Al fin alcanzó su felicidad

—¡Vaya, Vera! ¿Qué te ha pasado ahí? —preguntó Ana, su compañera de trabajo, al verle un enorme moratón en el brazo que Vera intentaba ocultar, pero que se hizo visible al levantar la mano.

—Ah, eso… me di contra el marco de la puerta. Estaba oscuro, no encendí la luz y *pum* —respondió Vera con seriedad.

—Mmm, claro… —pensó Ana para sí—. Bueno, no es mi meterme en su vida.

Poco después, Vera apareció con un ojo morado.

—¿Otra vez te chocaste con el marco? —Ana la miró fijamente, escéptica.

—¡Mentiras! —intervino Lola, la vecina de al lado—. Es que el muy cerdo de Paco le pega. Se oyen los gritos por toda la casa. Somos solo dos pisos, así que se escucha todo. ¿Por qué lo escondes, Vera? A ese cabrón hay que darle su merecido, y tú callada.

Las mujeres se agruparon a su alrededor.

—Lola tiene razón, Vera. Divórciate, vete de ahí. Podría matarte algún día. Los niños lo ven todo. Y nosotras también nos damos cuenta.

Vera rompió a llorar. Alguien le dio agua, otra la abrazó. La consolaron entre todas.

Vera y su marido habían llegado al pueblo desde un pueblecito perdido. Nadie sabía bien por qué. Paco era alto, flaco, con una mirada dura bajo unas cejas pobladas. No hablaba mucho ni en el trabajo; cuatro frases y se acabó.

Vera era todo lo contrario. Bajita, de cara redonda, sonriente y habladora. Se integró rápido en el trabajo y la aceptaron. Tenían dos niños: Lucía y Pablo.

Las noticias corrían rápido por el pueblo, y llegaron al jefe de Paco: que pegaba a su mujer, que llegaba con moratones al trabajo, que se emborrachaba todas las noches. Mandaba a Vera a comprar el vino si no lo hacía él. ¿Qué iba a hacer ella?

Un día, el jefe de Paco —que era el marido de Ana y sabía lo que pasaba— le dijo:

—Oye, Paco, sé que dirás que no es asunto mío, pero no puedes ir pegando a una mujer. ¿No tienes donde gastar esa fuerza? Ve a ver a Manolo, el herrero, a ver si te atreves con él. Te doblará como un junco.

Paco masculló algo y se fue.

Al final, Vera les contó la verdad a las mujeres.

—Necesita beber todos los días. No le importa si hay dinero o no. Me manda a comprar y punto. Y si no voy, peor. Cualquier excusa le vale para montar un escándalo y pegarme.

—Pues vete, mujer. ¿Por qué aguantas?

—Ay, es fácil decirlo desde fuera. Pero me ha dicho que no me dejará llevarme a Pablo. A Lucía no la quiere, pero a mi hijo lo está volviendo contra mí. Le enseña a pegar, incluso a su hermana. Y si me quejo, me pega a mí también. Así vivimos. No tengo salida.

—Siempre hay salida, Verita —dijo Ana.

—Yo no la veo —suspiró Vera—. Nos vinimos del pueblo pensando que aquí cambiaría. Pero ni hablar. Allá todos nos conocían; unos me compadecían, otros se burlaban. Y Paco insistió en irnos lejos de mi madre. Ella le armaba bronca cada vez que me veía con moratones. Se amenazaban, así que nos fuimos *por si las moscas*. Pensé que aquí tendría vergüenza… Pero no. Nada lo cambiará. Solo la tumba.

Vivieron en el pueblo dos años y volvieron a su aldea. A Paco no le gustaba allí. Nadie supo más de ellos.

Pasaron cinco años. Un día, en el mercado, Lola, la antigua vecina, se topó con Vera y no la reconoció. Vera la llamó:

—¡Lola, Lolita! ¿No me conoces?

Lola se giró y, al fin, vio aquel rostro familiar. La miró fijamente.

—¡Vera! ¿Eres tú? Madre mía, ¡qué cambio! Estás radiante. ¿Qué ha pasado? —preguntó Lola, intrigada.

Vera sí que había cambiado. Llevaba el pelo corto, vaqueros claros, una camiseta sencilla.

—Vaya, Vera, parece que la vida te sonríe. ¿Al fin te libraste de ese cabrón?

—¿Tienes prisa, Lola?

—No, mi autobús sale en hora y media. Podemos hablar, además hace tanto que no nos vemos. ¿Y los niños?

—Están bien. Lucía saca sobresalientes, y Pablo también va genial, obediente y todo.

—¿Y Paco? ¿Dónde está ese *hijo de…*?

—Paco ya no está.

—¡Bravo! Menos mal que te divorciaste —dijo Lola, aliviada.

Vera negó con la cabeza y murmuró:

—No me divorcié. Mi madre lo… *solucionó*. Ya pronto saldrá de la cárcel.

—¿Cómo? —Lola casi pega un brinco.

—Pues eso. Otra vez me estaba pegando, y mi madre llegó justo entonces. Agarró lo primero que pilló—un martillo que había dejado en la silla—. Yo estaba clavando algo en la pared, y Paco entró furioso porque *no lo dejaba descansar*. Mi madre le dio con el martillo en la cabeza. Él giró y… bueno, le dio en la sien. No era su intención, pero pasó.

—Joder… —Lola movió la cabeza—. A él no le lloro, pero pobre tu madre, pagando por eso…

Vera asintió en silencio.

—Bueno, Vera, Dios da pan a quien no tiene dientes, como dicen. Y tú has florecido. La vida te va bien ahora.

—Sí, Lolita. Me casé hace dos años. Con Andrés. Nos llevamos genial. En el instituto nos queríamos, pero Paco se cruzó. No tuve opción; tuve que casarme con él.

—¿Cómo? ¿No viste que Paco era un desastre desde el principio? Esos se notan —preguntó Lola.

—Lo sabía. Paco siempre fue violento. Andrés estudiaba en la ciudad y solo venía los fines de semana. Una noche, Paco se me acercó y me agarró del brazo.

—Oye, Vera, ¿tan pronto te vas? Quédate un rato.

—Ya tengo con quién estar —le dije. Y eso le sacó de quicio.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde está tu Andrés? En la ciudad, liado con otras, mientras tú esperas. A mí me gustas desde hace tiempo. ¿Qué tiene él que no tenga yo?

—Déjame —intenté soltarme, pero no pude.

—¿Que lo quieres? Ya veremos qué amor es ese.

Me arrastró hacia los arbustos. Me resistí, pero me dio un golpe en la cabeza y… ya sabes. Después, riéndose:

—Tanto tiempo con Andrés y ni siquiera te tocó. Pues ahora no tienes salida. Eres mía. Si no, diré que me sedujiste. Hasta a él se lo contaré. Prepárate para la boda.

Lloré mucho tiempo. Cuando Andrés volvió, le dije:

—Perdóname, Andrés. Me caso con Paco. Siempre me gustó, y al final caí.

Sabía que si le decía la verdad, Andrés no se quedaría de brazos cruzados, y podría pasar algo peor. Así que me casé con Paco. Pronto nació Lucía, luego Pablo. Paco ya llegaba borracho a casa, y cada vez peor. Era un malnacido, solo pensaba en sí mismo.

Tras la boda, Andrés se fue del pueblo. Nadie supo adónde, y yo no pregunté, por miedo a que Paco se enterara.

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