El lunes es un día de suerte
Lucía vivía en Alcalá de Henares, cerca de Madrid. Cada día viajaba al trabajo en el cercanías hasta la capital. Desde sus tiempos de universidad, había adquirido la costumbre de dormitar o leer durante el trayecto, sin prestar atención al bullicio ni al calor asfixiante. Después, otros veinte minutos en metro…
No era un viaje tan largo. Los madrileños perdían mucho más tiempo atrapados en el tráfico con sus coches. Volvía a casa tarde por la noche, intercambiaba unas palabras con su madre y se acostaba. Así, día tras día…
Era un lunes cualquiera. Lucía salió del vagón del cercanías y, junto a la multitud de pasajeros, bajó al metro. Un chico alto y desgarbado, pasando corriendo, le dio un fuerte golpe en el hombro y siguió adelante, empujando a la gente. Nada fuera de lo común.
A Lucía no le gustaba el metro. El aire le parecía denso, reseco, con olor a traviesas y polvo. Solo quería salir a la calle cuanto antes.
“Próxima estación…”, anunció una voz por los altavoces del vagón, y Lucía se abrió paso hacia las puertas.
En las escaleras mecánicas, otra vez aglomeración. La gente se empujaba para llegar primero al ascensor. Alguien insistía desde atrás, dándole pequeños codazos en la espalda. Lucía miró hacia atrás, pero solo encontró caras indiferentes y preocupadas.
Por fin, salió del metro y respiró hondo. A pesar del olor a humo de los tubos de escape, aún se podía percibir el leve aroma de las hojas otoñales.
En los pasillos de la oficina, las puertas se abrían y cerraban rápidamente, y el olor a café inundaba el ambiente. Todos corrían para llegar a sus despachos, encender el ordenador y empezar otro día de trabajo, igual a todos los demás.
Apenas se había sentado cuando se le acercó Elena.
“Te tocan veinte euros. Estamos juntando para el regalo de María José.”
Lucía rebuscó en el bolso, pero no encontró la cartera. Vació todo sobre la mesa. ¿La habría dejado en casa? No, había sacado el abono transporte al subir al cercanías. De pronto, un sudor frío la recorrió. Recordó al chico que le había golpeado el hombro, a quien la empujaba en el metro… En el gentío, un ladrón podría haberle abierto el bolso sin que se diera cuenta.
“Lo siento, me han robado la cartera. ¿Puedes esperar hasta mañana?”
Lucía miró a Elena con impotencia.
“Vale. Yo pongo tu parte. Luego me lo devuelves.”
“Gracias.” Lucía sonrió débilmente, pero su mente seguía en el dinero.
Había planeado ir de compras después del trabajo para comprar un regalo a su amiga. Mañana era su cumpleaños. En la cartera llevaba la tarjeta, el abono transporte y el dinero que había ahorrado para el regalo. Aunque no tenía mucho en la cuenta, igual era una pérdida molesta. Mientras guardaba sus cosas, pensó que el día había empezado mal. En resumen, un lunes típico. ¿Qué más podía salir mal?
“¿Por qué esa cara?” Adrián se acercó a su mesa.
“Me robaron la cartera en el metro. Me la sacaron del bolso. ¿Me prestas algo para el viaje de vuelta? Mañana te lo devuelvo.”
“Sin problema.” Adrián sonrió. “Pero con una condición.”
Lucía se tensó.
“No te preocupes, no te pediré nada raro. Es que hoy vienen mis padres. Están deseando conocer a mi novia. No pongas esa cara. Solo tendrás que hacer el papel. Eres perfecta para el papel.”
“¿Perfecta en qué sentido?” preguntó Lucía con escepticismo.
“Eres guapa, te maquillas sin exagerar, eres discreta… ¿Quieres que siga?”
“¿Y a ti no te gustan así, pues?” dijo Lucía, fingiendo ofenderse.
Adrián la miró confundido.
“Bueno, no te rayes. Ya entiendo. ¿Y cuánto durará esta farsa? Tengo que coger el cercanías.”
“Una horita en mi casa, cenamos, y te llevo a la estación.”
Lucía se quedó pensativa.
“¿Y si le pides a otra? A Elena, por ejemplo, o a Marta. Ellas sí son de tu estilo.”
Adrián miró de reojo a las otras chicas.
“¿Qué dices? ¿Me ayudas?”
“Vale. ¿Me prestas también cincuenta euros para el regalo de mi amiga? Mañana es su cumple. Te lo devuelvo con la nómina.”
“No hay problema. Después del trabajo vamos a comprarlo. Lucía, eres un sol. Gracias.”
El resto del día fue un desastre. Todo el mundo le pedía cosas, no conseguía comunicarse con nadie por teléfono. Estaba irritable, nerviosa, todo le salía mal. Casi se echó a llorar al final de la jornada.
Por fin, el día infame llegó a su fin. Las puertas de la oficina volvían a abrirse y cerrarse mientras los empleados salían corriendo. Adrián cumplió su palabra y la llevó al centro comercial a comprar el regalo. Lucía eligió un pañuelo y unos guantes. Pronto llegaría el invierno.
“¿Crees que voy demasiado informal?” preguntó en el coche, camino a la cena con sus padres.
“Estás perfecta. No te preocupes.”
Durante la cena, Lucía no podía estar más incómoda. Los padres de Adrián, gente sencilla de pueblo, no dejaban de hacerle preguntas. Se sentía fatal mintiéndoles, pero él siempre encontraba la forma de sacarla de apuros. Al terminar, los padres se despidieron efusivamente, invitándola a visitarles. Ella sonreía y asentía, tirando con impaciencia del brazo de Adrián.
“La boda debería ser en agosto, cuando hay fruta y verdura fresca. Podríamos hacer una barbacoa en el campo. Tenemos un sitio precioso detrás de casa. Te encantará, cariño.”
Lucía lanzó una mirada acusadora a Adrián. ¿En qué lío la había metido? Pero él le guiñó un ojo, como diciendo: “Tranquila, saldremos de esta”. Y rápidamente aclaró que era pronto para hablar de bodas, faltaba casi un año para agosto.
Cuando llegaron a la estación, el cercanías ya se había ido.
“Ahora toca esperar al siguiente. Y no todos paran en Alcalá.”
“No pasa nada. Sube al coche, te llevo a casa.”
Lucía no se lo pensó dos veces. Después de todo, el lunes no había terminado, y quien sabe qué más podía pasar.
En casa le esperaba otra sorpresa. Su madre la recibió en la entrada y le susurró que había llegado una amiga suya con su hijo, de visita desde otro pueblo.
“Se quedarán unos días. ¿Te parece bien?”
“Vale, mamá. Estoy agotada, no cenaré. Ha sido un día horrible.”
Desde la cocina llegaban las voces apagadas de las dos amigas. Lucía estaba tan cansada que se durmió enseguida. Pero esa noche se despertó varias veces, con la sensación de que alguien la observaba.
Por la mañana, al salir del baño, se topó en el pasillo con un hombre grandullón, con rasgos algo simples y una mirada vacía. La boca entreabierta, babas en la barbilla. Un olor dulzón y desagradable emanaba de él. Lucía gritó del susto.
El hombre también retrocedió, asustado, cubriéndose la cara con las manos y mascullando algo. Su madre y la amiga llegaron corriendo.
“¡Pablito! ¿Qué haces aquí? ¡No se puede!”
Lucía no quiso desayunar. RMientras se marchaba a toda prisa para no perder el cercanías, Lucía pensó que quizá, después de todo, aquel lunes no había sido tan mala suerte, porque gracias a él había conocido a Adrián, y ahora, caminando bajo el sol de la mañana, sentía por primera vez que la vida le sonreía.






