**Generosidad**
Aurora y Lucía crecieron en una familia ejemplar. Aurora era la hermana mayor y Lucía la menor. Sus padres las criaron con el mismo cariño, pero sus personalidades eran muy distintas.
Desde pequeña, Aurora no podía ignorar a ningún gato o perro que necesitara ayuda. Los llevaba todos a casa.
—Aurorita, ¿por qué traes un gatito sucio? —regañaba su madre con severidad.
—Mamá, le duele la pata, cojea. Déjalo quedarse, lo cuidaré —suplicaba la niña.
Muchos niños pasan por esa etapa, pero con los años se les pasa. A Aurora, no.
Hay personas que podrían llamarse santas por su corazón bondadoso y su compasión. Aurora era de esas. La mayoría se endurece con la edad o se vuelve selectiva, pero para ella, ayudar se convirtió en una costumbre, casi en una obsesión.
Las hermanas crecieron, Aurora se hizo mayor, pero en casa siempre había gatos. Desorden por todas partes: no uno, sino varios. Los bañaba en la bañera, tazones de comida en la cocina, areneros en el baño. Los gatos corrían por el piso, tiraban cosas, pero Aurora los defendía.
—Mamá, no entienden, son animales.
Hablar con ella era inútil. Al terminar el instituto, entró en la facultad de veterinaria. Nadie en la familia se sorprendió. Parecía su destino.
—Aurora, con tantos gatos, nunca encontrarás marido. ¿Qué hombre aguantará los olores, la comida, las medicinas? —le decía su madre, y Lucía asentía.
—Encontraré a alguno, no todos son tan duros de corazón como vosotras —replicaba ella.
Al final, Aurora se mudó con sus mascotas al piso de su abuela, que había fallecido y se lo dejó en herencia. Seguramente pensó que lo necesitaba más, con tantos animales.
—Mamá, ¡estoy tan contenta! En este piso de dos habitaciones, en una vivirán mis gatos y en la otra, yo.
—Aurora, con tantos gatos, la vida te va a pasar por delante sin que te des cuenta —se preocupaba su madre, temiendo que su hija nunca encontrara a alguien.
Pasaron los años. Lucía terminó la universidad, y entonces Aurora anunció que no vendría sola de visita.
—¿Qué habrá recogido ahora? —comentaban sus padres—. Seguro un perro enorme.
Pero esa noche, al abrir la puerta, estaba Aurora con un chico.
—Este es Mateo —dijo. Su madre lloró de felicidad y los hizo pasar.
En la cena, su madre preguntó cómo se habían conocido.
—Fue en un congreso de veterinaria. Mateo también estaba allí. Nos sentamos juntos, hablamos… coincidimos en todo. Volvimos juntos —contaba Aurora radiante, y él asentía.
Mateo era serio, agradable y, lo más importante, tan apasionado como ella. Vivían en su piso, tenían un refugio en una habitación, y Mateo amaba a los gatos tanto como ella.
Con el tiempo, se casaron sin ceremonia. No tenían dinero para una boda; todo lo gastaban en sus animales. Comida, medicinas… hasta la nevera estaba llena de fármacos para gatos.
—Hija, ¿por qué no nos dijisteis? Podríamos haber organizado algo —se quejó su madre, un poco dolida.
Pero al enterarse, familiares y amigos les dieron un sobre con dinero. Pasaron tres años, y Aurora no quería hijos aún.
—Después, mamá. Ahora los gatos, luego los nietos.
La vida decidió por ellos. Mateo murió de un infarto, joven y en plena fuerza. No llegó al hospital. Llevaba tiempo sintiéndose mal, pero lo atribuía al trabajo.
Aurora quedó destrozada. Sus padres y Lucía la apoyaban. Lucía, especialmente, notó que algo no iba bien. Un día, al visitarla, vio el piso desordenado, los areneros sin limpiar.
—Aurora, ¿qué pasa? Esto no es normal en ti.
—Luego lo haré —respondió ella, distante.
—Vamos a limpiar juntas —ofreció Lucía.
Aurora nunca descuidaba a sus animales. Esto la alarmó. Siguió yendo, pero su hermana estaba cada vez más despistada, hasta olvidaba darles de comer. Incluso confesó que ayudaba a gente sin hogar. Lucía se preocupó: entre ellos, podía haber cualquiera.
Un día, al entrar, vio huellas de zapatos sucios y un olor raro. Además, Aurora parecía más alegre, hasta bromeaba.
—Gracias a Dios —dijo su madre al escucharlo—. Algunos nunca superan estas pérdidas.
Pero una vecina se quejó del olor y de un vagabundo que visitaba a Aurora. Lucía entendió: no solo los ayudaba, sino que los llevaba a casa. Sabía que su hermana no tenía nada de valor, todo lo gastaba en los gatos.
Intentó advertirle.
—Aurora, huele mal aquí, y la vecina se queja. No es solo de los animales…
—Es un anciano sin hogar —confesó Aurora—. Lo ayudo. Hasta le di ropa de Mateo. Dice que le quitaron su piso. Es buena gente, como un padre para mí.
—¿Pero por qué lo traes aquí? Podría ser peligroso.
—¿Qué va a robarme? Con estos gatos, no tengo nada.
Una semana después, el hombre desapareció… y con él, la nevera, la tele, el cómodo, hasta las cosas de Mateo. Solo dejaron el sofá y los muebles de la cocina.
—¿Vio alguien sacar las cosas? —preguntó Aurora a la vecina.
—No, cariño. Quizá alguien se mudaba.
Aurora solo se alegró de que el dinero para los gatos estuviera guardado en la clínica.
—¿Denunciaste esto? —gritó Lucía al enterarse.
—No. Lo importante es que los gatos están bien.
—¡Aurora! ¿Quién querría tus gatos? ¡Te robaron todo!
—Nadie me entiende. Solo Mateo, y ya no está.
Desde entonces, al menos, su familia está tranquila: ya no se acerca a vagabundos. Sus parientes le compraron una nevera nueva y una tele, pero con los gatos no se separa. Dice que es su propósito.
Y tiene razón: ¿quién ayudará a los animales enfermos si no es ella? Se necesita una generosidad casi patológica. Aurora vive por eso. Su familia espera que, algún día, encuentre a otro “Mateo”.
**Lección:** La bondad excesiva puede ser una fortaleza… y una debilidad. Hay que saber equilibrar el corazón con la cabeza.






