No has visto nada, ¿verdad? El guardia asintió sin apartar la vista de las páginas del libro.

**”No has visto nada, ¿entiendes?”** El guardia asintió sin levantar la mirada del libro.

Lidia dejó el coche en el aparcamiento y entró en el edificio de oficinas. Otro día laboral, lleno de preocupaciones y tareas. Al verla, el guardia preparó la llave de su despacho.

Cuando pasó junto a él, él la saludó y le tendió la llave con gesto prevenido. Lidia la cogió con un leve gesto y se dirigió hacia los ascensores. Su fiel amiga, Marisol, sostenía la puerta del ascensor, manteniendo pulsado el botón.

—¿A quién esperamos? ¿Podemos subir ya? —preguntó impaciente uno de los hombres dentro del ascensor.

—Hola. Te vi llegar —sonrió Marisol y pulsó el séptimo piso.

—Por fin —refunfuñó el hombre.

Lidia y Marisol intercambiaron una mirada. El ascensor ascendió suavemente. En el séptimo piso, uno de los hombres salió con ellas; el gruñón siguió hacia arriba.

—Buenos días, Lidia Valeriana —la saludó en recepción la secretaria, Lucía—. ¿Café?

—Luego —contestó Lidia, desapareciendo tras la puerta de su despacho.

Se quitó el abrigo, cambió sus cómodos zapatos de tacón bajo por unos stilettos. Una jefa debía dar ejemplo y seguir el código de vestimenta. Se ajustó la chaqueta y se sentó frente al ordenador.

Un suave golpe en la puerta, y antes de que respondiera, Lucía asomó la cabeza.

—Lidia Valeriana, ha llegado su entrevista. Un hombre. Dice que quedó con usted.

—Sí. Que pase en dos minutos.

Lidia abrió su correo: nada urgente, lo leería más tarde. Se reclinó en el respaldo de su silla.

La puerta se abrió y entró un joven atractivo.

Lo había visto antes. *”En el ascensor”*, recordó.

—Buenos días. Le llamé ayer. Javier Mendoza —se presentó.

—Siéntese —indicó Lidia, señalando la silla frente a ella.

*”Guapo. Podría estar en Hollywood, no en economía. Con esos bíceps bajo la chaqueta…”*, pensó mientras él se acomodaba.

—¿Por qué estudió economía? ¿Su madre lo obligó? —preguntó, mirándolo sin disimulo.

—Adivinó. Siempre dijo que el futuro estaba en los números.

—¿Experiencia? ¿Dónde?

—Tres años en *Construcciones Garantía*.

Lidia alzó una ceja.

—¿Y por qué lo dejó? ¿Lo despidieron?

—Uno de los socios metió a su hija. Decidí que mi talento merecía más.

—¿Encontraría un error en este informe? —deslizó una carpeta por la pulida mesa.

Él la atrapó y la abrió. Era una prueba que ella inventaba para evaluar aspirantes. Algunos buscaban errores donde no los había; otros no los veían.

Antes de que Lidia terminara de leer el segundo correo, Javier cerró la carpeta.

—No hay errores. El informe es correcto.

*”Rápido”*, pensó Lidia, satisfecha. Pulsó el intercomunicador. —Lucía, llévele a Recursos Humanos.

—Gracias. No se arrepentirá —sonrió él antes de salir.

—Espero que no —murmuró Lidia.

En el trabajo, era fría e impecable. En casa, una mujer vulnerable. Sin nadie a quien amar. La primavera pasada recogió un gatito callejero, lo cuidó, y ahora era un enorme gato que le devolvía cariño. *”Él no traicionará”*, pensó, a diferencia de los hombres.

Su primera traición fue en la universidad, cuando su novio la engañó con su mejor amiga. Justo cuando ella iba a decirle que estaba embarazada. Tras el aborto, no pudo tener hijos.

Al graduarse, entró en una gran agencia de publicidad. El director la evaluó igual: en lugar de un informe, le mostró un anuncio.

—¿Qué falla? —preguntó.

Era un folleto infantil con un eslogan para adultos.

—Necesito pensarlo —dijo ella, nerviosa.

—Piense —él le dio dos horas.

Creó un nuevo eslogan. Imperfecto, pero el director la contrató. Medio año después, se casaron. Él era mayor, sabía que no lo amaba, solo le pidió discreción. Tras su muerte, ella lo sucedió.

Una vez, oyó a una empleada murmurar:

—El nuevo economista no mira a las mujeres. O quiere conquistar a la *”Lidia de hierro”*.

Lidia sonrió y pidió a Marisol que la despidiera.

Eran amigas desde el colegio. Cuando Lidia ascendió, la llevó consigo. Confiaba en ella como en sí misma.

En Nochevieja, Lidia revisó el informe de Javier.

—¿Está bien? —preguntó a Marisol al día siguiente.

—Perfecto.

Debería felicitarlo, pero no lo hizo.

Esa tarde, despidió a los empleados antes.

—Descansen —dijo, mientras todos salían alegres.

Ella se quedó, esperando que el edificio se vaciara. No tenía prisa. Nadie la esperaba. Celebraría con su madre.

—¿Por qué no te vas? —Marisol apareció en la puerta.

—Entra.

—Vi tu coche y volví. ¿Ocurre algo?

—No. Solo… Quédate un rato.

—¿No quieres ir a casa? Deberías casarte. O tener un amante —bromeó Marisol, sacando una botella de cava.

Bebieron. Marisol se fue, y Lidia, mareada, intentó abrocharse el abrigo.

—¿Necesita ayuda? —Javier apareció detrás.

Ella giró, tambaleándose. Sus manos la sostuvieron. El abrigo cayó. De pronto, sus labios se encontraron.

Todo fue borroso, como un sueño.

Despertó de madrugada, en el sofá de cuero, con Javier a su lado. Él llevaba solo el pantalón; ella, su camisa.

—Vístete —susurró, avergonzada.

—Lo siento… No sé cómo pasó.

—Nadie debe saberlo —dijo ella, abotonándose.

Él dejó las llaves al guardia al salir.

—No has visto nada —susurró.

El guardia asintió, sin levantar la vista.

En casa, su gato la observaba. No se arrepentía, pero temía el escándalo.

Tras las vacaciones, notó miradas curiosas en la oficina. Lucía le dijo:

—La Administración la llama. Urgente.

El alcalde la recibió furioso.

—¡Esto es indignante! —mostró una pantalla.

Era su despacho. Ella y Javier. *”¿Quién grabó esto?”*

—¡Espero que su agencia cierre! —vociferó él.

Lidia salió temblando. En casa, lloró. *”Me traicionó. Todos los hombres son iguales.”*

Tres días después, su despacho estaba cerrado.

—Marisol Carmen dirige ahora la agencia —dijo Lucía.

Al salir, chocó con Javier.

—¡Traidor! —lo apartó con rabia.

En su nuevo trabajo, resurgió. Un año después, su pequeña agencia compitió con la antigua.

Un día, Javier la encontró en el supermercado.

—Fue Marisol. Envió el video. Quería tu puesto. Yo nunca… —le entregó una memoria con pruebas.

—Contráteme. Mi madre está enferma. —Ella aceptó.

Al año, él se casó. Ella también, con un cliente. Ya no confiaba en amigas.

Marisol y ella nunca se volvieron a ver.

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