La llave hace clic en la cerradura y Cayetana, intentando no hacer ruido, se cuela dentro del piso. En el vestíbulo no hay luz, sólo una fina franja que se cuela desde la cocina. Sus padres siguen despiertos, aunque ya ha pasado la medianoche. Últimamente se ha convertido en rutina: largas conversaciones nocturnas tras la puerta cerrada. Normalmente calladas, a veces saltan a murmullos de discusión.
Cayetana se quita los zapatos, deja la mochila con el portátil sobre la mesilla de noche y se desliza por el pasillo hasta su habitación. No quiere dar explicaciones de su retraso, aunque la razón es válida: un proyecto en el despacho no encaja y el plazo se acerca peligrosamente.
A través de la pared se escuchan voces apagadas.
No, Sergio, no puedo más dice su madre, Luz, con voz suave pero cargada de irritación. Me lo prometiste el mes pasado.
Cayetana, entiende, ahora no es momento responde su padre, Sergio, intentando justificarse de nuevo.
Cayetana suspira cansada. Cada vez discuten más los padres, aunque ante ella fingen normalidad. Ya tienen más de cincuenta años, ella es una adulta, pero sigue resultando incómodo percibir que algo no va bien.
Se desnuda, se lava la cara y se mete bajo la manta, pero el sueño no llega. Los pensamientos giran en torno a la misma cuestión. Su hermano Alberto vive apartado, en Valencia, y apenas aparece. Si los padres se separan, ¿quién se quedará con el piso? ¿Por qué ocultan sus problemas?
Las voces no cesan. Cayetana busca en la mesilla los auriculares, queriendo ahogar los secretos con música. Su mano roza el móvil y este se desliza al suelo. Al recogerlo, abre sin querer la aplicación de grabación. Su dedo se queda inmóvil sobre la pantalla.
¿Qué tal si… grabo su conversación? Solo para saber qué ocurre, sin conjeturas. Si le pregunta directamente, seguro que le harán oídos sordos y dirán que todo está bien.
La conciencia le pica con un frío desagradable. Escuchar a escondidas no es correcto, mucho menos grabar. Pero son sus padres, su familia. Tiene derecho a saber si hay algo serio.
Decide encender el dictáfono, coloca el móvil cerca de la pared y se cubre la cabeza con la manta.
A la mañana siguiente, mientras se prepara para ir al trabajo, ve que su padre y su madre lucen cansados. En el desayuno apenas hablan, sólo intercambian frases de rutina.
Llegaste tarde ayer comenta Luz, sirviendo té. ¿Otra vez el proyecto?
Sí, todavía lo terminamos asiente Cayetana. ¿Y vosotros, no habéis dormido?
Nada, vemos una serie dice Luz sin mirarla.
Sergio se hunde en el periódico, fingiendo estar absorto.
No cuentes con que llegue a cenar anuncia. Tengo reuniones con clientes y puede que me quede fuera.
Luz aprieta los labios, pero no dice nada.
Todo el trayecto al despacho, Cayetana lucha contra la tentación de reproducir la grabación nocturna. El metro está lleno y le parece demasiado deshonesto. Decide esperar al atardecer.
El día se alarga interminable. Al volver a casa descubre que Luz no está; una nota dice que ha ido a casa de una amiga y volverá tarde. Sergio está trabajando, tal como había dicho. Es el momento perfecto.
Se tumba en el sofá, se envuelve en una manta y pulsa el botón de reproducción.
Al principio sólo se oyen fragmentos, luego la voz se vuelve más clara.
¿le decimos a Cayetana? pregunta Sergio, preocupado.
No sé suspira Luz. Temo que no lo entienda. Han pasado tantos años.
Pero ella tiene derecho a saber.
Claro, pero ¿cómo explicarle que llevamos tantos años callados?
Cayetana se queda paralizada. ¿De qué hablan? ¿Qué verdad le ocultan?
¿Recuerdas cómo empezó todo? interrumpe Sergio, con una leve sonrisa.
Por supuesto ríe Luz. Pensé que sería temporal y resultó ser para siempre.
Vaya vida que hemos llevado comenta Sergio. A veces ha sido duro.
Sobre todo cuando llegó Cayetana añade Luz.
El corazón de la chica se aprieta. ¿Significa eso que era un hijo no deseado? ¿O algo más?
Pero lo hemos superado continúa Sergio. Y ella se ha convertido en una gran mujer.
Sí dice Luz con orgullo. Ahora debemos decidir qué hacemos. Estoy harta de esta doble vida, Sergio.
¿Doble vida? Cayetana se estremece. ¿Tendrá alguno de ellos una aventura? La idea le da náuseas.
Luz, esperemos a que llegue Alberto. Lo hablamos todos juntos.
De acuerdo acorda Luz. Pero sin más postergaciones. O cambiamos todo, o
La grabación se corta; parece que los padres han salido de la cocina o el móvil se ha quedado sin batería.
Cayetana se queda atónita, sin respuestas. ¿Qué oculta esa doble vida? ¿Por qué esperan al hermano para contarle algo?
Miles de preguntas giran en su cabeza. ¿Grabar otra conversación? Sería demasiado. Mejor hablar con Alberto; quizá él sepa más. O con la tía Vera, la hermana de Luz, que siempre ha sido franca con ella.
Decide que mañana llamará a Alberto y el fin de semana irá a casa de la tía Vera.
Alberto no responde a sus llamadas durante todo el día, pero al atardecer suena el móvil.
¡Cayetana, perdona! Estaba en la obra y dejé el móvil en el coche dice.
¿Cuándo vienes? pregunta sin rodeos.
Este fin de semana, ¿vale?
Es que los padres están raros últimamente. Susurran por la noche y fingen que todo va bien. Hablan de una doble vida.
¿En serio? suena la voz de Alberto con cautela. La gente tiene sus secretos, incluso los padres.
¿Sabes de qué va?
No… pero si no lo dicen, quizás aún no estén listos. Espérame, llegaré el sábado y hablamos.
¿Y la tía Vera? insiste Cayetana.
No la metas en esto responde Alberto rápido. Mejor que se quede al margen.
La conversación con el hermano aumenta su inquietud. Parece que realmente sabe algo y prefiere proteger a la tía.
Esa noche, Luz vuelve de la amiga con el ánimo levantado. Sus mejillas se sonrojan y sus ojos brillan.
¡Imagínate! ¡Tonta está vendiendo el piso! exclama al entrar. Quiere mudarse al campo.
Cayetana asiente, sin saber cómo reaccionar.
¿Te gustaría vivir en el campo? se pregunta a sí misma.
Luz se queda pensativa y responde con cuidado:
No lo sé a veces me imagino que sí. Aire puro, huertas
¿Y papá?
Pregúntale tú misma dice Luz de repente seria. No volverá a cenar temprano.
Suerte que Sergio llega antes de lo prometido. Cayetana prepara té cuando oye el portazo.
Papá, ¿quieres un té? le grita.
Sí responde Sergio, mientras se quita la corbata. ¿Dónde está Luz?
En el salón viendo una película contesta Cayetana. ¿Cómo va el proyecto?
Bien, el cliente aceptó nuestras condiciones y lanzamos el trabajo dice, sentándose cansado.
Oye, ¿es verdad que vais a contarme algo importante? se atreve a preguntar.
Sergio la mira sorprendido:
¿De dónde lo sacas?
Alberto soltó que vendría este fin de semana y que ustedes me lo explicarían.
Sergio frunce el ceño, pero luego suelta:
Sí, hay algo que decir, pero esperemos a Alberto, ¿vale? No es nada malo.
¿Que no os vais a separar? insiste Cayetana.
¡Claro que no! exclama, desconcertado. No sé de dónde sacas eso. Solo escuchamos discusiones, Luz mencionó una doble vida.
El padre parece confundido, luego aliviado, y finalmente sonríe.
Cayetana, no lo has entendido bien explica. No nos divorciamos. Al contrario se interrumpe. Espera al sábado, todo será claro.
¿Seguro? pregunta ella.
Totalmente seguro afirma, apretándole la mano. Ahora, tomemos el té antes de que se enfríe.
Esa noche Cayetana no consigue dormir. Da vueltas en la cama intentando armar el rompecabezas de palabras y silencios. Si no es divorcio, ¿qué será? ¿Una enfermedad? ¿Problemas económicos? ¿La mudanza? La idea le da escalofríos; apenas ha empezado a afianzarse en su carrera, ha hecho amigos, y le gusta vivir en Madrid.
De pronto, un leve golpe en la puerta la saca de su reflexión.
¿No duermes? pregunta Luz, asomándose.
No responde ella, encorvada sobre el codo. ¿Y tú, qué haces despierta?
Pienso en todo se sienta en el borde de la cama. ¿De qué habláis tú y papá?
De nada importante, del trabajo y de Alberto, que viene el fin de semana.
Lo sé dice Luz. Él llamó.
Silencio.
Papá, ¿está todo bien entre vosotros? insiste Cayetana.
Luz sonríe de una manera extraña:
Perfecto. La vida a veces sorprende, incluso a los que ya tienen más de cincuenta. Hay que saber manejar esas sorpresas.
¿Buenas o malas? pregunta.
Ambas aclara. No te adelantes, pronto lo sabrás.
Le da un beso en la frente y se retira, dejándola aún más perpleja.
El fin de semana llega como de golpe. Alberto llega el sábado al mediodía, bronceado, ruidoso y con regalos, pero con una tensión incómoda en la mirada.
¿Listos para la reunión familiar? bromea mientras todos se acomodan en la sala después del almuerzo.
Los padres se miran.
Sí, es hora asiente Sergio. Tenemos una noticia para vosotros.
Cayetana aguanta la respiración.
Nos mudamos anuncia Luz.
¿A dónde? exclama Cayetana.
Al campo contesta Sergio. A la aldea de Los Robles, a trescientos kilómetros de aquí.
¿Por qué? insiste.
Porque allí está nuestro hogar dice Luz. Nuestro verdadero hogar.
Resulta que la casa del campo la compraron hace quince años. Al principio era una simple finca de veraneo, pero con los años la convirtieron en una auténtica granja: huerto, colmenas, gallineros y hasta una vaca.
¿Tenéis colmenas? se asombra Cayetana. ¿Criáis abejas?
Sí, ya llevamos quince colmenas se enorgullece Sergio. La miel es excelente.
Y gallinas, cabras añade Luz. Este año queremos una vaca.
Cayetana observa con los ojos muy abiertos.
¿Sois… agricultores?
Así es concluye Luz. ¿Sabes cuántos árboles hay? Manzanos, perales, ciruelos, frambuesas, grosellas
Esperad interrumpe. Si cultiváis todo eso, ¿cuándo venís al trabajo? Pensaba que os desaparecéis.
Exacto, el trabajo también está allí responde Sergio. No es sólo la oficina, también la finca.
Cayetana se vuelve hacia Alberto:
¿Lo sabías?
Por supuesto encoge de hombros. He ido a ayudar en las obras. La casa tiene dos plantas.
¿Y nunca me lo contaste? exclama, molesta. ¿Por qué?
Los padres se miran de nuevo.
Porque siempre decías que odiabas el campo contesta Luz. Recuerdas cuando te llevábamos a casa de la abuela? Llorabas y pedías volver a Madrid. Cuando proponíamos escapadas al campo, siempre buscabas excusas.
¡Era de niños! refuta Cayetana. ¡Ya soy adulta!
Sí, pero nunca te interesó saber a dónde íbamos dice Sergio. Después resultó incómodo admitir que teníamos una vida doble.
¡Una vida doble! replica Cayetana, recordando la grabación.
Exacto asiente Sergio. En la ciudad somos empleados, allí somos agricultores. Y, ¿sabes qué? Allí somos realmente felices.
¿Queréis mudaros allí para siempre? ¿Y el trabajo?
Me jubilo el próximo mes anuncia Luz. Sergio ha negociado el teletrabajo. Solo vendrá a Madrid una vez a la semana para reuniones.
¿Y el piso?
Te lo dejamos a ti, si quieres propone Sergio. O lo vendemos y repartimos el dinero. Tú decides.
Cayetana se recuesta en el sofá, intentando procesar la información.
Entonces, toda esta vida de granja la he desconocido dice con amargura. Qué curioso.
No lo hicimos a propósito interviene Luz, abrazándola por los hombros. Simplemente no supimos cómo decírtelo. Perdón.
Cayetana guarda silencio, asimilando todo. Finalmente pregunta:
¿Puedo ir a ver la finca? ¿A la granja?
¡Claro! exclama Sergio. ¡Mañana mismo!
Mañana afirma Cayetana. Iré con vosotros.
Esa noche vuelve a ser imposible conciliar el sueño. El resentimiento se mezcla con la curiosidad, la irritación con la emoción. Ha perdido tanto tiempo atrapada en su carrera, con sus amigos, sin imaginarse una vida diferente.
Los padres, todo este tiempo, han llevado una segunda vida. Le intriga qué se siente al ser mitad citadina y mitad campesina. ¿Por qué temían contárselo?
Por la mañana suben al coche y se ponen en marcha. Cuanto más se alejan de Madrid, más animados se ponen los padres. Van contando anécdotas de los vecinos, de los experimentos agronómicos, de cómo Sergio construyó la sauna y Luz aprendió a encurtir.
Cayetana escucha y ve una versión de ellos que nunca conocía: apasionados, auténticos.
Cuando el coche gira a la pista de tierra, Luz se vuelve hacia ella:
Sabéis que siempre quisimos deciros esto. Teníamos miedo de vuestra reacción.
Pensábamos que os reiréis de nosotros, como unos jubilados urbanos que hacen de agricultores.
No lo haría responde Cayetana, bajando la voz.
Ahora lo entendemos sonríe Luz. Confías en nosotros porque ya eres mayor.
El coche se detiene frente a la verja de una gran finca, donde se alza una casa de madera muy cuidada.
Bienvenida a nuestro verdadero hogar anuncia Sergio, apagando el motor. ¿Lista para conocer nuestra vida secreta?
Cayetana asiente y abre la puerta del coche. Un fresco aroma a hierba y flores le golpea el rostro. A lo lejos mugen vacas, cacarean gallinas. Alberto ya está descargando las maletas.
No puedo creer que hayan ocultado una vida entera dice, sacudiendo la cabeza. Pero, ¿sabes qué? Me gusta.
Luz la abraza.
Nosotros también confiesa. Además, hay una habitación tuya. La hemos preparado por si quieres pasar los fines de semana.
¿O el verano? sugiere Sergio.
Cayetana sonríe.
Discutiremos eso después. Pero primero, muéstradme las abejas. Quiero saber por qué cambiaron la ciudad por el campo.
Caminan por el sendero hacia la casa y Cayetana siente que quizá ha ganado más que una simple respuesta a la intriga familiar: una oportunidad de descubrir una vida distinta, una que antes ni imaginaba, y tal vez, un sitio para ella también.







