Cuando la abuela descubrió que su nieto pretendía echarla de su piso, lo vendió sin dudarlo ni un instante.
¿Por qué pedir una hipoteca si uno puede esperar a que la abuela falte y heredar su vivienda? Esa idea rondaba la cabeza de Pablo, primo de mi marido. Su esposa, Lucía, y sus tres hijos vivían con la esperanza puesta en esa herencia. Rechazaban cualquier préstamo bancario; preferían soñar con el día en que el piso de la abuela les perteneciera. Mientras tanto, se apañaban todos juntos en el diminuto piso de la madre de Lucía, en un modesto barrio de Madrid, y esa vida les asfixiaba. Pablo y Lucía murmuraban cada vez con más frecuencia sobre cómo solucionar el tema con la abuela.
Pero la abuela, Carmen, era un verdadero tesoro. Con setenta y cinco años, rebosaba energía, vivía apasionadamente y gozaba de excelente salud. Su piso, amplio y luminoso en pleno centro de Madrid, siempre tenía las puertas abiertas para los amigos. Manejaba el móvil como una joven, visitaba exposiciones, asistía al teatro y no le faltaban pretendientes en los bailes de mayores. Desprendía alegría y vitalidad, un ejemplo de felicidad cotidiana. Pero para Pablo y Lucía, su longevidad era casi un fastidio: estaban cansados de esperar.
Su paciencia se agotó. Creyeron que Carmen debía cederle el piso a Pablo y marcharse a una residencia. Ya ni disimulaban sus intenciones, alegando que la abuela estaría mejor cuidada allí. Pero Carmen no era de esas que se dejan llevar. Se negó en redondo y aquel no fue la chispa que encendió la mecha. Pablo, fuera de sí, le gritó que era egoísta y que debía pensar en el futuro de sus nietos. Lucía avivaba la discordia, insinuando que Carmen ya lo había vivido todo.
Mi marido y yo, horrorizados, lo supimos todo. Carmen llevaba años soñando con visitar la India: quería contemplar el Taj Mahal, oler el cúrcuma en los mercados, perderse en las callejuelas de Delhi. Le propusimos que viniera a vivir a nuestra casa y que alquilara su piso para costearse el viaje. Aceptó, y pronto su gran piso en el centro le proporcionó una renta nada despreciable. Cuando Pablo y Lucía se enteraron, armaron un escándalo monumental. Decían que ese piso ya era suyo por derecho y exigieron que la abuela se lo entregara. Llegaron a acusar a mi marido, Álvaro, de manipular a Carmen para quedarse con el piso. Incluso Pablo pretendía recibir el dinero del alquiler como su parte legítima. Respondimos que de eso ni hablar.
Lucía empezó a frecuentar nuestra casa casi a diario. A veces venía sola, otras con los niños o con ridículos pequeños obsequios. Preguntaba por la salud de Carmen, aunque era evidente lo que realmente buscaba: ella y Pablo seguían aguardando el fallecimiento de la abuela y la ansiada herencia. Nos asombraba su descaro y codicia.
Entretanto, Carmen ahorró lo suficiente y partió a la India. Regresó exultante, cargada de historias y fotografías. Le animamos a ir aún más lejos: vender el piso y lanzarse a más aventuras, viviendo después tranquila con nosotros. Se lo pensó y, tras meditarlo, lo hizo. Vendió su gran piso por una suma generosa de euros, se compró un pequeño estudio acogedor en las afueras de Madrid y dedicó el resto del dinero a viajar.
Viajó por toda España, Austria y Suiza. En una excursión por el lago Lemán conoció a un francés llamado Jean. Su romance parecía sacado de una película: a los setenta y cinco años, ¡se casó con él! Álvaro y yo volamos a Francia para la boda y fue un sueño; Carmen brillaba con su vestido blanco, rodeada de flores y sonrisas. Lo había merecido. Había trabajado toda la vida, criado hijos y apoyado a sus nietos Por fin vivía para sí misma.
Cuando Pablo supo de la venta del piso, montó en cólera. Exigió a la abuela que le cediera el estudio, alegando que ya tenía bastante. No sabíamos cómo pensaba meter allí a cinco personas, pero ese ya no era nuestro problema. Lo importante es que Carmen, al fin, encontraba la felicidad. La historia de Pablo y Lucía nos enseña que, en ocasiones, el dinero saca a relucir el verdadero rostro de quienes nos rodean.






