Nunca es demasiado tarde

**Nunca es tarde**

María se alegró cuando su hija anunció que se casaba. Ya era hora. Había tardado en encontrar a alguien. Había salido con otros, pero nunca llegó a la boda. Miguel tenía treinta y ocho, diez años más que Laura. Por supuesto, divorciado. A esa edad, casi todos los hombres tienen un pasado. ¿Y quién querría a un niño de mamá, al que nunca dejaron casarse?

María lo recibió con recelo, como cualquier madre que quiere lo mejor para su única hija. Un hombre apuesto, agradable. Pero no le gustó cómo examinaba con mirada crítica su pequeño piso.

—Habría que juntar el baño. Quedaría más espacio, incluso cabría la lavadora. La cocina es minúscula. Yo la abriría a la habitación. En pisos como este ya lo hacen —comentó Miguel sin pudor alguno.

María intentó ver el piso con sus ojos. Sí, claro, ¿pero de dónde sacarían el dinero? Desde que enviudó, no había hecho ni una reforma. Llevaba dos años jubilada. Ella y Laura acababan de comprar un televisor grande y un sofá nuevo. No les faltaba espacio.

Recordó lo feliz que fue cuando, junto a su marido, consiguieron aquel piso del casco antiguo. Antes vivían en uno parecido con sus suegros.

Y ahora llegaba Miguel y lo criticaba. Como si también criticara su vida, la que había vivido allí tantos años. Todo le había parecido bien a ella y a su marido.

Podría haberse callado su opinión. María no dijo nada. No quería convertir la primera visita en una discusión. Pero el mal sabor de boca quedó.

Faltando poco para la boda, Laura preguntó con cuidado si a su madre le importaría que vivieran un tiempo con ella.

—¿No le pareció pequeño nuestro piso? Dijo que estaba apretado —respondió María—. No sé si es buena idea. ¿Cómo vamos a caber los tres?

—Antes vivíamos así, cuando papá estaba —contestó Laura, sin ocultar el rencor.

—Éramos familia. Él es un hombre mayor, con sus costumbres. No te enfades, Laura, pero es mejor que empiecen solos. Antes o después habrá quejas. Si discutimos, tú lo defenderás y nos volveremos enemigas. Viví con tus abuelos, sé de lo que hablo. Cuando nos dieron este piso, ¡qué alegría! ¿Y él no tiene casa propia?

—Se la dejó a su exmujer y a su hija en el divorcio.

—¿Por qué se separaron? Dejó a su hija sin padre. No está bien —dijo María, moviendo la cabeza.

—Habría sus motivos —respondió Laura, a regañadientes.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde vive ahora? —insistió María.

—Alquila un piso y ahorra para una entrada. Quiere pedir una hipoteca.

—¿Y viene aquí para vivir a costa nuestra mientras ahorra? —no cejaba María.

—Mamá, siempre ves lo malo en la gente. ¿No te gusta? Vale, lo entiendo. Vamos a vivir por nuestra cuenta —refunfuñó Laura.

—Yo tengo más experiencia. Tú eres confiada, sobre todo enamorada. No ves lo evidente —intentó explicarse María.

—¡Basta! O nos peleamos —dijo Laura, irritada, y se encerró en su habitación.

No volvieron a hablar del tema. Laura empezó a quedarse a dormir en casa de Miguel. María se sentía culpable. Era como si hubiera echado a su propia hija. Muchas veces estuvo a punto de decirle que cambiaba de idea, que aguantaría, que era su madre. Pero recordaba las tensiones con sus suegros y se contenía.

Estaba acostumbrada a vivir sola. Ahora tendría que tolerar los defectos de Miguel, aguantarse para salir de su habitación cuando él estuviera. Inevitablemente, surgirían problemas de dinero. ¿Dónde no los hay? Como se dice, donde hay dinero, no hay paz. No, había hecho lo correcto. Al menos mantendría una buena relación con su hija.

Tras la boda, Laura se mudó con su marido. María seguía cocinando como siempre, pero ¿para quién? ¿Cuánto necesitaba ella sola? Le daba casi todo a Laura cuando venía a visitarla. Así su hija no tendría que cocinar después del trabajo. A ella le gustaba. Que los jóvenes ahorraran para su piso. Mientras no tuvieran hijos, podían vivir de alquiler.

Un día, a María le entró un antojo de pescado. No congelado del supermercado, sino fresco. Fue al mercado. Paseó entre los puestos. Un hombre vestido como si acabara de llegar de pescar alababa su mercancía. María se acercó y vio los peces grandes, aún moviéndose en la cubeta con agua.

—Llévese uno, señora, no se arrepentirá. Hace media hora estaban en el río.

—¿Dónde los pescó? —preguntó María sin apartar los ojos de un pez plateado.

—Cerca, en el Tajo. ¿Lo conoce? —contestó el hombre con orgullo.

—No solo lo conozco. Crecí ahí —dijo María.

—¿Paisana, entonces? ¿Dónde vivía? Perdone la indiscreción. Por si acaso… —El hombre calló y la miró fijamente.

—¿Marujita, eres tú? —preguntó—. ¿No me reconoces? Soy Vicente. Vivíamos en la misma calle.

—¿Vicente? —María se llevó una mano al pecho—. No puede ser.

—Pues sí. Y te reconocí casi al instante. Solo dudé un momento, pero cuando dijiste… ¡Marujita! Toda la vida soñé con encontrarte. No has cambiado nada.

—Tú sí has envejecido. En la calle no te habría reconocido. ¿Cómo te va? —preguntó María.

—Pues tirando…

—¿A cómo el pescado? —interrumpió una mujer que se acercó al puesto.

Vicente le respondió. Metió en una bolsa los dos peces más grandes y se los dio a María.

—¿Cuánto le debo? —preguntó ella.

—Me ofendes. A los míos no les cobro —contestó.

—Gracias. —María tomó la bolsa.

—Péseme usted… —empezó la otra cliente.

—Espere un momento —la cortó Vicente—. Maruja, ¿dónde vives? Pasaré por tu casa en un par de horas. Así hablamos tranquilos.

María le dio su dirección y se despidió. Camino a casa, sonreía. Hacía mucho, en otra vida, estuvo enamorada de Vicente. Cada verano iba a casa de su abuela al pueblo. Iban juntos al bosque, se bañaban en el río. Vicente hasta le dijo que, de mayor, se casaría con ella. Luego sus padres se divorciaron y se fue con su madre. Solo lo vio una vez más, de adulto, cuando volvió a visitar a su padre.

En casa, María se puso a cocinar el pescado como le gustaba a su difunto marido. A la hora y media, sonó el timbre. Al abrir, encontró a Vicente en la puerta.

—Aquí estoy —dijo, sonriendo—. Te habría encontrado por el olor a pescado, aunque no supiera la dirección —bromeó—. Perdona por ir así. No quise perder tiempo cambiándome.

Vicente no miró alrededor. Fue directo a la cocina. No apartaba los ojos de María, que sacó una olla de cocido de la nevera.

—Espera —dijo Vicente, levantándose—. Salió y volvió con una botella de vino y un paquete.

—¿Te importa? Te traje más pescado. Me diste suerte, hoy se vendió todo rápido.

María se tensó un poco. Su marido no bebía, solo un vasito en fiestas. Tenía el corazón delicado. De eso murMaría respiró hondo, dejó atrás sus miedos, y tomó la mano de Vicente, sabiendo que, aunque tarde, había llegado el momento de ser feliz.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

6 − six =