Una Oportunidad Feliz
Daniel y su hermano mayor, Julián, regresaban de Salamanca a Valladolid tras cerrar unos asuntos de trabajo. Habían salido temprano y, antes de almorzar, ya lo tenían todo resuelto. Ninguno de los dos estaba casado todavía. Julián tenía veintiséis años, Daniel veintitrés. Como corresponde al hermano mayor, Julián era un buscavidas dicharachero, mientras que Daniel, a su lado, parecía mucho más reservado.
Nos ha salido redondo el negocio reía Julián. Menudo arte tienes hablando con los clientes. Convences a cualquiera, yo en cambio soy más impaciente. Quiero las cosas al momento.
Eso es verdad asintió Daniel. Tú te lanzas de frente, pero no funciona siempre así. Cada persona es un mundo, hay que saber tratarla y tú
Ya salió el psicólogo bromeó Julián. Vaya, ahora el pequeño dando lecciones al mayor y dejó escapar su amplia sonrisa de dientes perfectos.
No te enseño, solo te explico respondió Daniel, con la vista al frente, ya que era Julián quien conducía.
Sus caracteres no podían ser más distintos. Julián era mucho más rápido y simpático, Daniel, en cambio, era más callado, poco amigo de llamar la atención. Le daba vergüenza eso de ser conquistador, quizás porque tampoco le atraía. Eso sí, era atento, delicado, y si una chica le mostraba interés, era capaz de hacer cualquier cosa por ella. Pero únicamente si sentía que realmente le importaba.
Ambos solteros. Julián incluso había estado a punto de casarse, ya habían hablado de boda con su novia, pero cambió de idea en el último momento, sin dar explicaciones. Cortaron y volvió a estar disponible. Aunque siempre tenía chicas rondándole.
Julián era alto y de porte elegante, sabía cómo caer bien, exactamente el tipo que atraía a las mujeres. Daniel conocía a casi todas las chicas que Julián había presentado. Incluso, alguna vez, Julián le había intentado quitar alguna, aunque solo de broma.
Daniel se guiaba por una regla: no imponerse a nadie. Quizá por eso no ligaba demasiado, pero estaba convencido de que si gustaba a una chica, todo iría sobre ruedas. Sin embargo, aún no había sentido un amor verdadero, ese que te remueve por dentro…
Julián ya conocía la filosofía de su hermano y siempre lo vacilaba. Pero Daniel seguía con su vida, tranquilo.
Mientras Julián conducía, charlaba despreocupado y elogiaba a Daniel, quien se limitaba a mirar por la ventanilla. La entrada a Valladolid ya estaba cerca cuando Daniel observó algo.
Juli, mira, en el arcén hay un coche parado y una chica que nos hace señas.
Se trataba de un coche rojo pequeño y una joven menuda a su lado.
La veo, paro. Hay que ayudar respondió Julián con una sonrisa. La hermandad de la carretera nunca se pierde.
Ambos hermanos bajaron del coche.
Muchísimas gracias por parar sonrió la chica. Verán, se me ha pinchado la rueda…
Lo entiendo la interrumpió Julián con su sonrisa más conquistadora. Aunque no fuera la rueda, con una conductora tan encantadora como usted, no podíamos seguir de largo.
A la joven le hizo gracia el comentario, y Daniel suspiró. Le gustó mucho esa chica nada más verla, pero su hermano ya desplegaba su encanto por completo. Al lado de Julián, Daniel se sentía invisible.
¿Entonces solo ayudáis a conductoras encantadoras? preguntó la joven.
Daniel apreció el comentario. Que Julián se las apañara con la respuesta. Ella era elegante, con una sonrisa preciosa y el cabello rubio. Julián no se intimidó y contestó:
Qué va, ayudamos a todos. Recuerdo que una vez incluso a un conductor de autobús. Lo seguíamos, echaba tal humo negro que ni veíamos el autobús. Al final, el conductor salió y ayudamos a los pasajeros a salir. ¿Verdad, Daniel? miró a su hermano, que bajó la cabeza, sabiendo que Julián se inventaba la historia sobre la marcha.
La chica los miraba divertida. Julián preguntó:
Por cierto, ¿cómo se llama? Yo soy Julián y este es mi hermano Daniel.
Mucho gusto, me llamo Maite. Tengo gato y llave, podría cambiar la rueda yo misma, pero con vestido y tacones, no me apetece rió.
¡Maitecita, faltaría más! exclamó Julián. Dani, enséñale cómo lo hacemos en Valladolid, que somos unos profesionales.
Daniel cambió la rueda mientras Julián entretenía a Maite con sus historias. Daniel pensaba:
¿En serio se cree todo lo que le cuenta? Mi hermano sabe crear ambiente Siempre pasa igual: si tengo alguna posibilidad con una chica delante de Julián, su atención acaba centrada en él y yo desaparezco. Sabe decir piropos, inventa cosas, no para de hablar. Como ahora…
Maite escuchaba a Julián con interés. Daniel la miraba cada vez más cautivado, y creyó notar algún que otro cruce de miradas. Cuando terminaron de cambiar la rueda, Julián insistió:
Bueno, Maitecita, ya puede seguir su camino. ¿Me da su número de móvil?
Julián, eres todo ingenio sonrió Maite. Creo que podrías averiguarlo tú solo. Daniel, te agradezco de corazón la ayuda.
Maite subió al coche, sonrió y se marchó saludándolos con la mano.
Juli, eres un charlatán. Me ha gustado mucho Maite y apenas me dejaste decir palabra.
Tranquilo, si yo lo hago por ti se rio Julián con su sonrisa descarada.
Lo de siempre… resopló Daniel mientras subía al coche.
Al entrar en Valladolid, Daniel pidió parar en una tienda de barrio para comprar tabaco.
Párate, que se me han acabado los cigarrillos. ¿Te hace falta algo?
Una botella de agua mineral, pero que sea de cristal respondió Julián.
Al salir de la tienda, de repente una enorme perra callejera se abalanzó desde una esquina y le mordió los vaqueros por detrás, pillándole también la pierna, aunque no fue grave. Todo sucedió tan rápido que ni Julián salió del coche hasta que la perra se perdió entre los arbustos.
¿Y eso de dónde ha salido? preguntó Daniel, revisando la herida donde ya brotaba sangre.
Yo qué sé, macho. Solo he visto cómo te agarraba el pantalón contestó Julián.
Volvieron a casa.
Daniel, ¿qué te ha pasado ahí? preguntó su madre, al ver el pantalón roto.
Nada, una perra loca me ha mordido saliendo del ultramarinos. Me pondré un poco de yodo y ya
Daniel, nada de yodo. Hay que ir a urgencias ya. Hace falta poner la vacuna contra la rabia. ¡Era una perra callejera! Esto no se bromea insistió preocupada su madre.
Haz caso a mamá apoyó Julián. Venga, te llevo.
Llegaron al centro de salud, Julián se quedó en el coche y Daniel entró a preguntar en información, le indicaron a qué consulta ir.
Al llegar a la puerta, vio un chico sentado y, tras él, entró Daniel… y para su sorpresa, allí estaba Maite. Ambos se quedaron boquiabiertos.
¡Hola! exclamó Daniel. ¡Cuánto tiempo! se rieron los dos.
Así que eres médico dijo Daniel, mientras una enfermera también les miraba con cara de sorpresa.
Sí, médico. ¿Y cómo me has encontrado aquí? preguntó Maite. Quedaba claro que a ella también le alegraba verlo. Luego me arrepentí de no haberte dado mi número, pero tu hermano me despistó del todo.
Sinceramente, ha sido pura casualidad, yo ya pensaba que era cosa del pasado dijo Daniel, enseñando la pierna. Me ha mordido una perra callejera. Aunque confieso que me quedé triste cuando te fuiste tan rápido
Maite le aplicó la vacuna y Daniel, con valor, le pidió el número de teléfono. Maite, esta vez, se lo dictó.
Ahora Daniel y Maite son pareja. Un día, ella le confesó:
Me gustaste desde el primer momento, pero Julián… enseguida le pillé el truco.
Daniel es feliz, convencido de que todo irá bien entre ellos. Y ha aprendido que, por mucho que los demás brillen, siempre llega la oportunidad para quienes saben esperar, ser ellos mismos y no rendirse.







