Elena descubre por accidente la partida de su marido: llega antes a casa y lo sorprende en una actividad insólita

15 de octubre de 2023

Hoy he vuelto a la casa de mi amiga Almudena después de lo que ha sido una tarde de infarto. Llegó antes de lo habitual y, al abrir la puerta del salón, la pilló a su marido, Antonio, intentando hacer algo que nunca había visto: doblar una camiseta y unos pantalones cortos mientras llenaba una maleta. Lo hacía con una torpeza que provocó mi risa contenida.

—¿Te ayudo? —le dije, acercándome por detrás. Él se sobresaltó, que no es precisamente un deportista.

—¡Almudena! —exclamó, sin tiempo de explicar adónde iba.

—¿Te vas otra vez? ¿Quieres que haga unas tortitas para el viaje? —le respondí mientras metía la ropa en la bolsa que había sacado del armario.

—Pues… no me importaría… —murmuró.

—Entonces cambiaré mi vestido por una bata.

Mientras él revisaba los cajones en busca de objetos valiosos, yo noté que la vivienda era de Almudena, así que sus derechos estarían limitados a lo que pudiera meter en la maleta.

—¿Diez tortitas bastarán? —preguntó él.

—Sí… —asentí.

—¿Les echo leche condensada? —añadió.

—Mejor con un poco de nata agria.

Saqué del frigorífico un bote de nata al 20 % y, antes de abrirlo, le pregunté a Antonio:

—¿Hasta dónde vas? ¿No se echará a perder la nata?

—Solo a la casa de al lado… al edificio vecino.

Al principio no le di mayor importancia, pero al pensarlo lo dejé a un lado.

—¿Qué? —repitió él, con la voz apagada.

—Me voy con otra mujer. Voy a pedir el divorcio. Gracias por las tortitas.

Antonio agarró la bandeja de tortitas y se dirigió a la puerta. Almudena quedó paralizada, con la sartén en la mano. Cuando se dio cuenta, salió a la calle con solo la bata, el delantal y la sartén humeante. Antonio ya había subido a un taxi y se había esfumado bajo su nariz, justo cuando ella estaba dispuesta a hacer cualquier cosa.

Volvió a su casa, la sartén se enfrió y la nata empezó a cuajar, quizás por el calor del verano o por su estado de ánimo.

—¡Se ha ido por otra! ¡Y yo empaqué sus cosas! —sollozó, llamando a su amiga Marta.

—¿Qué dices? —respondió Marta, sorprendida.

Almudena le contó todo entre sollozos y carraspeos.

—¡Se ha ido! ¿Cómo viviré ahora? —gimoteó.

—Como todo el mundo, Almudena. Así vivirás.

—¡No podré hacerlo sola! —exclamó.

—Lo harás.

—¡No!

—Entonces ve a ver a tu hijo.

—Ya voy.

—Consigue un perro.

—Antonio es alérgico al pelo…

—¡Que se fue, qué importa su alergia!

—¿Volverá? —preguntó con esperanza. Marta le respondió que, después de los cincuenta, una mujer debe ser autosuficiente y disfrutar de la vida sin depender de un marido.

Aun con esas palabras, Almudena no podía quedarse quieta.

—¿Cómo no me di cuenta? Vivía con otra… Tal vez necesitaba más mi atención. ¿Por qué tomé clases de costura? Debería haberme quedado en casa, pasar más tiempo con Antonio —se lamentó, buscando culpables dentro de sí misma.

Su hijo, Luis, entró en la sala y, sin pelos en la lengua, le dijo:

—¡Mamá, deja de lamentarte! He visto a papá, pasea como un pavo real, se ha comprado un traje nuevo. ¡Y tú! Ni peinado ni manicura.

Me entregó unos billetes. Nunca había aceptado dinero de él, pero esa vez lo tomó.

—Si necesitas algo, avísame —le dije.

Almudena se hizo una cita con la peluquera, compró tela para una blusa nueva y se perfumó con una fragancia fresca como brisa marina. Así, mientras rociaba perfume, pensó en el futuro.

Fue entonces cuando conoció a Víctor en el autobús.

—Hueles muy bien —le comentó, sonrojándose.

—¿Te gusta? —respondió ella, intentando no parecer demasiado interesada.

—Trabajo en una perfumería y nunca había olido algo así.

—Yo también… —dijo, y se presentó.

Se despidió al llegar a su parada, pero el destino los volvió a juntar en otro viaje.

—¡Buenos días! —exclamó Víctor.

—Buenos días… —respondió Almudena, tensa.

—Te he visto varias veces. No es cada día que una mujer tan interesante sube al bus.

—Mi marido me llevaba al trabajo.

—¿Y ahora?

—Estamos divorciados.

—Entonces, además de interesante, eres libre.

Almudena, sin pensarlo mucho, le dio su número. Una semana después, Víctor la llamó:

—Quiero invitarte a cenar.

—Dime dónde.

—En mi casa, en las afueras de Madrid.

—No es Madrid…

—Sí, estoy en el suburbio. Mi ex‑esposa se quedó con el piso y el hijo.

Almudena aceptó y, tras poner la dirección en el GPS, se dirigió al lugar. Víctor la recibió y pagó el taxi.

—¿A dónde vamos? —preguntó.

—A mi casa.

—¿Así de pronto?

—¿Para qué perder tiempo y dinero? Tengo vino, ensalada, embutidos…

Almudena, al entrar, escuchó a la madre de Víctor, Ramona, gritar desde la cocina:

—¡Víctor! ¿Has comprado kéfir?

—No…

—¿Y con quién vienes?

Víctor intentó calmarla, pero la anciana, con su pelo recogido en un moño y una mirada de gata, le presentó a Almudena. Un pequeño perro, más parecido a una rata, ladraba sin descanso.

—¿Podrías calmar al perro? —pidió Almudena.

—Es de la familia, no muerde, solo protege.

Almudena, sin saber qué decir, esperó en el pasillo mientras Ramona la interrogaba sobre sus planes con el hijo de Vídeo, Sasha.

—¿Te vas a casar con él? —inquirió la madre.

—No, solo vine porque me invitó.

Ramona, sin perder la oportunidad, la invitó a sentarse y le sirvió un plato de okroshka, queso seco, chorizo y pan, acompañado de un cartón de kéfir.

—¿Divorciada? —preguntó.

—Sí.

—¿Por qué te dejó? —insistió.

—Porque encontró a alguien joven y guapa. ¿Qué les pasa a nosotras, las viejas? —riendo a carcajadas.

Almudena, ruborizada, explicó que aún trabajaba y que su sueldo era suficiente. Ramona, escéptica, la acusó de ser perfumista, aunque Víctor confesó que trabajaba como guardia de seguridad en una tienda de artículos para el hogar.

La comida resultó escasa y

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Abuelas Disponibles: La historia de Elena y Catalina, dos mujeres que siempre han sabido estar para los demás, descubriéndose a sí mismas en una habitación de hospital de Madrid