Escape al Mar

**Diario de una travesía al mar**

No, no me voy a ningún lado. Así no puede ser. Siento como si fuera una traidora. ¿Quién tuvo la brillante idea de organizar una conferencia científica en el sur? ¿Cómo se puede trabajar con el mar murmurando bajo la ventana? Basta ya, ¡deshaz la maleta! —Alejandro le arrebató a Irene la camisa que estaba doblando.

A Irene le conmovía que su marido se preocupara, que no quisiera ir solo al sur. Pero, en el fondo, sentía ese gato que araña el alma… El sur, el mar, mujeres libres y desesperadamente hermosas… Incluso si él flirteara un poco… No, mejor no pensarlo. Recuperó la camisa con calma y siguió doblando.

—Si no vas, dejarás a tus colegas en la estacada. ¿Y tu ponencia? Además, no vas de vacaciones, vas a trabajar. Si yo pudiera, no dudaría ni un segundo en ir contigo. Ya lo hablamos. En septiembre pediré días libres e iremos todos juntos.

Alejandro agitó la mano, como diciendo: *discutir es inútil*.

—Creo que ya está todo. Si falta algo, lo compras allí. Vamos a tomar un café. —Irene cerró la maleta.

Bebieron café en silencio, él con mirada culpable, ella sonriendo para tranquilizarle.

—Yo friego los platos, tú ve acostándote —dijo Alejandro, recogiendo las tazas.

Irene arqueó una ceja, sorprendida. ¿Cuándo se había ofrecido él a fregar sin que se lo pidiera? Jamás. Fue al dormitorio, desplegó el sofá-cama, lo arregló y luego echó un vistazo a los niños. Paula, de cinco años, dormía abrazada a su osito de peluche. Daniel, de trece, estaba con los auriculares puestos frente al ordenador. Irene se acercó, se los quitó. Él alzó la cara, molesto.

—Se acabó, a la cama. Mañana tienes cole. —Se quedó plantada hasta que Daniel cerró los programas y apagó la pantalla. Solo entonces salió.

Aquella noche, antes de la despedida, Alejandro la amó con ternura. Se durmieron abrazados, como en sus primeros tiempos. Cerró los ojos y, al instante, el despertador sonaba angustioso. Irene apartó la manta y vio que él no estaba. Lo encontró en la cocina, fumando junto a la ventana abierta.

—No podía dormir, no quise molestarte —dijo Alejandro, dando la última calada antes de tirar el cigarro.

Irene tocó la tetera y retiró la mano al instante.

—Ya la calenté. ¿Quieres café? —preguntó él, dejando dos tazas sobre la mesa.

Mientras bebían, sonó el móvil de Alejandro: el taxi esperaba abajo. Se apresuró hacia el recibidor. Irene, en camisón, lo observó vestirse desde la puerta. Él se acercó, la abrazó fuerte.

—¿Seguro que no me quedo? Podría decir que estoy enfermo… —susurró.

—No, vete. —Ella lo apartó suavemente.

Cerró la puerta tras él, volvió a la cama, pero el sueño no regresó. *”Hay que aprender a separarse y a confiar”*, se repetía.

Alejandro llamaba a menudo, contaba cómo iba la conferencia, hasta encontraba tiempo para el mar. A la semana volvió bronceado, relajado, cargado de conchas y regalos para todos. Hasta parecía haber traído el aroma salobre y el calor del sol a su piso en Madrid.

Después de comer, Alejandro pasó las fotos del móvil al ordenador de Daniel y se pusieron a verlas. Él con traje en el podio, dando la charla, jugando al vóley con colegas en la playa, de excursión… Alejandro narraba cada imagen con entusiasmo.

Irene asentía, pero el corazón le dolía sin razón. En una de las últimas fotos, Alejandro aparecía en bañador, sonriendo a la cámara. Conocía esa mirada llena de ternura. Así la miraba durante su luna de miel. Y así miraba ahora a quien le fotografiaba. Detrás, la playa vacía. Junto a una toalla, algo rojo y brillante.

—Bueno, eso es todo. El hotel me gustó, lo reservé para septiembre —cortó él el silencio incómodo.

Irene deshacía la maleta mientras su mente volvía a esa foto. Algo le inquietaba. Tras la cena, vieron una película. Paula jugaba en el suelo, Daniel, como siempre, con los auriculares.

—Hora de dormir. Mañana trabajo. —Alejandro bostezó y apagó la tele.

Irene llevó a Paula a lavarse los dientes. Al volver, él ya había preparado la cama y fumaba en la cocina. Alargó el cuento para niños, matando el tiempo. Cuando ambos se durmieron, tomó el portátil y salió. Alejandro ya roncaba, los brazos morenos extendidos. Bajo la tenue luz, lo observó un largo rato. Luego revisó las fotos en la cocina.

Ahí estaba. No era imaginación. Alejandro sonreía con esa dulzura. Conocía a todos sus colegas, todos con familias estables. Amplió la imagen. Junto a la toalla había… No podía equivocarse. Era el vestido de amapolas rojas que ella misma le regaló a su amiga Lucía.

Irene tenía poco pecho. El vestido estaba pensado para curvas más generosas. Se lo dio a Lucía sin dudar. Le quedaba perfecto. ¿Cómo había ido a parar a la playa? Recordó que, en toda la semana, no había hablado con ella. No había duda: Lucía estuvo allí con su marido.

Cerró el portátil, lo dejó en la habitación de Daniel y se acostó junto a Alejandro, evitando despertarlo.

*”¿Y qué? ¿Una escena de celos? Yo lo dejé ir. Si el vestido fuera de una desconocida, ¿me dolería igual? Difícil. Duele que Lucía, mi amiga, me traicionara. Y él. Qué bien fingió, haciéndose el reacio a ir solo. Mientras, invitaba a Lucía. ¿Cuánto llevarán? Qué tonta fui. Mamá me advirtió antes de casarme: nunca dejes que tu marido vaya solo a un balneario. Mi padre se fue con otra después de uno…”*

Al día siguiente, llamó a Lucía.

—Irene, ¡hola! Perdona que no llamara, ha sido una semana loca —se excusó Lucía.

—Lo sé. Fuiste al sur con Alejandro. ¿Cómo pudiste? ¿Tan pocos hombres hay? —Irene contuvo el grito.

—Irene, te lo explico. Fui por casualidad. Una compañera tenía los billetes, pero su hijo enfermó. Me los dio… Para no perderlos. Nos encontramos en la playa… ¿Cómo…?

Irene colgó. Las lágrimas nublaban su vista. Salió del despacho, se lavó la cara. Al volver, vio tres llamadas perdidas: dos de Alejandro, una de Lucía. *”Ya le avisó”*, pensó.

Esa noche, él se justificó: un encuentro casual en la playa. Nada pasó. Solo un baño.

—Mientes. Si fue casual, ¿por qué no me lo dijiste? No puedo confiar en ninguno de los dos —gritó Irene, sin importarle que los niños oyeran—. Con otra, quizá… Pero con Lucía… Ella confesó por el bronceado. Sin eso, seguiríais mintiéndome. ¡Pido el divorcio! —Encerrada en el baño, lloró sin freno.

Dos semanas después, Lucía fue a su trabajo. Se arrepentía, se justificaba. Decía que siempre le tuvo envidia: buen marido, dos hijos. Ella tuvo dos matrimonios fracasados,Al final, Irene comprendió que el amor verdadero no se mide en ausencias ni traiciones, sino en la capacidad de reconstruir lo roto, día a día, con paciencia y perdón.

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