Un niño juega cada tarde con un anciano en la plaza sin sospechar que él es…

Tengo ocho años y mi rincón favorito del mundo es la plaza Mayor. No por los columpios chirriantes ni por la fuente medio seca, sino por don Ramón.
¡Hola, campeón! me grita desde su banco cuando me ve llegar corriendo después del cole.
Don Ramón tiene el pelo blanco como la nieve, siempre lleva un sombrero de ala ancha y unas manos más llenas de surcos que un campo recién arado. Pero son manos sabias, que hacen aviones de papel perfectos y me enseñaron a chiflar con dos dedos.
Mamá, ¿puedo bajar a la plaza? le pregunto cada tarde.
Media hora, Javier. Ni un minuto más responde sin levantar la vista del ordenador.
Mamá siempre está trabajando. Dice que desde que papá se fue, tiene que sacar adelante la casa sola. Nunca me pregunta con quién juego ni qué hago en la plaza.
Don Ramón cuenta historias de película. Dice que navegó por los siete mares, que compartió mesa con un jeque en Marruecos y que una vez bailó flamenco con una duquesa en Sevilla.
¿De verdad bailaste con una duquesa? le pregunto mientras picamos unas magdalenas.
Tan cierto como que estás sentado aquí dice, guiñándome un ojo. Pero el mayor tesoro que encontré en mis viajes no eran joyas ni palacios.
¿Qué era?
Una familia. Una mujer maravillosa y un hijo que se parecía mucho a ti a su edad.
Cuando lo dice, se le apagan los ojos, que suelen brillar como el sol de mediodía.
¿Dónde están ahora?
Mi mujer está en el cielo suspira. Y mi hijo… bueno, a veces las familias se rompen, chaval. Como un jarrón de porcelana que se estrella contra el suelo.
Pero se puede pegar con cola.
Los jarrones sí sonríe con melancolía. Las familias son más complicadas.
Llevamos tres meses de amistad cuando don Ramón me sorprende.
Toma, esto es para ti dice, sacando una cajita de madera del bolsillo de su chaqueta.
Dentro hay un reloj de bolsillo plateado, antiguo y con un peso que parece contener siglos.
Fue de mi padre, y del padre de mi padre explica. Algún día será tuyo, cuando seas mayor.
¿Por qué a mí?
Porque eres especial, Javier. Más de lo que crees.
Esa noche le enseño el reloj a mamá. Jamás la había visto palidecer así.
¿De dónde has sacado esto? me grita, arrebatándomelo.
Me lo dio don Ramón, mi amigo de la plaza.
¿Don Ramón? ¿Cómo es ese hombre?
Le describo a mi amigo: alto, pelo blanco, ojos verdes, siempre con sombrero.
Mamá se desploma en una silla, mirando el reloj como si fuera una araña venenosa.
Javier, no vuelvas a esa plaza. ¿Entendido?
¿Por qué?
Porque lo digo yo. Y dame ese reloj.
¡No! ¡Es mío?
Mamá lo guarda bajo llave en el cajón de los cubiertos.
Ese hombre es peligroso. No quiero que te acerques a él.
Durante una semana, me lleva y recoge del cole en persona. Me siento como un preso en su propia casa.
¿Por qué no puedo ver a don Ramón? pregunto cada día.
Porque es un mentiroso responde. Y los mentirosos hacen daño.
Pero yo sé que don Ramón no miente. Los mentirosos no miran a los ojos, y los suyos son transparentes como el agua.
El viernes, me escapo. Le digo a mamá que voy al baño en el recreo y echo a correr hacia la plaza.
Don Ramón no está. La señora de los churros me mira con pena.
Ay, niño… don Ramón se puso malo. Lo llevaron al hospital hace tres días.
¿Al hospital? ¿Cuál?
Al Clínico, pero…
No la dejo terminar. Corro como un poseso.
El Clínico está a seis calles. Llego sin aliento. En recepción, una enfermera me dice que está en la habitación 312.
Lo encuentro en una cama estrecha, rodeado de máquinas que pitan. Parece más pequeño sin su sombrero.
¡Don Ramón!
Abre los ojos y esboza una sonrisa frágil.
Campeón… sabía que vendrías.
¿Estás muy mal?
Un poco dice, intentando incorporarse. Acércate, que tengo algo que decirte.
Me agarra la mano con dedos que parecen de hielo.
Javier, ¿sabes cuál es tu apellido completo?
Javier Martín López.
¿Sabías que López era el apellido de tu padre?
Sí, mamá me lo contó.
¿Sabías que mi apellido también es López? Ramón López.
Mi cerebro tarda en encajar las piezas.
¿Eres… familia mía?
Las lágrimas le resbalan por las arrugas.
Soy tu abuelo, chaval. Tu padre era mi hijo.
El mundo se me da la vuelta. Ahora entiendo el reloj, sus miradas tristes, por qué decía que yo era especial.
¿Por qué mamá no me lo dijo?
Don Ramón… mi abuelo… respira hondo.
Cuando tu padre murió, tu madre y yo discutimos. Por la herencia, por el negocio familiar… tonterías de mayores. Se enfadó tanto que me prohibió verte. Se mudó, cambió de barrio…
¿Entonces papá tenía familia?
Tenía un padre que lo adoraba. Y que ahora te adora a ti, aunque hayamos perdido tanto tiempo.
¿Por eso me diste el reloj?
Fue de tu bisabuelo, luego mío, luego de tu padre. Ahora te toca a ti.
En eso entra mamá, furiosa y asustada.
¡Javier! ¡Te he buscado por todas partes!
Se queda paralizada al ver a mi abuelo. Se miran en silencio, como si el tiempo se hubiera detenido.
Carmen dice él con voz suave.
Ramón responde ella, con la voz quebrada.
Mamá pregunto, ¿por qué no me dijiste que don Ramón era mi abuelo?
Mamá se sienta junto a la cama y se cubre el rostro.
Porque estaba enfadada susurra. Muy enfadada.
¿Por qué?
Cuando murió tu padre, tu abuelo y yo nos peleamos por todo. Yo creí que solo quería quitarme cosas, no que quisiera conocerte.
Nunca quise quitarte nada, Carmen dice mi abuelo. Solo quería a mi nieto.
Lo sé llora mamá. Y me avergüenza. Estos años ha estado solo, y Javier creció sin familia.
No he estado solo estos meses sonríe él. He tenido al mejor nieto del mundo en mi banco de la plaza.
¿Sabías quién era yo?
Desde el primer día. Eres clavado a tu padre de pequeño. Los mismos ojos, la misma sonrisa pícara.
Mamá le toma la mano.
Ramón, perdóname. Por favor.
No hay nada que perdonar, hija. Solo tiempo que se nos fue.
Pero podemos aprovechar el que nos queda dice ella.
Mi abuelo sonríe, y por primera vez en días, parece él de nuevo.
¿Eso significa que puedo visitarte todos los días?
Todos los que quieras, campeón.
Mi abuelo pasó dos semanas más en el hospital. Mamá y yo íbamos cada tarde. Ella recogió sus cosas de la residencia donde vivía y las guardó en casa.
Cuando por fin le dieron el alta, mamá había preparado el cuarto de invitados.
Esta siempre fue tu casa, Ramón le dijo. Perdón por hacértelo olvidar.
Ahora mi abuelo vive con nosotros. Me ayuda con los deberes, me cuenta más historias, y cada tarde vamos juntos a la plaza donde nos conocimos.
El reloj plateado está en mi mesilla, pero ya no es solo un tesoro. Es la historia de mi familia, la prueba de que hasta lo más roto puede volver a unirse.
Y que los abuelos que aparecen como por arte de magia en los parques, a veces son los que llevaban toda la vida esperándote.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eighteen − 17 =

Un niño juega cada tarde con un anciano en la plaza sin sospechar que él es…
Espera un momento, dijo. Salí un instante en tu estación y cuando regresé, mis pertenencias habían desaparecido del vagón.