Diario de Lucía Díaz
La boda por fin ha pasado y todo el pueblo sigue hablando de ello. Nos casamos Germán y yo, con ese bullicio tan nuestro que dura días. Aquí, en Villaseca, las bodas son fiestas que nunca terminan, la gente se reúne por las esquinas, bajo los pórticos, o se sienta en los bancos a reír y charlar. Siempre hay un motivo para compartir alegría.
Nada más casarnos, nos fuimos a vivir solos en la casa antigua de la abuela de Germán, apartándonos de los padres. Germán trabaja de conductor con una furgoneta y trae productos desde Toledo para abastecer las pequeñas tiendas del pueblo, que solo son dos.
Nuestra relación fue breve, apenas dos meses de novios. Germán, siempre decidido, estaba seguro de que yo, tan sencilla y amable, sería su compañera ideal. Recuerdo el día en que propuso casarnos, caminábamos por los caminos lejos del ruido y de repente me lo soltó:
Lucía, ¿y si nos casamos ya?
¿Tan pronto? le dije sorprendida.
¿Para qué esperar? Si nos conocemos desde el instituto, aunque yo terminé dos cursos antes. ¿No estás de acuerdo?
Claro que sí respondí, feliz.
Cuando le conté la noticia a mi madre, Marisa, no daba crédito.
Ay hija, Germán se ha dado mucha prisa, ¿de verdad te ama tanto? Porque el amor no llega siempre corriendo. ¿Y tú? ¿Qué sientes por él?
Me gusta, madre. Es buen chico.
Solo deseo que no te equivoques, cariño, ya sabes que el marido debe ser un bastión en la vida.
En el pueblo todos hablaban últimamente de Miguel, hijo de Tasia. Un chico antes formal y algo tímido, que empezó a juntarse con los que se pasan los días sin hacer nada y cada vez beben más. Los vecinos murmuraban preocupados:
Tasia, ¿qué pasa con Miguel? Era buen chico, trabajaba como tractorista, pero ahora va de mal en peor. Si sigue así, lo echarán del trabajo.
Miguel llevaba meses perdiendo el rumbo; su madre sufría, le reprochaba su conducta y hasta le suplicaba, pero nada cambiaba. Llegó la cosecha y ni apareció a trabajar. Como era de esperar, lo despidieron. Antes era el mejor, conocía las máquinas como nadie.
¿Qué le ha pasado al pobre Miguel? decía la abuela Eulalia tras cruzarse con Tasia. Ayer lo vi, iba borracho, y era tan buen muchacho…
Tasia, desesperada, volvía a casa para encontrarse a Miguel desparramado en el sofá, murmurando palabras que apenas se entendían. Al acercarse, le oyó susurrar:
Lucía… Lucía, ¿por qué te casaste con él?.. Yo te quiero…
Virgen santa se escandalizó Tasia. ¿Todo esto por Lucía la cartera? ¡Nadie lo sabía! Nunca tuve pista de que estuviera enamorado…
Yo. Ni idea tenía. Repartía cartas como cada mañana y me topé con Tasia esperándome:
Lucía, ¿por qué te casaste con Germán? ¿Y Miguel, qué? Él sufre, quizá bebe por tu culpa. ¿No podías hacerle caso?
Me quedé helada. No sabía qué decir y al fin respondí:
Tía Tasia, ¿de dónde sacas eso? No hemos tenido nunca nada, a veces nos cruzábamos y apenas hablábamos…
No te hagas la tonta me replicó Tasia. Miguel te quiere, lo oí rezongar tu nombre. Es poco hablador, le faltó valor para decírtelo. Por eso está así…
De verdad, nunca lo sospeché, te lo juro. Ni pensaba que le interesaba… Siempre fue muy reservado.
Por vergüenza, Lucía. dijo Tasia, pensativa.
Hablaré con él, tía. Lo prometo. Quizá cambie…
Dos días después, con mi bolsa de carteras, vi a un grupo en los troncos junto a la carretera. Entre ellos estaba Miguel, cabizbajo. Me acerqué:
Menuda panda de borrachos… Miguel, ¿qué haces aquí? Quiero hablar contigo.
Los otros desaparecieron y nos quedamos solos. Me senté junto a él.
¿Desde cuándo?
¿Desde cuándo qué?
Estás enamorado de mí…
¿Cómo lo sabes?
Lo he imaginado… Cuéntamelo.
Desde la ESO, Lucía…
Nunca lo había notado y me quedé callada antes de decirle:
Miguel, quien ama de verdad, desea el bien al otro y mantiene la dignidad. Esto no es propio de ti. Beber así no ayuda y le causa dolor a tu madre. Toda Villaseca se pregunta por qué has caído tan bajo. Entiéndelo, ¿me oyes?
Sí, Lucía… Aunque me duele igual.
Eres hombre, Miguel. Reacciona. Además, mírame bien, tampoco soy para tanto. Tengo las piernas algo torcidas, soy mala ama de casa y mi carácter ni se diga. Voy a lo mío y soy un desastre… No soy digna de tanto amor, seguro encontrarás alguien que te haga feliz de verdad. No hagas sufrir a tu madre.
Me levanté y me fui, sintiendo su mirada triste.
Sigues siendo la mejor, digas lo que digas de ti… escuché que susurraba.
Aquella tarde, al pasar por la tienda, vi la furgoneta de Germán.
Qué raro, tendría que estar aún en Toledo pensé. Entré y vi a Tatiana, la encargada, salir del almacén, arreglándose el pelo.
Lucía, ¿vas a llevar algo?
No, solo he visto la furgoneta; creí que Germán estaría en la ciudad.
Ah, se ha estropeado y fue por piezas al taller…
Bueno, sigo mi ruta.
La vida siguió su curso, yo entregando periódicos y revistas, y sin ver a Miguel por ninguna parte. Me preocupé y, al entregar el diario a Tasia, pregunté:
Tía, ¿qué es de Miguel? Hace días que no lo veo.
Está en casa, hija. Ha dejado la bebida. Sale, parte leña, ayuda y regresa. No bebe ni un sorbo, y si vienen sus viejos amigos, los echa. Gracias a ti, Lucía.
Me alegro tanto, todo se arregla si uno quiere.
Dios te lo pague, fue tu conversación la que le hizo recapacitar.
Me reí mientras seguía mi camino repartiendo el correo. Y de nuevo aquello de la furgoneta de Germán frente al colmado. Subí los escalones, entré y me quedé helada. Germán estaba abrazando apasionadamente a Tatiana, besándola. Ni se fijaron al principio en mí.
Ay… balbuceé sin querer. Qué momento…
Se soltaron de golpe. Germán bajó la mirada:
Lucía, hablamos en casa.
Tatiana, arrogante, me sostuvo la mirada.
No, este es el momento sonrió con malicia. Ya está bien de esconderse. Hace tiempo que nos amamos. Lo que pasa es que yo le engañé y se enfadó, por eso se casó contigo… ¿Verdad, Germán?
Él asintió y ella continuó:
Aunque os casasteis, nuestra historia nunca terminó.
Lucía, de verdad…
No hay nada que explicar. Está clarísimo salí del colmado con el corazón encogido.
Al llegar, mi madre trató de tranquilizarme:
Ya te lo dije, hija, no confiaba en Germán y por tu ingenuidad sufriste. Pero los errores se pueden corregir. Todo irá bien.
El rumor del divorcio voló como pólvora y pronto todos sabían la razón. El pueblo es pequeño y nada escapa a las lenguas. Presenté los papeles y Germán me pidió disculpas, pero ya era tarde.
Un día, Tasia entró emocionada en casa de Miguel:
Te cuento algo, hijo. Lucía se divorcia de Germán; él la engañaba con Tatiana. Ahora muévete, ve y habla con tu jefe, Miguel. He visto al señor Álvaro y dice que si has dejado el vicio, te recupera como tractorista.
Madre, yo lo sabía… Pero Lucía no me habría creído.
El tiempo pasó y las nuevas corrían por Villaseca.
¿Habéis oído? Miguel y Lucía se casan dijo la abuela Eulalia en la tienda. Tasia está tan feliz que parece otra.
Me alegra. Miguel es buen hombre, dejó el vino por ella. Así es el amor añadió Valentina, la vecina.
Y Germán con Tatiana se merecen lo que les pasa, siempre fueron de líos. Ya verás que Tatiana no tarda en engañarle también sentenció Eulalia.
La boda fue sencilla, pero alegre. Miguel volvió a trabajar y al llegar a casa yo preparaba cocido y croquetas, mientras sacaba la empanada del horno. Me senté a su lado y él, sonriente, se puso a comer.
Esto está de rechupete, Lucía me dijo. Decías que eras mala cocinera…
Ay, pues lo soy… y un incordio además.
Miguel miró la cocina, limpia y acogedora, y respondió con cariño:
Yo siempre supe que eras la mejor.
Miguel… estoy embarazada solté, y se quedó boquiabierto.
¿De verdad? ¡Qué alegría, vida mía! Te lo dije: eres la mejor corrió a abrazarme y besarme.
Tuvimos una hija, y tres años después llegó el niño. La vida siguió tranquila, con Tasia que adoraba a sus nietos y yo agradecida por la paz al fin encontrada. La rutina se instaló en nuestro hogar, mientras el pueblo susurraba historias, pero yo solo pensaba: A pesar de todo, la vida aquí sigue, y soy feliz.Los años se deslizaron suavemente entre veranos de cosechas, inviernos de brasero y los domingos de misa con las risas de nuestros hijos flotando por los soportales. Miguel recuperó su salud y respeto en el pueblo y yo, aunque seguía tropezando con mis torpezas y perdiendo alguna carta por el camino, encontré en su mirada la certeza de estar, por fin, en mi lugar.
El pueblo siguió siendo esa familia extendida, capaz de murmurar y juzgar pero también de arropar en los momentos duros. Vi a Germán alguna vez en la tienda, cabizbajo junto a Tatiana, y una parte de mí sintió compasión, pues entendí que todos arrastramos historias imperfectas.
Una tarde, mientras merendábamos en familia en el patio y los niños brincaban entre almendros, sentí esa paz cálida sin grandes gestos ni promesas. Lo hablaba en voz baja con Miguel mientras el sol se escondía y los grillos comenzaban su concierto.
¿Sabes, Miguel? Creo que al final, toda la vida es esto: seguir adelante, aprender a perdonar y elegir cada día a los que queremos cerca. Yo te vuelvo a elegir, siempre.
Él sonrió, con esa calma profunda suya, y entre las risas y los juegos, comprendí que la felicidad no era cuestión de grandes historias ni milagros, sino de pequeños días en los que, como el pan recién hecho, todo tiene sabor a hogar.
Y así, en Villaseca, entre cartas, confidencias y los susurros del viento, cerré mi diario sabiendo que esta historia, la mía, nunca dejaría de escribirse.






