En un edificio antiguo y descuidado de Madrid, una mujer regordeta sacudía la alfombra por la ventana sin darse cuenta de que el polvo caía sobre la vecina delgada que vivía justo debajo.
—¡Oye, Rosario, cuidado con eso! ¡Me estás llenando el pelo de polvo! —gritó la flaca, harta.
La regordeta, que en realidad se llamaba Carmen, le contestó con sorna:
—Ay, Manuela, con ese pelo tan raro que llevas, un poco más de polvo no se va a notar.
El tono subió cuando la madre de Manuela apareció con una escoba y le dio un golpe a la ventana de Carmen.
—¡Casi me rompes el cristal, espárrago! —le espetó Carmen.
La madre, con voz de autoridad, replicó:
—Siempre armando jaleo, ¿eh? ¡Ballena!
Mientras se liaban a insultos, un ladrón que pasaba por la calle las observó y se sonrió maliciosamente. «Mujeres… siempre en guerra. Esto me viene de perlas».
Esa noche, cuando Manuela volvía a casa, el ladrón la interceptó.
—Ni se te ocurra gritar. Ven conmigo —le dijo con voz oscura.
—¿A dónde me llevas? —preguntó Manuela, temblorosa.
Él sonrió, enseñando unos dientes amarillentos.
—A ese callejón de ahí. Vamos a pasar un rato divertido.
Sus ojos brillaban como los de un lobo hambriento. Manuela intentó gritar:
—¡Socorro!
Pero él le tapó la boca y la agarró del pelo.
—Si vuelves a chillar, te parto la cara —rugió.
Las luces del edificio se encendieron y algunos vecinos asomaron, pero al ver la escena, cerraron las persianas rápidamente.
—¿Lo ves? —se burló el ladrón—. Todas estas están muertas de miedo. ¡Patéticas!
Pero entonces, sintió un golpe seco en la cabeza. Al girarse, vio a Carmen, con una escoba en alto y mirada asesina.
—¡Suéltala ahora mismo, desgraciado, o te arrepentirás!
El ladrón soltó una carcajada.
—¿Tú? ¿La que hace un rato la insultabas? ¡Venga ya, vaca!
Carmen no se inmutó.
—Podemos discutir entre nosotras, pero jamás dejaré que un cobarde como tú le haga daño a una mujer. ¡No estoy sola!
El ladrón se rió otra vez.
—¡Sois todas unas débiles!
Pero de pronto, detrás de Carmen apareció la madre de Manuela y otras vecinas, armadas con sartenes, cuchillos y escobas. Sus ojos echaban chispas.
Al ladrón se le heló la sangre. «¿Por qué me asustan? He peleado con tipos más duros… ¿pero estas mujeres?». Notó que algo no encajaba. Si no salía pitando, acabaría mal.
—¡Vamos, chicas! —gritó Carmen.
Avanzaron como un ejército, y el ladrón, presa del pánico, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Tropezó con un contenedor, cayó en un charco y siguió escopeteado mientras las mujeres le gritaban desde atrás, agitando sus armas improvisadas.
Cuando todo acabó, Carmen se acercó a Manuela.
—¿Estás bien?
—Sí… Gracias. Pensé que nadie haría nada —dijo Manuela, con la voz quebrada.
Carmen le sonrió.
—Si nos uniéramos más, este mundo sería otro. Juntas somos imparables.
Aquel día, la unión de unas cuantas mujeres venció a la cobardía de un hombre. Y demostraron que, juntas, podían con todo.






