Sorpresa Inesperada

SORPRESA

A primera hora del 9 de marzo, en el piso de los Martínez sonó un timbrazo estridente.

—¿Y a quién se le ocurre venir a estas horas? —murmuró Javier, medio dormido, dándose la vuelta en la cama.

—Y encima después del festejo —respondió Lucía, sin abrir los ojos y acercándose más a la espalda de su marido.

Ninguno de los dos tenía la menor intención de levantarse. La noche anterior, la pareja había celebrado el Día de la Mujer con amigos y familiares, bebieron más de la cuenta y ahora necesitaban descansar a toda costa.

El timbre sonó de nuevo: agudo, molesto e insoportablemente insistente.

Lucía, maldiciendo mentalmente todo lo imaginable, se arrastró fuera de la cama y fue a abrir.

En el umbral había una mujer desconocida: llamativa, claramente bebida y con una botella de cava en la mano.

—Dejad de dormir —anunció sin rodeos, empujando para entrar.

—¿Adónde va? —preguntó Lucía, desconcertada.

—A dónde va a ser, ¡a buscar a ese sinvergüenza!

—¿Q-qué sinvergüenza? —se quedó aún más confundida.

—¡Tu marido! ¿Dónde está?

—Disculpe, ¿qué quiere usted con mi marido?

—¡Que me prometió celebrar el 8 de marzo conmigo! ¡Conmigo! ¡Y no apareció! ¡Y yo, como una tonta, preparé la cena y me quedé esperando!

—Entonces usted es… —comprendió Lucía.

—¡Sí! ¡Su mujer desde hace tres meses! ¿No lo sabías?

Lucía la miró con incredulidad.

—¿Así que vino a reclamar sus derechos? —preguntó al fin, cargando cada palabra de desprecio.

—¿Derechos? ¡Vine a escupirle en la cara! ¡Me arruinó el día!

—Pues adelante —los ojos de Lucía brillaron con malicia—, me encantaría verlo. Está ahí, en el dormitorio.

La mujer entró sin dudar: era obvio que no era su primera vez allí.

Mientras tanto, Javier, que había escuchado horrorizado los gritos de su “amante”, buscaba desesperadamente una salida:

—¡Ahora sí que la he liado! ¿Qué hago? ¡Lucía me va a matar!

—¡Ahí estás! —la puerta se abrió de golpe y apareció su Raquel.

¡Cómo le gustaba esa mujer! Joven, de porte elegante y completamente imprevisible. Todo lo contrario que su esposa, más formal y algo entrada en kilos.

No es que Javier no la valorara: le había dado dos hijos, mantenía la casa y hasta ganaba más que él. Pero hacía tiempo que no sentía esa chispa. ¿Para qué, si ella ya era suya?

Raquel era diferente. ¡Había tardado dos meses en conquistarla! ¡Gastó un dineral! ¡Hasta le prometió matrimonio!

—¿Qué haces ahí tirado? —Raquel no iba a andarse con contemplaciones—. ¡Arréglate, que nos vamos a mi casa!

—¿Y tú quién eres? —farfulló Javier, consciente de que Lucía los observaba—. ¡No pienso ir a ningún sitio contigo!

—¿Quién soy? —Raquel respiró hondo, indignada—. ¡Te voy a enseñar quién soy!

Saltó sobre la cama como una gata y comenzó a golpearlo con todas sus fuerzas. Javier apenas lograba cubrirse.

Lucía lo contempló en silencio.

La visita inesperada le abrió los ojos. Recordó cómo últimamente Javier llegaba tarde del trabajo, sus viajes repentinos, su distancia hacia ella y los niños. Alguna vez sospechó una infidelidad, pero lo había descartado.

¡Y ahora la amante aparecía en su casa!

«Por suerte trajo cava y no un cuchillo», pensó Lucía.

—Oye, colega, ¿no crees que ya está bien? —interrumpió bruscamente—. ¿Dónde has dejado la botella?

Raquel se detuvo, sorprendida por el tono y el tuteo de Lucía.

—Por ahí…

—Déjalo, vamos a tomarlo. Ayer fue un día especial y me duele la cabeza.

—¡Venga! —Raquel captó al instante el juego—. Y tú —se dirigió a un Javier aturdido—, empieza a hacer las maletas.

—¡Lárgate de aquí, loca! —logró gritar él.

—Ni lo sueñes. ¡Vamos, que te espero! —Raquel salió tras Lucía hacia la cocina.

Abrieron el cava.

—¿Y cuánto lleváis? —preguntó Lucía mientras servía.

—¡Como te dije, tres meses! Hasta me juró que se divorciaría.

—¿En serio?

—Y lo haría, si no fuera porque tú no lo sueltas. Te aferras como una garrapata.

—¿Eso te dijo él?

—¡No, se me ocurrió a mí! Claro que fue él.

—Te mintió, guapa. No lo retengo. De haber sabido de su gran amor, te lo habría enviado antes. Así que llévate a tu tesoro.

Raquel salió de la cocina. Lucía, por fin, respiró: solo ella sabía lo que ese diálogo le costó.

—Lucía, de verdad me voy —Javier asomó—. ¿No vas a decirme nada?

—Vete —respondió ella, ni siquiera volviéndose.

Finalmente, Raquel se marchó con la cabeza alta, llevándose a su marido.

Y él, cabizbajo, confundido por cómo «SU Lucía había podido tratarlo ASÍ», la siguió sin protestar.

Una semana después, Raquel lo echó. De pronto se dio cuenta de que «no era el hombre que buscaba»:

—¡Me engañaste todos estos meses! Te hacías el ricachón y ni siquiera puedes pagar el alquiler.

Javier no se inmutó demasiado y fue directo a casa. Eso sí, con el alma en un hilo: seguro tendría que explicarse, humillarse, quizá pedir perdón.

Pero, contra todo pronóstico, Lucía lo miró como si fuera invisible y le cerró la puerta. Sin contemplaciones. Ni siquiera le permitió ver a los niños.

¿Dónde iba a pasar la noche? Terminó en casa de sus padres.

¡Y qué sorpresa!

Su padre abrió, pero no lo dejó entrar:

—No está bien, hijo, que vengas aquí cuando tienes tu hogar.

Vuelve con tu mujer. Insiste. Arrástrate si hace falta.

Y otra cosa: si crees que puedes aparecer por aquí con otras mujeres, estás muy equivocado. Lucía es como una hija para nosotros, y ni hablar de los nietos. Así que eres bienvenido… ¡pero solo con tu esposa!

Y cerró la puerta con énfasis.

Han pasado meses y Javier vive solo: alquiló un piso cerca para ver a Lucía y los niños.

No ha pedido el divorcio. Espera reconciliarse, recuperar su amor.

Lucía nota sus esfuerzos y a veces acepta sus atenciones. Pero no lo deja acercarse del todo.

Quizá hasta que olvide el sabor de aquel cava…

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Sorpresa Inesperada
Papá de los domingos. Relato. ¿Dónde está mi hija? — repitió Olesia, sintiendo cómo le castañeteaban los dientes por el miedo o el frío. Había dejado a Zlata en la fiesta, en la ludoteca del centro comercial. Apenas conocía a los padres de la cumpleañera, pero dejó tranquilamente a su hija allí; no era la primera vez en un evento infantil así, era algo habitual. Solo que hoy había llegado tarde —el autobús se demoró mucho—. El centro comercial estaba en un sitio incómodo, todos llegaban en coche, pero Olesia no tenía. Por eso llevó a su hija en bus, volvió a casa para dar sus clases, que no podía cancelar, y después regresó a recogerla. Pero llegó con quince minutos de retraso; corrió por el aparcamiento helado hasta quedarse sin respiración. Y ahora, la madre de la cumpleañera, una chica baja de ojos azules y redondos, miraba a Olesia con sorpresa y repetía: —La recogió su padre. Pero Zlata no tenía padre. Bueno, sí tenía, pero él jamás había visto a su hija. Olesia conoció a Andrés por casualidad —paseaba con una amiga por el Paseo del Retiro, la amiga se torció el pie, dos chavales ofrecieron ayuda. Como en las películas, presumieron de estudiar en la Complutense, que uno era hijo de general y el otro de catedrático. Nadie sabía por qué decían eso; eran jóvenes y muy ingenuos. Cuando Olesia se quedó embarazada y Andrés supo que ella estudiaba Magisterio y que su padre era conductor de autobús, le dio dinero para abortar y desapareció. Pero Olesia no abortó, y nunca se arrepintió. Zlata era su compañera; madura y confiable para su edad. Siempre estaban juntas —mientras Olesia daba clase, Zlata jugaba discretamente con sus muñecas, y luego preparaban juntas sopa de leche o huevo pasado por agua, merendaban con té y galletas untadas con mantequilla. No había mucho dinero: todo se iba en el alquiler, pero ninguna de las dos se quejaba. —¿Cómo pudieron entregar a mi hija a un desconocido? La voz de Olesia temblaba, se le llenaban los ojos de lágrimas. —¡¿Desconocido?! —se impacientó la madre de la cumpleañera—. ¡Si es su padre! Olesia podría haberle explicado que no tenía padre, pero no valía de nada. Tenía que correr a seguridad, pedir las grabaciones de las cámaras… —¿Cuándo fue? —Hace diez minutos… Olesia se dio la vuelta y corrió. Cuántas veces había advertido a Zlata: “¡Nunca te vayas con extraños!” Sus piernas no la obedecían del miedo, se le nublaba la vista, chocó varias veces contra alguien, pero ni se disculpó. Por instinto gritó: —¡Zlata! ¡Zlataaaa! El gran patio de comidas estaba ruidoso, casi nadie prestó atención, aunque algunos se giraron. Olesia, jadeando, intentaba decidir: ¿por dónde empezar? ¿Y si no la habían llevado aún…? —¡Maaamá! Al principio no creyó lo que veía. Su hija corría hacia ella con la chaqueta abierta, la cara manchada de helado. La agarró como si soltara a Zlata y fuera a desplomarse ahí mismo (quizás era así). Olesia clavó la mirada en el hombre: respetable, corte de pelo corto, jersey absurdo de muñeco de nieve y helado en la mano. Parecía leer en sus ojos lo que Olesia estaba lista para recriminarle, porque le salió del tirón: —¡Perdone, ha sido culpa mía! Debí esperarle aquí, pero quería vengar a esos monstruitos. ¿Sabe? La estaban molestando. Decían que no tenía padre y que por eso nunca vendría por ella, que era fea. Quise darles su merecido: me acerqué y le dije, “hija, mientras mamá no está, ¿quieres un helado?” Perdón, no pensé que se asustaría así… Olesia temblaba. No iba a confiar en ese desconocido. Pero, ¿de verdad habrían molestado a Zlata? Miró a su hija y esta lo entendió enseguida. Se sonó la nariz y levantó la barbilla. —¡Me da igual! ¡Ahora yo también tengo papá! El hombre sonrió tímidamente, Olesia seguía sin poder articular palabra. —Vámonos —consiguió finalmente decir—. Es tarde, perderemos el autobús. —¡Espere! —el hombre adelantó un paso, se detuvo y saludó nervioso—. ¿La acerco a casa? Ya que hemos coincidido… No piense mal, no soy ningún monstruo, me llamo Arturo. ¡Soy buena persona! Mire, ahí está mi madre, ella puede confirmarlo. Señaló a una señora de rizos violetas sentada con un libro. —Si quiere, vamos con ella. ¡Ella le hablará bien de mí! —No lo dudo —gruñó Olesia, que aún tenía ganas de golpear al desconocido—. Gracias, pero preferimos ir solas. —Mamá… —Zlata tiró de su abrigo—. Que todos vean que papá nos lleva en coche. Junto a la ludoteca aún estaban la cumpleañera con su madre y otra niña cuyo nombre Olesia no recordaba. Los ojos de Zlata suplicaban, y no era fácil andar por el hielo temblando así. Olesia cedió. —Bueno —dijo cortante. —¡Genial! ¡Un segundo, aviso a mi madre! “Un hijo de mamá”, pensó Olesia con sorna. En ese momento la madre, muy sonriente, la saludó, y Olesia se apartó rápidamente. ¡Vaya situación tonta! De camino procuró no mirar a Arturo, pero no dejó de notar su tacto hablando con Zlata. La niña no paraba de hablar; Olesia nunca la había visto así. Al llegar al portal, Zlata se apagó de golpe. —¿No nos veremos más? —susurró a Arturo, mirando de reojo a su madre. Olesia se sintió observada y comprendió que Arturo le pedía permiso. Quería decir “no, Zlata, eso es de mala educación”, pero al ver la carita triste no pudo. Miró a Arturo, asintió. —Bueno, si tu madre acepta, puedo invitarte al cine el sábado a ver una peli de dibujos. ¿Has ido alguna vez? —¿De verdad? ¡No! ¡Mamá, puedo ir al cine con papá? Olesia se sintió incómoda, así que empezó a hablar atropelladamente: —Zlata, te lo permito, pero con dos condiciones. Uno: llamar “papá” a un desconocido no es educado, dile tío Arturo, ¿me oyes? Dos: yo también voy al cine, porque ¿qué te digo siempre? ¡Nunca irse con extraños, aunque parezcan simpáticos! —Eso mismo le dije yo —intervino Arturo—. Que con desconocidos no se va. —¿Entonces puedo ir? —Ya te he dicho que sí. —¡Bien! Olesia sabía que debería cortar esa tontería de raíz, pero no podía. No tenía a nadie más en el mundo que Zlata. ¡Si al menos pudiera consultarlo con alguien! Por ejemplo, su madre. De ella apenas se acordaba —murió cuando Olesia tenía cinco, justo la edad de Zlata. Un niño cayó a un lago helado, nadie se atrevía y ella sí; salvó al niño, pero enfermó, y en una semana se apagó —tenía diabetes, ya tenía problemas de salud. Zlata también heredó la diabetes, y eso angustiaba mucho a Olesia. Hasta el siguiente fin de semana le dio mil vueltas a todo, pero al final fue inútil: todo salió diferente a lo que había imaginado, porque al cine, Arturo llevó también a su madre. —Para que no pienses que soy raro, mi madre me puede recomendar —sonrió. —¡Pues claro que eres raro! —soltó su madre con tanta ternura que era evidente que lo adoraba. Y mientras Arturo buscaba palomitas con Zlata, su madre la recomendó de verdad. —¿Sabes…? ¿Te puedo tutear? Él también creció sin padre. Me casé cuatro veces, el último marido fue perfecto, Arturo es igual de bueno. Pero la vida quiso que ni pudiera sostenerle en brazos. Un infarto. Di a luz antes de tiempo, no sé cómo sobreviví. Y mis primeros maridos ayudaron… ¿Por qué me miras así? Nos llevamos bien, el primero aún me quiere, el segundo es más de hombres y el tercero ama demasiado a las mujeres, y no le bastaba solo yo. Todos quisieron ser padre para Arturo, pero un padre es un padre. Por eso empatizó tanto con Zlata, también le hacían bullying en el cole. Pobre, cuánto visité a los profesores, pero fue inútil. Se metía en líos solo para demostrarles que era valiente; una vez casi se mata… Era una mujer interesante: bajita y delgada, pelo violeta, vestido de Chanel y leyendo a Almudena Grandes. Olesia la encontraba fascinante. —No te preocupes, Arturo no planea nada malo, solo tiene buen corazón —sonrió y guiñó un ojo—. Y tú también le interesas. Olesia se sonrojó. ¡Solo faltaba eso! Sabía que no debía meterse en nada, pero le daba tanta pena Zlata… Al salir, intentó pagar las entradas, pero Arturo se negó. —Si invito al cine, pago yo. Tampoco le gustó: ella siempre pagaba lo suyo y no dependía de nadie. Lo de gustarle a Arturo, tonterías. Al llegar a casa, Zlata preguntó: —¿Papá, adónde iremos la próxima vez? —¡Zlata! —la regañó Olesia. La niña se tapó la boca riendo. —Tal vez podamos ir al Museo de Ciencias Naturales, ¿qué te parece? —¡Estupendo! ¿Vamos, mamá? —Id vosotros solos —respondió seca Olesia—. Llevad a Catarina, le encantan las mariposas. Fue la primera en salir del coche; quería acabar esa escena. Oía de fondo cómo Arturo decía a Zlata: —Cuando mamá no escucha, puedes llamarme papá. Así Zlata consiguió su “papá de los domingos”. A veces Olesia iba con ellos, otras veces dejaba a Zlata con Arturo solo si se sumaba Catarina —ella siempre consideraba a Arturo un extraño dudoso, aunque Zlata contaba mil maravillas sobre sus salidas. Sin querer, Olesia se contagiaba de la alegría de su hija, pero no dejaba ir más allá: la vida no era un cuento con príncipes en corcel blanco. Además, la madre de Arturo lo ensalzaba tanto que Olesia sospechaba: ¿qué tenía? ¿Por qué una madre así buscaría una chica sencilla para su hijo? Pero poco a poco, el corazón de Olesia se ablandaba. Arturo lo hacía con mucha delicadeza: le dejaba chocolate en la estantería, la consultaba siempre antes de invitar a Zlata, buscaba su mirada en el coche. Le gustaba especialmente Catarina: ¡qué gran conversadora! Si Arturo no fuera su hijo, habría confiado en ella. Un día llamó y habló sobre ir al cine. Zlata, al escuchar, se acercó: —¿Es Arturo? Se sentó, muy contenta. —Sí, claro, Zlata va encantada —contestó Olesia por costumbre. —¡Espere! Llamo por Zlata, pero también por ti. O sea, para que vayamos juntos. Tú y yo. Entonces, de fondo se oyó a Catarina: —¡Por fin! —¡Mamá, no escuches! Oh, Olesia, perdón… Lo siento, es siempre igual, cotillea. Zlata susurró: —¿Te ha invitado al cine? Olesia se rió. —Aquí todos escuchan. Arturo, yo… —¡No me rechaces, te lo ruego! Dame una oportunidad; te juro que seré un caballero. —Lo de los ojos, dile lo de los ojos, —insistía Catarina—. Dile lo que me dijiste, que tiene los ojos de su madre… Como si le tiraran agua fría. Olesia no entendía nada: ¿a qué venía su madre en esto? Arturo discutió con su madre, luego dijo: —Olesia, voy a ir y te lo explicaré. ¿Puedo? Una explicación no le venía mal… Olesia paseaba nerviosa esperando, mientras Zlata dibujaba en su mesa, como si lo sintiera. —Debí confiarte esto desde el principio —dijo Arturo al llegar—. Y quería, pero tú me gustaste tanto… No quería que pensases que lo hacía por tu madre. La tuya. Además, temía que me odiaras. Porque ella murió por mi culpa… No paraba de saltar de un tema a otro, la miraba suplicante. Olesia temblaba igual que aquel día en el centro comercial. —¿Me perdonas? No dijo una palabra. Le costó decir: —Tengo que pensarlo. —Mamá, por favor perdona a papá… Arturo miró a Zlata recordando su acuerdo. Miró de nuevo a Olesia. Ella repitió: —Necesito tiempo. Pensarlo. ¿Lo entiendes? Quería hacerle mil preguntas, pero no podía hablar. Cuando llamó Catarina, sí que habló, y se enteró de todo. —Él no supo que tu madre murió —yo protegía su infancia. Más tarde lo descubrí, y entonces quiso encontrarte. Aquel día quiso conocerte y ayudarte, pero primero pasó lo que pasó con Zlata, y luego tú… Se enamoró a primera vista. Temía que lo malinterpretaras. No lo culpes, él quiso demostrar que era un hombre aunque no tuviera padre. Nadie se atrevía a cruzar el hielo, y él sí… Catarina no presionaba, pero defendía a su hijo. Zlata, en cambio, sí presionaba: —Mamá, es bueno, y te quiere, ¡él mismo me lo dijo! Y podrá ser mi papá, ¡de verdad! Olesia lo comprendía. Pero sentía que no era correcto. Pasó casi un mes sin poder hablar con él. Ni respondía llamadas ni leía sus mensajes. Cuanto más lo pensaba, más ganas tenía de llamar, pero aquello se hacía imposible. Zlata la despertó llorando una noche: le dolía la barriga. Ya se había quejado ayer, pero Olesia pensó que sería por un yogur pasado. Pero tenía fiebre; ni necesitó termómetro. Con las manos temblorosas llamó a emergencias, y por impulso, a Arturo. Él llegó junto con la ambulancia, en pijama y despeinado. Se fue al hospital con ellas, calmando y prometiendo que todo saldría bien, aunque su voz también temblaba. —La peritonitis no es tan grave —repetía—. Todo saldrá bien, seguro. Olesia le cogió la mano —tal vez para calmarle, tal vez para calmarse. La sala de espera estaba fría, y se acurrucaron juntos para darse calor. Fue el primero en preguntar al médico por la operación. Olesia ni se movía: si le pasaba algo a Zlata, ella no sobreviviría. Pero todo salió bien. Los médicos lo hicieron de maravilla, y Zlata luchó por su vida según el doctor, pues el pronóstico era crítico. —La cuida un ángel bueno —comentó el médico. Olesia susurró: gracias, mamá. Arturo agradeció al médico y este les mandó a casa: Zlata estaba en reanimación, y los padres debían descansar. Él la llevó hasta el portal; Olesia pensó que Arturo pediría entrar, pero se calló. Así que dijo: —Ya está amaneciendo. ¿Subes? Tengo café. Y descubrió que realmente quería que se quedara. Para siempre. Zlata se recuperó sorprendentemente rápido, según médicos y enfermeros. —Es que ahora tengo mamá y papá —decía ella. Y nadie, salvo Olesia y Arturo, comprendía la alegría de aquella niña…