No hay alegría sin lucha

**Sin Alegría Sin Lucha**

«¿Cómo has podido meterte en semejante lío, tonta? ¿Quién va a quererte ahora con un niño en camino? ¿Y cómo piensas criarlo? No cuentes conmigo. Ya te crié a ti, ¿y ahora también a tu hijo? No te quiero en mi casa. Haz las maletas y lárgate.»

Lucía aguantó en silencio, la mirada baja. Su última esperanza, que su tía Carmen le permitiera quedarse aunque fuera hasta encontrar trabajo, se desvaneció ante sus ojos.

«Si al menos mamá estuviera viva»

Lucía nunca conoció a su padre, y su madre murió atropellada por un borracho en un paso de cebra hace quince años. Los servicios sociales estaban a punto de mandarla a un orfanato cuando apareció una prima lejana de su madre, con trabajo estable y casa propia, y se hizo cargo de ella.

Tía Carmen vivía en las afueras de un pueblo sureño, verde y sofocante en verano, lluvioso en invierno. Lucía nunca pasó hambre, siempre iba bien vestida y aprendió a trabajar duro. Con una casa, un patio y animales pequeños, nunca faltaba qué hacer. Quizás le faltara el cariño de una madre, pero ¿a quién le importaba eso?

Lucía sacó buenas notas y, al terminar el instituto, estudió Magisterio. Esos años de estudiante volaron, pero ahora habían terminado. Los exámenes finales pasaron, y regresó al pueblo que se había convertido en su hogar. Pero este regreso no fue feliz.

Después del arrebato de su tía, Carmen se calmó un poco.

«Basta ya, sal de mi vista. No quiero verte aquí.»

«Por favor, tía Carmen, ¿puedo?»

«¡No, ya he dicho todo lo que tenía que decir!»

Lucía cogió su maleta en silencio y salió a la calle. ¿Había imaginado que volvería así? Humillada, rechazada y embarazadaaunque en las primeras semanaspero no podía ocultarlo más.

Necesitaba un lugar donde quedarse. Caminó y caminó, perdida en sus pensamientos, ajena a todo.

Era pleno verano en el sur. Manzanas y peras maduraban en los huertos; los albaricoques brillaban dorados. Racimos de uvas colgaban de los emparrados, y ciruelas moradas se escondían bajo las hojas. El aire olía a mermelada, carne asada y pan recién hecho. Hacía mucho calor, y Lucía tenía sed. Se acercó a una verja y llamó a una mujer que estaba en la cocina de verano.

«Señora, ¿me daría un poco de agua?»

Paulina, una mujer robusta de unos cincuenta años, giró la cabeza. «Pasa, si vienes con buenas intenciones.»

Sacó un vaso de un cubo de agua y se lo tendió a la muchacha, que se sentó en un banco y bebió con avidez.

«¿Puedo quedarme un rato? Hace tanto calor»

«Claro, hija. ¿De dónde vienes? Veo que llevas maleta.»

«Acabo de terminar la carrera, espero encontrar trabajo de maestra. Pero no tengo dónde quedarme. ¿No sabrá de alguien que alquile una habitación?»

Paulina la observó con atenciónbien vestida pero con cara de preocupación.

«Puedes quedarte conmigo. Hará más animada la casa. No te cobraré mucho, pero prométeme pagar a tiempo. Si te parece bien, te enseño la habitación.»

La idea de un inquilino le gustó a Paulinael dinero extra siempre viene bien, sobre todo en un pueblo pequeño como el suyo, lejos de las ciudades. Su hijo vivía lejos y apenas la visitaba, así que le vendría bien compañía en las largas noches de invierno.

Lucía, sin creer su suerte, siguió a su nueva casera. La habitación era pequeña pero acogedora, con ventana al jardín, una mesa, dos sillas, una cama y un armario viejo. Perfecto. Acordaron el alquiler, y después de cambiarse, Lucía fue al departamento de educación.

Así pasaron los díastrabajo, casa, trabajo. Lucía apenas tenía tiempo de arrancar las hojas del calendario.

Se hizo amiga de Paulina, que resultó ser una mujer bondadosa, y Paulina le tomó cariño a la joven sencilla y trabajadora. Lucía ayudaba en lo que podía, y muchas tardes charlaban tomando té en la glorieta del jardín, porque en el sur el otoño no llega de golpe.

El embarazo avanzaba sin problemas. Lucía no tuvo náuseas, su cara seguía tersa, aunque engordaba. Le contó a Paulina su historiauna historia demasiado común.

En su segundo año de carrera, se enamoró de Javier, el hijo encantador de unos padres acomodados, profesores universitarios. Su futuro estaba claroestudios, posgrado, una carrera académica. Guapo, educado y sociable, era el alma de las fiestas y adorado por muchas chicas. Pero eligió a la tímida Lucía. Quizás por su sonrisa dulce, sus ojos castaños o su figura esbelta. Tal vez intuyó en ella esa fortaleza de quien ha sufrido. Quién sabe. Pasaron los años de universidad casi inseparables, y Lucía soñó con un futuro a su lado.

Ese día quedó grabado en su memoria. Esa mañana no podía comer, le daban asco ciertos olores y llevaba días sintiéndose mal. Lo principal: estaba retrasada. ¿Cómo pudo ignorarlo? Compró un test, volvió a su residencia, bebió un vaso de agua y esperó. Sí, dos rayas. Las miró incrédulados rayas. Los exámenes finales estaban cerca, ¿y ahora esto? ¿Cómo reaccionaría Javier? Los niños no entraban en sus planes.

De pronto, una oleada de cariño por esa vida diminuta la invadió.

«Pequeñito», susurró, tocándose el vientre.

Al enterarse, Javier decidió presentarla a sus padres esa misma noche. Al recordar ese encuentro, Lucía no podía contener las lágrimas. En resumen, los padres de Javier le sugirieron abortar e irse del pueblo después de graduarse, porque él debía centrarse en su carrera, y ella no era la adecuada.

Qué conversación tuvo con su hijo, Lucía solo podía imaginarlo. Al día siguiente, Javier entró en su habitación en silencio, dejó un sobre con dinero sobre la mesa y se fue sin decir nada.

Lucía nunca pensó en abortar. Ya amaba a ese ser diminuto. Era su bebé, solo suyo. Aun así, aceptó el dinero de Javier, sabiendo lo necesario que sería.

Al escuchar su historia, Paulina la consoló. «Estas cosas pasan. No es lo peor del mundo. Eres valiente por no abortarcada niño es una bendición. Quizás todo salga para bien.»

Pero Lucía no podía perdonar a Javier. Sentía un asco profundo. No soportaba el recuerdo de su rechazo.

El tiempo pasó. Lucía dejó de trabajar, caminando como un pato mientras esperaba a su bebé. Soñaba con saber si sería niño o niña, pero en las ecografías no se veía claro. No importaba, con que estuviera sano.

A finales de febrero, un sábado, empezó el parto, y Paulina la llevó al hospital. Todo salió bien, y Lucía dio a luz un niño sano.

«Pequeño Juan», murmuró, acariciando su mejilla redonda.

Lucía hizo amistad con las otras madres en la maternidad, que le contaron que dos días antes, la pareja de un guardia civil había tenido una niña allí. Ni siquiera estaban casados.

«No te lo creerías, él le trajo flores, chocolates y coñac para las enfermeras, venía todos los días en un todoterreno. Pero algo iba mal. Ella decía que no quería niños y al final dejó una nota, abandonó a la bebé, diciendo que no estaba preparada.»

«¿Y la bebé?»

«La alimentan con biberón, pero la enfermera dijo que sería mejor si alguien le diera el pecho. Pero todas tienen a sus propios hijos.»

Cuando llegó la hora de la comida, trajeron a la niña.

«¿Alguien puede darle de comer? Está tan débil», dijo la enfermera con esperanza, mirando a las madres.

«Yo lo haré, pobre criatura», dijo Lucía con dulzura, dejando a su hijo dormido en la cama y tomando a la niña en brazos.

«¡Ay, qué pequeña y rubia es! La llamaré Mariquita.»

Comparada con su robusto hijo Juan, la niña era diminuta.

Lucía le dio el pecho, y la bebé mamó con avidez antes de dormirse en minutos.

«Te dije que estaba débil», comentó la enfermera.

Así, Lucía empezó a amamantar a los dos.

Dos días después, la enfermera entró en la habitación para decirle que el padre de la niña había llegado y quería conocer a la joven que cuidaba de su hija. Así conoció Lucía al guardia civil, el capitán Javier Hidalgo, un hombre joven de estatura media, ojos azules firmes y mirada decidida.

Lo que pasó después lo contaron una y otra vez las enfermeras, y luego todo el pueblo, porque la historia terminó de una manera que valía la pena recordar.

El día que Lucía salió del hospital, todosmédicos, enfermeras, auxiliaresse reunieron en la puerta, donde esperaba un todoterreno decorado con globos azules y rosas. Un militar joven, con las insignias de capitán, ayudó a Lucía a subir, donde ya esperaba Paulina, y le pasó un bulto azul, seguido de uno rosa.

Con un último claxon de despedida, el coche se alejó y pronto desapareció tras la curva.

Así ocurre, nunca sabes qué consecuencias tendrán tus actos. Porque a veces la vida te sorprende de formas inimaginables…

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No hay alegría sin lucha
— Ay, muchacha, en vano le saludas, ese no se casa contigo. Y si se casa, te va a dar más penas que alegrías. Cuando llegue el verano, vendrán las chicas bonitas de la ciudad, ¿y tú qué harás? Te consumirá los celos. No es ese el tipo de hombre que necesitas —le repetía tía María, su madrina. Pero, ¿acaso la juventud enamorada escucha la sabia voz de la experiencia? A Varía apenas cumplía los dieciséis cuando perdió a su madre. El padre había marchado hace siete años a buscarse la vida en la ciudad, y jamás regresó. Ni cartas, ni dinero. Casi todo el pueblo participó en el entierro y ayudó en lo que pudo. Tía María, su madrina, la visitaba a menudo y le recordaba lo que tenía que hacer. Cuando terminó la escuela, le buscaron un trabajo en la oficina de correos del pueblo vecino. Varía es una muchacha fuerte, como suele decirse: “de sangre y leche”. Su cara redonda y colorada, nariz chata, pero con unos ojos grises llenos de luz. Una trenza rubia y gruesa le cae hasta la cintura. El chico más guapo del pueblo era Nicolás. Dos años hacía que había vuelto de la mili y no le faltaban pretendientas. Hasta las chicas de ciudad que llegan cada verano no le quitaban ojo. A él no le tocaba ser chófer en el pueblo; mejor habría sido actor en películas de Hollywood. No había sentado cabeza y no tenía prisa por buscarse novia. Fue tía María quien le pidió ayuda para arreglar la valla de Varía, ya que comenzaba a venirse abajo. Sin fuerza de hombre es difícil vivir en el pueblo. Varía se manejaba bien en el huerto, pero la casa le sobrepasaba. Sin muchas palabras, Nicolás aceptó. Llegó, miró y empezó a mandar: “trae esto, ve allá, alcanza aquello.” Varía hacía sin rechistar todo lo que él pedía. Las mejillas se le ponían más coloradas aún y la trenza se movía inquieta por la espalda. Cuando él se cansaba, le servía un cocido fuerte y un té bien cargado. Ella, mientras, observaba cómo mordía el pan negro con sus dientes blancos y firmes. Nicolás tardó tres días en arreglar la valla y al cuarto apareció sin razón, de visita. Varía le dio la cena, charlaron, y él se quedó a dormir. Desde entonces empezó a visitar a menudo, siempre marchándose antes del amanecer. En el pueblo, imposible ocultar nada. — Ay, muchacha, en vano le saludas. Ese no se casa contigo. Y si se casa, te hará sufrir. Cuando llegue el verano vendrán las bellas de la ciudad, ¿y tú qué harás? Te consumirá la envidia. No es ese el tipo de hombre que necesitas —le repetía tía María. Pero, ¿cuándo ha escuchado la juventud enamorada los consejos de la vejez sabia? Poco después se dio cuenta de que estaba embarazada. Al principio pensó que era una gripe o había comido algo malo. La debilidad y el mareo le invadían, hasta que de golpe entendió que llevaría en su vientre un hijo de Nicolás, el guapo. Pensó lo peor: quería deshacerse del niño, pues era demasiado pronto para ser madre. Pero luego pensó que sería mejor tenerlo, no estaría sola. Su madre la crió sola; ella también podría. Del padre tampoco había sacado mucho provecho, siempre estaba en el bar. Los vecinos hablarían, pero después se callarían. En primavera guardó el abrigo y todo el pueblo vio la barriga. Las mujeres murmuraban, diciendo que la chica tenía problemas. Nicolás pasó para saber qué haría ella. — Pues qué va a ser. Parirlo. No te preocupes, lo crío sola. Vive como vivías —le dijo, revolviéndose cerca del horno. Sus mejillas y sus ojos brillaban con el fuego. Nicolás la miró con admiración, pero se fue. Ella lo decidió todo por sí misma. Como el agua sobre el pato. El verano llegó y las chicas guapas de la ciudad aparecieron. Nicolás ya no pensaba en Varía. Y ella seguía con sus labores del huerto; tía María iba a ayudarle a escardar. Con la barriga era difícil inclinarse. Acarreaba medio cubo de agua del pozo. La barriga grande y las mujeres del pueblo le auguraban un “es un mozo de armas tomar.” — Lo que Dios quiera —bromeaba Varía. A mediados de septiembre despertó un día con un dolor fuerte, como si la barriga se partiera en dos. Pero el dolor pasó, y al rato volvió. Fue corriendo a ver a tía María, que enseguida entendió lo que pasaba. — ¿Ya? Siéntate, ahora vuelvo —y salió disparada de la casa. Corrió hasta la casa de Nicolás, donde tenía aparcada la camioneta. Los veraneantes ya se habían ido. Él, para colmo, estaba borracho de la noche anterior. Tía María le sacudió hasta despertarlo. Nicolás miraba confundido, sin saber qué pasaba ni a dónde debía ir. Cuando entendió, gritó: — ¡Son diez kilómetros hasta el hospital! Como vayamos a buscar al médico y volver, la chica ya ha dado a luz. ¡Vamos y listo! Prepárala. — Pero ¿cómo en la camioneta? La vas a sacudir toda; igual nace el niño en medio del camino —protestó la mujer. — Entonces vente con nosotros, por si acaso —tajó Nicolás. Los dos kilómetros de camino destrozado los pasó despacio, esquivando zanjas. Tía María iba sentada sobre un saco en la caja. Cuando llegaron al asfalto, aceleró el ritmo. Varía, en el asiento de al lado, se retorcía de dolor, apretaba los labios para no quejarse, abrazando la barriga. Nicolás se despejó del todo. Miraba de reojo a la muchacha; la mandíbula le temblaba, los nudillos se le ponían blancos aferrados al volante. Pensaba en lo suyo. Llegaron a tiempo. Dejaron a Varía en el hospital y volvieron. Tía María iba regañando a Nicolás todo el camino: — ¡Le has destrozado la vida a la chica! Sola, sin padres, todavía es una niña y tú solo le has traído preocupaciones. ¿Cómo va a criar sola a un hijo? La camioneta aún no había llegado al pueblo cuando Varía ya era madre de un niño grande y sano. Al día siguiente se lo trajeron para alimentarlo. No sabía cómo cogerlo, ni cómo ponerlo al pecho. Miraba con ojos asustados el rostro rojo y arrugado de su hijo. Apretó el labio y siguió las indicaciones. Pero de alegría el corazón le temblaba. Observaba, soplaba sobre la frente del niño donde los finos cabellos se le erizaban, y sentía una felicidad torpe. — ¿Vendrán a por ti? —preguntó serio el médico mayor antes del alta. Varía encogió los hombros y negó con la cabeza: — Lo dudo. El médico suspiró y se fue. La enfermera envolvió al niño con la manta del hospital, solo para llevarlos de vuelta a casa. Le ordenó que la devolviera. — Fede te llevará en la ambulancia hasta el pueblo. No irás en el autobús con el recién nacido —dijo, algo severa. Varía se lo agradeció. Caminaba por el pasillo del hospital, cabeza gacha, roja de vergüenza. Viajaba Varía en el coche, apretando al niño contra el pecho y pensando en cómo sería la vida a partir de ahora. La baja maternal era escasa, apenas para sobrevivir. Se compadecía de sí misma y del inocente niño. Miró la carita arrugada del bebé dormido, y el corazón se le llenó de ternura, apartando los malos pensamientos. De repente, el coche se detuvo. Varía miró preocupada a Fede, hombre de unos cincuenta años, más bien bajo. — ¿Qué pasa? — Lleva dos días lloviendo. Mira qué charcos, no puedo pasar ni rodear. Si me meto, me quedo atascado. Solo con camioneta o tractor se puede. — Lo siento. No queda lejos, dos kilómetros escasos. ¿Puedes llegar andando? —señaló la carretera, anegada como un lago interminable. El bebé dormía. Aunque iba sentada, ya estaba cansada de sostenerle. Era un auténtico mozo. ¿Cómo caminar así con el niño? Varía salió con cuidado, acomodó mejor al bebé y avanzó por el borde del gigantesco charco. Los pies se le hundían en el barro hasta el tobillo, temiendo resbalar. Las viejas botas chapoteaban. Ojalá hubiera ido al hospital con las de goma. Una de las botas se quedó en el barro. Se paró, pensó qué hacer; no podía sacarla con el niño en brazos. Siguió adelante con una sola bota. Cuando llegó al pueblo, ya oscurecía; los pies helados, pero sudaba de esfuerzo. Apenas pudo sorprenderse al ver luces en las ventanas. Subió por las escaleras secas y lisas. Los pies congelados, el cuerpo empapado en sudor. Abrió la puerta de casa y se quedó helada. Junto a la pared, una cuna, un cochecito, y en el coche cuna ropa bonita para el bebé. En la mesa, Nicolás, cabeza apoyada en los brazos, dormía. Quizá oyó algo, quizá la sintió; levantó la cabeza. Varía, colorada, despeinada, apenas se sostenía en la puerta con el niño en brazos. El vestido empapado, las piernas llenas de barro hasta la rodilla, solo una bota. Al ver que le faltaba una bota, corrió hacia ella y tomó al niño para acomodarlo en la cuna. Fue al horno, sacó una olla de agua caliente. La sentó, le ayudó a desvestirse, le lavó los pies. Mientras Varía se cambiaba tras el horno, ya había en la mesa patatas cocidas y una jarra de leche. El niño lloró entonces. Varía corrió, lo tomó y se sentó a la mesa para darle de comer, sin vergüenza alguna. — ¿Cómo le llamarás? —le preguntó Nicolás con voz ronca. — Sergio. ¿Te parece bien? —Levantó los ojos claros hacia él. En ellos había tanto dolor y amor que a Nicolás se le encogió el corazón. — Bonito nombre. Mañana iremos a registrarlo y a casarnos. — No es necesario… —dijo Varía, mirando cómo el bebé chupaba. — Mi hijo tiene que tener padre. Se acabó la vida de juerguista. No sé si seré buen marido, pero a mi hijo no le abandonaré. Varía asintió sin levantar la vista. Dos años después, tuvieron también una niña, a la que llamaron como la madre de Varía: Esperanza. No importa los errores que cometas al principio de la vida, lo importante es que siempre se pueden corregir… Esta es la historia que sucedió. Escríbenos en los comentarios qué te ha parecido. Deja tu “me gusta”.