Viaje a Italia con un grupo de jubilados: Nunca imaginé que a la sombra del Coliseo conocería a un hombre que me haría sentir joven de nuevo

Partí en un excursión a España con un grupo de jubilados. No esperaba nada extraordinario, solo unos días de visitas guiadas, fotos para el álbum y recuerdos para los nietos. Necesitaba alejarme de la rutina y de la soledad que, en los últimos años, se había vuelto cada vez más pesada.

Creía que Madrid, Sevilla o Granada serían simplemente paradas más en el itinerario turístico. Sin embargo, bajo la sombra de la Plaza Mayor conocí a un hombre que me hizo sentir joven de nuevo.

Me encontraba frente a los arcos de la plaza, maravillada por la majestuosidad del conjunto. El guía hablaba de la historia de la ciudad y yo, en vez de escuchar, dejé que mi imaginación volara. En ese momento alguien a mi lado bromeó: «Me pregunto si los toreros también se quejaban del calor como nosotros».

Me giré y vi a un caballero alto, con el cabello ya plateado y una sonrisa que resultaba extrañamente familiar y, a la vez, nueva. Llevaba una camisa sencilla y un sombrero de paja, pero me miraba como si estuviéramos solos en medio de la multitud.

Comenzamos a conversar. Resultó que se llamaba Antonio, viudo y pensionista desde hacía varios años. Había llegado solo porque, como él mismo dijo, «no quería seguir esperando el momento perfecto para conocer Madrid».

La charla con él resultó ligera y llena de risas, como si nos conociéramos de toda la vida. Bajo la Plaza Mayor tomamos café juntos, compartiendo impresiones, y de pronto me di cuenta de que hacía tiempo nadie me escuchaba con tanto interés.

Los días siguientes cambiaron. Compartíamos asiento en el autobús, almorzábamos juntos, nos perdíamos entre la muchedumbre de turistas y nos reencontrábamos con una mirada. Había una inocencia en todo eso, pero también una chispa de emoción.

Por la noche, en el hotel, mientras el resto del grupo jugaba a las cartas o veía la tele, Antonio y yo nos quedamos en la terraza, mirando las luces de la ciudad y hablando de todo: los hijos, el pasado, la extraña sensación de que el corazón latía más rápido de lo habitual.

Me sentía como una adolescente. Empecé a arreglarme, a maquillarme y a reír con más frecuencia. Las demás compañeras me miraban con una mezcla de cariño y una pizca de envidia. Yo sentía que recuperaba una parte de mí que había enterrado bajo la rutina y la soledad.

Sin embargo, a medida que se acercaba el final del viaje, la pregunta se hacía más urgente: ¿qué pasará después? Antonio vivía a cientos de kilómetros de mi casa. Tenía su vida, yo la mía. Ese único semana había sido un refugio fuera de la realidad. ¿Bastaría para imaginar algo más?

El último día dimos un paseo por Madrid, sin el grupo. Nos sentamos en los escalones de la Gran Vía, comimos helado y guardamos silencio. Entonces él dijo: «Sabes hacía mucho que no me sentía tan bien. Pero me asusta que, al volver, todo se desvanezca. Tú tienes tu vida, yo la mía. Quizá sea sólo una ilusión vacacional».

No supe qué responder. En mi interior luchaban dos fuerzas: el deseo de creer que era el comienzo de algo real y el miedo a que fuera sólo un flechazo pasajero que se apagaría con el último vuelo de regreso.

Nos despedimos en el aeropuerto. Un abrazo más largo de lo habitual, una mirada que contenía tanto despedida como promesa. Intercambiamos números de móvil, pero ninguno pronunció en voz alta: «Volvamos a vernos».

Hoy, al rememorar aquel viaje, no sé qué pensar. Fue como un sueño: intenso, hermoso, pero frágil. Tal vez Antonio tenía razón y todo fue una ilusión. O tal vez habría sido cobarde no averiguar si el destino me ofrecía una segunda oportunidad.

Me pregunto a mí misma: ¿vale la pena arriesgar una vida tranquila y ordenada por un sentimiento que llegó sin aviso? ¿Fue sólo una aventura bajo el cielo español o el inicio de una historia que aún no conozco? El corazón late con más fuerza al pensar en él, mientras la razón susurra que es una locura.

Quizá por eso relato esta historia: para preguntar a los demás si, después de los cincuenta, sesenta o más años, uno tiene derecho a abrirse a algo nuevo. ¿Es mejor conservar el recuerdo como un tesoro seguro o atreverse y descubrir a dónde pueden llevar esas emociones? Después de todo, no hay mal que por bien no venga, y a veces arriesgar la comodidad nos permite volver a sentir el latido de la vida.

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Viaje a Italia con un grupo de jubilados: Nunca imaginé que a la sombra del Coliseo conocería a un hombre que me haría sentir joven de nuevo
Vacaciones sin horarios En la cocina zumbaba la campana extractora y Andrés releía por tercera vez el mensaje en el chat familiar. «¿Cómo vais, ya preparando? Nosotros, como siempre, sepultados de ensaladas», escribía la prima de su mujer y añadía un emoticono sudoroso. Dejó el móvil sobre la mesa, junto a la tabla de cortar. En ella reposaba una solitaria zanahoria. No pensaba pelar más. —¿Otra vez recuento de picadillo? —preguntó Nadia, asomándose desde la cocina con una pinza en la boca. Colgaba las toallas lavadas en el radiador para que no estuvieran húmedas en la fiesta. Andrés asintió y señaló la pantalla: —Ya llevan tres barreños de ensaladilla y una lubina rellena. Adjuntan pruebas fotográficas. Nadia retiró la pinza, echó un vistazo y sonrió de lado: —Cada casa con su vicio. Lo decía tranquila, pero Andrés notó tensión en su voz. No era para menos: 28 de diciembre, siete de la tarde, y sobre su mesa no había ni las habituales montañas de menús, ni el calendario de compras, ni el planning para recibir y llevar gente. El año anterior por estas fechas ya corrían por el hipermercado, discutiendo si hacía falta otro rollo de carne y regañando porque Andrés olvidó pedir el taxi para la tía. El anterior fue una maratón de colas, brindis y fregoteos hasta las tantas. Cada vez Nadia decía que el siguiente año sería distinto, pero nunca ocurría. Aquel diciembre la conversación llegó en el coche, aparcados frente al portal. Andrés recordaba cómo se quedaban sentados en el frío, mientras, desde el asiento de atrás, se escuchaba el ronquido suave del perro agotado de tanto viaje al pueblo. —No quiero pasar más así —dijo Nadia con la frente apoyada en el volante—. Estoy harta de recibir la fiesta en la cocina. Andrés se quedó callado, mirando las luces de la guirnalda en la ventana del edificio. Él también estaba cansado: de llamadas obligatorias, de visitas «breves» que duraban hasta el alba, de organizar la diversión de otros. —Vamos a no hacerlo —dijo él—. Este año sin maratón. Al principio lo hablaron con cautela. Quizás reducir gente. Pedir parte de la cena a domicilio. Nadie, de pronto, suspiró: —¿Y si no invitamos a nadie? Lera, por supuesto. Y mis padres, solo un día, nada más. No le sorprendió tanto la idea como el tono: como si propusiera algo prohibido. —¿Y si a nadie? —respondió él—. Llevamos los regalos a los padres el 31, nos quedamos dos horas. Y la noche, los tres. Nadia tardó en responder, luego asintió. En ese momento parecía un juego. Ahora, a tres días de las fiestas, el juego era real. —Mamá, papá —Lera, su hija de veinte años, los llamó desde el pasillo—. No encuentro mis botas. —Mira bajo la mesilla —contestó Andrés—. Las tiraste ahí ayer. Lera apareció en la cocina, en un calcetín de lana y móvil en mano. —Ya está —sonrió—. Oye, seguro que nadie viene en Nochevieja, ¿no? A mi amiga le dije que no podía ir, que es día familiar. —Familiar será —respondió Nadia—. Pero sin invasión. —¿Significa que estaré sola con vosotros dos? —Lera se hizo la escéptica—. ¿No me obligaréis a ver el especial de Nochevieja? —Ni nosotros vamos a verlo —dijo Andrés—. Plan: no hacer nada. Programa completísimo. Lera resopló, se puso el abrigo y ya con la bufanda, preguntó: —¿La abuela sabe que no invitáis a nadie? —Lo sabe —suspiró Nadia—. El abuelo también. Dicen que es raro, pero lo superarán. —¿Y la tía Concha? —insistió Lera. —De momento, sigue escribiendo sobre la lubina —informó Andrés sombrío. Lera se rió, saludó y salió dando un portazo. El perro, dormitando en la alfombra, levantó la cabeza y volvió a tumbarse. —Pues nada —dijo Andrés mirando la zanahoria—. Es verdad que lo vamos a hacer. Nadia no contestó enseguida. Se acercó a la ventana y descorrió la cortina. Fuera ya colgaban farolillos, niños deslizándose por el montículo de nieve, padres en plumíferos cambiando de pie. —De verdad lo hacemos —repitió ella en voz baja—. Y me da hasta miedo. La mañana del 31 no empezó con despertador. Andrés despertó solo, ya amaneciendo, sorprendido por el silencio. Otros años a esas horas la cocina era un hervidero de ollas y llamadas de cuándo llegar. Esta vez solo se oía el reloj. El cuarto de Lera a oscuras, la puerta cerrada. Nadia dormía a su lado, con la nariz bajo la manta. Andrés se estiró, miró el móvil. Un par de correos de trabajo, ya sin prisa. Ayer todos se deseaban «descansar aunque sea un poco», aunque planeaban acabar informes hasta el último minuto. Se levantó, se puso el batín y fue a la cocina. Café, tostadas, queso. El día anterior Nadia había dejado una nota: «Menú: ensaladilla, pescado, algo caliente sencillo. Ya». La nota pegada en la nevera, con un imán de la costa. Andrés coció huevos, los peló, cortó embutido y pepinillos. Tardó menos que otros años en solo hacer la lista de la compra. Al mezclar todo en una fuente grande, le dio un vuelco. La fuente parecía vacía. Antes elegían la más grande «por si acaso y que sobre». Ahora «todos» eran tres. Se sorprendió cogiendo más embutido, y detuvo la mano. —No —dijo en voz alta—. Suficiente. —¿Para quién suficiente? —preguntó Nadia apareciendo, despeinada y en batín. —Para nosotros. Ensaladilla. No hago reserva para un regimiento. Ella se acercó a mirar y frunció el ceño: —Parece… poco. —Somos tres —recordó él. —Sí, pero… —ella removió con la cuchara, como comprobando cuán profundo llegaba—. ¿Y si alguien se presenta? —Acordamos que esta vez no. Negó con los hombros, se sirvió café. —Sabes —apoyándose contra la mesa—, toda la noche he pensado que mamá llamará al final y querrá pasarse. Y no voy a saber decirle que no. —Llamará —aceptó Andrés—. Y le dirás que vamos mañana, como acordamos. Nadia suspiró y bebió. —Vale. Probamos. Al mediodía montaron en el coche con bolsas de regalos y una tarta que Nadia horneó «por si acaso». Cuarenta minutos hasta los padres, con Andrés bromeando sobre atascos y Lera enseñándoles memes de «locura navideña». En la casa de los padres, Nadia se fue directa a ayudar en la cocina, pese a habérselo prohibido. Andrés y su suegro brindaron con anís, charlaron de política y del precio de la gasolina. La madre de Nadia murmuraba que «ya no es igual» y miraba el reloj cuando se recordaba que debían irse pronto. —¿Cómo que celebráis en casa, solo los tres? —preguntó cuando se ponían el abrigo—. ¿Y Concha con los críos? —Concha celebra en su casa —dijo Nadia ajustando la bufanda—. Queremos hacerlo diferente. —Diferente, diferente… —refunfuñó—. Antes todos juntos, era más alegre. El viejo sentimiento de culpa subió por dentro. Casi se le escapó un «vale, venid esta noche», pero Andrés, como adivinándolo, le puso la mano en el hombro. —Mañana volvemos —dijo él—. Y nos quedamos tranquilos. Hoy queremos quedarnos. La madre les miró, luego a Nadia, y suspiró. —Vosotros veréis. No os quejéis luego si estáis solos. En el coche de vuelta Nadia se quedó callada. Lera chateaba riendo con los mensajes de voz de las amigas. —Mamá —dijo guardando el móvil—. Debaten si es mejor en casa o de fiesta. Una dice que la familia es sagrada, otra que hay que vivir la noche al máximo. ¿Y tú qué opinas? —Que lo sagrado es no acabar desmayada de agotamiento, nariz en la ensaladilla —refunfuñó Nadia. —Yo opino —añadió Andrés— que el año que quieras irte de fiesta, lo haremos. Sobreviviremos. Lera soltó una carcajada: —Ya veremos. Este año os aguanto, el próximo quién sabe. A las ocho la casa estaba silenciosa y extrañamente espaciosa. Tres platos sobre la mesa, ensaladilla en fuente modesta, pescado, pollo asado, una botella de cava. La guirnalda parpadeaba, pero no como en el salón familiar. —Parece… vacío —dijo Nadia arreglando servilletas. —Es normal —contestó Andrés—. Nos falta ruido. Lera apareció en vaqueros y jersey, sin vestido de gala como siempre preparaba Nadia. —¿Hay código de vestimenta? —dijo girándose—. Pensaba que me obligaríais a arreglarme. —El código es: como quieras —dijo Andrés. —Vaya —se sorprendió Lera—. Qué relajados os veo. Se sentaron a cenar. La tele estaba puesta pero sin volumen alto ni galas musicales. Andrés buscó una película antigua que les gustaba en la universidad. —Sin show interminable —propuso—. Mejor algo tranquilo. —¿Y las campanadas? —preguntó Lera. —Eso sí —dijo Nadia—. Yo no soy tan radical. Cenaron, charlaron. Lera contó del profesor que mandó como deberes «pensar en el futuro» y todos discutían qué demonios significaba. Nadia se dio cuenta de que no se levantaba cada cinco minutos a servir algo. Andrés disfrutaba no tener que hacerse sitio para el siguiente invitado. A las nueve llamó Concha. —¿Cómo vais? —preguntó—. Aquí la casa a rebosar, los niños desatados, no caben las ensaladas. Qué pena que no estéis. Está muy animado. Nadia, con móvil en mano, miraba la mesa pequeña, a Lera enseñando un vídeo a su padre y sintió el clic desagradable. —Aquí también estamos bien —respondió—. Este año diferente. —Ya —notó el fastidio en la voz de Concha—. Bueno, no os molesto. Felices fiestas. Al volver a la mesa, a Nadia ya no le salían las bromas. Dentro revoloteaban las frases: «qué pena que no estéis». —¿Todo bien? —preguntó Andrés cuando Lera fue por zumo. —Bien —respondió demasiado rápido Nadia—. Solo… raro. A las diez y media el móvil vibró de nuevo. El chat familiar: fotos de mesas, niños con espumillón, mensajes «qué pena que no vinisteis», «sin vosotros no es igual». Alguien mandó una foto antigua, ellos dos tras los parientes, cansados pero sonrientes. Nadia se quedó mirando la foto y sintió el nudo. Un pinchazo en el pecho y los ojos húmedos. —Lo he estropeado todo —soltó—. Ellos allí juntos, y nosotros… —También juntos —dijo Andrés suave. —Pero no es igual —se levantó brusca—. Mira qué feliz parecen. Nosotros aquí, los tres, como si no nos hubieran invitado. —Nos invitaron —recordó él—. Decidimos no ir. —Igual nos equivocamos —dijo nerviosa, repasando la mesa—. Igual ha sido un error. Voy a escribir que vamos. Aún llegamos. —Mamá —Lera volvió con el zumo y se quedó en la puerta—. ¿Qué pasa? —Nada —mintió Nadia, ya con voz quebrada—. Chorradas. Cogió el móvil, abrió el chat y empezó a escribir: «Al final vamos, si no es tarde…» Con dedos temblorosos. Andrés la miró y vio que estaban al borde de desandar lo andado. Mañana despertarían agotados, otra vez la fiesta para los demás. —Nadia —se acercó y le cogió la muñeca con suavidad—. Espera un segundo. —Déjame —pidió sin mirar—. Solo quiero preguntar si les parece bien. Quizá nos esperan. —Nos esperan todos los años —insistió él—. ¿Tú qué esperas? Lera aguardaba en silencio, abrazo al paquete de zumo, primero desconcertada, luego firme. —Mamá —dijo—. La verdad, me alegro de estar en casa. No quería decirlo por no hacer daño a la abuela, pero estar en esos banquetes me pesa. Cada año pienso cuándo podré escabullirme. Nadia la miró. —¿De verdad? —De verdad —dijo Lera, encogiéndose de hombros—. Os quiero. Y a la abuela, a todos. Pero cuando es obligación, quiero huir. Hoy, en cambio, es tranquilo. Nadia dejó el móvil sobre la mesa. La pantalla mostraba el mensaje sin acabar. —Me da miedo ser… aparte —confesó—. Que nos dejen de invitar y quedemos solos. —No somos extraños —dijo Andrés—. Solo no tenemos que estar siempre. Se puede estar en casa, a veces. Lo decía calmado, pero también sentía el mismo miedo: quedar fuera del guion familiar, no encajar. Pero él ya lo había asumido. —Propongo esto —sugirió—. Hoy nos quedamos. Mañana, vemos si queremos ir con alguien. No «porque toca», sino porque apetece. Lera asintió. —Y el próximo año decidimos antes adónde queremos ir —añadió—. No por inercia. Nadia se pasó la mano por la cara, respiró hondo. —Vale —aceptó—. Hoy nos quedamos. Borró el mensaje, bloqueó el móvil y lo dejó boca abajo. —Aun así siento culpa —confesó—. Como si abandonásemos a alguien. —No se pasa en una noche —respondió Andrés—. Son muchos años de costumbre. —¿Puedo decir una cosa incómoda? —dijo Lera—. A lo mejor no solo empujabais a todos, sino que os empujaban a vosotros. Podíais decir «basta» hace diez años. Nadia sonrió entre lágrimas: —Gracias, capitana obvia. —De nada —replicó Lera seria. Volvieron a la mesa. Quedaba una hora para la medianoche. La tele cambiaba de espectáculo, pero ya nadie prestaba atención. —¿Jugamos a algo? —propuso Andrés—. Así no miramos el reloj. —¿Cartas? —se animó Lera. —Pues cartas. Barajaron, discutieron las reglas, rieron cuando Lera hacía trampas. Nadia notó que la risa era sincera, no solo amable para que nadie se aburriera. Sí pusieron las campanadas. Brindaron, desearon salud y… descanso. La palabra sorprendió, pero era perfecta. —Quiero que este año aprendáis a descansar —dijo Lera, alzando su vaso de zumo—. Y yo también. —De acuerdo —dijo Andrés. —Vamos a intentarlo —añadió Nadia. Los primeros días de fiesta pasaron lentos. De verdad se quedaron durmiendo hasta las diez, a veces once. Andrés leyó por fin ese libro olvidado, tirado en chándal sobre el sofá. Nadia rebuscó fotos antiguas en el portátil, pero no para hacer un post apresurado, solo por gusto. Lera se iba a pasear con amigas o se quedaba viendo series y dibujando en su tableta. A veces los tres salían juntos, caminaban al parque, donde los niños se tiraban por el hielo y los mayores tomaban café en vaso de cartón. Un día Andrés notó que estaba… aburrido. No como en una reunión, sino distinto. Demasiada calma, pocas tareas. Se acercó a la ventana, vio los chavales lanzando fuegos artificiales a pleno día y sintió esa inquietud de hacer algo mal, desaprovechar el tiempo. —Nadia —llamó—. ¿Vamos a algún sitio? Al centro comercial, al cine. Me parece que… estamos atascados. Nadia alzó la vista del ordenador. —No quiero ir al centro, hay mucha gente. Al cine sí, pero hoy no. Justo ahora disfruto sin tener que hacer nada. —Sin hacer nada… —repitió Andrés—. ¿Y si todo el tiempo no hacemos nada útil? —¿Qué consideras útil? —preguntó ella. —No sé —se rascó la cabeza—. Poner orden en el balcón. Ir a ver a mis padres. Visitar a tu tía. Empezar la reforma del baño. —Reforma en vacaciones, eso sí es fuerte —rió Nadia—. A tus padres iremos. No es que tenga manía a la gente. Es que no quiero correr siempre. Andrés sintió la irritación subirle. —No sé estar tumbado —dijo—. Me siento vago. —Trabajas todo el año —contestó ella suave—. Puedes una semana no ser eficiente. —Eso es fácil de decir —gruñó y se fue a la cocina. Allí empezó a ordenar la caja de bolsas por tamaños. A los cinco minutos se dio cuenta de lo absurdo y se rió. Pero la inquietud seguía. Por la tarde miró la red social. Amigos en pistas de esquí, en el extranjero, en saunas con ramas. Todos con pie de foto: «Vacaciones activas», «Nada de sofá». Andrés se sorprendió enfadado. Con ellos, consigo mismo, por querer competir. —¿Por qué esa cara? —preguntó Lera mirando la pantalla. —Mira —le enseñó un par de publicaciones—. Ellos viven, y nosotros… —¿Y nosotros qué? —le interrumpió—. También vivimos. Pero distinto. Pensó y añadió: —¿Quieres que te enseñe a no mirar donde solo hay motivo para compararse? Sonrió él: —Hablas como si fuese un abuelo. —Vosotros también nos enseñáis algo —replicó Lera—. Yo ya sé que no hay que tomar café a partir de las seis. Le quitó el móvil y scroll arriba-abajo. —Mira —dijo—. Uno en la montaña. Bien, pero llegará agotado. Otro en la sauna, qué calor. Pero tú ahora en casa, en pantalón blando, y sin prisa. Eso también es ventaja. —Lo dices como si fuera un logro —resopló él. —Para vosotros sí lo es —respondió Lera—. No sabéis relajaros. Andrés quiso rebatir, pero no encontró argumento. Al día siguiente hubo bronca, pequeña pero incómoda. Andrés enganchado al serial toda la mañana. Nadia queriendo ordenar todo lo pendiente. Al fin estallaron. —Llevas todo el día en la tele —le recriminó ella—. Se te van a cuadrar los ojos. —Y tú todo el día moviendo cosas —replicó sin mirar—. ¿Eso es más productivo? —Al menos avanzo. —Yo también hago algo. Descanso. —Eso no es descanso —saltó ella—. Es evasión. Paró el serial y se giró. —¿Y tu orden no es evasión? —la desafió—. No puedes sentarte y no hacer nada. Siempre buscas qué mejorar. Se quedaron callados, mirándose. En ese silencio se notó que ambos veían en el otro el reflejo de sus temores. —Vale —cedió Nadia, bajando los brazos—. Media jornada tú ves tu serie, media no toco nada. Nadie se queja. —De acuerdo —asintió él—. Y añadimos que hacemos algo juntos cada día. Da igual qué. —Salir a pasear —ella sugirió—. O ver una película. —O juegos de mesa —propuso Lera desde el pasillo. Resulta que había escuchado todo. —Voto por juegos. Así salió la primera norma de las vacaciones. No borró costumbres viejas, pero sí dio margen. Andrés vio series sin culpa; Nadia a veces se tumbaba con él, sin pensar en qué mandar hacer. Un par de días después visitaron a los padres de Andrés. También había bullicio, pero menos. Los padres mayores, menos visitas. Pasaron unas horas, comieron tarta, hablaron de tiempo y salud. —¿Cómo es que estáis tan libres este año? —preguntó el padre mientras servía té—. Antes todo programado. —Queríamos dejar aire —contestó Andrés. —Bien hecho —apoyó la madre, inesperadamente—. Siempre lleváis todo encima. Descansad de verdad. Andrés se sorprendió. Esperaba críticas y recibió comprensión. Lo compartió con Nadia en el coche. —¿Ves? —le dijo—. No todos creen que traicionamos la tradición. —Igual soy yo la que lo ve así —admitió ella—. Demasiados años en el guion para salir de golpe. —No tenemos que salir de golpe. Escalonando. Asintió. Los días restantes vivieron, efectivamente, por etapas. Uno entero en casa: leer, cocinar sencillo. Otro «excursión» por la ciudad: paseo por las calles iluminadas, café en bistró donde nadie esperaba ni despedía. —¿Sabes? —dijo Nadia al sentarse con chocolate caliente—. Me he dado cuenta que me gusta no tener plan cada día. Por la mañana pienso qué quiero, no qué debo. —¿Y qué deseas hoy? —preguntó Andrés. —Hoy… nada especial. Solo caminar a tu lado. Sonrió él. —Yo quiero no reprocharme que no pasa nada especial. —Eso es más complicado —notó ella. —Pero se puede entrenar. Miraron a los transeúntes. Algunos corrían con bolsas, otros se tomaban fotos junto al árbol, otros llevaban al niño agotado. Cada uno su propia fiesta. El último día de vacaciones amaneció claro y frío. Lera salió con una amiga, prometiendo volver antes de cenar. La casa, especialmente tranquila. —¿Te apetece ir al parque? —propuso Andrés—. Sin perro, sin nadie. Solo andar. —Apetece —respondió Nadia. Se abrigaron, salieron. La nieve crujía, el aire picaba. En el parque menos gente que al principio de enero. Patinadores, algún carrito. Anduvieron, a ratos en silencio, a ratos con frases breves. El silencio no pesaba. Nadia pensaba en que mañana volverían los correos, las llamadas, los «ayúdame, organiza». Pero sentía un raro sosiego. —Pensaba —confesó sentándose en el banco— que si este año no hay gran fiesta, dentro de mí algo se rompería. Que dejaría de ser… buena hija, buena anfitriona. —¿Y ha pasado? —preguntó Andrés. —Nada roto —sonrió ella—. Estoy bien incluso sin eso. —Yo pensaba que si no era útil, sería… prescindible —compartió él—. Pero se puede estar en el sofá y ser valioso. Aunque solo para ti y para Lera. —Para Lera, sobre todo —apuntó Nadia—. Ella ve todo. Anduvieron un poco más y se sentaron de nuevo. Andrés se quitó un guante y le cogió la mano. —Prometamos algo —pidió él—. El próximo año no invitamos «por defecto». Primero vemos qué queremos. Luego, ya intentamos encajar con los demás. —Vale —aceptó ella—. Y si me entra el pánico y empiezo a invitar a todos, me frenas. —Y si yo apunto a todo evento, me frenas tú. —Hecho. Se quedaron un rato; luego volvieron a casa. El portal olía a abeto y mandarina. Alguien puso música, no demasiado alta. En casa, Andrés puso el hervidor, sacó galletas. Nadia encendió una vela en la ventana, no por decoración, sino por costumbre de invierno. —¿Crees que a partir de ahora será siempre así? —preguntó ella sirviendo el té—. Sin carreras. —No lo sé —dijo él sincero—. A lo mejor otro año queremos juntar a todos. Pero, creo, la diferencia es que lo decidiremos nosotros, no será por obligación. Ella asintió. Seguía un poco inquieta, pero ya no era la inquietud la que mandaba. Por la tarde volvió Lera, con la nariz roja y una amplia sonrisa. —La madre de mi amiga se fue al balneario, los padres le dejaron una nota: “Hemos decidido descansar. Ya eres mayor, apáñate tú sola”. Se enfadó al principio, pero dice que mola. —Lo ves —dijo Andrés—. Todos aprenden. —Yo también lo hago —añadió Lera—. Me gusta cuando no estáis corriendo, sino en casa. Aunque discutáis por la tele o las bolsas. Nadia rió. —Intentaremos ser más “simplemente en casa” —prometió ella. Se sentaron los tres en el sofá, pusieron una peli elegida por Lera. El té enfriándose, las galletas desmenuzadas en el plato. Fuera, los últimos fuegos artificiales dibujaban la noche sin tapar las risas suaves. La fiesta que temieron perder no estaba donde más ruido había. Estaba en esa escena sencilla: tres personas que se permitieron descansar juntas, sin demostrar a nadie cómo se celebra el año nuevo. Y era suficiente.