24 de mayo de 2022
Mi hijo conoció a una chica que, sinceramente, no es alguien de fiar. Hace con él lo que le da la gana y ahora, para colmo, ha comenzado a ponerlo en mi contra. Le dice que no me importa su felicidad, que solo miro por mí misma. Según ella, llegó a esa conclusión porque me negué a intercambiar mi piso con el suyo.
Mi esposo falleció hace unos años, y mi hijo es mi único descendiente. Lo criamos entre cariño y cuidados, asegurándonos de darle una buena educación. Antes de casarse, vivió con nosotros. Durante la universidad ya empezó a trabajar, y al poco de obtener su título consiguió un buen puesto.
Siempre he estado orgulloso de mi hijo. Es buena persona y tiene éxito en lo profesional. Su padre y yo, en nuestra vida, nunca pudimos comprarle un piso. Siempre hemos sido humildes. Compramos nuestro propio apartamento después de los cuarenta años, antes vivíamos de alquiler, así que jamás tuvimos suficiente ahorrado para comprarle uno a él. Pero siempre pensé que, igual que nosotros, él tendría que ganarse su vivienda por sí mismo.
Cuando Juan me contó que estaba saliendo con una chica, me hizo mucha ilusión. Me esforcé mucho por mantener una relación cordial con mi nuera: jamás le llamé la atención o la regañé. No me importaba quién fuese su pareja, mi prioridad era que él fuese feliz. Al principio, Carmen me pareció una joven educada y sencilla. Pero solo mostró su verdadera cara después de la boda.
Tras casarse, Juan y Carmen se fueron de luna de miel y, al volver, mi nuera dejó su trabajo. Dijo que los jefes se metían mucho con ella y que quería encontrar otro empleo mejor. Pero la cosa se quedó ahí. Lleva dos años sin trabajar y no tiene intención de empezar.
Juan y Carmen viven en el piso de ella, un apartamento pequeño en las afueras de Madrid. Como Carmen está en casa sin aportar, mi hijo no puede permitirse comprar un piso nuevo, porque ella gasta todo en hacerse tratamientos de belleza y comprarse ropa.
No puedo imaginarme cómo alguien puede no encontrar trabajo en dos años. Creo que finge que va a entrevistas, pero en el fondo le gusta vivir cómoda a expensas de mi hijo.
Un día le pregunté si pensaban tener hijos.
¿Cómo vamos a tener hijos viviendo en un espacio tan pequeño? me contestó Carmen.
Podríais intentar ahorrar para dar la entrada de una hipoteca sugerí.
No tenemos de dónde ahorrar, casi no llegamos a fin de mes me respondió mi nuera.
Me contuve para no decirle que, si no estuviera encerrada en casa, a estas alturas ya tendrían algo ahorrado. Si de verdad quisieran ahorrar para un piso, por supuesto les ayudaría, ya tengo apartada una cantidad interesante. Pero ahora no quiero darles dinero, porque sé que Carmen lo gastaría en tonterías.
Últimamente Carmen ha empezado a hablar de tener un hijo, se queja de que el tiempo pasa y hay que pensar en descendencia. Y claro, en esas condiciones, ¿cómo criar a un niño? Mi hijo se deja influenciar por ella.
Mamá, mira, Carmen y yo hemos pensado ¿te parecería bien intercambiar los pisos? No hay que hacer nada formal, simplemente cambiar y ya está. Así no hay que preocuparse por hipotecas y tu espacio nos valdría.
Me dolió mucho lo que escuché. Sé que esa idea no es suya. Les dije que tendría que viajar mucho desde su casa hasta mi trabajo, además de que a cierta edad uno ya no se mueve de su sitio.
Te quedan pocos años de trabajo, y así podrías cuidar a tus nietos me dijo Carmen sonriendo.
Rechacé esa propuesta ventajosa porque no tenía ningún interés en dejar mi hogar.
Después, Juan trató de insistir varias veces en el tema, con palabras que cada vez me herían más. Nunca había intentado aprovecharse de nadie para conseguir algo, pero ahora parece que es su mujer quien lo manipula.
Vámonos a casa. Ya te dije que a tu madre no le importa si tenemos hijos o no. ¡Jamás haría nada por nosotros! le dijo Carmen a mi hijo la última vez que vinieron a visitarme.
Desde aquel día, mi hijo ya no me llama ni responde a mis mensajes. No entiendo por qué actúa así, es un chico inteligentísimo, pero tengo la impresión de que, cuando su mujer está cerca, pierde el sentido común.







