**Dos familias, dos amores**
Cuando Laura se mudó al piso de su marido Javier, ya vivían allí sus vecinos Carmen y Miguel. Eran amables, educados, siempre dispuestos a echar una mano.
—Laura, venid con Javier a casa, he hecho las galletas favoritas de mi Miguelito—, solía decir Carmen.
Laura los observaba y no podía entender:
—No son jóvenes, pero el amor y el respeto que se tienen se siente en el aire cuando estás con ellos.
Criaron a un hijo, ya casado, y hasta les dio un nieto, Pablo. Pasaron los años. Ambos jubilados, pero las amigas de Carmen siempre admiraban a su marido:
—No es un hombre, es un sueño tu Miguel. Te ha querido toda la vida, ni una mirada a otra. Sois como dos cisnes, fieles. Cuéntanos el secreto.
—¡Ay, qué curiosas sois!— se reía Carmen, pero si Miguel la oía, intervenía:
—La verdad es que nunca he necesitado otra mujer. ¿Para qué? Sería un insulto a ella y a mí mismo. La quiero a mi Carmencita, y ella a mí. Y el amor…— alzaba el dedo—, el amor se decide arriba, y también tu media naranja.
Sus caracteres eran opuestos: ella, apasionada; él, tranquilo y considerado. Pero nunca hubo peleas graves. Carmen no guardaba rencor. Se reconciliaban rápido, casi siempre ella daba el primer paso. Él lo valoraba y jamás le guardaba rencor.
—Carmen, ¿por qué discutimos aquella vez?— preguntaba él, pero ella se reía: —No me acuerdo, olvídalo.
A sus amigas les confesaba:
—Si paso más de una hora sin mi Miguelito, ya le echo de menos. Y cuando no estoy en casa, él se queda mirando por la ventana. Hemos estado juntos toda la vida, apenas nos hemos separado.
Eran una de esas parejas únicas, que desde el primer día se tratan con ternura.
—Carmen, ¿no te cansa tu marido? ¿Cómo mantienes esa chispa?
—Si amas a tu hombre, es tu príncipe, maestro, héroe y amigo. No es cosa de zapatos de cristal y vestidos bonitos. El título de “única” se gana: fuerza sin perder dulzura, paciencia, sabiduría… y saber reír cuando toca. Todo envuelto en amor—. Pero sus amigas se reían, incrédulas.
El día que Carmen cumplió sesenta y siete, se resfrió. Se enfadó:
—¿Cancelamos la fiesta? Ya hay invitados.
—¡No, Carmencita! Descansa, duerme, tú recuperate—.
Tomó una pastilla y se durmió. Al despertar, olió algo delicioso. Fue a la cocina y… ¡Dios mío! Allí estaban Miguel y su nieto Pablo, con delantales y gorros de papel, cocinando. Pollo recién horneado, hasta piña en la mesa…
—Carmen, ¿cómo estás? Hemos hecho un festín—.
—Mejor, tranquilo. Pronto llegarán los invitados.
Carmen le agradecía a su marido. Él lo hacía todo, hasta preparaba la mesa. Y la dejó descansar. Sus corazones siempre en sintonía, disfrutando de su sinfonía de amor.
Laura, la vecina, no creía en eso. La primera vez que la vio, Carmen le dijo a Miguel:
—Laura camina como una reina. Y Javier es un chico sencillo, listo, pero… ¿dónde encontró a una esposa así?
Laura se consentía y permitía que otros la mimaran, como una niña caprichosa. A muchas mujeres les caía mal, pero otras la admiraban. Hasta le envidiaban:
—Hay gente que sabe vivir…
Se casó joven, sin disfrutar su juventud. Luego pensó que podía recuperar el tiempo perdido. Javier, siempre enfrascado en sus libros, no la trataba como una reina. Así que buscó admiradores fuera.
Al principio le remordía, luego le gustó. Perdió la cuenta de cuántos hubo. Le encantaba tener poder sobre ellos, pero más sus regalos caros.
Nunca lo esperó, pero un día se enamoró. De Adrián, musculoso, que cumplía todos sus requisitos y la trató como una reina.
—Basta— decidió en una cita—. Si lo pierdo, no encontraré otro igual—. Se miró al espejo: —¿Quién no querría esta figura, esta cara?
En el baño de su amante, tomó la decisión:
—Me divorcio de Javier. No aguanto más.
Volvió a casa pensativa. Él se volvía más extraño cada día. Le molestaba su alegría, cómo disfrutaba los amaneceres, alimentaba gatos callejeros… Ni siquiera notaba sus infidelidades.
Miró el reloj:
—Casi medianoche. Javier dormirá, ni preguntará dónde estuve. Mañana se lo digo todo y me voy.
Abrió la puerta. Silencio. En la cocina, una nota:
—Laurita, la cena está lista, caliéntala. Fui a ver a mi hermana, está muy enferma. Buenas noches.
—¿Qué hará él allí?— pensó con desdén.
No tenía hambre. Iba a dormir cuando vio una carpeta azul que Javier siempre escondía. La abrió: informes médicos. “Clínica…” Siguió leyendo. Un diagnóstico terrible. Cáncer. Hace seis meses.
Los mismos seis meses que más le irritó. Agarró el teléfono, pero él no respondía.
—Lo habrá apagado para no molestar—. Ahora entendía las pastillas que tomaba a escondidas. Nunca le pregunté por qué. No me importaba.
Esa noche no durmió. Rezó ante la Virgen que su suegra les regaló. Rogó por la vida de Javier. Recordó cuando, siendo estudiantes, se escapaban de clase para besarse en el cine. No importaba la película. Recordó el anillo de compromiso que él compró descargando sacos de noche. Lo orgulloso que estaba al ponérselo.
En su boda, creyeron que la felicidad sería eterna.
—Nadie me ha querido como mi Javier— pensó—. Fiel, leal, mi persona más valiosa.
Al día siguiente, cuando él llegó, le dijo:
—Lo sé todo. Iremos juntos al médico.
Él bajó la cabeza.
—Perdón.
—¿Por qué?
—Por hacerte sufrir—. Ella lloró. Él le secó las lágrimas.
—Yo te pido perdón— susurró—. Ahora será distinto. Confiemos.
Pero los milagros son raros. Laura enterró a su marido.
Sus últimos días fueron un paraíso. Cada minuto a su lado, adorándolo. Él, aunque débil, fue feliz.
Después, Laura cambió. Ahora peregrina por monasterios y hace caridad en su memoria. La fe la sostiene, esperando reunirse con él en el cielo.
Carmen y Miguel se sorprenden:
—Debió quererlo así cuando vivía— dice él, mirándola con amor.
No a todos les toca esa suerte. Aunque ya mayores, su amor no se apaga.







