También quiero ser feliz
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Una mujer poco mayor de cuarenta había perdido por completo las ganas de vivir.
Trabajaba como comadrona en un hospital de Madrid, y el trabajo era lo único que le daba algo de alegría; vivía sola.
Su marido falleció en acto de servicio, era guardia civil. Apenas convivieron dos años, y su hijo nació tres meses después de su muerte. Ella lo crió sola. Hoy su hijo es adulto, casado, vive y trabaja en Barcelona, tiene su vida y todo le va bien.
A veces, Galo viene a ver a su madre, pero siempre por poco tiempo; llama con frecuencia, pero ella sigue sintiéndose sola…
Las compañeras de trabajo la envidiaban en secreto: “Ella vive para sí misma”, decían, mientras Lucía sentía el peso de la soledad. Ellas hablaban en las comidas de sus familias, de sus preocupaciones y alegrías.
Pero Lucía no podía comentar nunca nadatodo era vacío, ni ganas de volver a casa tenía…
Escuchaba sus conversaciones, asentía y a veces se horrorizaba con las historias de las compañeras, pero reconocía en lo más hondo que las envidiaba.
Esa libertad de la que todas hablaban, no le daba alegría alguna.
Seguía recordando a su marido, su mirada enamorada, sus manos.
Ese amor corto y abrupto le dejó una herida en el alma que jamás terminaba de cerrarse.
Solo en el trabajo sentía de verdad la vida.
Hace poco asistió en un parto a una chica muy joven. Nació una criatura preciosa, pero la madre casi una niña aún no se alegraba. Estaba de espaldas y en silencio.
Buenos días, mamá le dijo Lucía, llamándola así como hacían con las madres felices, pero la chica se encogió con esas palabras y, sin abrir los ojos, respondió con brusquedad:
Váyase, no tenemos nada que hablar. Le dije desde el principio que no quiero a esa niña. No pienso verla ni llevármela. Mis planes son otros…
Lucía intentó decir algo más, pero la joven se giró y ya no volvió a hablar.
Al salir contrariada de la habitación, la enfermera de guardia la miró y se encogió de hombros, lanzando un gesto elocuente hacia la madre que acababa de rechazar a su hija:
Aquí tuvimos una así, quería quitarle el marido a otra, pensaba que tenía dinero, y luego resultó ser un tieso. Ya ves, ya no le interesa ni la niña. Hay de todo…
Lucía, tras casi veinte años como comadrona, ya había visto situaciones así, aunque en la mayoría de los casos las madres acababan llevándose a su bebé, pese a las lágrimas. Pero esta chica parecía firme y decidida.
Sin saber bien por qué, Lucía decidió pasar por la habitación de la recién nacida abandonada.
Casi se cruza en la puerta con el pediatra, el doctor Constantino Llorente. En neonatos reinaba el silencio; los pequeños acababan de comer y dormían plácidamente.
Lucía se acercó cuidadosamente a la niña rechazada, justo cuando unas pestañas vibraron y los ojitos se abrieron.
Lucía se quedó quieta, temerosa de que la bebé rompiera a llorar y despertara a todos. Pero la niña la miraba con unos ojos grandes y serenos, llenos de sabiduría, como si todo lo entendiera ya.
Qué niña más buena…
Lucía se sobresaltó al oír la voz suave de Constantino detrás.
A veces las compañeras le insinuaban que el doctor sentía algo por Lucía, pero ella solo sonreía. Era buen médico, pero nunca había sentido nada especial por él.
Qué ricura, no tengas miedo el doctor acarició con ternura a la niña y miró a Lucía de un modo especial, dejándola algo aturdida…
Desde entonces, Lucía comenzó a visitar a la pequeña casi a diario.
Sentía que la niña ya la reconocía, y esa mirada le hacía sentir algo cálido por dentro, una emoción nueva tras mucho tiempo.
¿Por qué vas tanto a Neonatos? le dijeron las compañeras chismosas. ¿Es por el doctor?
No, va a ver a la nenita, la que quedó sola.
¿Pero vas a adoptarla o qué? Que sepas que la madre ayer firmó el abandono y se fue…
Mucho cuidado, te vas a encariñar y enseguida se la llevan…
¿Adoptar? Aquella idea que apenas había cobrado forma, de pronto le llenó el alma de luz.
Le quedaba poco tiempo: los bebés abandonados se quedaban apenas un mes en el hospital, luego los llevaban a un centro de menores, quizá a otra ciudad, quizás otra familia la adoptaría.
Lucía tembló al pensarlo y presentó los papeles para la adopción. Todo encajaba, pero ser mujer sola le ponía por detrás de las familias establecidas.
Entonces a Lucía se le ocurrió una locura.
Sabía que Constantino la apreciaba. Sabía que vivía alquilado en un pueblo a las afueras, y que tardaba más de dos horas en llegar al hospital cada día.
Y ahora ella necesitaba urgentemente un marido, luego ya se podría divorciar…
Doctor Constantino, tengo una propuesta… ¿querría usted alquilarse una habitación cerca del hospital, conmigo? le ofreció Lucía esa misma tarde.
Pero, con una condición… ¿se casaría conmigo, aunque sea solo por un tiempo? Quiero adoptar a esa pequeña, pero temo que sola no me la den.
Vaya, vaya… respondió el doctor con una enigmática sonrisa. Pero… acepto.
Entonces se acercó, la miró con ternura… y le dio un beso suave.
Lucía se quedó sin palabras, justo pasaba alguien, ¡menudas habladurías iban a tener ahora!
Es para que nadie sospeche nada explicó enseguida el doctor, y Lucía no supo qué contestar…
Aquella noche, ya en la cama, Lucía pensó en su pequeña, la sentía ya como hija. Y se sorprendió recordando ese beso inesperado de Constantino, y tuvo que admitir para sí misma que le había gustado…
Se casaron rápido, la celebración fue en el hospital junto a los compañeros. Todos les felicitaban, sabiendo ya que Lucía y Constantino habían solicitado la adopción de la niña…
Ahora Lucía era una mujer casada, con una hija creciendo a su lado y sin tiempo para la tristeza.
Constantino, su Costi, era un hombre íntegro y bueno, lo había sospechado siempre. Pero ahora, dentro de su alma, por fin despertaba el amor.
Volvía a querer vivir, criar a su hija, disfrutar cada día y, sobre todo, amar… amar a aquel hombre al que ella misma había propuesto matrimonio.
Costi, Martina y Lucía una familia.
Lucía deseaba con tantas fuerzas ser feliz, que al final lo consiguió… de verdad.
He aprendido que a veces la felicidad llega cuando menos lo imaginas, y que, aunque la vida cierre puertas, el corazón siempre puede volver a abrirlas.







