Esperanza en la puerta ajena

Rosalía Martínez estaba en el umbral, temblorosa de rabia.
—¡Te dije que no! ¿A qué vienen tus consejos?

Carmen intentó tomarle la mano, pero ella la rechazó bruscamente.
—Solo quiero ayudarte…

—¿Ayudar? —Rosalía giró hacia ella, los ojos llameantes—. Ayudar sería no entrometerte. ¡Ahora todo el pueblo chismorrea por tu culpa!

Carmen, en el portal de la casa vecina, sintió el rostro arder. Varias mujeres observaban disimuladamente entre macetas y tendederos.

—Rosalía, yo no pretendía… —comenzó Carmen, pero su amiga la interrumpió.

—¿No pretendías? ¡Entonces por qué le contaste a María García lo de la adivina de Zarzalejo! ¡Hasta mi vergüenza es pública!

Carmen bajó la mirada. La noche anterior, había revelado a la vecina que Rosalía había visitado una bruja en el pueblo cercano, y María, como siempre, soltó la lengua.

—Perdona, Rosalía. Jamás imaginé que ella lo divulgaría —musitó—. Pensé que necesitabas apoyo…

—¿Apoyo? —una risa amarga brotó de Rosalía—. ¡Si lo que necesito es que mi hijo vuelva a casa! ¡No que murmuren sobre mi locura!

Carmen contuvo las lágrimas. Conocía a Rosalía desde que llegó al pueblo tras su divorcio, pero nunca la vio así: despeinada, ojos rojos por el insomnio, envuelta en un batín desteñido.

—Rosalía, ¿por qué no hablamos dentro? —sugirió, observando a las vecinas calladas—.

—No. Hablaremos una sola vez: vete y no regreses.

Al portazo, Carmen dio un respingo. Permaneció en el portal brevemente antes de caminar hacia su casa, sintiendo los cuchicheos tras ella. En su salón, mientras bebía té, veía la casa de Rosalía con postigos azules pintados cada primavera. En el patio, dos manzanos viejos donde su nieto Arturito jugaba hace semanas. Recordó agosto: Rosalía apareció llorando porque su hijo Andrés, tras pelear con su esposa Sofía, se marchó a Valladolid diciendo que debía reflexionar si quería la familia.

—¿Qué hago, Carmen? —se lamentó Rosalía, aferrándole las manos—. Sofía y Arturito lloran sin consuelo. ¿Voy a buscarlo?

—No intervengas —aconsejó Carmen—. Son adultos.

Rosalía desoyó el consejo. Primero llamó diariamente; después fue a Valladolid. Andrés la recibió helado: “No tomaré decisiones aún”. Desde entonces, Rosalía dejó de comer y dormir. Las vecinas empezaron a llamarla “la desequilibrada”, y al saberse lo de la bruja, se persignaban al verla.

Carmen dejó la taza decidida. No dejaría sola a su amiga. Cubrió una fuente de tortillas y caminó hacia su casa. Golpeó repetidamente hasta oír una voz ronca:

—¿Quién es?
—Soy yo. Abre.
—Vete, Carmen.
—He preparado tortillas. Sé que no comes. Abre, por favor.

Tras un silencio, el cerrojo sonó. Rosalía abrió, rostro demacrado.
—Pasa —rezongó, adentrándose.

Carmen vio el caos: platos sucios, papeles en el suelo, cortinas cerradas.
—Rosalía, te estás consumiendo —suspiró, dejando la fuente—.
—¿Qué más da? —se desplomó en el sofá—. Mi hijo me abandonó, Sofía no responde llamadas, Arturito parece olvidado…

—No te rindas —Carmen la abrazó—. Todo mejorará.
—Imposible —levantó sus ojos enrojecidos—. La adivina vio verdad: Andrés no regresará. Otra mujer lo atrapa.
—¿Qué dices? —Carmen se sobresaltó—. ¿De dónde sacas eso?
—Las cartas jamás mienten —susurró Rosalía.

Carmen contuvo un gemido. ¡Su amiga creía
La familia se reunió nuevamente alrededor de los blinis que Valentina había llevado, y en medio de las lágrimas y las risas, Adela comprendió que el diálogo sincero siempre es más fuerte que los temores y los falsos profetas.

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