por la ventana. El patio estaba vacío, menos por una joven y un niño de unos siete años que arrastraba un carrito con una niña dentro. Corrían hacia casa mientras caía el aguacero; la madre intentaba cubrirlos con el paraguas, pero la niña, traviesa, sacaba la cabeza y reía mientras extendía las manos al agua. El niño también se reía, mirando a su hermana. El corazón de Natalia se encogió. Quizás, dentro de unos años, ellos también pasearían así bajo la lluvia… —Ya es tarde, cariño, se han pasado los plazos —le sonrió la doctora Ana Alonso, con sus enormes ojos castaños. Natalia la llamaba “Bambi”. —¿Y eso te parece motivo de alegría? —rió Natalia. En el fondo, aquella noticia le aliviaba. —No sé… Pero seguro que no es motivo para sufrir —replicó Ana Alonso. Natalia regresó a casa más serena y contó a Nicolás, de forma decidida, que el niño nacería. Aquella noche soñó algo maravilloso: paseaba por un parque repleto de flores, relucientes al sol. De pronto, vio a una chica de unos quince años, rubia, alta, con piernas largas y un vestidito de flores. Sonreía, con hoyuelos en las mejillas y unas pecas sobre la nariz. Los ojos, grandes y almendrados, verde esmeralda, como los de Nicolás. Natalia quiso abrazarla, pero la chica le sonrió, le lanzó un beso y gritó: —¡Llámame Lidia! Y echó a correr por el sendero. Dieciséis años después, Natalia, contemplando a su hija Lidia, alta, rubia, con hoyuelos y pecas en la nariz, recordaba cómo, de algún modo, alguien había impedido que ella se deshiciese de su embarazo. Incluso se lo contó a su hija, temiendo que se molestase. Pero Lidia solo sonrió y abrazó a su madre. Desde entonces, Natalia estuvo convencida de que la frase “los niños no eligen a sus padres” no era cierta. Ellos sí eligen a sus padres. Incluso a veces les envían señales mucho antes de nacer.
Te veo, no te escondas. ¿Qué haces en nuestra escalera? – El gato te miró arrepentido, mientras silenciosamente arrastraba sus patas, entumecidas por el frío, por el borde del pequeño charco de hielo derretido que se había formado en su pelaje. Como si dijera: cometí un error, pasa, perdonadme…