La vecina dejó de visitar a la abuela Violeta y espaló el rumor de que la anciana ha perdido la cabeza en su vejez, ya que mantiene a un glotón o a un hombre lobo.

La vecina, doña Inés, ya no se asoma a casa de la abuela Carmen. Rumorea que la anciana ha perdido el juicio en su vejez porque, según cuenta, tiene una zarigüeya o un hombre lobo como mascota.

Un día, la abuela Carmen halla en su huerto un gatito gris y diminuto. Vive sola y es una mujer muy amable.

Lo abraza contra el pecho. Llega una lluvia torrencial y el gatito tiembla mucho. En la casa de la abuela hay un viejo horno de leña bien encendido; los troncos crujen alegremente.

Pronto, el gatito, ya calentado, bebe la leche que la abuela le sirve con cariño. A Carmen le pasa de aburrirse; tiene con quién conversar.

El gato ronronea y escucha las canturreos de la anciana mientras juega con un ovillo de lana. Carmen teje calcetines y también mufles.

Los vecinos siempre llegan a comprar. El gato crece y se vuelve enorme, caza ratones y ratas, y conoce su territorio al dedillo.

Salta a los árboles y baja rápido cuando ve a la abuela. Carmen nunca se pregunta por los extraños hábitos de su felino.

Con el tiempo, lo llama cariñosamente Gatón. Él responde al llamado. Una tarde, la vecina comenta que no parece un gato, sino una zarigüeya.

Carmen no le hace caso. En un caluroso día de verano, la abuela recoge fresas y grosellas en el jardín y oye un siseo.

Bajando la cabeza, ve una enorme víbora en posición de ataque. Sabe que no puede subir a la mesa; sus piernas se sienten de algodón y la edad no le ayuda.

Antes de que pueda reaccionar, Gatón se lanza sobre la serpiente y la mata al instante. Luego juega con ella, arrastrándola hasta lo alto de un olmo.

Más tarde, la serpiente cae accidentalmente sobre la ventana de la vecina, que grita como un cerdo, pero Gatón la recoge y la devuelve al suelo sin prestar atención a sus chillidos.

Doña Inés deja de visitar a Carmen y sigue diciendo que la anciana se ha vuelto loca por cuidar a una zarigüeya o a un hombre lobo.

Carmen no se inmuta por el tamaño descomunal de su gato; es su tesoro. Lo acaricia y él duerme encogido sobre la alfombra junto a su cama.

Gatón adora pasear por la hierba tupida y, a veces, bajo el sol, se queda dormido allí. Pero siempre vuelve a casa cuando llega la hora.

Una noche, la abuela se queda dormida sin percibir nada. Deja la ventana entreabierta porque su gato necesita salir al patio.

Dos jabalíes de la zona, sabiendo que Carmen acaba de recibir la pensión de 900euros, se cuelan por la ventana y le colocan una brida improvisada con una toalla.

Al ver a la anciana dormida, la despiertan y le demandan el dinero. Asustada y con la brida en la boca, sólo puede sollozar y temblar.

Uno de los ladrones intenta zafar la brida; la anciana grita y la toalla termina en su boca. Todo se revuelve en la casa, pero entonces aparece una enorme sombra peluda que salta por la ventana.

El ladrón, sin pensárselo, exclama:

¡Boris, eres tú! ¿Has pillado algo de la vecina? ¡Acaba de cobrar la pensión!

La sombra se lanza sobre él y clava los colmillos en la garganta; luego hace lo mismo con el otro, clavándole los colmillos en los ojos. El segundo grita como un cerdo.

¡Dios mío, fuerza infernal! ruge la sombra.

Los ojos verdes de la criatura brillan en la penumbra. La sombra salta de un ladrón a otro. Carmen, con manos temblorosas, saca la brida y enciende la luz a todo trapo.

Reconoce al instante a los asaltantes y grita con todas sus fuerzas:

¡Auxilio! y la luz se enciende en todas las ventanas del barrio.

Los vecinos irrumpen y encuentran una escena espantosa: en el suelo yacen los dos jabalíes, uno con la cara destrozada y el otro agarrado del cuello, todo empapado de sangre. Carmen está sentada en la cama, abrazada a Gatón.

El gato silba y no permite que nadie se acerque a la anciana. Carmen recuerda a la vecina y piensa en el tercer cómplice.

Los hombres buscan al último ladrón, lo encuentran escondido en el baño, donde había planeado esperar a que pasara el alboroto y huir. Lo golpean sin piedad y le quitan el dinero robado, que devuelven a la vecina. Deciden no llamar a la policía; prefieren arreglarlo entre ellos.

Los ladrones ya han recibido su castigo y se les amenaza con que, si vuelven, se los llevará el gato.

Uno de ellos, tartamudeando, asegura que no es un gato, sino ¡MAY HUN!, que ha visto en la tele.

¡Maldito seas, sinvergüenza! le azota la abuela. ¡Yo no he criado a esa bestia! gruñe.

Carmen recibe los me gusta y los comentarios de los vecinos.

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La vecina dejó de visitar a la abuela Violeta y espaló el rumor de que la anciana ha perdido la cabeza en su vejez, ya que mantiene a un glotón o a un hombre lobo.
El último suspiro del verano