Diario, 28 de diciembre
Hoy he caminado por los pasillos del centro de salud de barrio, como cada mañana, con el codo bien pegado al montón de historias clínicas. El bolsillo de plástico con la identificación tira del cuello de mi bata y las gafas resbalan una y otra vez hasta la punta de la nariz. Entremezclados, los murmullos de los pacientes llenan el aire, las sillas chirrían, alguien estornuda fuerte, y sobre todo flota el olor inconfundible de lejía y jabón de los baños.
¿Auxiliar, falta mucho? me pregunta una señora qué espera apoyada en la pared, aferrada a un sobre de análisis contra su pecho.
Por turno, respondo, sin mirar. ¿Han entregado sus tarjetas? Pues paciencia.
Me meto en el gabinete de curas, dejo las historias sobre la mesa, me quito los guantes todavía pegajosos en los dedos y respiro hondo. Quedan tres días para Nochevieja, aunque sólo lo noto por los restos de espumillón en las puertas de los despachos y por que los pacientes ya no se quejan sólo de la tensión, sino también de los precios en el supermercado.
Elvira, ¿cómo vas? se asoma la doctora Carmen, delgadita, con su coleta de siempre. Te he dejado dos visitas domiciliarias más, no te enfades. Son nuestros abuelillos.
¿Dónde voy a enfadarme? le respondo. Tráemelos.
Cojo el papel con las direcciones, lo guardo en el bolsillo de la bata, repaso la bolsa de la tensión y las jeringas. Los avisos son de mi barrio: bloques de nueve plantas donde conozco ya cada portal y casi cada ascensor por el sonido.
La consulta se relaja un poco pasada la una. Me pongo la chaqueta gorda sobre la bata, me calzo las botas que guardo bajo la mesa y salgo a la calle. La nieve cruje, los coches están atrapados en la acera entre barro, las ruedas apenas asoman. Aprieto la bolsa contra el costado y voy hacia la parada.
La primera visita es justo en la manzana contigua. Un inmueble de fachada gris, el portal se cierra empujando con la cadera. Dentro huele a pienso de gato y bayeta húmeda. La bombilla del techo parpadea; arriba suena música.
El piso está en la quinta planta, sin ascensor. Subiendo, cuento los escalones. Me detengo en el tercero, apoyo la espalda y respiro. El corazón golpea fuerte; me duelen las rodillas. Pienso de pasada que pronto me tocará llamar yo para visitas, no ir corriendo por los portales ajenos.
Abre la puerta una mujer delgada, sobre los cuarenta y largos, en un jersey estirado.
Pase, dice, y llama hacia dentro: Mamá, ha venido la enfermera.
En la sala, recostada en el sofá, está la anciana, con chaqueta de punto. En el alféizar hay tres macetas y, entre ellas, una bola de cristal colgada de un hilo.
La tensión se le dispara, explica la hija mientras arregla la manta de su madre. Y tiene tos. La doctora dijo que la revisara usted.
Saco el tensiómetro, envuelvo el brazo flaco. La anciana me mira con ojos atentos, algo acuosos.
¿Preparando la Nochevieja? me pregunta de repente, mientras el aparato sopla.
¿Qué voy a preparar? me río. El turno, los avisos, la tele, un poco de ensalada y listo.
Aquí la mujer mayor dirige la vista al ventanal. Pusimos esa bola para recordar que hay fiesta. Mi hija estará de guardia. La pasaré sola. Pero da igual, a todo se acostumbra uno.
Habla sin pena, pero algo me ruboriza. Me acuerdo de mi estudio pequeño, la secadora aún llena desde el otoño y el perejil seco en un vaso. Hace años que no pongo árbol, la caja con los adornos coge polvo en el altillo.
La tensión está bien, le digo al ver los números. Siga con las pastillas y ahora escucho el pecho.
El fonendo sobre el torso huesudo, suena la respiración ronca, el suspiro lento. En la casa sólo se oye el tic-tac del reloj sobre la puerta y, a lo lejos, la vajilla de los vecinos.
¿Vendrá antes de la fiesta? me pregunta cuando estoy recogiendo.
Si hay aviso, sí. respondo. Pero no podemos ir por costumbre.
Claro, asiente la anciana y de repente me pregunta: ¿Alguien vendrá a verle a usted? ¿Para brindar?
La pregunta es tan llana que aprieta en el pecho. Me encogo de hombros.
¿Quién me va a buscar? sale seco, y me arrepiento enseguida del tono. Los hijos viven lejos, tienen su vida. Llamarán, seguro.
La abuela me mira cálida, con algo de ternura.
Pues veremos la tele juntas, sonríe. Usted en su casa, yo en la mía.
Bajo los escalones pensando en eso. Veremos la tele juntas. Recuerdo el año pasado: me dormí antes de la medianoche, con la luz encendida y el televisor aún hablándome desde la cocina. A la mañana siguiente, todo igual y de guardia. La fiesta se me escapa entre los días.
La segunda visita es en mi propio bloque, pero en otro portal. Paciente encamado, pone la nota. La conozco: un hombre solo, tras un ictus, con cuidadoras por horas. El portal es igual: paredes grises, buzones gastados, números escritos con rotulador.
Abre la puerta la cuidadora, con chaleco acolchado. En la habitación, junto a la ventana, yace el hombre, sesenta años, cuerpo voluminoso, brazos caídos. La tele en frente muestra una película antigua.
¿Cómo va nuestro campeón? pregunto, levantando las cejas.
Pues suspira la cuidadora. Tos, tensión mal. Llamé a la doctora y me mandó a usted.
El hombre mira al techo, los labios casi no se mueven.
Buenas, le digo, inclinándome. Se acerca la fiesta, y usted aquí, qué faena.
Sonríe apenas de lado.
¿Qué fiesta para mí? murmura. Que pase rápido.
Tomo la tensión, reviso la vía, apunto en su cuaderno. Huele a medicinas y a algo cocido. En el alféizar hay una taza vacía; antes ponía caramelos para las visitas.
¿Y familia? le pregunto a la asistente, fuera del cuarto.
Hermana tiene, responde. Pero vive lejos, casi no viene. En Nochevieja me toca a mí.
Al bajar la escalera pienso que, justo en mi portal, hay quien va a ver el año llegar en la soledad y postrado. Y yo, vecina de al lado, solo sé de ellos por los avisos.
Cuando vuelvo al centro de salud y entrego las historias es ya de noche. Las ventanillas del despacho reparten luz sobre unos copos dispersos. En la sala de personal, alguien mordisquea un bocadillo, el televisor murmura noticias de fondo.
Elvira, estás rara, pregunta Carmen, la médico, mientras se sirve té de la tetera eléctrica. ¿Mucho lío?
Como todos, contesto, dejando la chaqueta. Oye, ¿tenemos muchos pacientes totalmente solos en el barrio?
¿Y tú qué crees? sonríe la doctora, removiendo el té. La mitad de las historias. Sin familia, o de papel. ¿Por qué lo preguntas?
Silencio. Miro el listado de avisos en la pared. Me rondan frases ajenas: La pasaré sola, ¿Qué fiesta para mí?
Pues rasco el puente de la nariz. Pensaba si podríamos Felicitarles, aunque sea. Unas mandarinas, té. Visitarlos sin más.
La médico me mira sorprendida.
Estás loca, dice sin enfado. Nos caería una buena. Nada de regalos ni acciones extra. Lo sabes.
Lo sé, apuro. Pero no sería del centro. Yo lo haría por mi cuenta. Porque les conozco, por humanidad.
Suspira.
Eres buena, pero no cargues todo tú. Ya hacemos bastante. Si quieres, ves tú como vecina. Pero sin nombrarnos. Si no, nos llueve una queja.
Esa palabra, queja, suena fría como agua en la nuca. Sé cómo aquí tememos a los reclamos: un papel y, ya está, a rendir cuentas.
Camino a casa por la noche, el aire frío me muerde. La bolsa pesa más que nunca. En las ventanas titilan luces; en el primer piso unos niños bailan alrededor del árbol de plástico, el espumillón cruje en sus manos.
El portal está tranquilo. Alguien ha puesto un abeto pequeño en el alféizar y, junto a él, una maceta con un tallo seco. Hay un aviso de la comunidad anunciando corte de agua caliente, pegado con cinta adhesiva.
En casa, enciendo la luz y dejo la bolsa sobre el taburete. La cocina está fría por la ventana entreabierta. Pongo el hervidor, echo té en una taza y, mientras se hace, tomo mi cuaderno de la bolsa.
En la primera hoja escribo: Para quien está solo. Me quedo pensando. Recuerdo a la abuela de la bola, al hombre del ictus, y a aquella paciente del bloque de enfrente, siempre lamentando no tener a nadie. Anoto nombres y direcciones. Salen diez.
Miro la lista y noto el cansancio volviendo a mí: No es tu deber, No tienes obligación, No hay fuerzas. Me masajeo la frente.
Quizá sólo comprar mandarinas, y dejar una en cada casa, pienso. Sin discursos ni pancartas. Tocar y desearles lo mejor. Quien quiera, abrirá. Quien no, pues nada.
No me asusta el rechazo, sino la necesidad de explicar, de entrar en su espacio como persona, no como sanitaria. En la consulta todo es claro. Aquí, no tanto.
El hervidor termina. Sirvo el agua, me siento y repaso la lista. Al final, casi sin pensar, añado otra línea: Piso 9, vecina de arriba, encamada. Sólo conozco a esta señora por el taconeo de la cuidadora y el aroma a sopa que a veces se escapa bajo su puerta.
Al día siguiente llego temprano. La sala de curas está vacía, sólo se oye al celador barriendo. Cuelgo la bata, saco el cuaderno y lo dejo en la mesa.
Entra Lucía, la auxiliar, hombros anchos y pelo corto.
Buenos días, saluda. Hoy viene todo el mundo a buscar cura, como siempre antes de fiesta.
Oye, Lucía, le digo mientras se pone los guantes. Pensaba Si ponemos cada uno unos euros, compramos mandarinas, té. Yo los reparto luego.
Lucía se queda parada.
¿Y no nos buscarán líos? no termina, pero entiende.
Nada del centro, apuro. Nosotros, sin firmas ni nada. No te nombro. Es sólo por hacerlo menos triste.
Duda, pero saca un billete doblado del bolsillo de los vaqueros.
Vale, concede. Pero no cuentes que te lo di. Ya sabes.
Para la hora de la comida hay varios billetes entre las páginas de mi cuaderno: algunos dan dos euros, otros cinco, otros solo dicen que ellos también andan justitos. Una doctora protesta:
¿De qué les sirven tus mandarinas? Mejor luchaba por medicamentos gratis.
Sólo me encojo de hombros. Para medicamentos no tengo poder. Las mandarinas, sí.
Tras la jornada paso por el supermercado. Hay empujones y discusiones al pie de los estantes de cava. Cojo dos kilos de mandarinas, varias cajas de té y galletas. La cajera me mira sin mucho ánimo.
¿Preparando la fiesta? pregunta.
Un poco, le digo.
En casa, reparto la compra en bolsas limpias: mandarinas, té, algunas galletas. Salen nueve bolsas. Y de repente, antes de salir, siento un nerviosismo tonto.
Estoy como una cabra, murmuro. Pero no las guardo.
Por la tarde, ya envuelta en bufanda y chaqueta, tomo tres bolsas en cada mano, dejo las otras para después. Empiezo con los vecinos de mi portal: el hombre encamado y la señora del noveno.
Primero, subo al hombre encamado. Palpita el corazón, las manos sudan. Llamo. Se oye el cerrojo, abre la cuidadora.
¡Usted otra vez! dice. ¿Ocurre algo?
No, respondo rápido. Sólo es algo. Por la fiesta Té, mandarinas. ¿Acepta?
La cuidadora se sorprende.
¿De parte de quién? pregunta, con desconfianza.
De los vecinos, improviso tras dudar. Gente, sin más, para que no falte detalle.
Desde dentro resuena la voz del hombre:
¿Quién es?
Traen regalos, responde ella.
Yo no quiero nada, gruñe el hombre.
Entro al pasillo, abro la puerta.
Soy yo, la enfermera. No se enfade. Sólo mandarinas, las dejo aquí, usted verá si las toma.
Me observa serio, luego mira la bolsa en manos de la cuidadora. El rostro es terco, pero los ojos se suavizan.
Feliz año, añado, y me siento ridícula entre sueros.
Igualmente, dice él, dando la espalda a la tele.
En el descansillo, me recupero. Al menos no me han echado, pienso.
Subo despacio a la vecina de arriba. Puerta vieja, pintura descascarillada. Toco el timbre. Tarda en abrir, casi me voy. Al final, oigo el cerrojo. Sale una señora de setenta, bata y pañuelo en la cabeza.
¿Sí? pregunta, reservada.
Soy del portal, del piso de abajo, explico. No nos conocemos bien, sólo vine por avisos. Traigo algo para las fiestas. Mandarinas, té. ¿Los acepta?
Me mira, después la bolsa.
¿Y por eso qué se espera? pregunta.
Nada, respondo. Es sólo un detalle. Feliz año.
Vacila, finalmente agarra la bolsa con cuidado.
Gracias, murmura. Justo pensaba: que alguien llamara, aunque fuera por nada.
Eso impacta más que cualquier queja. Asiento en silencio.
Si necesita algo, estoy abajo. Llame cuando quiera.
Me da apuro, se disculpa. Usted trabaja, tiene lo suyo.
Por si acaso, respondo. Bueno, me voy.
Recojo las bolsas restantes y salgo a la calle, ya oscurecida, los faroles iluminan pocos peatones. En cinco minutos alcanzo el bloque de la abuela de la bola.
Frente al portal, miro las ventanas. El tercer piso con luz y macetas. Entro, subo contando peldaños.
Abre la hija de la anciana, se sorprende al verme.
¿Venía por aviso? pregunta.
No, contesto. Pasaba cerca. ¿Puedo entrar?
Dentro, la mayor sigue en el sofá, la bola centelleando en el reflejo.
Creí que no volvería, dice la señora. Y ha venido.
No me quedo mucho, me acerco. Aquí tiene algo de fiesta. Mandarinas, té. Nada especial.
La abuela toma la bolsa, los dedos temblando.
Gracias, dice. No puedo darle nada en cambio.
No es necesario, le contesto.
Entonces le diré algo, sonríe. Es usted buena, ¿eso sirve?
Siento el nudo en la garganta. Miro las plantas en la ventana.
Eso sí, le digo. Pero no abuse de halagos.
Reímos, la tensión se deshace. Charlamos del tiempo y de la tele con películas viejas. Me despido y salgo.
Las siguientes visitas son variadas. Una rechaza todo con un no hace falta, tengo de sobra, y cierra la puerta. Otra se excusa por el desorden para no invitarme a café. Un hombre en muletas sospecha de publicidad engañosa. Unas agradecen sinceras, a otras les cuesta, alguna resopla que mejor arreglen las aceras.
Tras cada visita, mientras bajo escaleras, me siento torpe pero ligera. Sé que no soluciono nada importante, pero en esos instantes en los umbrales surge algo especial.
Ya en la vorágine previa a Nochevieja, el centro de salud bulle. La gente viene por “no esperar a la fiesta”, regalan cajas de dulces discretamente. En la sala hay montones de galletas y bombones, para todos, aunque la directora ha colgado una nota diciendo que no se permite recibir regalos.
Elvira, guiña Lucía, ¿ya repartiste a tus solitarios? No sea que alguno se lo tome a mal.
A quien pude, contesto. Los demás, cuando pueda.
Eres una heroína, replica y añade: Pero shhh, no lo digas.
Al final del día, los pasillos están casi vacíos. El frigorífico de las vacunas zumba. La jefa nos despide.
Todo el mundo a casa, dice desde la puerta. Mañana libre, salvo urgencias.
Cuelgo la bata, la dejo bien en la percha. Recogo la bolsa, apago la luz, camino por los pasillos en penumbra. La ventanilla de información sólo muestra a la administrativa, tejiendo algo gris; el tablón lleno de avisos.
Ya en la calle, los primeros petardos resuenan. El aire anuncia fiesta y el suelo cruje bajo la nieve. Me acerco a casa, las piernas pesadas, la espalda dolorida.
En el portal, la vecina joven con carrito me saluda.
Elvira, ¿era usted la que visitó a mi abuela ayer? Nos ha contado que vino Papá Noel.
¿Papá Noel? me río. Sólo traje mandarinas.
Pues para ella fue un regalo.
Charlamos un rato sobre los niños y los fuegos artificiales. Me despido, subo, entro y enciendo la entrada.
La casa sigue tranquila. El reloj marca los segundos. Cuelgo la chaqueta, dejo la bolsa en el taburete, avanzo a la cocina. En la mesa, la sopa fría de la mañana. Me siento, sirvo té con limón.
La televisión, apagada. Miro las luces tras el cristal, reflejos de los cohetes. Recuerdo los rostros toscos y contentos de estos días: la abuela de la bola, el hombre del gotero, la vecina recibiendo el paquete como si fuera delicado. Recuerdo las palabras: Pensé que ya nadie se acordaba de mí.
Hoy me siento recordada, pienso. No porque me traigan algo, sino porque al llamar a esas puertas, se abrían. Y detrás había personas no sólo pacientes, sino personas no viendo a la enfermera, sino a una vecina que llega sólo por estar.
Termino el té, voy al salón. Sobre el armario está la caja de los adornos. Hace años no la toco. La bajo, la abro con cuidado. Dentro, entre periódicos, hay bolas y hilos dorados.
No hay árbol, pero tomo una bola, la limpio con la manga y la cuelgo en un gancho, junto a las llaves. Se balancea un poco, captando la luz y reflejando la cocina y mi figura.
Al mirar ese reflejo, siento aire libre en el pecho. No hay milagros. Mañana, más avisos, más colas, las mismas quejas. El cansancio y el papeleo siguen ahí.
Pero ahora tengo esa lista en el cuaderno, con las marcas al lado de los nombres. No como reporte, sino como memoria: hay quien merece una visita, aunque sólo sea por dar una mandarina y decir hola.
Afuera, el estallido de un petardo hace temblar el cristal. Sonrío para mí. Me acerco a la ventana, veo abajo a los niños con bengalas, los adultos encogidos en abrigos.
Me quedo así unos minutos antes de irme al salón, apago la luz en la cocina. Enciendo el televisor. El especial de Nochevieja ya empieza, presentadores sonrientes y canciones conocidas.
Me siento en el sillón, acomodo la almohada, tomo el móvil. Mando un mensaje breve a mi hija: Feliz año. Todo bien aquí. Otro para la vecina: Estoy en casa, si necesitas algo.
Las respuestas tardan. Mi hija dice que llamará cerca de medianoche; la vecina me contesta: Gracias.
Dejo el móvil, me reclino. Tras la pared, alguien brinda, se ríen. En mi salón hay silencio, pero ya no es vacío. Cierro los ojos, escucho la casa, los ecos del barrio y mi propia respiración.
Estoy cansada, sí, pero me siento menos sola. Y este pequeño pensamiento me parece el mejor regalo del año.







