Cuándo no es necesario ayudar: los momentos en los que la ayuda puede ser contraproducente

**Cuando ayudar no es necesario**

¡Desagradecida! Te criamos, te dimos de comer, y ahora abandonas a tu padre que está en las últimas!

Mamá, ¡basta! No os voy a mandar ni un euro más mientras sigáis gastándolo en vuestra juerga. ¡No pienso financiar vuestras borracheras! Lucía intentaba hablar con firmeza, aunque las lágrimas asomaban en sus ojos.

Pues entonces no nos llames más. ¡No quiero hablar contigo! Y a tu padre también se lo prohibiré replicó su madre antes de colgar.

Lucía se dejó caer en una silla, dejó el móvil sobre la mesa y se tapó la cara con las manos. En la habitación de al lado, su hijo pequeño empezó a lloriquear. Ella contuvo un sollozo. Tenía que ser fuerte, por él.

Pero ¿cómo mantenerse firme cuando los recuerdos te devoran?

…Ante sus ojos aparecían escenas de su infancia. El olor denso a alcohol y tabaco. La habitación con el papel pintado descascarillado y las puertas abolladas. Allí se refugiaba cuando sus padres, borrachos, se gritaban y rompían platos. De pequeña, no entendía bien qué pasaba, y eso lo hacía más aterrador. Cada noche temía que al día siguiente uno de ellos no despertara.

Sus únicos juguetes eran latas vacías, bolsas de plástico y chapas de botellas. Con ellos imaginaba una familia feliz, soñando que algún día tendría padres cariñosos. O que ella misma sería una buena madre.

Con su madre, la cosa era aún peor. Lucía evitaba cruzarse con ella. Incluso sobria, era irritable y le gritaba por cualquier cosa. Si se le caía algo, recibía una bofetada. Si lo derramaba, acababa con el cinturón.

Ahora sabía que no tenía la culpa, que su madre solo descargaba su rabia con ella. Pero de niña creía que era mala, que merecía aquella pesadilla.

Su padre, por suerte, tenía momentos de lucidez. A veces se preocupaba por ella, a su manera, antes de volver a la botella.

Carmen, ¿al menos le has dado de comer a la niña? preguntaba al volver del trabajo.

¡Ya es mayor! Que se busque la vida respondía su madre con un gesto de desdén.

Carmen, ¡tiene siete años! No puede ponerse a cocinar. Hazle algo insistía él con firmeza.

Su madre refunfuñaba, pero preparaba la cena. Normalmente macarrones, a veces con salchichas. Aunque la mayoría de las veces, Lucía se arreglaba sola: pan, una zanahoria olvidada en la nevera, lentejas frías.

El miedo y la ansiedad eran sus compañeros. Se dormía con el sonido de las botellas y despertaba con los gritos. Y rezaba para que aquello terminara.

Sus estudios fueron su salvación. A la primera oportunidad, Lucía escapó a un instituto en otra ciudad. Respiró aliviada al cruzar la puerta de la residencia, aunque por las noches la asaltaba la culpa. Creía que sin ella, sus padres se hundirían. Pero, poco a poco, aprendió a ignorar ese pensamiento.

Con su madre, el contacto se cortó de inmediato. No preguntaba por ella, y Lucía no quería llamar. Con su padre, fue decayendo con el tiempo.

Hola, hija. ¿Qué tal por ahí? preguntaba él cuando llamaba.

Lucía pensaba en todo lo que no decía: *Estoy mejor sin vosotros. Estoy agotada de tanto trabajar. Por fin tengo amigos a los que no me da vergüenza mirar a los ojos*. Pero en vez de eso…

Todo bien respondía. ¿Y vosotros?

Sabía que nada habría cambiado, y quizá hasta lo prefería. Porque los únicos cambios podían ser a peor.

Aquí, normal contestaba él.

Luego seguía un silencio incómodo, hasta que se despedía con torpeza. Con el tiempo, dejaron de llamarse.

La vida de sus padres era su cruz, su dolor y su secreto. No lo compartía con nadie. Ni siquiera con su marido.

Mis padres no vendrán a la boda le dijo con voz serena, aunque el corazón le latía con fuerza. Viven muy lejos, en un pueblo. No pueden viajar.

¿Cómo? Les pagamos los billetes propuso Javier. Son tus padres. Todos quieren estar en un día así.

*Todos. Menos los míos*, pensó Lucía, mordiéndose el labio para no llorar.

No es posible. Mi madre tiene problemas de corazón, no aguanta viajes largos. Mira, yo sabía lo que hacía cuando me vine… Y ellos también. Les mandaré fotos, hablaré con ellos. No pasa nada.

Javier se encogió de hombros y no insistió.

Ella no quería pasar vergüenza. Recordaba cuando, por su décimo cumpleaños, pudo invitar a compañeras del colegio. Su madre se peleó con su padre en mitad de la cena. Y no fue lo peor.

¡Cállate! ¡Estás en mi casa y te comes mi comida! le gritó su madre a una amiga de Lucía cuando esta intentó mediar.

La niña se fue al baño, fingiendo lavarse las manos. Lucía la siguió y la encontró llorando. A ella le ardía la cara de vergüenza.

Al rato, los padres de su amiga vinieron a recogerla. Lucía nunca más invitó a nadie a casa.

No quería un “espectáculo” así en su boda, así que ni siquiera les avisó. Prefería no mirar atrás. Ahora tenía una familia de verdad, donde nadie gritaba. Y un hijo, Pablo.

Pero el pasado llamó a su puerta.

Lucía, tu padre está muy mal… le dijo una vecina por teléfono. Lo han llevado al hospital.

El corazón le dio un vuelco. Sabía que llegaría ese día, pero nada te prepara para ello.

¿Qué le pasa?

Está enfermo. Ha adelgazado mucho. Lo tienen que tratar, pero ya sabes cómo viven… A lo mejor deberías venir.

En el aire flotaba un *”quizá por última vez”* no dicho.

Intentaré hacerlo prometió Lucía.

Esa noche se lo confesó todo a su marido. Le habló de su infancia, de sus padres, de su adicción. De que su padre, en sus momentos buenos, había sido cariñoso.

¿Y eso es cariño? bufó Javier, frunciendo el ceño. Dejar a una niña con una madre borracha, pelearse durante años, obligarla a huir de casa…

Lucía lo miró con tal dolor que él entendió: aún los quería. Como un perro que lame la mano que lo golpea. Suspiró.

Lucía, ir no es opción. Con Pablo no te dejo ir, y yo no puedo quedarme solo con él… empezó a explicar.

Lo entiendo. Pero ¿podemos mandar dinero para medicinas?

Cariño, ya conoces a esa gente. Se lo gastará en alcohol.

Por favor…

Bueno, es tu decisión. Si quieres privar a tu hijo de un juguete, allá tú.

Ella enviaba más de lo que Javier permitía. Decía que era para la peluquería, pero ese dinero iba a sus padres.

A su padre lo dieron de alta, incluso mejoró. O eso decía. Lucía respiró, pero la calma duró poco. Dos meses después, la vecina llamó de nuevo.

Lucía, lo entiendo… Pero son tus padres dijo con reproche.

Sí, pero no puedo estar pendiente de ellos…

¡Pero podrías ayudar! Da pena ver cómo se apaga, sin que nadie se preocupe por él.

Lucía se quedó helada.

¿Cómo que nadie? Yo les mando dinero…

Al indagar, descubrió que el dinero acababa en botellas. Su madre se que

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Cuándo no es necesario ayudar: los momentos en los que la ayuda puede ser contraproducente
— ¡No soy vuestra casa de comidas gratuita! — exclamó la madre al recibir a sus hijos en la puerta